domingo, 22 de enero de 2012

Un amor a través de las ondas

A los pies de Montserrat, la montaña majestuosa que se eleva hacia el cielo, como si quisiera tocarlo, nació vuestro amor.
En Olesa de Montserrat, los jóvenes Pedro y Marian se abrían paso en la vida. Pedro, con 18 años, era locutor de radio de una emisora llamada Estudio 43, y se ocupaba de pinchar música romántica que le pedían sus oyentes, especialmente mujeres. Con su voz clara, recia y segura, y con su exquisita amabilidad, cautivaba a muchas personas. Entre ellas a Marian, una adolescente que, entre clase y clase, llamaba para pedirle que pusiera sus canciones preferidas aunque no le diera tiempo a escucharlas, porque debía volver al aula. La voz cálida que escuchaba al otro lado del transistor atrapó el corazón de aquella jovencita soñadora.
Tras reiteradas llamadas al estudio consiguió visitar la emisora. Mirándole, desde el otro lado del cristal, los ojos de Marian chispeaban. Algo nuevo estaba naciendo en su interior, una experiencia nueva que le sabía a miel.
Después de un tiempo de cortejo, Pedro se decidió a pedirle un compromiso e iniciaron su noviazgo. Aquella voz que Marian escuchaba a través de las ondas, matizada por el transistor, ahora resonaba ante ella, viva y directa, sin nada que se interpusiera entre los dos. Pedro también quedó prendado de la sinceridad de los ojos de Marian y ambos se lanzaron a la gran aventura que todavía hoy sigue, con el mismo ardor y el mismo entusiasmo.
Han pasado aquellos años 80 en que el mundo discográfico explotaba, estamos en la era de Internet y el MP3; los jóvenes enamorados ahora son adultos maduros y serios, que han asumido lo que significa el verdadero amor. Han formado un hogar con dos hijos, Alex y Marc, y han descubierto que de ese amor pletórico de los inicios han pasado a un amor de entrega sin límites, de sacrificio y de fidelidad. También habrán conocido el sabor de la renuncia, y han asumido la exigencia que a veces supone alimentar el amor, día a día y para siempre. Es un amor que desafía al tiempo.
Hoy, vienen ante Dios y ante la comunidad para renovar aquel sí que se dieron en aquel mayo del 87, con el firme propósito de seguir amándose hasta el fin. Lo más hermoso es que, 25 años después, la primera ilusión no se ha apagado. Ese amor nacido entre las ondas y alentado a través de un cristal, a los pies de Montserrat, sigue ardiendo, más vivo que nunca. Seguid así, y que el paso del tiempo no os arrebate la alegría del corazón. Hoy, reafirmáis vuestro amor y lo hacéis con el fruto de vuestra unión, vuestros hijos. El mayor bien que podéis darles, con Dios como testigo y ante esta comunidad, es que os volváis a decir sí. El amor de los padres es la primera forma de decirles a ellos que los queréis, también.
Que Dios os bendiga en esta nueva travesía que iniciáis, ahora hasta los cincuenta…

