domingo, 29 de noviembre de 2020

Cuando el amor se apaga


Todos ansiamos amar y ser amados. Este es nuestro anhelo más profundo: vivir amando. Forma parte de nuestra naturaleza humana. De no ser así, la vida se precipita hacia el abismo. La soledad, la falta de vínculos, vivir desconectado fragmenta al hombre. El amor es consustancial al ser humano. Pero también es cierto que, para vivir esta experiencia que colma todo deseo, es necesario estar preparado para esta gran aventura.

Desprenderse del egoísmo

Lanzarse al mar de la existencia con sentido y esperanza requiere de todo un aprendizaje para desengancharnos de una serie de capas que nos envuelven. Para empezar, hay que deshacerse de todo lo que no es propio, para descubrir en nuestro interior lo que nos constituye como persona. Cada uno de nosotros es un ser único, y desde nuestra peculiaridad estamos llamados a la vocación del amor, porque difícilmente podremos dar lo mejor de nosotros mismos si no saldamos las hipotecas emocionales de nuestro pasado.

Sobre todo, hay que desprenderse del egoísmo cultural y psicológico que nos impide abrirnos a los demás, ya sea por miedo, por incapacidad de confiar o porque no nos atrevemos a compartir con alguien aquello que somos, más allá de lo que tenemos y hacemos.

Es verdad que las malas experiencias nos llevan a blindarnos, como una defensa, cerrando muchas veces las puertas a nuevas personas y vivencias. Esto se ha podido dar porque no siempre decidimos correctamente a la hora de unirnos a una persona. Esto ocasiona muchos errores, que se pagan durante años y que finalmente llevan a la ruptura y, como consecuencia, al sufrimiento y a la soledad.

Tendríamos que plantearnos los verdaderos motivos por los que hemos decidido algo tan importante. A veces elegimos dar el paso de manera irresponsable, incluso frívola, sin prever las consecuencias. Incluso podemos tener algún interés escondido que no nos atrevemos a expresar. Construir un proyecto serio requiere de mucha madurez, discernimiento, entrega y, sobre todo, aparcar todo egoísmo.

Un fundamento sólido

Levantar una relación entre dos personas que se quieren debe hacerse sobre una base firme y sólida, inquebrantable, ya que los vaivenes de la vida pueden hacer tambalear cualquier edificio bien construido. Se hace necesario que las relaciones se mantengan fuertes para evitar las grietas que pueden ir debilitando los cimientos del amor de esas personas que se han comprometido. Sin tener esto claro, el paso del tiempo, la apatía y el cansancio, harán que el edificio se vaya fracturando y el proyecto que empezó con tanta ilusión acabe desplomándose. Por eso no hay que dejar de alimentar el fuego del amor. No puede faltar el combustible, a diario.

Muchas veces me pregunto cómo puede apagarse el amor, que empezó con tanto ardor. La lógica del amor es crecer siempre, florecer, expandirse, fructificar y llegar a cumbres de plenitud. Cuando el amor es auténtico y sincero, cuando se da el paso de la unión, asumiendo todos los riesgos, es porque hay algo encendido en el corazón de ambas personas. Ese fuego los lleva a mirar lejos, a orillar nuevos horizontes, a emprender todo tipo de hazañas y a sentir una profunda felicidad mutua. Dos que se aman están dispuestos a todo, hasta dar la vida por la persona con la que se decide compartirlo todo.

Pero, al cabo de un tiempo, esa fuerza arrebatadora que los impulsó a ir lejos en su aventura, se va apagando poco a poco. Con el paso de los días la vida se vuelve insoportable, pesada y angustiosa.

¿Por qué se apaga el amor?

Y me pregunto. ¿Qué ha pasado? ¿A dónde fue a parar ese huracán interior que os empujaba a vivir con intensidad? ¿Qué fue de ese volcán de fuego que llenaba vuestros corazones?

¿Fue algo auténtico, o fue una realidad virtual? ¿Teníais miedo de quedaros solos? ¿Os cansasteis y dejasteis de echar combustible a la hoguera de vuestro amor? ¿Por qué lo dejasteis? ¿Os dio vértigo seguir remando juntos, ante las grandes olas que envolvían vuestra barca y azotaban vuestra existencia? ¿Os vino grande afrontar las dificultades de la convivencia?

