domingo, 30 de junio de 2024

Una escena insólita

En uno de mis paseos matutinos observé algo insólito. Una anciana mendiga, a horas bien tempranas, se dirigía a pedir limosna a un grupo de jóvenes que volvían de su ocio nocturno. Vi a la mujer en medio de aquella jauría de muchachos recién salidos de sus antros. De tez morena, bajita de estatura y sosteniéndose con un bastón, alargaba su mano hacia ellos hablándoles con voz ronca.

Como era de esperar, algunos la ignoraron por completo. Otros se burlaban de ella. Alguna muchacha parecía compungida ante la escena. La mendiga insistía en pedir, pero nadie le daba nada.

Me quedé asombrado ante la tenacidad de aquella frágil viejecita, su insistencia y la agilidad con que se movía. Por fin, se desplazó a un lado y comenzó a alejarse del grupo, pensando, quizás, que lo volvería a intentar otro día.

Me produjo ternura ver a aquella mujer, sola en medio de una manada de jóvenes, sin reparo ni temor a que la pudieran agredir. Su necesidad era más fuerte que el miedo.

Después, mientras seguía mi caminata, pensé que ella, como los muchachos, busca la manera de sobrevivir. Ella pide para echarse algo a la boca; ellos intentan salir de su angustia vital lanzándose a una ola de frivolidad. Por motivos diferentes, una anciana de ochenta años y un puñado de jóvenes de dieciocho se encontraron en la madrugada. Ella carente de lo necesario para vivir; ellos, que quizás lo tienen todo, derrochando su tiempo y su dinero.

Esta escena surrealista y dramática me dejó pensativo. ¿Qué hacía esta mujer, a su edad, en medio de aquellos «cachorros»? Podían hacerle daño, estando la mayoría de ellos completamente bebidos. Sabido es que el alcohol altera el sentido de la realidad y activa impulsos descontrolados que pueden causar estragos. ¿Qué hacía esta señora, que podía estar en casa, cuidada por algún familiar? ¿Qué drama hay detrás de una mujer que se expone a salir en un ambiente turbio e incierto? Quizás la suya sea una historia muy compleja, de entornos difíciles; tal vez esté desatendida o sufra algún problema mental. Me dije a mí mismo que una anciana no podía estar deambulando a esas horas exponiéndose a cualquier peligro. Sólo de pensarlo se me encogía el corazón. Por eso me mantuve a una cierta distancia, observándola, y con el teléfono a mano por si pasaba algo. Nada sucedió, y me alejé aliviado.

Luego pensé en la familia de esta mujer y en las familias de los jóvenes. ¡Qué dolor tan grande para ellos! ¿Qué ha fallado en sus entornos para que unos y otra lleguen a esa situación? ¿Qué estamos haciendo, como sociedad, para que se den escenas como esta? ¿Qué educación están recibiendo los jóvenes en sus casas, y cuál ha sido la trayectoria familiar que lleva a una anciana a salir de madrugada a pedir?

La situación clamaba al cielo. Hay un terrible silencio ante el dolor humano y tenemos poca capacidad de respuesta ante la pobreza y la soledad. Pero, sobre todo, hay una enorme miopía por parte de los que sí tienen la capacidad de hacer, la responsabilidad y los recursos para emprender una acción eficaz.

Un compromiso urgente

Nos encontramos con dos problemas muy graves: las crecientes bolsas de pobreza en la ciudad y una generación de jóvenes sin futuro que se dedican a explotar su presente, sin un proyecto claro en sus vidas. Tal vez un día algunos de esos jóvenes se convertirán en ancianos indigentes que tendrán que salir, con el sol, y encararse a otras manadas de muchachos para pedir. Solos, vulnerables y sin rumbo.

Urge diseñar políticas sociales y eficaces para prevenir estos riesgos que amenazan y fragmentan la sociedad. Es cuestión de voluntad política, no tanto de recursos.  