lunes, 16 de enero de 2012

Tengo un sueño

Cierro los ojos. Dejo que las alas de mi pensamiento surquen las alturas que toda alma humana desea alcanzar. ¿Puede concebirse el hombre sin ese deseo innato de soñar?
Buscamos respuestas a tantas y tantas preguntas que la realidad nos plantea. Más allá de lo visible, cerrar los ojos nos lleva lejos del hoy para proyectarnos hacia el futuro desde nuestro presente, sin que el tiempo ni el espacio condicionen la grandeza del sueño.
Aunque pueda parecer que soñar es de ilusos, es un hecho antropológico que no se puede vivir sin esperanzas ni anhelos. Por eso hemos de tener la osadía de soñar sin que nada ni nadie pueda impedir que, durante unos instantes, nos abandonemos y nos lancemos hacia el cielo de las posibilidades. Volar y dejarse mecer es vivir con la certeza de que podemos llegar a surcar cielos más hermosos de lo que nunca imaginamos si nos atrevemos a soñar aquello que tanto deseamos. Solo a partir de un sueño podremos hacer realidad lo que más anhela nuestro corazón.
Para ello hay que dar un primer paso, sin miedo al vértigo de experimentar nuevas sensaciones, que acompañan experiencias sublimes hasta que logramos hacer real aquello que soñamos. ¡Soñar no cuesta nada! Yo diría que forma parte de esos ratos en los que nos conectamos con la trascendencia, cuando cerramos los ojos y nos ponemos en actitud de oración, dejando que el Espíritu de Dios nos dé el impulso necesario para superar toda fuerza de gravedad —de inercia, de temor— que nos impide subir bien alto. Necesitamos un primer empuje, un impulso para que el viento, con su fuerza, nos eleve hasta el sueño más alto, con la confianza de que volveremos a quedar de pie; sin miedo a las turbulencias de la inseguridad, como Pedro, que temía ahogarse al caminar sobre las olas; sin temor a chocar con los montes o a caer en el abismo.
Seremos capaces de hacerlo posible cuando Dios es quien nos pide que no pongamos freno a nuestros sueños y que confiemos en Él. Entonces, os aseguro que todo aquello que soñamos será el preludio de una nueva realidad, que viviremos bien despiertos. A veces no habrá que volar tanto hacia arriba, sino sumergirse en lo más profundo del corazón para descubrir realmente qué es lo que tanto deseamos, cuál es nuestra esperanza, qué queremos culminar. La misma realidad que vivimos comenzó siendo un sueño.
Una tarde, paseando por la Vila Olímpica, divisé la puesta de sol. La luz declinaba en medio de un estallido multicolor en el cielo. El sol encendía las nubes, antes grises y densas, ahora luminosas como brasas. Cerré los ojos y, al abrigo de un copudo árbol, arrullado por la brisa, me dejé llevar por un perfume de trascendencia, que me hizo saltar en el tiempo y el espacio. En la luz de aquella tarde otoñal, que iba apagándose lentamente, soñé.
¿Qué soñé, en aquel instante tan denso, tan largo?
Soñé que, como pastor de dos comunidades, lograba crear un grupo de cristianos, auténticos y apasionados seguidores de Jesús. Soñé que la serenidad de esa tarde invadía a todos los que forman parte de estas parroquias. Soñé que, por fin, como aquellas nubes prendidas por el sol, sus corazones se encendían y vibraban al unísono. Soñé que el sentido de pertenencia a la parroquia se convertía en una adhesión viva a Cristo. Soñé que las parroquias crecían, no solo en número, sino en espiritualidad y compromiso. Soñé en un estado de alegría contagiosa, en una hermosa fraternidad. Soñé que nada impedía la comunión gozosa en Cristo. Soñé que cada uno de los feligreses era un testimonio vivo, radiante, capaz de encender el corazón de todo aquel que se le acercara. Soñé que las eucaristías se convertían en auténticas experiencias de cielo con Cristo sacramentado, sentido pleno de nuestra identidad cristiana. Soñé que cada parroquia se convertía en una inmensa bandera de esperanza que aleteaba con el soplo del Espíritu Santo. Soñé que las diferencias entre unos y otros no eran causa de distanciamiento, sino una riqueza a explorar. Soñé que todos formábamos un gran tapiz de realidades entretejidas y multicolores.
Soñé que teníamos un único Amor, que un día nos enamorábamos de Él y, por Él, todos nos reuníamos allí, juntos, viviendo una gran experiencia de cielo y con una misión metahistórica, adelantándonos al tiempo, como si ya estuviéramos resucitados.
Soñé que el gozo nos invadía, que el Amor de nuestra vida había logrado hacer el milagro de estar juntos, dejándonos mirar por Él y respondiendo a su invitación de seguirle. Soñé que, partiendo todos de diferentes historias, convergíamos en una sola historia y caminábamos hacia el mismo fin.
Soñé que allí, en el templo físico, la comunidad se extendía, creando verdaderos lazos de fraternidad unos con otros. Soñé que el amor superaba los defectos, que antes eran causa de malestar, allanando los límites y sacando lo mejor de cada uno para ofrecerlo a los demás.
Soñé que todos soñábamos y elevábamos el espíritu hacia nuestra meta: y es que, cuando ya saboreamos la eternidad, nos damos cuenta de que estamos hechos para el amor y que nuestro fin es volver con Aquel que nos ha creado y amado.
Sueño con un proyecto pastoral dinámico y entusiasta, creativo, fraternal y solidario. Con una clara misión: llevar la buena nueva de un Dios amor, que se encarna en Jesús, como motor que nos lanza a salir de nosotros mismos y, sobre todo, a salir al encuentro de los demás. La comunión ha de ser un signo distintivo de nuestra identidad, así como la apertura a otras realidades eclesiales y pastorales. Sueño con unas comunidades testimoniales. La autenticidad es el último revulsivo que puede interpelar a tantos y tantos que buscan una respuesta válida capaz de cambiarles el corazón. Solo así podremos llevar a cabo este asombroso y gran proyecto de ayudarles a descubrir la auténtica razón de sus vidas.
La experiencia religiosa no es otra cosa que vivir, muy de cerca, la presencia de Dios. Una comunidad bien enraizada en Cristo, en el más allá, puede traer el cielo al más acá, participando ya en la tierra de una realidad que nos sobrepasa.
Esta realidad nos hace participar de la misma naturaleza de Dios, que es el alma. Por eso anhelamos, buscamos y deseamos abrazar al que nos ha creado con un único motivo: amarnos.
Por eso, tarde o temprano, sé que mi sueño se hará realidad. Todos hemos quedado prendados del gran arrebato de su amor. Él nos saca de nuestras miserias, su fuego deshiela el alma más dura, penetrando hasta el último resquicio del corazón que se resiste. Cuando se vive así, uno queda desconcertado y a la vez sobrecogido de tanto derroche de amor. Esta es la locura de Dios: no ceja hasta conquistarnos, como lo hizo con san Agustín.
Mi amigo César me preguntó, ¿qué miras con los ojos cerrados? Le respondí que soñaba. Tan solo fueron unos minutos que me supieron a eternidad. Cuando abrí los ojos, el sol había desaparecido tras las nubes oscuras, que amenazaban un cambio de tiempo. El frío se despertaba e iniciamos el camino de regreso.
Me pregunté si sería capaz de hacer posible este sueño y me dije: sí, estoy dispuesto, porque para Dios no hay nada imposible. Cuando dejas que sea él quien protagonice tu sueño, solo él podrá hacerlo realidad.
Poco a poco, las farolas de la calle se fueron encendiendo. Alcé la cabeza y vi la puerta de la parroquia de San Félix, el lugar donde culminé la jornada con una preciosa eucaristía. Mi gran sueño estaba allí, en mis manos, cuando consagraba. Di gracias a Dios por tanto don inmerecido. No se puede soñar sin esperanza y no se puede tener esperanza sin certeza. Y la tenemos. La gran certeza de que Dios anida en nuestro corazón.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Encuentro de Navidad

