viernes, 5 de marzo de 2021

Cultivar el don


El ser humano, consciente de su potencial, ha de tener muy claro que, más allá de conseguir una meta que se ha propuesto, debe valorar el proceso. Tan importante es el camino como el destino a alcanzar. En lenguaje empresarial, hablaríamos de la búsqueda de la excelencia. En lenguaje místico, hablaríamos de la búsqueda de perfección.

Este proceso, que a veces es largo y dificultoso, requiere tener muy claros no sólo el final del trayecto, o la meta, sino otros aspectos que te ayudarán a conseguirla. Por ejemplo, definir muy bien el camino por donde quieres transitar, los medios necesarios para ponerte en marcha, la suficiente formación, la voluntad, la tenacidad. Se ha de tener todo esto muy claro, en la mente y en el corazón, así como la capacidad creativa de sortear las dificultades. Además, es necesario que todo esto se enmarque en una misión y una visión que resumen el propósito de nuestra vida.

Recientemente he hablado con una gran amiga, terapeuta de enorme sensibilidad y con grandes talentos que sabe dar lo mejor de sí misma a la hora de ayudar a los demás. Ella sabe unir bondad, inteligencia, creatividad y capacidad de empatía cuando se trata de cuidar y sanar a la persona. Acumula una larga experiencia como sanadora, tanto de patologías físicas como psicológicas y espirituales. En su trabajo, la persona está en el centro de todo cuanto hace y, desde su enorme capacidad para leer, no sólo el cuerpo, sino el alma, vuelca todo su ingenio para buscar las mejores terapias para sus pacientes. Sus extraordinarios resultados van más allá de lo medible científicamente. Aunque la mejora real del paciente, sin lugar a dudas, pueda comprobarse mediante pruebas diagnósticas y mediciones de aparatos, sus manos, sus ojos, su intuición y su olfato le sirven para escanear la energía que desprende la persona, pudiéndola aconsejar para mejorar su calidad de vida e incluso, en ocasiones, salvando de la muerte a algunos de sus pacientes.

La conozco a fondo y cuando hablo con ella percibo que tiene un don, un carisma especial. La salud global está en el centro de su vocación. También ayuda a que la vida de las personas tenga un sentido y cada cual aprenda a conocerse mejor a sí mismo. Todo esto, desde una dulzura inesperada, que no le quita nada de profesionalidad y de un trabajo riguroso. He visto que, en el ejercicio de su profesión, es capaz de desplegar un torrente de iniciativas terapéuticas, que hacen de ella una persona singular. Y todo desde una sencillez pasmosa. Tiene un tesoro en su corazón y en sus manos e irradia una poderosa energía sanadora.

Pero también he descubierto en ella, estos últimos tiempos, a una luchadora incansable con fuerza extraordinaria para sobrellevar las dificultades. Pese a los serios obstáculos que ha tenido que afrontar, ha demostrado ser una persona de profundas convicciones. En medio del caos, su fuerza espiritual la ha llevado a la aceptación, la serenidad y el discernimiento. Con una clara luz interior, ha sido capaz de reconstruir, no sin dolor, una situación especialmente difícil que nunca la ha desviado de sus metas. Al contrario, la ha hecho crecer más en su solicitud amorosa hacia el prójimo.

Amante de la naturaleza, del cosmos, del ser humano y de la vida, como le gusta repetir, vive volcada a su trabajo y a su familia, especialmente a las personas enfermas que acuden a ella. Comprometida con la salud, bálsamo para almas rotas, es un regalo para los demás. Con su calor sana y acaricia; con su humor y alegría terapéutica se convierte en una estrella luminosa para los cuerpos dolientes y los corazones heridos. Todo lo que piensa, dice y hace responde a un centraje de su persona para servir mejor a los demás. Su humanidad, bondad, acogida y ternura, así como su amor incondicional por el bien, impregnan su vida. Todo lo hace desde el amor, y desde su ser más genuino. Ella es la roca firme, ave que vuela y agua fresca que regenera a las criaturas sedientas. El Dios de las alturas le ha concedido estos inmensos dones, y ella los da con total generosidad.

domingo, 28 de febrero de 2021

Alegría desbordante


Seis años después de su partida, su presencia sigue viva en el corazón de la comunidad de San Félix. Sí, es Julita, de ojos vivos y chispeantes, menudita y alegre, de una sólida piedad.