Es necesario que la sociedad civil y las instituciones ejerzan mayor presión, exigiendo con contundencia acciones que reduzcan o frenen la pobreza. De lo contrario, escenas como esta que he presenciado serán cada vez más frecuentes. Necesitamos estar despiertos y actuar. Los que detentan el poder han de trabajar por el bien común y real de las personas. De lo contrario, el poder del mal abrirá aún más las grietas sociales. Urge un gran compromiso para erradicar la pobreza y el dolor social y para ayudar a los jóvenes a encontrar motivos sanos para vivir y orientar sus vidas.

domingo, 23 de junio de 2024

Rosas marchitas

Por las mañanas, temprano, me gusta caminar hacia la playa. Es mi primer paseo, y cada día observo cómo amanece sobre el mar: no hay dos días iguales. Esta vez, el día está gris; las nubes tapan el cielo. Como tantos fines de semana, un ejército de jóvenes sale de los antros del paseo marítimo, que los arrojan de sus fauces oscuras tras haberles robado un pedazo de sus vidas. Salen aturdidos y extenuados, con la mirada perdida, presos del último instinto que pierden: el de sobrevivir. Salen de sus madrigueras nocturnas hacia sus hogares, donde se refugiarán en la cama para repararse físicamente, pero donde quizás no puedan aliviar el vacío interior que viven. No podrán llenarlo hasta que enfoquen de una manera nueva sus vidas.  

Es verdad que el cuerpo humano tiene una enorme capacidad de recuperación; pese al martilleo al que se somete, resiste noche tras noche. Pero la salud mental se resiente y la identidad de la persona poco a poco se va fragmentando. Con el tiempo aparecerán diversas patologías, físicas, pero sobre todo existenciales. Perderán el enorme potencial que albergan en su ser.

Paso junto a ellos y me dirijo a la playa para contemplar la belleza del mar y el horizonte donde, esta vez, no veo salir el sol, cubierto por oscuras nubes. La luz es tenue y, en la orilla, las olas parecen susurrar a mis pies con tristeza.  

Después de unos ejercicios de respiración, moviendo brazos y piernas, reemprendo a paso firme mi camino de vuelta. Al regreso reparo en dos muchachas que caminan hacia mí, vestidas con ropa extremada y ligera que modela sus cuerpos, marcando silueta. Cada una de ellas lleva en la mano una rosa que sostiene con delicadeza. Al acercarme, no puedo evitar fijarme en sus rostros. Son bellos, pero castigados por una noche vertiginosa. Se acercan un poco más, a paso lento, agotadas, y percibo la fragancia de las rosas al pasar; flores lozanas en manos de dos muchachas que son la viva imagen de la desesperación y el desamparo. Los pétalos de rojo intenso contrastan con los rostros marchitos de las jóvenes.

Pensé: si estas rosas, tan frágiles, mantienen su aroma y su color en la intemperie, ¿qué ha sucedido con estas chicas que han perdido su brillo y ofrecen un aspecto tan decrépito? Si estuvieran serenas, descansadas, serían aún más hermosas que las flores. Pero el frenesí de la noche les arrebata su belleza natural.  Son dos rosas preciosas, pero su forma de vivir las está llevando al naufragio. Perdidas en alta mar, flotando a la deriva a merced de las olas que amenazan con hundirlas, sus vidas ahora son como este amanecer gris, sin color, impregnado de nostalgia.

Se alejan de mí y observo la silueta de sus cuerpos vacilantes. No se mueven ágiles como la brisa, sino que avanzan penosamente hacia la nada, como zombis que se encaminan hacia el féretro.

Cuántos jóvenes viven así, sin nada que los anime existencial y espiritualmente. Viven sin vivir, mueren despacio y el tiempo pasa veloz. Desearía que pudieran descubrir la belleza que hay en su corazón, que pudieran atisbar y paladear, por un instante, el regalo de existir, de poder contemplar un nuevo amanecer. Que pudieran enamorarse del bien, de la belleza y de la auténtica libertad.

No puede ser que se acuesten al amanecer y que salgan cuando anochece. Este no es el ritmo vital propio que mantiene nuestra salud y da sentido a la vida. Es necesario enseñarles a conectar con su yo más profundo, que les permitirá conectar con el tú y con el nosotros. Solo así vivirán en plenitud, deslizándose como bailarinas por el escenario de su existencia.

Realismo, belleza, orden, valores: todo esto forma parte de la hermosa, rica y compleja grandeza del ser humano. Solo nos falta escuchar nuestra música interior.