Siempre he creído bueno, desde un punto de vista pastoral, celebrar la Navidad con la comunidad parroquial. Aunque ya nos vamos preparando litúrgicamente con los cuatro domingos de Adviento y poco a poco vamos entrando en el misterio del nacimiento de Jesús, con un claro mensaje de esperanza, nos falta algo más.

Del altar al ágape

Hemos de aprender a pasar de la mesa del altar a la mesa del ágape, donde, además de compartir alimentos que nos dan energía compartimos experiencias que nos hacen más conscientes de nuestra realidad comunitaria. El 18 de diciembre me encontré para comer con aquellos que quisieron, pudieron o los que supieron hacer un plus de esfuerzo, porque calibraron la importancia de la convocatoria que les hacía su rector. Otros desearon venir pero no les fue posible, por diversas razones.
Fue un evento intenso y hermoso en torno al sacerdote. Iniciamos la comida cantando, con una clara manifestación de alegría. Se produjeron momentos preciosos de gran hondura espiritual cuando, de manera espontánea, a la hora de los brindis, cada uno de los que estaban allí fue dejando brotar torrentes de vivencias que surgían desde su interior. Visiblemente emocionados, con sinceridad aplastante y con sencillez, todos hablaron desde el genuino latir de su corazón. Se expresaron desde el alma, compartiendo ricos testimonios, algunos de ellos auténticas hazañas que no dejaron a nadie indiferente. Entre la emoción y la sorpresa al escuchar aquellas experiencias que habían marcado a cada persona, el tiempo se deslizó dulcemente. Era hermoso contemplar la enorme variedad de cuantos estábamos allí: por edades, procedencia geográfica, sensibilidad y formación religiosa…, y ver cómo se lograba una profunda sintonía espiritual y un sentimiento de unidad. Todos vibrábamos, cada uno a su manera, formando una sinfonía de voces distintas y a la vez armónicas.
De los tantos que somos en las celebraciones, éramos poquitos, pero suficientes para mantener encendido el fuego de la comunidad. Aunque pudiera parecer que la llamita era pequeña y temblorosa entre las brasas, no importaba. Fue bastante para dar vida y calor a aquellos momentos tan plenos. Dios hará algún día que el viento de su Espíritu prenda y se encienda una mayor hoguera.