Julita siempre estaba ahí, activa en medio de la vida parroquial, devota y fiel. La parroquia formaba parte de su ADN y estaba a todas y a todo, participando especialmente en los eventos que se organizaban: viajes, procesiones, fiestas, celebraciones y devociones marianas.

Nunca fallaba: de su casa a la parroquia y de la parroquia a casa era su itinerario cotidiano. Vivía la fe intensamente, convirtiéndola en el centro de su vida. Su actitud de disponibilidad y servicio era constante, y definía su personalidad humana y cristiana. Por su alegría y simpatía tenía una enorme facilidad para conectar con todos. Su semblante, risueño y de mirada pilla, le abría puertas para iniciar conversaciones espontáneas. Su sencillez, tan atractiva, lograba crear un buen clima que favorecía la sintonía y el bienestar a su alrededor.

La semana pasada la recordamos en la eucaristía del domingo, celebración a la que nunca fallaba. La misa, para ella, era esencial, alimento para su vida, tal como me decía.

La recordé con emoción, pensando en el profundo impacto que ha dejado en la comunidad y en su exquisita amabilidad conmigo, como sacerdote. Conteniéndome, di gracias a Dios por haberla tenido como feligresa, tan expansiva y feliz de formar parte de su comunidad.

Julita convirtió su casa en un espacio parroquial, acogiendo a inmigrantes y a peregrinos que se albergaron bajo su techo. Entre ellos, a los polacos que venían con el padre Ireneusz cada verano.

Julita era una humilde joya con un brillo especial en su corazón. Se entendía con todo el mundo y todos acababan riendo con ella. A su edad, ya anciana, vibraba con alegría desbordante y descubría su sabiduría en un trato delicioso. Lo daba todo: tiempo, su casa, lo que tenía y, en especial, su bondad.

Tu huella y tu testimonio han marcado el corazón de la vida parroquial. Desde el cielo, te pedimos, Julita, que seamos, como tú, unos cristianos alegres y que vivamos nuestra fe con todo el gozo de nuestra alma. Sólo así la parroquia podrá seguir iluminando a aquellos que, por circunstancias difíciles, la han perdido. Que el brillo de la fe se manifieste en una alegría que nada ni nadie pueda arrebatarnos, como a ti nunca te la arrebataron.

Tenías a Dios dentro de tu ser y en tu vida. Que nunca se oscurezca nuestra fe y que nuestra sonrisa sea un amanecer para nuestras vidas.

Gracias, Julita, porque sé que estás allá y aquí, pendiente, como siempre lo estabas, de tu parroquia. Como dijiste, velas por tu querida comunidad y sus proyectos apostólicos.

sábado, 20 de febrero de 2021

La enfermedad, lección, aprendizaje, oportunidad

Todos tenemos miedo a la enfermedad, al dolor y a la muerte. Tener un sano temor nos da la oportunidad de vigilar los excesos que a veces cometemos, para que esto no nos haga perder calidad de vida. Vivimos asustados y preocupados porque siempre tenemos cerca la muerte. Familiares, amigos, vecinos… estamos todo el día topando con esta cruda realidad, que nos mantiene en vilo.

Es difícil evitar la enfermedad, cuando forma parte de nuestra naturaleza humana. Es verdad que no siempre podemos preverlo todo: un accidente, una agresión inesperada, una bacteria o un virus desconocido. Estamos siempre expuestos y no lo podemos controlar todo. Pero ¿se puede hacer algo para minimizar o evitar situaciones que nos lleven a una trágica enfermedad invalidante, que nos aparte del entorno social y nos vaya minando por dentro?

Es evidente que sí. Aunque nunca hemos de perder de vista nuestra fragilidad por el hecho de ser humanos y con limitaciones de todo tipo, tenemos un margen muy grande para reducir las posibilidades de caer enfermos. Por supuesto, la serenidad y la alegría, que también forman parte de nuestra vida, nos ayudarán.