En la vida hay momentos de calma, en que todo se desliza de manera suave. Los amaneceres son bellos en alta mar, disfrutáis de la contemplación. Pero también hay momentos de fuertes sacudidas, que pueden llevar a volcar al barco. A veces surgen imprevistos ante los que no sabemos cómo reaccionar. Hemos de estar preparados para este viaje y saber, y prever, que toda existencia humana es un misterio. Nos topamos con la limitación del otro y con la nuestra. ¿Por dónde tenemos que ir?

La ciencia del amor

Yo os digo que, cuando todo lo que se proyecta está bien fundamentado, sobre una base sólida de amor, se está preparado para cualquier situación inesperada. Pero para esto se ha de amar mucho. Se ha de conocer mucho al otro y se ha de estar dispuesto a hacerlo todo por la otra persona. La ciencia del amor nos capacita para cualquier batalla, para tener el combustible a punto y activar todo ingenio y creatividad, para sortear las olas, girar a tiempo el timón y nunca enfrentarse a ellas, sino más bien navegar cruzándolas. Para esto se necesita temple, capacidad de reacción y, sobre todo, saber manejar la embarcación, mucha inteligencia y ser proactivo. Todo esto se puede aplicar a la vida, a las relaciones humanas y a dos personas que han decidido vivir juntas para siempre.

Se requiere de un buen equipaje para iniciar esta aventura llena de misterio y sorpresas. Para ello, siempre hay que mantener encendida la lámpara, y esto requiere prever la energía necesaria para que nuestra existencia sea luminosa y bella. De no ser así, la vida será un naufragio, los corazones rotos serán cuerpos sin vida flotando entre las olas, a la deriva. Será cuando la vida se vuelva nauseabunda, y nos sentiremos castigados a vivir sin vivir, deslizándonos hacia el abismo, hacia el sinsentido, hacia la hipocresía. Sólo lo puramente fisiológico mantiene ese hilo que está a punto de romperse. Qué vida tan gris, tan pobre.

Si eres capaz de dejar de pensar sólo en ti mismo y de recrearte en tus errores harás posible que, de momento, el hielo se derrita. Poco a poco, sanarás y se irán cerrando las grietas del corazón, para volver a encender la pasión. Cuando el ego se empequeñece estarás preparado para que, de las cenizas, reaparezca la brasa incandescente que, con un soplo, puede volver a arder. Así renacerá la pasión que hizo posible que una gran llamarada envolviera tu vida. Sólo necesitas desearlo, quererlo, y una fuerte voluntad para superar todos los fantasmas que os han convertido en «zombies». También una gran dosis de paciencia y dulzura. Solo de esta manera se producirá el milagro: volver a sentir aquello que sentíais cuando estabais profundamente enamorados, esas emociones que os llevarán a vivir como si estuvierais en el cielo.

domingo, 22 de noviembre de 2020

Instalados en la irrealidad

Todos deseamos vivir para llevar a cabo nuestras metas y deseos. La vida no siempre es fácil y necesitamos de mucha creatividad e ingenio para hacerlos realidad. Es absolutamente loable que estos objetivos sean altos y requieran de autoexigencia para culminarlos, en cualquier ámbito en el cual nos sintamos realizados. Para ello hemos de poner toda la carne en el asador, arriesgándonos y sin dejar nada a la improvisación. Con actitud entusiasta y realista, uno puede alcanzar grandes logros, colmando así el deseo de su corazón.

Perseguir nuestras metas nos pide tiempo, dedicación, sacrificio, realismo y capacidad de discernimiento para calibrar si estamos en el camino correcto, pues si no, podemos despistarnos fácilmente y tomar una dirección contraria, desviándonos hacia ninguna parte.

Cuando los planes no funcionan

No se puede llevar a cabo un plan sin tener en cuenta lo real: lo objetivo, lo medible, lo tangible, para poder realizar un buen trabajo de análisis y evaluación. Sólo con una mente clara, y después de medir las propias fuerzas y recursos, con todas las variantes contempladas, uno puede iniciar de manera serena y lúcida, el camino que lo lleve a culminar su proyecto. De no ser así, se alejará cada vez más de la realidad y del cumplimiento de sus sueños.

Pero ¿qué ocurre a veces? Que uno lo arriesga todo y no hay manera de conseguir aquello que se desea. ¿Por qué?