La importancia del banquete

Todos hemos de descubrir que reunirnos para alimentarnos del cuerpo y la sangre de Cristo también nos ha de llevar a comer juntos, porque en el ágape de una comunidad cristiana también él está presente, aunque no de forma eucarística. Su presencia entre los que se reúnen en su nombre es real. Un ágape te acerca al otro. Y sin el otro nuestra vida carece de sentido. En el evangelio aparece bien clara la importancia de comer juntos. Jesús lo hace con sus discípulos, con sus amigos y seguidores. Cuántas veces escuchamos, en su mensaje, la palabra “banquete”. El reino de los cielos es comparado a un gran banquete. Jesús empieza su vida pública en una boda, y la termina en una cena con sus amigos. De aquí se desprende el gran valor teológico que Jesús da al hecho de comer juntos. Jesús empieza y acaba su misión sentado a la mesa. Comer también tiene un valor sagrado, especialmente cuando se trata de reforzar la adhesión a la propia comunidad cristiana.
Éramos 25, y entre nosotros había latinos de Colombia y Ecuador, un grupo de fieles parroquianos de siempre, un matrimonio con sus niños, en total, un grupito de jóvenes de 6 a 80 años. Qué lección, compartir mesa y escucharnos. Es entonces cuando te das cuenta de que Dios toca el corazón de cada uno, seduce y enamora, y cada cual tiene una estrecha relación con él.

Dios hecho Niño nos une

La tarde comenzaba a caer en este solsticio de invierno y teníamos que descender de esos momentos culminantes y repletos de emoción. En torno al sencillo Belén que teníamos en la sala cerramos el encuentro cantando villancicos y rezando un Padrenuestro en círculo, mirando al Nacimiento.
Aquel niño a quien rezábamos y cantábamos había logrado tejer una mayor amistad entre nosotros, regalándonos un encuentro que, sin su presencia, no hubiera tenido sentido. Porque nuestra historia común, como cristianos, empieza en un pesebre, cuando Dios se hace bebé y despierta en nosotros una insospechada ternura. Desde ese momento, nos arrebata el corazón. Por eso, estemos donde estemos, allí donde haya una comunidad cristiana, Jesús será siempre nuestro centro.

Joaquín Iglesias
Navidad 2011

domingo, 13 de noviembre de 2011

No es bueno que el hombre esté sin Dios

Un libro que interpela

En un programa radiofónico sobre actualidad política, los miembros de la tertulia comentaban la publicación de un libro titulado No es bueno que Dios esté solo, donde se recogen entrevistas a varios personajes públicos sobre su experiencia de Dios. Las entrevistas, a cual más fascinante e interpeladora, reflejan una vivencia muy honda, un viaje a las profundidades del corazón de Dios, que ha marcado a esa persona para toda su vida.
No es un libro de teología ni de espiritualidad, sino el testimonio de una relación con Dios sencilla, íntima y vivida en el día a día. Cada una con sus propias circunstancias, en todas ellas hay un brillo especial que toca la fibra más sensible del alma, porque nos sitúa ante un Dios que responde a los interrogantes y que va mucho más allá de nuestras certezas. Dios no solo está en la inmensa altura del cielo, sino en la profundidad de los corazones. Cada entrevista es un apasionante historia de amor de Dios con el entrevistado. Cada persona se convierte en un caño de agua fresca que brota del mismo manantial: el Creador que se les ha revelado como la realidad vital más importante de sus vidas, una realidad que interpela, sacude y estremece.
Es hermoso ver cómo Dios, siendo absolutamente autosuficiente, busca compañía. El título del libro, No es bueno que Dios esté solo, lo interpreto como una manera de decir que su amor infinito no quiere quedarse encerrado en sí mismo, sino que quiere sentir nuestro amor, busca nuestra ternura, nuestras palabras, nuestra compañía.
Recordaba aquella profunda afirmación de Benedicto XVI en su encíclica Deus caritas est describiendo el amor de Dios no solo como ágape, sino también como eros, que desea la cercanía y la repuesta amorosa de su criatura.