Somos cumbre de una creación salida de las manos amorosas de un Dios que nos ha concebido para la felicidad. No una felicidad artificial, con sucedáneos de paraíso. Nos ha creado para una felicidad inagotable que no necesita de ningún artilugio, que surge de la gratitud por el don excelso de la vida.

domingo, 19 de mayo de 2024

Ver más allá de la sombra


Algunas veces se dan situaciones inesperadas que afectan a nuestra salud: una enfermedad, un accidente o una lesión que durante un tiempo limita nuestras actividades. En estos casos se da una especie de duelo: hemos perdido algo de nosotros mismos, se ha reducido nuestra calidad de vida, nuestras capacidades, nuestra energía.

Conozco muy bien estas situaciones porque las estoy viviendo desde hace años, y tienen que ver con mi visión.

Perder visión

La pérdida o mengua de la agudeza visual afecta mucho, dado que la vista es un sentido que utilizamos para mil aspectos de nuestra vida diaria. Mi problema está en la retina: se me ha formado una membrana cuyos vasos sanguíneos de tanto en tanto se rompen o exudan, y esto provoca deformación y pérdida de la visión. La única solución es inyectar un fármaco especial para frenar la hemorragia.

Aunque me sucede de tanto en tanto, la experiencia es distinta cada vez. Llevo años familiarizándome con este problema, pero el miedo y la incerteza están ahí. El impacto psicológico de la inyección, con el ingreso en el quirófano, hacen que la inseguridad se adueñe de mí. Siempre surgen dudas y preguntas. ¿Saldrá todo bien? ¿Qué puede llegar a pasar?

Poder ver es un auténtico milagro. He leído mucho sobre este tema y me admira el proceso de la visión en el ojo humano. Una serie de reacciones químicas, provocadas por el impacto de la luz sobre la vitamina A, generan las señales eléctricas que hacen posible la creación de una imagen en la retina; de allí las señales serán enviadas por el nervio óptico y, en milésimas de segundo, el cerebro las descifra: ¡estás viendo! Sin ser consciente del complejísimo proceso químico y eléctrico que hay detrás de algo tan simple como abrir los ojos y mirar.

Es algo extraordinario que pide un esfuerzo extra a las células de esta diminuta parte de nuestro cuerpo, la retina. Sus requerimientos de oxígeno son 25 veces mayores que los del resto del cuerpo. Por eso, hay una fina malla densamente irrigada por capilares sanguíneos que alimentan y oxigenan la retina y, en especial, su área central, la mácula, responsable de la visión precisa y en color.

Si por algún problema vascular unas cuantas células dejan de recibir su aporte de sangre y oxígeno, morirán y esa zona de la mácula quedará ciega; con lo cual se puede ir perdiendo la visión.

La naturaleza humana es un enorme misterio. Los ojos no sólo ven, sino que comunican. Forman parte del cerebro y conectan las neuronas con el mundo exterior.  

Mi problema ocular tiene su raíz en un trombo venoso que sufrí hace casi veinte años. Después se formó la membrana en la retina. Todo a causa de la fragilidad de los capilares que, al romperse, provocan hemorragias o exudaciones. Cuando esto sucede, todo cuanto veo ante mí queda difuminado en una bruma, o bien veo las rectas curvadas y deformes. No puedo centrar la vista, ni percibir los detalles, ni leer.

Gracias a las inyecciones en el ojo, la actividad de la membrana se va inhibiendo hasta cesar del todo. El líquido retenido se va drenando poco a poco y en unas tres o cuatro semanas recupero la visión. Durante ese tiempo, es inevitable preocuparse, esperando que todo se normalice y no surjan complicaciones.

Aprender del sufrimiento

Sin embargo, pienso que todo lo que nos sucede puede llegar a ser una gran experiencia humana y espiritual. Todo lo que ocurre, dependiendo de cómo se vive, es un aprendizaje. Si uno está abierto, la lección añade valor a tu vida. Las cosas siempre ocurren por algo.

Si estamos atentos y despiertos, podemos convertir cada experiencia en algo que marque de manera profunda y definitiva nuestra vida. Ahondar en los propios límites es importante. La vida es hermosa, pero también efímera y frágil. Estamos sujetos a nuestra vulnerabilidad y hemos de estar preparados para afrontar los vaivenes que surgen cuando menos lo esperamos.