Si el plan trazado no está bien pensado desde el principio, pueden surgir muchas trabas y problemas que lo hagan inviable.

Puede fallar el plan. Puede ser necesaria una revisión de las intenciones auténticas. Puede fallar el enfoque, o los recursos. Tal vez hemos puesto el acento donde no teníamos que ponerlo, y esto hace que nos alejemos del objetivo. Si no nos percatamos a tiempo, nos desviaremos cada vez más y un error puede llevar a otro, hasta que terminamos perdidos en una maraña de problemas y dificultades. Ya no sabemos dónde estamos, sólo sabemos que nuestra diana parece.

El fallo puede ser de fundamento. Quizás el plan se ha trazado sobre una base falsa, una realidad subjetiva o una proyección de nuestros deseos y necesidades. Esto nos puede complicar las cosas hasta llegar a situaciones límite. A medida que se pierde la capacidad racional, podemos cometer grandes errores. La realidad es tozuda, cruda y despiadada. Hay que aceptarla y asumirla como es, aunque nos cueste. Nuestras ilusiones no pueden obviarla, no la van a negar ni a cambiar, por mucho que queramos. Por muy dura que sea, y por mucho que nos descoloque, es lo que hay.

La realidad se impone

Negarla nos lleva a la obsesión e incluso a la violencia, porque no hay manera de culminar el plan, y nos enfadamos. Perdemos la capacidad de análisis, de razonar, y empezamos a dar vueltas y vueltas, regresando siempre al punto de partida. Nos instalamos en la irracionalidad y en nuestros sueños, y podemos permanecer así durante mucho tiempo, esperando lo imposible porque la meta que nos planteamos era errónea y no hemos sabido corregir a tiempo nuestros planes. La obstinación y la imposibilidad de llevarlos a cabo acaban frustrándonos.

Hasta que la realidad se impone y, de pronto, nos hace abrir los ojos y tocar plenamente de pies a tierra. Entonces nos damos cuenta de que hemos pasado años dando tumbos y bailando al son que marcaba nuestra ensoñación, lejos de lo que ocurría en la realidad.

Qué importante es contrastar nuestros planes, pedir opiniones y consejo, escuchar, con actitud humilde, y aprender cuando no sabemos. La soberbia de creer que lo sabemos todo y que todo está bajo control nos puede lanzar a un pozo sin fin, incluso a renunciar a nuestros principios éticos, viviendo una experiencia de continuo desgaste hasta llegar a situaciones sin sentido, y aislándonos de la comunicación con los demás. Cuando perdemos los vínculos con los demás, estamos perdiendo algo esencial de nosotros mismos.

Lo que es irrenunciable

No todos los planes son viables, ni logran buen fin. A veces hay que aprender a perder con dignidad, y a renunciar cuando la meta es imposible. No podemos poner en juego lo que es sustancial a nuestro ser. Saber perder, asumir una derrota, es una gran lección para replantear nuestra jugada. Hemos de ser humildes porque hay cosas que no siempre podremos conseguir, aunque las deseemos tanto. Pero sí podemos cambiar para afinar mejor y aprender de estas experiencias. Hemos de estar muy despiertos para no desanimarnos y saber retroceder a tiempo para reenfocar.

Todo lo que se aparta de la realidad real nos lleva hacia el pantano de las ilusiones, que, a veces, son más fuertes que la misma realidad si no vigilamos, y nos hunden en sus arenas movedizas. Cuanto más insistimos en avanzar por ahí, más nos hundimos en la miseria interior. Ojalá aprendamos a abrazar la realidad tal y como es, y no como quisiéramos que fuera. Aunque eso signifique parar a tiempo y renunciar a un plan que sólo ha conseguido llevarnos a un laberinto sin salida.

Cuando el plan te hace perderlo todo, incluso lo que más quieres, es que estaba mal concebido. Cuidado cuando nuestro plan esté dirigido solamente a objetivos materiales. Es legítimo obtener ganancias, pero que esto no nos haga perder un mayor valor: la presencia y el afecto de los tuyos, de tus amigos. Y, sobre todo, tus propios valores. Si el plan se traza con razón y corazón, será más fácil emprender un buen camino hacia tus sueños reales.

martes, 10 de noviembre de 2020

Mi nuevo libro, en Amazon


Escritos con alma
, de Joaquín Iglesias

¿De qué trata este libro?