El hombre, sediento de Dios

He titulado mi reflexión “No es bueno que el hombre esté sin Dios” porque es la otra cara de la misma moneda. Dios no quiere estar solo, pero el hombre tampoco. En el fondo de su alma, ansía estar con Dios. Como decía san Agustín, el hombre no descansa hasta que lo encuentra y reposa en él. Ese deseo innato, ese anhelo de descubrir a Dios, esa búsqueda interior la llevamos dentro. En medio de la oscuridad más honda y angustiosa, no deseamos otra cosa que encontrarnos con la luz que puede alumbrar el abismo y ahuyentar las penumbras de nuestro laberinto existencial.
Cuando seguimos esta luz descubrimos otra dimensión que nos hace sentir vivos, rayando la frontera de una realidad superior. Aunque sintamos el peso de nuestra contingencia, comenzamos a vivir entre dos mundos: el terrenal y el eterno. Nunca perdamos de vista que, aunque anhelemos el encuentro final con Dios en el paraíso, en nuestro mundo terrenal Dios constantemente se manifiesta, de mil maneras. Y para evitar dualismos y maniqueísmos, podemos afirmar que, con Cristo resucitado, la humanidad está resucitada. Por tanto, la tierra ya forma parte del cielo. La eternidad, con Cristo, se ha convertido en una parcela terrenal y la tierra, con Cristo, es ya una parcela del cielo.
Dios no quiere que el hombre esté solo. Su gozo y su plenitud son abrirse a aquel que le ha creado y le ha incitado el deseo de buscar un amor infinito. En él puede descansar y encontrar un oasis de plenitud hasta llegar a la auténtica felicidad.
Así lo han vivido tantos santos que ahora iluminan el cielo. Cuando lo siento, vivo y toco,cuando mi piel, mi aliento, mis células, todo mi cuerpo vive en él, la distancia física desaparece, porque tengo la certeza de que estoy empapado de Dios.
Estamos ante el reto nuclear y trascendental del hombre: aceptar y amar libremente a Dios, el único que puede hacernos sentir plenos, capaces de todo desafío. Una aventura llena de complicidad empieza a fraguarse. En nuestro sí libre Dios escribirá una bella y apasionante epopeya con sabor a cielo.

sábado, 15 de octubre de 2011

Manos creadoras

Las manos, tan útiles y necesarias, son un miembro de nuestro cuerpo de anatomía maravillosa y extraordinaria belleza. Su forma, la delicadeza y precisión de los dedos, las articulaciones, su conexión directa con el cerebro, las convierten en esenciales para nuestro crecimiento y actividad humana.

Manos útiles y necesarias

Las manos son una preciosa herramienta que nos ayuda a conectar con el entorno, palpando el mundo físico. Nos permiten ser creativos, abriéndonos camino en nuestro anhelo de proyección.
Las manos también nos descubren el universo del otro. Es tanta la energía que generan, que podemos alcanzar un gran conocimiento de la otra persona posando nuestras manos sobre ella.
Nuestras manos están concebidas para crear, para amar, para comunicarnos. Como los pies, la cabeza u otros miembros, manifiestan la belleza del cuerpo humano.
Las manos son indispensables en nuestro devenir cotidiano. Casi siempre estamos haciendo algo con ellas. Al cabo del día, podemos contar un sinfín de cosas que hemos hecho. Cuán necesarias son, y cuántas cosas dejaríamos de hacer si no las tuviéramos. Con un bolígrafo entre las manos escribo; con mis dedos tecleo, navego por Internet buscando nuevos conocimientos. Puedo dibujar, lavar, cocinar, vestirme. Puedo conducir, conectar un aparato de música, pintar o diseñar una casa. Los sordos pueden comunicarse con las manos. Los hombres, todavía en muchos lugares del mundo, cultivan la tierra con ellas, siegan y recogen los frutos. Los artesanos fabrican muebles. El ser humano no habría evolucionado como lo ha hecho sin el auxilio de las humildes, eficaces y preciosas manos.
Las manos también pueden ser un elemento terapéutico. Qué importantes son las manos de un cirujano y las de una enfermera, las de un celador, o las de una madre que acaricia a su bebé. Son manos que curan y miman. También están las manos de un terapeuta que no sólo masajea el cuerpo, sino que estimula las conexiones cerebrales y calma la tensión nerviosa, la ansiedad, la tristeza.