Es necesaria una madurez emocional y espiritual para lidiar con nuestros límites y miedos y vivirlos con cierta paz. Así se darán las condiciones necesarias para regenerar el cuerpo y recobrar la salud.

Es entonces, cuando se asume la situación con paz y sosiego, cuando el cerebro conecta con el alma y se pone en marcha un mecanismo que va más allá de lo físico y lo químico. Somos más que una explosión de procesos biológicos; nuestra voluntad puede iniciar un camino de recuperación por otras vías. Más allá del cuerpo, el espíritu juega un papel decisivo que no debe minimizarse. Frente a la fuerza de la medicina, que a veces se endiosa y no siempre es efectiva, la fuerza de un poder divino lo trasciende todo. La vivencia espiritual es la base de nuestra salud, y es decisiva en el proceso de curación.

Ojalá todos aprendamos y sepamos que no somos sólo materia, conexiones nerviosas y reacciones químicas. Tenemos un alma con un enorme poder. En mi experiencia he aprendido que el cuerpo tiene la capacidad de sanar y somos capaces de mirar más allá de lo que se ve.

domingo, 12 de mayo de 2024

Borrando el futuro

 Cómo el alcoholismo juvenil está robando vidas y sueños



De buena mañana me gusta pasear con los primeros destellos del sol cuando amanece. Me alegra ver a personas que han madrugado para capturar la luz de ese hermoso diamante que despunta sobre el horizonte. Cada día nos ofrece una visión de belleza inigualable: la bola de fuego parece emerger desde las profundidades del mar hasta quedar suspendida en medio del cielo azul, resplandeciendo con toda su fuerza y dando vida y color a todo. Contemplar el sol naciente es un ritual diario que ensancha el corazón. Uno se siente diminuto y sobrecogido ante la grandeza de este parto de un nuevo día.

Pero la deliciosa experiencia matinal se vuelve agridulce cuando, al mismo tiempo que contemplo el sol naciente sobre el mar, observo numerosos grupos de personas que regresan de su ocio nocturno. Tras frivolizar durante toda la noche, vuelven gritando, balanceándose de un lado a otro, mareados y bebidos. Me produce una enorme tristeza verlos así: algunos caídos en el suelo, otros chillando, otros peleándose. Los veo desaliñados, con los ojos vidriosos y la ropa arrugada, desprendiendo un fuerte olor a alcohol, con la mirada absolutamente perdida.

Me dirijo a contemplar la belleza de la primera luz y me encuentro con la miseria humana de todos esos jóvenes que vuelven, no sé de dónde, tras explotar la noche y reventar sus vidas. Siento una profunda pena, porque veo que han llegado hasta el extremo de sus capacidades físicas y mentales para lograr una catarsis que los lleva al sinsentido, vaciándose por completo de su propia identidad. Dejan de ser ellos mismos, quedan rotos, sin aliento y casi sin vida, zombies que a duras penas pueden emprender el camino de regreso, ¿a dónde?, dando vueltas y deteniéndose porque apenas les quedan fuerzas.

Quedo impresionado cada fin de semana cuando contrasto la belleza del horizonte con lo que veo por las calles. Se me encoge el corazón y me pregunto: ¿por qué? ¿Qué les sucede a estos jóvenes que son capaces de ir mermando su vida y jugarse la salud de esta manera? Muchos de ellos sufrirán serios problemas, psicológicos y neurológicos, a edades tempranas. Otros experimentarán patologías diversas. Incapaces de sobrellevar su presente y de afrontar un futuro lleno de incertezas, se lanzan a una huida adelante. Golpeándose a sí mismos, están maltratando al anciano que tal vez llegarán a ser. Y van a convertir una etapa vital plena y creativa, como lo es la madurez, en un suplicio plagado de enfermedades.