Partiendo de mi experiencia cotidiana, os ofrezco 50 reflexiones sobre el ser humano, sus inquietudes, sufrimientos y esperanzas. Profundizo en el dolor y en sus causas, pero también en el potencial inesperado del alma, que desea vivir y alcanzar sus sueños. Son escritos en los que muchos lectores os podéis sentir identificados, pues hablan de historias reales, y a la vez podéis encontrar en ellos inspiración y fuerza para salir adelante.

Sinopsis

Una mirada. Un rostro. Un encuentro. Dicen que el buen fotógrafo captura la belleza con su ojo, antes que con su cámara. El buen poeta la aspira en el aire, y la transmite en palabras. Y el que está acostumbrado a vivir despierto, con el asombro a flor de piel, convierte cada momento en una reflexión, en un aprendizaje, en un escrito… con alma. 

Así lo he intentando hacer recopilando estos momentos convertidos en vida, en meditación, en sabiduría. Son escritos que surgen de mi experiencia cotidiana, de mis encuentros con personas diversas y de mi intento por ver la realidad con ojos nuevos cada día. Son escritos que rezuman amor a la vida, a toda forma de vida, ya sean pájaros, árboles o flores. Pero, muy en especial, amor al ser humano.

Cómo adquirirlo

En Amazon, versión impresa.
Versión Kindle
Si quieres un ejemplar  firmado y dedicado, puedes solicitarlo a: jiglesias@arsis.org.
Booktrailer del libro: en un minuto.

domingo, 1 de noviembre de 2020

Semillas que crecen sobre roca


Paseando por aquellos caminos que rodean el valle del río Farfaña, en la comarca de la Noguera, observo el rocío matinal sobre los matorrales a ambos lados del camino y reparo en una roca plana: en medio de la piedra sale un arbolillo, que crece sobre ella sin haber siquiera una grieta donde pudiera haber caído la tierra para hacer germinar un fruto. Sobre aquella piedra, sólida roca, crecía una planta, echando sus ramitas erguidas de un fresco color verde.

Sorprendido de ver esta mata en un entorno tan seco, sobre una piedra lisa sin fisuras, me pareció un diminuto jardín en medio del árido paisaje. Y me quedé pensativo. ¿Qué había ocurrido en aquella rocosa maceta natural, sin tierra, para hacer brotar la vida? Seguramente hay una razón, pero, más allá de la explicación científica y racional, quisiera extraer una lección de carácter moral y filosófico.

Las personas vivimos en un entorno que, a veces, puede semejar esa roca yerma. No todas crecen rodeadas de un marco de valores que definen su manera de ser, especialmente sus creencias. Cuántas veces nos encontramos con alguna persona que hacía tiempo no veíamos y hemos percibido un gran cambio en ella, quizás porque la teníamos encerrada en un cliché o en algún prejuicio, éramos muy conscientes de sus limitaciones y nos habíamos hecho una idea de ella. Pero, de golpe, la encontramos diferente, vemos algo nuevo que nos indica que en ella se ha producido un cambio. A veces, nuestra forma de ser tan crítica nos impide ver la posibilidad de crecimiento en el otro y, sin querer, actuamos como cirujanos sobre sus lagunas, grietas y carencias emocionales. Lo hacemos de manera fría y racional, negando su potencial de desarrollo y sin creer en su capacidad de florecer. Pensamos: ¿saldrá algo bueno de este?

Nuestros prejuicios sobre esa persona se convierten en una losa rigurosa e insensible que le cierra toda posibilidad de desplegarse, sacando lo mejor de sí. La hemos convertido en un terreno pedregoso donde no pueden brotar los mejores frutos de su corazón. Pero la naturaleza nos enseña que aún en terreno árido y seco, donde no parece posible la vida, encontramos piedras que han gestado un hermoso arbolito, que da color y belleza al paisaje. Sí, todos podemos sacar algo bueno de nosotros, aunque parezca imposible. Si una semilla cae en un corazón estéril, algo puede brotar y dar fruto.