Es importante estar siempre despierto y atento a nuestro acontecer diario: qué pienso, qué hago, qué digo, cómo actúo. Reflexionar sobre nuestras actitudes es fundamental, porque son los rieles de nuestra vida, que nos conducen a las diferentes paradas de la existencia. Cada estación por donde pasa nuestro itinerario vital es una gran oportunidad para ir mejorando en nuestra conciencia plena de dónde estamos y cuál es nuestro propósito diario. Esto es fundamental para saber quién somos y qué nos motiva. En estas paradas internas del tren de nuestra tenemos la oportunidad de distinguir un rumbo claro. En lenguaje cristiano, diríamos que estas paradas son los momentos de soledad y silencio que nos ayudan a hacer un alto en la vida. Si vives fuera de ti, estás perdiendo la brújula que te indica el camino. La tienes dentro de ti. Perder la brújula es perder el sentido del futuro, pero también del ahora. Cuántas personas vemos que viven totalmente desnortadas, sin metas, perdidas en el tupido bosque que les impide ver la luz hacia la salida de su laberinto interior.

Se alejan de la realidad, y pueden llegar a sufrir diferentes patologías, empezando por las psicológicas: estrés, pérdida de identidad, ansiedad, depresión y un profundo sentido de soledad. Sobre todo, una desconexión consigo mismas y con los demás. También se pueden generar enfermedades neurológicas y diversas patologías fisiológicas: digestivas, cardiovasculares, degenerativas, que van convirtiendo a la persona en un enfermo sistémico, con una baja inmunidad, que puede acabar postrado en cama.

Primer paso: sé consciente de tu yo

Tener consciencia de tu yo es la primera acción para encarar la vida y tomar las decisiones adecuadas. Sin esto, muchos vagones se descarrilan y caen abismo abajo.

Tenemos la capacidad de autocurarnos. Si sabemos manejar el potencial extraordinario que llevamos dentro, nuestro arsenal de recursos propios es de una potencia y eficacia impresionante. Busca en tu interior y lo descubrirás. Enfócate en la pulsión de vida que todos tenemos dentro.

Segundo paso: qué es lo prioritario

Una vez pases de esta fase, cuando intentes armonizar lo que piensas, lo que dices y haces, el segundo paso es establecer tus prioridades, o hacer una escala de valores en tu vida. Se basará en tus elecciones personales: cómo vives la relación con las personas que te rodean, tu cónyuge, tu familia, hijos, amigos. Dependiendo de tu situación personal y social, se trata de valorar lo que tienes y cuidar de aquellos a quienes amas, fortalecer tus vínculos con ellos y entender que los demás son un don que nos hace crecer.

Tercer paso: haz lo que te apasiona

No menos importante es que aquello de lo que vives, tu trabajo y tus talentos, esté en consonancia con lo que tú eres y tenga que ver con lo que te apasiona. Las personas y el trabajo que realizas forman parte de tu salud global.

Cuarto: cuídate

Otro aspecto importante y crucial es saber cuidarte a ti mismo. Esto pasa por una buena organización de la jornada: aprender a segmentar el tiempo es fundamental. Saber planificar el día es básico para no descarrilar. El descanso, el ejercicio, una buena y equilibrada alimentación, y buscar espacios de silencio, todo esto ha de formar parte de tu vida diaria.

Si fallan estos cuatro pilares, el ser humano acabará derrumbándose.

Lo que decides hacer en tu vida, teniendo en cuenta estos cuatro ejes, va a contribuir a que disfrutes de una calidad de vida extraordinaria. La moderación en todo va a ayudar a equilibrar tu existencia: tu discreción cuando estás con los demás, la frugalidad en lo que comes, tanto en calidad nutricional como en cantidad. La sobriedad en todo ha de marcar tu norte.