A veces asociamos la vejez a enfermedad, y es verdad que con los años hay un deterioro progresivo de las células y los procesos del cuerpo. Esto hay que vivirlo con paz y serenidad, pero no necesariamente significa que debamos estar enfermos. Si cuando somos jóvenes no nos cuidamos, la enfermedad aparecerá mucho antes, y será pesada y difícil de sobrellevar. La ancianidad no es una patología, es una etapa de la vida. Se puede convertir en enfermedad cuando no hemos sabido cuidar nuestro cuerpo en su momento.

Estamos ante una terrible pandemia, que repercute en un innumerable grupo de jóvenes y adultos en todo el mundo: el alcoholismo.

Socialmente está adquiriendo una dimensión enorme y no sólo en jóvenes y en adultos, sino ya en niños y adolescentes que empiezan a frivolizar, creyéndose adultos y por miedo a ser rechazados en su grupo. El sentimiento de pertenencia es muy fuerte entre los jóvenes, no quieren quedarse al margen de las corrientes y tienen que atreverse con todo, aunque suponga un riesgo para su vida.

De aquí la urgencia de hacer un abordaje acertado hacia los adolescentes. Un tratamiento terapéutico y psicológico es un remedio, pero la prevención está en una buena formación en salud y hábitos. Y la solución no está solamente en los centros médicos ni en los profesionales sanitarios, sino en las familias, en la escuela y también en la administración.  

Sí, se puede hablar de una pandemia global: este ejército de sonámbulos caminando sin rumbo al amanecer debería hacer saltar todas las alarmas. Los educadores hemos de avisar: se trata de un suicidio lento a nivel planetario. Jóvenes y adultos convertidos en muertos vivientes, vagando en sus noches existenciales, chapoteando en la nada. Es una auténtica tragedia que diezmará y enfermará a una generación entera, sobrecargando el sistema sanitario y dejando secuelas enormes en sus vidas. ¿Qué futuro espera a un joven adicto? Dolor, soledad, rechazo social, incapacidad para trabajar y decidir. Y lo más profundo: un vacío de identidad. El alma le ha sido arrebatada y se convierte en uno más dentro de un rebaño manipulado, sin valores, sin referencias, sin otra ética que seguir sus impulsos ciegos. Estos jóvenes están a merced de sus adicciones y de quienes las promueven. En nombre de una seudo libertad, del culto al yo y a su propia dignidad, caen en una espantosa esclavitud.

Todo esto voy pensando mientras regreso de mi paseo matinal, donde se mezclan la belleza luminosa del sol naciente con la sordidez de los noctámbulos que regresan. Veo en estos chicos la oscuridad que anida en su corazón y una profunda soledad, disfrazada bajo los gritos.

Llego a casa, el sol ya está alto y la ciudad está bañada de luz. Rezo por ellos y pido que algún día estos rayos de sol también iluminen sus almas y descubran el sentido de su existencia. Cuando uno es capaz de mirar más allá de sí mismo brota la esperanza. Después de una noche oscura siempre hay un amanecer, y el sol llega a todos.

Ojalá esta marea de jóvenes pueda abrirse a la calma sosegada del mar, que yace plácido bajo la inmensidad del cielo, espejo de la luz solar que centellea en sus aguas.

sábado, 13 de abril de 2024

Saber escucharse


Estamos en un mundo donde la prisa, lo inmediato, está marcando nuestra trayectoria vital. Vivimos lanzados al frenesí constante. La dictadura del hacer nos carga de compromisos más allá de lo necesario. La exigencia externa nos lleva por un camino de actividad incesante, lanzándonos hacia el «superhombre». Si no estamos ahí presentes, haciendo muchas cosas o activos en redes sociales, es como si no fuéramos nada.

La constante exposición supone a la larga un gran cansancio. Estar siempre a modo de hiperactividad, haciendo cada vez más y más, nos arrastra y nos hace creer que estamos creciendo, cuando en realidad nos estamos agotando y perdemos capacidad y reflejos para el autoanálisis.

Cuando llegamos a esta situación, poco a poco vamos desconectando de nuestra propia identidad, hasta quedar a merced de los impulsos de nuestra vanidad. Estar siempre pendiente de lo que ocurre ahí afuera genera un profundo estrés. La velocidad mental nos aparta del propio cuerpo, desoyendo los avisos que, primero como un susurro, van apareciendo. Llegamos a una disociación total entre cuerpo y mente.