El ser humano es permeable y siempre hay algo, una pequeña semilla, un poquito de tierra, que lo puede hacer fecundo, pese a sus lagunas. Siempre hay un paso abierto que le ayude a renacer. La gente no siempre es lo que parece. Todos estamos llamados a convertirnos en árboles que formen bosques de ramas entrelazadas. Sólo así podremos dar vida allí donde estemos.

domingo, 20 de septiembre de 2020

Un beso en la encrucijada


Era una tarde soleada del mes de julio. Paseaba por aquel camino, entre matorrales de encina y romero, bordeando un inmenso campo de trigo. Una brisa fresca hacía más apetecible el paseo a media tarde. El día era claro, luminoso, y el sol bañaba todo el valle. Pese a la sequía, sobre la aspereza del paisaje explotaba la vida, con toda su belleza. Junto al río crecían los chopos, en medio de la selva de ribera que ocultaba el curso del agua. El intenso azul del cielo se extendía sobre los trigales y las espigas se mecían en el viento, a punto para la siega, su color dorado contrastando con el verde de los bosques y las abruptas montañas grises, vestidas de raíces y matorrales. Junto al camino, los saúcos y las zarzamoras se llenaban de sus primeras bayas.

Todo era esplendoroso y la naturaleza a mi alrededor elevaba un cántico de color, viento, luz. Me sentía como un nuevo Adán en medio del paraíso rústico, respirando aquel aire tan limpio. Estar allí no sólo mejoraba mi salud física y anímica, sino mi alma. Envuelto en ese trocito de creación, me sentía parte de ella, hijo del mismo Creador.

Caminando tranquilo, con aquel aire que reavivaba mis pulmones, la visión se me agudizaba. Es entonces cuando vi a lo lejos a una pareja, en el cruce entre dos caminos, abrazándose con pasión. Me acerqué un poco y vi que no eran jóvenes, sino más bien un matrimonio de mediana edad. Ajenos a mi presencia, su abrazo se prolongó y acabó en un efusivo beso propio de dos enamorados.

Me detuve a cierta distancia, sin atreverme a interrumpir aquel momento, pero sin decidirme a marchar. Me sorprendió ver que no eran dos jovencitos, como los que se inician en la experiencia amorosa, sino dos adultos en su madurez, pero se besaban con la frescura de una joven pareja, expresando su amor en medio de la naturaleza. Era hermoso contemplar la dulzura en sus rostros, la delicadeza en el trato y la sonrisa que hacía brillar sus ojos. No parecía que los años de convivencia hubiera minado o restado alegría e intensidad a su relación. Parecían dos chiquillos experimentando por vez primera el arte del amor. Sus rostros eran maduros, pero el tiempo no había resecado sus almas. El vigor de su abrazo y sus miradas reflejaban un compromiso estable y firme.

No llegué a hablar con ellos, pues no quise seguir en esa dirección y di media vuelta. Pero la escena, en medio de ese bello paisaje, me conmovió. Dos almas se abrazaban bajo la luz del sol de media tarde. En sus rostros se leía la solidez de una vocación al amor para siempre, un compromiso de permanecer unidos más allá del tiempo e incluso de aquel lugar. El tiempo se detuvo para ellos aquella tarde.

Mientras seguía mi camino, fui pensando. Qué importante es para los matrimonios que ese sí que se dieron se renueve continuamente. Que se alimente y hagan crecer ese deseo de una vida plena, vivida con pasión. Ver a esa pareja con tanto vigor, en su madurez, me demostró que ni el tiempo ni el cansancio, ni las dificultades de la convivencia, habían gastado su amor. Juntos, cogidos de la mano, bajo el sol y escuchando el silbido del viento, su corazón latía al unísono y de él fluyó espontáneamente esa efusión de afecto que enlazó sus cuerpos.

El amor de verdad atraviesa las barreras del tiempo, el cansancio y los propios límites humanos; acepta los defectos y los trasciende. Va más allá de la pura psicología y las emociones. Aquella tarde me hizo pensar en tantos matrimonios que, a esa edad, entre los 50 y los 60, ya han agotado su convivencia y se les hace pesado seguir amándose. Se instalan en tedio, sobreviven como pueden, pierden la alegría, resbalan hacia el abismo. De una frialdad afectiva pasan al «ir tirando», como se puede, sin motivación, sin rumbo. Están uno junto al otro, como dos muebles. Viven un destierro en su propio hogar. La incomunicación los aleja el uno del otro y viven entre los conflictos y las treguas. La luz de sus vidas se va apagando y acaban hibernando, con resentimientos acumulados. Dos personas unidas acaban volviéndose extraños que viven bajo el mismo techo. Cada cual «hace su vida».