Pensar, comer, hacer

Si pensar es importante para cultivar tus capacidades cognitivas, no menos lo es elegir con quién comes, qué comes, cómo y dónde lo comes. Todo ello te ayudará a tener una buena salud física y espiritual. Lo que piensas, comes y haces es decisivo para convertirte en una persona seria, reflexiva y madura.

Hoy, el concepto de bulimia se puede extender, no sólo a la ingesta de alimento, sino a la ingesta de tanta información nociva, al igual que a la incontinencia verbal. Hablar mucho, comer mucho, devorar tantos impactos informativos contribuye a tener una mala salud.

Tener en cuenta estos sencillos consejos te alejará de la enfermedad, de la no-vida, de tu deterioro emocional, psicológico y te ayudará a disfrutar de una vida sana y equilibrada.

Envejecer con salud

El paso del tiempo no te impedirá vivirla con intensidad, porque la salud también está en tu mente, en tu corazón y en tu alma. Madurarás y envejecerás de una manera sana. Envejecer es natural y bueno; la enfermedad no. Es evidente que, de una manera gradual, nuestras células van perdiendo energía y vigor, pero no tenemos por qué perder la paz y la serenidad. Tampoco la salud.

Si sabemos cultivar la capacidad de discernir, la vida se puede alargar al máximo, y con calidad. Hay muchos ancianos enfermos porque no han sabido ser moderados, sobrios y equilibrados emocionalmente. Pero hay otros, que conozco, que a edades muy avanzadas están sanísimos. Hacen ejercicio, se alimentan bien, tienen buenas relaciones sociales y siguen aprendiendo. Mientras vivan, como dicen algunos, siempre hay algo nuevo que aprender.

Hemos integrado en nuestra cultura que lo normal es la enfermedad. Y no: lo normal es vivir, amar, crecer, mantener el propósito vital. Saber estar en tu eje central, como punto de partida, para mantenerte en tu sitio y desde allí desplegarte con todo tu potencial.

Sólo así nos iremos de este mundo cuando toque, cuando hayamos saboreado la vida al máximo, pero no por una enfermedad que precipita la muerte con dolor y sufrimiento. La enfermedad hace más trágica la vida, pero la muerte natural se espera serenamente, porque sabes que has vivido con intensidad el día a día y, a la vez, lo has digerido suave y lentamente. No has engullido la vida, la has masticado, paladeándola, hasta sacar la esencia misma de ella, sin prisa, pero sin pausa, has caminado hacia esa última estación, la que te llevará al otro lado, allí donde la enfermedad y la muerte han quedado abolidas.

Entonces vivirás con salud en mayúscula porque estarás conectado con la Vida en mayúscula. Vivirás en una permanente armonía con Dios, fuente de nuestro gozo, y con él te habrás encontrado con la plenitud de tu ser.

domingo, 7 de febrero de 2021

Abrazar tu historia

El ser humano no se entiende sin su historia. Somos lo que somos por una serie de acontecimientos que han marcado nuestra vida. Desligarnos de nuestro pasado sería un profundo error, porque todos los acontecimientos han hecho posible lo que somos ahora. Y no seríamos sin esa cadena de sucesos que han posibilitado nuestra existencia. Somos fruto de unos acontecimientos históricos: sin ellos, no seríamos. Nuestra realidad no se entiende sin nuestros ancestros, familia y entorno social. Incluso nuestros errores forman parte de este devenir de la historia.

Aceptar el pasado

De nosotros depende decidir hacia qué destino o meta queremos dirigirnos. Cuando no asumimos el pasado como parte de nuestra vida estamos negando nuestro crecimiento. Equivocarnos es parte de ese proceso, aunque en algún momento haya sido inconsciente. Cuando miramos por qué nos hemos equivocado, comprendemos que esto condiciona nuestro presente y quizás el futuro.

Aprender de todos los errores, guerras, conflictos y rupturas, incluso del mal del que no tenemos culpa, es necesario para evitar que esto vuelva a ocurrir en el presente. Incluso asumiendo sus consecuencias, por muy duro que sea.