Manos creadoras

Pero las manos no sólo hacen cosas útiles y necesarias para el trabajo cotidiano. Con las manos escribimos poesía y pintamos cuadros. Un cineasta filma una película, un artista esculpe sus obras de arte.  Un músico plasma a través de la partitura las melodías armónicas, que luego puede dirigir con su batuta ante una orquesta. Cuando las manos dejan de ser meramente útiles se convierten en instrumento de una capacidad creadora enorme, que va más allá del pensamiento abstracto.
Es entonces cuando las manos alcanzan la trascendencia. En las manos del pintor que, con sus pinceles, atrapa sobre el lienzo un paisaje, vistiéndolo de poseía, hay una realidad más allá de lo que ven los ojos, porque pinta desde el alma. En la danza, otro arte que usa las manos y el cuerpo para expresarse, al compás de la música, hay un canto a la vida. Con la suave presión de un solo dedo, el fotógrafo inmortaliza la belleza y cristaliza en su objetivo un momento de plenitud. En el séptimo arte, el cine, las manos capturan con la cámara un instante, haciéndolo imperecedero. Cuántos momentos inolvidables han quedado impresos en nuestra memoria. Un amanecer sobre el mar o un camino otoñal, alfombrado de hojas doradas, que invita a la soledad y al recogimiento. O un campo primaveral sembrado de amapolas. O el rocío sobre la hierba. Cuánta grandiosidad podemos percibir y disfrutar con un solo movimiento de nuestros dedos.
El anhelo de ir más allá de nosotros mismos nos lleva a crear en dimensiones gigantescas. Cuántas obras arquitectónicas, maravillas de la mente humana, pueblan nuestro mundo: puentes transoceánicos, canales, islas artificiales, templos o rascacielos. Todo esto sobrepasa los límites de nuestra pequeña realidad.
En el otro extremo, vemos la precisión increíble de la nanotecnología, que nos permite almacenar y transmitir grandes cantidades de información en dispositivos minúsculos. Apenas pulsando un teclado podemos navegar por Internet a velocidades sin precedentes y las noticias recorren el planeta en cuestión de segundos.

Manos que hablan del amor

La ternura expresada a través de las manos nos habla del amor. Y cuando expresan la trascendencia, han llegado al límite de lo que pueden hacer. Es sublime partir el pan con el que no tiene, bendecir una mesa, una casa, la naturaleza, o a otra persona. Las manos de un sacerdote que consagra el pan y el vino se convierten en recipiente sagrado que contiene y reparte al mismo Dios.
¡Qué arma tan poderosa son las manos cuando se ponen al servicio del amor!
Las manos de aquellos que han decidido vivir su vocación como una vida de entrega a los demás son manos que hacen de puente entre Dios y el hombre. Desde el momento de su ordenación, el sacerdote tiene la capacidad de utilizar sus manos para derramar el agua bautismal y para ungir con el óleo del crisma la cabeza de los bebés, elevándolos a la dignidad de ser hijos de Dios. Las manos consagran el alimento de vida eterna. En la eucaristía, los movimientos de manos son importantes: manos abiertas, que se elevan, que bendicen, que sostienen el pan y el vino, que administran la comunión. Manos que dan la paz al compañero, que invitan con un gesto, que saludan y envían. Las manos del sacerdote también nos dan el perdón misericordioso cuando nos sentimos pecadores y necesitamos volver al corazón del Padre. Bendicen a aquellos que van a contraer matrimonio, lanzándose a la aventura del amor cristiano, deseando que Dios corone su hogar. Bendicen dos libertades que se atreven a navegar juntas. Y bendicen, también, y ungen, al enfermo que necesita fortaleza y al moribundo, acompañándolos en los últimos pasos de su trayecto vital.
Dar la vida, rescatar, curar: estas son las manos de Jesús de Nazaret. Las manos que acabaron clavadas en la cruz eran las mismas que habían obrado milagros, devuelto la vista a los ciegos, curado a los paralíticos y resucitado a los muertos. Solo imponiendo sus manos, Jesús fue capaz de transmitir luz, fuerza, vida, a quienes estaban faltos de ellas. Toda su vida fue un continuo bendecir. Cuando se llega a este punto, las manos ya no solo están ligadas al cerebro, sino directamente al corazón de Dios. Es entonces cuando las manos únicamente pueden obrar el bien, derramando la bondad que reciben de Aquel que es todo amor.