He tenido la ocasión de hablar con muchas parejas que se encuentran en esta situación de invierno conyugal. La visión de aquel matrimonio, esa tarde luminosa, me hizo pensar que, si se mantiene vivo el deseo de amarse, pese a los tropiezos, todo es posible.

Hacer que cada día todo sea nuevo. Mirar con ojos de sorpresa al otro, más allá de sus defectos. Desear amar y crecer. Basta volver a mirar al otro con mirada limpia y hacer el esfuerzo, como aquella pareja que encontró tiempo para cambiar de escenario, salir, pasear, soñar y buscar nuevos espacios donde el corazón se ensanche, se calme y se sienta bien, sin prisa. Espacios donde caminar dulcemente susurrándose al oído, diciéndose palabras bonitas, agradeciendo.

Hay que saber entrar en la dimensión del amor, cambiar de ritmo y entrar en un ambiente de ternura y diálogo sosegado, lleno de miradas cómplices. Hay que saber mirar más allá de los límites. Os aseguro que se puede mantener el fuego del amor, vivo y ardiente, para que ilumine vuestra vida. Así lo percibí en aquellos dos adultos. No vale escudarse en que «cada uno es como es», y no se puede cambiar al otro. Eso es cierto, pero también puede ser una excusa para rendirse y dejar la lucha. Digo esto con rotundidad: he visto matrimonios en situaciones límite de ruptura. Sólo con que haya unas pocas brasas aún incandescentes, se puede reavivar el amor si se quiere y se ponen los medios.

Vivir al margen del amor, o desamorados, no es parte de nuestra naturaleza. El pez necesita del agua para vivir, y el caballo necesita campo para trotar; el ser humano necesita el amor para poderse desarrollar y ahondar en su propio misterio. Sólo así será feliz.

Ojalá me encuentre muchas más almas por los caminos, que se prometan fidelidad, y que el paso del tiempo no marchite las rosas de su corazón.

domingo, 13 de septiembre de 2020

Educar desde la libertad


La tarea de educar es un reto cada vez más complejo y difícil. Sobre todo, por la fuerte carga ideológica que hoy permea la educación pública, tanto en el ámbito escolar como universitario. En este sentido, creo que todo está muy mediatizado.

La educación en la familia

Pero ¿qué sucede en otros ámbitos? Hoy quiero reflexionar sobre la educación en el ámbito de la familia. Somos muy críticos con la influencia política en la educación pública, pero somos muy complacientes en la forma de educar a nuestros hijos. Creemos que tal vez estamos haciendo lo mejor por el bien de los niños, pero en el entorno familiar también se hace muy difícil educar. En primer lugar, porque nosotros también fuimos educados de una cierta manera por nuestros padres. A veces el hijo ha vivido la experiencia educativa como una pesada carga que le ha impedido crecer según sus talentos y capacidades. Educar no es clonar al hijo según los criterios de los padres, no es modelar en función de unos ideales. Ser unos buenos padres implica asumir que la educación debe darse desde la libertad y por la libertad. No pueden encerrar al hijo en sus esquemas ideológicos, filosóficos y religiosos. Pero da miedo asumir que tener un hijo no significa moldearlo según sus gustos y sentimientos.

Cada hijo es singular e irrepetible. No se puede hacer un asalto a su legítima libertad. A veces los padres cargan sobre ellos todo el peso de su propia estructura psíquica, familiar, emocional y cultural. Muchos proyectan sobre los niños sus miedos y quisieran protegerlos y apartarlos, sin darse cuenta de que esto impide también su crecimiento natural. Cuando son pequeños es más fácil, porque los niños adoran a sus padres. Pero cuando van creciendo y desarrollan su criterio propio, en el inicio de la adolescencia, cada vez se producirán más choques y desencuentros.

El adolescente puede entrar en un círculo de autoculpa, porque no quiere romper con sus padres, pero su fuerza interior lo empuja lentamente a ir soltando esos vínculos que se forjaron en la infancia. Ya no ve la realidad a través del filtro paterno, sino que empieza a sumergirse en ella desde su propia experiencia y conocimientos. Su intelecto crece a gran velocidad. Está luchando por gestionar sus emociones y su proyección social. Empieza a pensar por sí mismo. Su discurse se aleja del de sus padres. Quiere tomar decisiones, asumiendo los riesgos, y muchas de ellas se alejan de lo que decidirían sus padres. La tensión está servida.