En el mundo se han sucedido acontecimientos muy graves que sin duda han marcado nuestro presente. Hay que lanzar una mirada reconciliadora hacia aquellos hechos de los que no somos responsables, porque, sin ellos, no podríamos concebir nuestra existencia hoy. Pero ya no sólo me refiero a lo sucedido en nuestra familia antes de que naciéramos, ni en la historia, en los siglos anteriores. También me quiero referir a nuestro presente y a nuestra vida personal, a lo que somos ahora y a nuestras decisiones.

Está claro que lo que yo piense, crea, sienta y decida va a determinar lo que soy ahora. Con el tiempo, y con la madurez, me daré cuenta de los infinitos errores que he cometido, y eso también me ha marcado una dirección. En mi construcción personal no sólo me marca el pasado, sino las decisiones que he ido tomando a lo largo de mi vida. Lo que decidí de adolescente, de joven o adulto, define mi personalidad y lo que soy ahora, en estos momentos.

Asumir los riesgos

La vida está llena de sucesos concatenados, de aciertos y errores. La clave es asumir que en toda toma de decisiones siempre hay un riesgo, pero es necesario dar el paso para no quedar paralizados. A veces estamos orgullosos de lo que hemos hecho o decidido; otras veces nos arrepentimos y nos duele. Pero, desde un punto de vista más existencial que psicológico, el error deja de ser error si las decisiones o las situaciones que se crean han significado una profunda lección en nuestra vida. Si esto ha contribuido a abrirnos los ojos al crecimiento interior, aunque haya sido pagando un precio muy alto; si el dolor ha servido para mirar más allá y cambiar de rumbo para mejorar la calidad de nuestra vida, ha valido la pena.

El ser humano está en una evolución constante. A veces equivocarnos nos ayuda a ser mejores después. Detener este proceso hace que nuestra identidad quede fragmentada. El ser humano anhela el paraíso, pero necesita continuos impulsos para salir de su propio pantano interior. Esta es la dinámica: mirar hacia lo alto sin renunciar a su naturaleza frágil, porque aceptar su propia condición, indigente y mortal, forma parte de su crecimiento. Asumir esto es la mejor manera de evitar navegar sin rumbo hacia ninguna parte.

Sólo cuando somos capaces de abrazar el pasado y el presente con humildad, sin resentimiento, ni lacras, ni ataduras, podremos reencontrarnos con nosotros mismos y empezar a entender que, más allá de los condicionamientos hay una realidad que forma parte, intrínsecamente, del ser humano, que es el alma. Su capacidad de trascender nos ha de hacer conscientes de que tenemos un vínculo ulterior que da razón a toda nuestra existencia. Es Dios, una realidad que da sentido hondo a la vida.

Cuando el ser humano se abre al infinito, cultivando su dimensión religiosa, sintiéndose vinculado a algo superior, renacerá. La historia, el pasado, los errores, no serán impedimento para vivir con intensidad la vida.

domingo, 31 de enero de 2021

Secuestrados por las redes

En nuestra cultura tecnológica, no cabe duda de que Internet ha supuesto un paso sin precedentes en la comunicación personal y social. Ello nos ha permitido acortar distancias y establecer un mayor número de relaciones, de manera rápida y fluida. Hoy sería impensable prescindir de tamaña herramienta. Estamos en la era de la globalización, que nos permite unir continentes en tiempo real y al instante. Es un avance crucial que marca un antes y un después en la comunicación humana.

Y es evidente que también supone un avance en el mundo de la cultura y de la ciencia, así como en todos los campos que tengan que ver con la comunicación. El mundo virtual ha cambiado nuestra forma de comunicarnos.

Siendo tan importante este logro tecnológico, con muchísimas aplicaciones en el ámbito del conocimiento y el trabajo, no por ello quiero dejar de hacer una reflexión moral sobre las consecuencias nocivas que tiene para el ser humano llegar a idolatrar este instrumento cuando se utiliza, no como medio, sino como un fin en sí mismo.

El progreso es necesario para avanzar y mejorar nuestra calidad de vida. Pero cuando los inventos y avances técnicos se convierten en el centro de todo, los estamos sobrevalorando por encima de la persona. Especialmente cuando se constata que, con el excesivo uso de Internet y de las redes sociales, se está llegando a unos niveles de adicción patológicos.