sábado, 8 de octubre de 2011

Una mirada afable

Siempre lo recuerdo amable y sonriente. Nuestros encuentros eran cortos, pero cada encajada de mano expresaba la sencillez de un hombre amigo de sus amigos, que conquistaba con su fino sentido del humor. Hombre muy querido por el barrio, por sus amigos, vecinos y, cómo no, por su familia, especialmente su esposa Conchita y sus hijos, siempre se mostraba cercano y atento. 
Su mirada expresiva, entre pilla y desenfadada, lucía como el agua de un manantial. Así era su espontaneidad. Supo vibrar hasta los últimos momentos de su vida mientras se iba despidiendo, con dulzura, de todas las personas amadas, con un suave apretón de manos.
En su lecho de muerte, Conchita lo acompañó, ayudándole a vivir en paz esos momentos y procurando que nada le faltara. Cuando las fuerzas le flaqueaban, allí estaba ella, acurrucada en su corazón, respirando al unísono con él, con un amor que atravesaba el mismo umbral de la muerte.
Diego, allí estabais juntos, tú y Conchita, después de sesenta años de vida compartida. La fragilidad de la existencia se manifestó con toda crudeza en la enfermedad. Tú la desafiaste hasta el último momento, en que cerraste el ciclo de tu vida. Fue una enfermedad corta, una lucha acelerada que terminó con tu salto a la trascendencia, al lugar de los que viven para siempre en el abrazo eterno con Dios Padre.
Como párroco de San Félix, quiero agradecerte tu incansable y alegre colaboración en el grupo de Cáritas parroquial. De tus recias manos muchos pobres recibieron alimento y apoyo. Ayudaste a dar vida a otros. Eso es la caridad, la obra de misericordia básica: dar de comer al que no tiene. Tu ayuda inestimable en Cáritas contribuyó a que muchas personas que sufren a causa de la crisis pudieran recibir el bálsamo de la solidaridad. Hasta que tu enfermedad te lo impidió, no dejaste de acudir, aunque ya débil, siempre firme, amable, con humor, para ayudar a tus compañeros y estar al lado de los necesitados.
Pero ya te ibas. Marchabas hacia otra ruta, el destino último, la felicidad del encuentro con el Creador, Aquel que con su soplo de amor hizo posible tu existencia y que más tarde te regaló la flor más hermosa: tu esposa Conchita, y sus frutos, tus hijos, que han sabido acompañarte en el ocaso de tu vida.
Pero no olvidemos que, después de la noche de la muerte, siempre llega un nuevo amanecer, que escapa a toda ley física. La pascua de cada cristiano es su muerte, y Cristo nos regala también una resurrección. Cada alma atraviesa el universo para ir a parar al mismo corazón de Dios.
Conchita, hijos, familiares y amigos: Diego fue un hombre bueno que solo podía terminar junto a la bondad absoluta: Dios.
Diego: tus amigos, vecinos, tus compañeros y toda la comunidad de San Félix siempre te recordarán con gratitud.