El segundo parto

Los padres se enfrentan al segundo corte del cordón umbilical, quizás aún más doloroso que el del parto. En la entrada a la juventud, con una clara proyección de lo que quieren hacer en el futuro, los padres deben aceptar que el adolescente está iniciando su madurez. Necesita salir de este segundo vientre: su hogar. Se está produciendo otro parto y el hijo necesita vivir por sí mismo. Quiere sentirse libre, dentro del ámbito familiar y fuera. Tiene amigos, le gusta defender sus ideas, quiere sentirse con la capacidad de elección: desde la ropa, el ocio, sus amigos, los estudios… Es un momento crucial para los padres. Si en este segundo proceso de parto intentaran retener al bebé más tiempo, le causarían un enorme daño. Lo ahogarían psicológicamente.

La vida llama a la puerta y necesita un canal abierto para poder nacer. Lo mismo pasa en esta fase vital. No se puede retener más tiempo de la cuenta al joven que grita por tener autonomía, por ser él mismo. Es normal que pida salir de la atmósfera y el ambiente familiar de manera progresiva. Siempre acompañado de manera serena, en su proceso evolutivo hacia la madurez. Pero, como en todo paso, esto implica desatar amarras con la familia. Es una etapa compleja para todos, porque tienen que aprender a relacionarse de una forma nueva. Ya no tanto desde el peso de la dependencia, sino desde la confianza que les permita el reencuentro, el reconocimiento y la propia identidad, de adulto a adulto. El peso familiar no puede condicionar una relación basada en la libertad. Sólo así se restablecerán esos vínculos que tanto han marcado a los hijos y ambos, padres e hijos, podrán ser amigos.

Padres de hijos adultos

Entiendo que para los padres no es fácil. Ser padres de hijos adultos requiere plantearse ciertos paradigmas educativos. Es la única manera de posibilitar una vida familiar serena y pacífica. Para los padres, supone un reinventarse, aprender a estar sin los hijos, respetar sus decisiones, no forzar situaciones con el deseo solapado de manipular… Los padres tienen que preguntarse con valentía y sinceridad si están realmente ayudando a sus hijos para que sean lo que quieren ser o lo están modelando según sus criterios. Incluso tendrían que atreverse a preguntar: Hijo, ¿qué te gustaría hacer?

¿Están dispuestos los padres a renunciar a un cierto formato educativo para ayudar a los hijos a ser lo que quieren ser? Tal vez les da vértigo preguntarse si lo están haciendo bien, si lo hacen por el bien de ellos o en realidad les están inculcando sus modelos y su cosmovisión, modelándolos según sus ideas y hasta según sus propios miedos, con el pretexto de que lo hacen por su bien.

Hemos de tener cuidado con el excesivo proteccionismo. Puede estar basado en el miedo a que aparezca la propia personalidad del niño, y esto implique un cierto desgarro para los padres. Ellos son también hijos del mundo. Ellos elegirán con quién vivir y compartir su vida, al margen de sus padres. Es un momento crucial para aprender a estar en su sitio. La posesividad es contraria a la libertad. Los padres tendrán que depurar intenciones. La maternidad no puede frenar todo el potencial del hijo, aunque esto signifique alejarse del nido. Es ley de vida y algo totalmente natural. Volver a ser padres de otra manera es una gran asignatura que también tendrán que aprobar si quieren ver a sus hijos adultos y felices.

domingo, 6 de septiembre de 2020

¿De ilusión también se vive?


Vivir inmerso en la realidad a veces se hace difícil y pesado. La realidad nos acerca a las cosas tal y como son, no tanto como nosotros quisiéramos. A veces huimos de ella porque nos viene grande y nos supone asumir las consecuencias de estar despiertos y abiertos. Nos cuesta mirar cara a cara la realidad: qué es el mundo y quiénes somos, y preferimos vivir en una burbuja que nos aleja del sufrimiento de la vida.

Aceptar lo que somos y vivimos a veces se hace cuesta arriba. Preferimos pasar de lado ante lo que acontece y, cuando las cosas se vuelven insoportables, no queremos enfrentarnos a ellas, porque esto significa aceptar que no siempre conseguimos lo que queremos. Esa dificultad de culminar nuestros deseos nos hace sufrir y preferimos vivir en una mentira que nos anestesie que en una verdad cruda y real. Entonces buscamos mecanismos para torear la situación.