El peligro de la adicción

Nos enfrentamos a un serio problema social con gravísimas consecuencias que afectan al equilibrio psíquico de la persona. Hoy, los psicólogos hablan de bulimia tecnológica. El grado de enganche es tan fuerte, que cambia la conducta humana y se empieza a hablar de una dieta o ayuno tecnológico para sanar tanta dependencia.

De la misma manera que caer en la bulimia a la hora de ingerir alimentos puede llevar a graves problemas digestivos, generando patologías que afectan a la salud, hoy los estudios arrojan cifras preocupantes sobre este nuevo tipo de adicción que afecta, paradójicamente, a la capacidad de comunicación entre las personas. Esto se puede constatar de forma palpable en la sociedad. El uso enfermizo de las redes sociales, haciendo un símil con la adicción al alcohol o a las drogas, va a necesitar un ejército de terapeutas preparados para tratar este problema. Especialmente preocupa entre niños y adolescentes, además del riesgo que supone que accedan, desde muy pequeños, a contenidos peligrosos y de dudosa moralidad.

Como toda realidad, aunque suponga un gran avance en un sentido, siempre tiene su otra cara, que puede ser destructiva para el ser humano.

La hiperconectividad refleja que las redes sociales se han convertido en una auténtica red que atrapa al ser humano, convirtiéndolo en un consumista vulnerable, expuesto a todo tipo de manipulaciones, preso de su adicción. Los expertos llegan a hablar de esclavitud. Cuando las redes nos están quitando capacidad de comunicación interpersonal, cuando nos roban tiempo para nosotros, para estar con nuestros seres queridos, para reflexionar y ahondar en nuestra realidad; cuando el silencio es engullido por el ruido de las redes y estas nos impiden pasear tranquilamente con un amigo, o pensar, estamos hablando de una patología que no sólo nos daña, sino que nos hace perder la identidad.

Las redes sociales nos lanzan hacia una forma de comunicación artificial. Cuando nuestra vida gira en torno del mundo virtual, podemos acabar convertidos en meras imágenes virtuales para los demás. La coyuntura de la pandemia, en la que estamos inmersos desde hace meses, ha hecho que las gentes naufraguen todavía más en este mar frenético, sin rumbo. La digitalización agrava la patología. Urge establecer unos criterios educativos, pensando en los adolescentes y jóvenes, para que aprendan a hacer un uso efectivo de estas herramientas tan potentes. Si no, un gran sector de nuestra sociedad caerá enfermo existencialmente, imantado ante la pantalla.

Propuesta de antídotos

Después de esta reflexión, quiero proponer algunos antídotos que puede ayudar a resolver dicha adicción.

1.  No dormir con el móvil al lado. La exposición continua y cercana a la radiación electromagnética que emiten los aparatos puede ser dañina. Es importante desconectar y tener un sueño de calidad, nuestro cerebro lo necesita.

2.  Desayunar, comer y cenar con el móvil apagado y lejos de la mesa. Esta actividad fisiológica es esencial que se haga con tranquilidad, sin prisa, saboreando esos momentos sagrados para nuestra salud y nuestra vida, ya sea solo o con alguien. Es uno de los actos más importantes del día.

3.  Dejar a un lado el móvil cuando se está hablando con alguien, ya sea familiar, amigo o durante una tarea profesional que implique atender a otras personas, cara a cara. La presencia física de otro ser humano es más importante.

4.  Buscar espacios lúdicos, intelectuales o simplemente de silencio, para meditar y descansar. En todos esos momentos que favorezcan un crecimiento interior, deja el móvil.

5.  Utilizar el móvil como una herramienta de trabajo, como el coche o el ordenador, no como un instrumento lúdico.

6.  Organizarse bien el horario para tener tiempo de hacer todo lo que es realmente importante. Un aparato nunca puede suplir una relación o un encuentro personal. Si se puede hacer presencial, mejor que virtual.