sábado, 17 de septiembre de 2011

El abrazo del indigente

Era un caluroso domingo de agosto, al mediodía. El sol caía sin piedad en el patio de la parroquia. La gente entraba en el templo para asistir a la celebración de la misa dominical. De pronto, el mendigo sentado a la puerta de entrada al recinto se levantó ágil y se dirigió a mí. Con las pocas fuerzas que le quedaban, después de trasnochar y vagar de un lugar a otro, se abalanzó sobre mí y me dio un fuerte abrazo.
No sé cómo su frágil cuerpo y sus brazos escuálidos podían aferrarme con tanta fuerza. Yo le hice un gesto enérgico, indicándole que me dejara, porque tenía que irme, pero cuanto más me oponía, más me estrechaba él. Con su aspecto desaliñado, la piel curtida por el sol, la ropa sucia y su olor irrespirable, no me soltaba.
Y me dije a mí mismo: tranquilo. La reacción más natural hubiera sido enfrentarme a él y sacármelo de encima. Pero cuando le miré, con aquellos ojos perdidos, me di cuenta de que sólo quería sujetarse. Tal vez estaba quemado por el sol, pero tenía el alma fría, y buscaba calor humano.
Sostenía entre mis brazos a un hombre roto, hecho pedazos, que caminaba hacia el abismo. El alcohol, la droga y la soledad lo habían quebrado de arriba abajo. Aquel cuerpo depauperado escondía un alma sin relaciones, sin calor, sin vida, sin horizontes, y un terrible futuro vagando por las calles de la ciudad: de la soledad al rechazo y a la muerte.  El hedor que desprendía no sólo era desagradable: olía a tragedia, a vida que se desliza hacia un pozo profundo, a impotencia.

El rostro sufriente de Cristo

Aquella noche me costó conciliar el sueño. Tuve entre brazos a un hombre que lo había perdido todo. Su respiración jadeante expresaba una vida frágil, suspendida de un hilo a punto de romperse. Pero en ese hilo todavía alentaba un incansable afán de supervivencia. Esos cinco minutos que me parecieron interminables noté que él no me miraba, ni fijaba la vista en nadie. En realidad, sus ojos estaban clavados en el cielo.
Tenía que celebrar la misa a las doce y media y no me daba tiempo a cambiarme. Sólo pude lavarme las manos y la cara. Mientras lo hacía, pensé. Más allá de la lectura psicológica de aquel impetuoso abrazo, supe que lo que él buscaba en realidad era el afecto perdido con la esposa que le abandonó, según me explicó en su confuso portugués. Aquella ruptura emocional fue lo que tal vez le hizo perder el norte. Cuando un amor se rompe, toda la persona se quiebra, y algunas sienten un vacío tan grande que poco a poco se van desmembrando. En su impulso, buscaba un abrazo cálido, misericordioso, un sostén para no caerse.
Pensé en el beso de san Francisco al leproso. Ese beso cambió el alma de Francisco. Pensé también en los tiernos abrazos de la beata Teresa de Calcuta a los moribundos, en sus centros de acogida, un bálsamo dulce en sus últimos momentos, con la sonrisa en su rostro arrugado. Y en tantos santos y misioneros que han sabido ver el rostro sufriente de Cristo en las vidas destrozadas, quizás indignas para los demás, pero valiosísimas a los ojos de Dios, aunque su aspecto sea sucio y maloliente.
Y recordé otro día de invierno, cuando entre las misas de once y doce y media el indigente entró en el templo apresuradamente, con su paso torpe y tambaleante,  y se dirigió al Cristo crucificado. Mirándolo fijamente, alzó las manos y comenzó a increparlo, gritando con todas sus fuerzas y dándose golpes de pecho. Con ojos vidriosos y gesticulando, le lanzaba sus reproches, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. No le dije nada. Dejé que terminara sus lamentos. Quizás manifestaba toda la ira que le consumía, o quizás vociferaba bajo el efecto de la droga, el alcohol y la desesperación.
Este indigente hace más de 10 años que se sienta a las puertas de la parroquia. Hay días que viene más calmado, otros días llega agitado y nervioso. Alguna vez hemos llamado a los servicios sociales y a la Guardia Urbana. Lo retienen varios días en un centro, pero siempre regresa a la calle, donde sobrevive pidiendo limosna. Nadie puede hacer nada más. Cuando está más lúcido, lo dejan marchar y siempre regresa a la puerta de San Félix. De algún modo, es su comunidad, donde no sólo mendiga dinero, sino algo de calor. O quizás busca echar su bronca al Cristo crucificado. De aquí saca algo de limosna para seguir huyendo hacia delante, para no encontrarse cara a cara con su cruda realidad, la de un hombre terriblemente solo que un día perdió el valor más preciado: el amor.
Desde ese día, su corazón se apoya tan sólo en nuestra acogida. Nosotros, al menos, podemos soplar sobre las pequeñas brasas que le quedan encendidas para darle algo de calor e iluminar un poco su alma.