Es verdad que la realidad nos puede producir incomodidad, sobre todo si vivimos situaciones precarias, tanto económica como social y emocionalmente. Necesitamos analgésicos psicológicos para poder sobrellevar momentos límite. Y tiramos de nuestros recursos mentales para sacar nuestra cabeza de esa inquietante y mala experiencia. Es entonces cuando jugamos a cambiar la realidad, confundiendo la esperanza con la ilusión. Sacamos a relucir esas frases tan populares, «de ilusión también se vive», o «la esperanza nunca muere». Las utilizamos como mecanismos de supervivencia y esto nos ayuda a sobrevivir en condiciones asfixiantes, donde el oxígeno de la realidad nos angustia. Creamos un autoengaño: la mentira se utiliza para alargar situaciones de espera sin sentido, porque la verdad nos supone un choque tan contundente que preferimos evitarlo. «Todo irá bien.» «Las cosas saldrán.» «Mi deseo se hará realidad.»

Vivir en una dulce mentira

Así es como nos acabamos creyendo nuestra propia narrativa, el pensamiento mágico que nos convence de que un día todo acabará bien, tal como queremos. Incluso, ingenuamente, decimos que hay que tener esperanza, en un intento de sobreponernos. Pero cuanto más tiempo pasa, más se alarga la situación y acabamos resignándonos, sin preocuparnos por cambiar las cosas. Esperamos que un día todos nuestros problemas se resolverán, con tan sólo desearlo.

La vida no es un circo, ni un montaje mental. La vida fluye tal y como es, y todo cuanto hacemos tiene consecuencias, algunas muy duras. No es que no se puedan resolver, pero lo que está claro es que la solución no será mentirse o dejar que otros nos mientan.

Si no hacemos algo nuevo, ¿cómo vamos a salir del atasco?

A veces es muy doloroso enfrentarse con una realidad agresiva y hostil. Pero es mejor tener la valentía de afrontarla cara a cara.

Los manipuladores

La realidad tiene que ver con la verdad, la honradez y la transparencia. La ética ha de marcar todas las relaciones humanas; todo lo que se aleje de esto es mentira, autoengaño y abuso de los demás. Huir de lo que es justo y honrado no es la solución. Mucha gente prefiere vivir creyendo que todo saldrá bien algún día, y se mete en su burbuja virtual, a merced de la manipulación psicológica de quienes alimentan su ilusión mientras siguen agrediéndoles, mintiéndoles o estafándoles.

Estas personas manipuladoras saben muy bien qué hacer. Con su juego de falsas promesas y engaños impiden que la víctima despierte de su letargo y reducen su capacidad de reacción y reflexión. La incapacitan para salir a luchar con todas sus fuerzas por su vida y sus metas.

Salir de la trampa

Necesitará tiempo y firmeza para salir de ese globo envolvente, rompiendo el círculo de mentiras y pretextos, saliendo de ese baile donde el ritmo lo marca otro. Con actitud resolutiva, se vuelve a marcar su meta y regresa a la realidad. De la ilusión pasa al realismo, de la magia a lo tangible, de una falsa esperanza a la autenticidad; del miedo a la valentía, de la opacidad a la transparencia. Sale de la mentira para abrazar la verdad, deja atrás la injusticia para buscar la justicia.

La verdad a veces puede ser muy dura y necesitamos tenacidad para afrontarla. Pero tiene más sentido lo real que lo irreal, lo que ves que lo que supones. Todo esto implica un gran esfuerzo, porque las ilusiones son adictivas: te hacen creer que, mientras lo quieras y lo sueñes, lo alcanzarás algún día. Es como la imagen de la zanahoria y el burro: corres sin alcanzar nunca tu objetivo. Vives en un permanente engaño y para salir se necesita coraje.

La única solución para resolver estas situaciones es tener el valor de mirar con firmeza la realidad tal como es y empezar a deshilar la textura de tantos engaños sutiles que te mantenían atrapado. Si eres capaz de hacerlo, el montaje caerá y te liberarás de esa dulce pastilla que te ha mantenido arrodillado. Será entonces cuando podrás salir y te darás cuenta de que vivías en un mundo irreal y virtual.

Tu vida verá un nuevo amanecer y serás una persona enraizada en ti misma y en la verdad.