7.  El móvil no puede suplir las relaciones presenciales, sobre todo con aquellos con los que se tiene un vínculo especial. No es lo más importante de la vida. Las personas están por encima de las máquinas.

Una última reflexión. Que esta inmersión en el mundo tecnológico no nos quite la capacidad de razonar y pensar, distanciándonos de tanto en tanto de las numerosas ofertas que se nos proponen. Esto, a largo plazo, será muy sanador. El culto al progreso científico puede llegar a romper nuestra vinculación como parte de una unidad natural. Necesitamos árboles, montañas, ríos y hermosos paisajes. Necesitamos caminar, saltar, bailar, perdernos bajo un cielo estrellado. Necesitamos oler los tulipanes en la primavera, nadar en el mar y embelesarnos con el canto de un mirlo; contemplar la belleza de un ocaso y escuchar una voz cercana y cálida.

No renunciemos al homo natural que todos somos, ni olvidemos nuestra naturaleza más genuina. Que el homo tecnologicus no nos haga olvidar que somos de carne y hueso, y que tenemos un corazón que nos empuja a vivir más allá de estas idolatradas tecnologías que nos invaden. En definitiva, no olvidemos quién somos y hacia dónde vamos.

sábado, 23 de enero de 2021

¡Qué bello es vivir!


Recientemente me han comunicado el fallecimiento de una persona entrañable y exquisita. Su nombre es Eudoxia y su origen está en las tierras leonesas. Feligresa fiel, de una sencilla y profunda piedad, nunca se apartaba del templo. Anciana y con el corazón débil, caminaba con dificultad pero sacaba fuerzas para venir a rezar el Rosario cada día. Siempre estaba allí, y me sorprendía que, pese a su edad avanzada, se sabía de memoria todos los misterios y letanías del Rosario. Menuda, pero siempre con una enorme sonrisa en su rostro, se mantenía fiel a esta devoción y a la eucaristía. Era discreta, amable, y comunicativa, cercana y de ojos muy vivos. Un verano, ya al atardecer, me encontré con ella por la calle. Iba elegante y me sonrió, como siempre. Nos alegramos de encontrarnos y hablamos un poco. La conversación era fluida y su rostro se iluminó al tiempo que exclamaba, de manera espontánea: ¡Qué bello es vivir! Le salió del alma, con toda la energía de su frágil corazón.

Esa frase encerraba un profundo significado y me pregunté cómo una persona mayor, diezmada por los problemas de salud y con grandes dificultades para moverse, podía decir esto desde lo más hondo de su ser. Una frase que podríamos atribuir a un joven que vibra ante la vida. La clave de estas palabras era, no tanto su salud, sino la fuerza de su fe y unas profundas convicciones religiosas, que la empujaban a ir más allá de sus propios límites. 

Su enfermedad coronaria no la detenía. Aunque tardase más tiempo, tenía que llegar a su parroquia. Amaba el corazón de Jesús y sacaba la suficiente energía para no fallar a su cita en el templo.

Esta mujer humilde supo vivir su fe sin que la enfermedad se lo impidiera. Detrás de su sencillez había mucha sabiduría. Sólo cuando se ama desde el corazón, la vida puede ser bella, sin importar que uno se sienta vulnerable, porque lo que da razones para vivir es la capacidad de creer y de amar.

Quiero agradecer a Eudoxia su testimonio, pues aunque haya sido muy discreto, a mí me ha hecho un profundo bien. Cuántas personas, desde su discreción, a veces desde la sombra, simplemente con su saber estar, son bálsamo y perfume, y aportan suavidad y frescura en medio del ajetreo y la tensión de la vida pastoral.

Ahora, ella vive una vida bella con mayúscula, y contemplará un nuevo paraje, en su nueva existencia en el cielo. Ahora, con un corazón nuevo y siempre joven, podrá escalar la cumbre más hermosa, hasta el corazón de Dios.

Eudoxia, tus delicados pasos han dejado una suave huella en la vida de la comunidad. ¡Gracias!



viernes, 8 de enero de 2021

La belleza de lo frágil

Vamos cabalgando sobre el lomo del solsticio de invierno. La imagen desnuda de la morera marca el nuevo periodo estacional. Las hojas ocre de otoño han ido cayendo, primero lentamente, y más tarde, empujadas por el viento, han dejado al árbol sin su ropaje. Aunque cada año, por este tiempo, la morera aparece desnuda, jamás pierde su belleza. En la primavera, estalla una sobreabundancia de hojas convirtiéndola en un copudo árbol que ofrece una sombra generosa a su alrededor. Admirar su intenso color verde me hace sentir el fuerte latido primaveral que se expande por todo el patio.

Seis meses más tarde, la morera parece contener el aliento para sobrevivir a los latigazos de viento y frío. Ahora debe ahorrar energía. Se ve como un anciano decrépito, con sus delgadas ramas secas y aparentemente sin vida, a merced de un leñador que la corte. Pero, aunque pueda parecer que está en la UCI de su existencia, siento que sus ramas respiran. El latido casi no se percibe, pero una pequeña vibración la mantiene viva. Sigilosa, suavemente, las ramas que apuntan al cielo se extienden como brazos con innumerables nudos. Casi podría decir que los árboles se sostienen no sólo por la base, hundiendo sus raíces, sino también por arriba, creando un entramado natural que da cohesión a todo el ser.

Cada año las ramas de la morera se alargan más y más. Como si quisiera que nadie quedara fuera de su amparo.

Hoy la contemplo por enésima vez, sin hojas y con sus ramas desnudas. Me sobrecoge su fragilidad. Aunque parezca un trasto viejo y gastado, veo en ella una belleza que va más allá del color. Hoy, sin sombra, sin brisa que susurre entre las hojas, me hace pensar que un anciano puede ser tan bello como un niño. El anciano lo ha dado todo, su belleza no tiene que ver con los cánones de moda, sino con lo que ha entregado durante su vida; con su generosidad. No olvido que esta morera me ha regalado, a mí y a tantos, muchas tardes placenteras, rezando, escribiendo, deleitándome con los amigos que, sin prisa, vienen a conversar bajo sus ramas. La morera nos ha acariciado con el murmullo de sus hojas, nos ha invitado a cantar, a rezar, a celebrar, a meditar bajo su extensa sombra. Sobre un altar hemos contemplado la Custodia, haciéndonos sentir hermanados. Nos invita a valorar la naturaleza, el silencio, la acogida, la discreción. Nos enseña a maravillarnos con los cinco sentidos y a agradecer a la creación por tanto don. Son muchas las cosas que nos ofrece la anciana morera. ¿Cómo no descubrir la belleza de un tronco y unas ramas que dan vida a este patio? Hemos de aprender que lo usado y lo gastado también tiene una belleza con el paso del tiempo. Un anciano puede ser más armónico que un adolescente, aunque rebose de vida. La medida, el control, la serenidad, la lucidez, son propias de alguien que ha sabido saborear la vida y, aunque más frágil, sabe emplear su energía y puede seguir dando mucho.

La morera, junto a la capilla, me invita a ser consciente de que la Creación es otro santuario inmenso desde donde puedo aprender a valorar la vida, pues cada uno de nosotros es parte de esta creación. Como dijo el papa Francisco, hemos de aprender a custodiarla. San Francisco, el gran místico de la creación, llamaba hermano a todo lo creado, tanto del reino vegetal como del animal, incluso del mineral (hermana tierra, hermana agua…).

Como bien sabéis los que me seguís, a raíz de los muchos escritos que he redactado bajo esta morera he creado una línea editorial online bajo el nombre de La Morera, como lugar inspirador. Su dulce sombra impulsa mi pluma y da color a mis letras. La belleza de este viejo árbol saca de mí la creatividad literaria. Por eso he descubierto que no podemos despreciar nada ni a nadie. Sólo por el hecho de existir, hay una belleza que no la da la armonía del cuerpo y del rostro, sino la capacidad de dar y amar.

Hoy, en la profundidad de su silencio, la morera sigue emocionándome y me admira con su aparente fragilidad. No duerme; se prepara por dentro para darnos lo mejor de sí en la próxima primavera.