Estar en el cuerpo

Estar en el propio cuerpo es nuestra forma natural de ser. El cuerpo, con su fisiología y sus necesidades básicas de alimento y descanso, nos alerta a veces suavemente, pero otras con urgencia, de que algo está pasando. Pero el poco hábito que tenemos de escucharnos y sentirnos nos impide calibrar y entender el lenguaje del cuerpo. Cuando sufrimos por algún problema de salud, aunque sea leve, nos está indicando que hemos de estar atentos para que esa sensación inicial de malestar o dolor no se convierta en un profundo trauma que puede cambiarnos totalmente la vida.

El cuerpo sabe lo que necesita y sabe hacer sus demandas, pero el divorcio entre mente y cuerpo a veces hace imposible la comunicación interna entre ambos. El cuerpo grita; la mente no escucha. Finalmente, esto desemboca en alguna patología.

Por eso es necesario ir más despacio, para poder detenernos y familiarizarnos con la propia esencia. La prisa nos aleja de nosotros mismos, pero ahí está el cuerpo, con rotundo realismo, para alertarnos de que estamos perdiendo la brújula que nos orienta hacia la plenitud de nuestro ser.

La sociedad siempre nos empuja a la hiperactividad. No dejemos que interfiera en aquello que es genuino y propio de nuestro ser humano. Vivir armónicamente, teniendo en cuenta esta tríada: descanso, alimento y movimiento, nos ayuda a centrarnos en el eje de nuestra vida y a no salirnos de la trayectoria que tenemos inscrita en nuestro ADN. Que no es otra cosa que conocernos a nosotros mismos para proyectarnos hacia los demás y descubrir nuestra auténtica naturaleza y la vocación a la que estamos llamados. En el fondo, escucharse y sentir el cuerpo es conectar con nuestra indigencia, reconociendo que necesitamos cuidarnos y que nos cuiden: ¡es parte de nuestra realidad humana!

Armonía vital

No somos dioses, estamos condicionados por nuestra biología, nuestras limitaciones psíquicas y por un corazón que hay que cuidar emocionalmente. Cuando, más allá de armonizar cuerpo y mente, subimos otro peldaño, que es el alma, llegaremos a definir nuestros anhelos más profundos. Mirar la vida y el mundo desde un alma sosegada, sabiendo que hay una realidad que sostiene nuestro ser, es ver desde la trascendencia. Entonces todo se coloca en su sitio.

Vivimos sujetos a un cuerpo, pero con el deseo de que el espíritu, ese soplo de Dios dentro de nosotros, nos impulse a iniciar un viaje de conocimiento hasta la infinitud que desea el alma. Aquí será cuando cuerpo, mente y alma se fundan para vibrar en una eterna armonía. Estaremos llegando a nuestra madurez humana y espiritual. Esta es la clave de la felicidad.

domingo, 3 de marzo de 2024

Aceptación y autenticidad

A veces las personas vivimos situaciones de fragmentación interna. Para tapar nuestros propios límites ante los demás nos obligamos a ser extrovertidos, simpáticos y hasta exquisitos. Damos una imagen que no siempre responde a la realidad o a la totalidad de nuestro ser. Ciertas actitudes ambiguas reflejan un divorcio entre cómo me percibo a mí mismo y cómo me perciben los demás.

En aquello en lo que somos buenos, solemos ser expansivos para demostrar lo mucho que sabemos. Hay personas a quienes les gusta dar lecciones para señalar lo valiosos que son sus conocimientos. Pero esto es un mecanismo de defensa: tienen que demostrar que son maduras y competentes, incluso superiores a los demás, cuando en realidad están tapando algo que no quieren que se visibilice.

El desdoblamiento

Hay casos en los que se vive un auténtico desdoblamiento de la personalidad. Esto sucede cuando se abre un abismo entre las relaciones familiares y las relaciones sociales. Hay una enorme separación entre aquello que se muestra en el núcleo familiar más cercano: cónyuge, hijos, y otros ámbitos en los que la persona se mueve.

Ante los demás se muestran atentos, amables, comunicativos, espléndidos y generosos. Sin embargo, con la persona que vive a su lado, son todo lo contrario. Exigentes y broncones, fluctúan entre el aislamiento, porque no soportan la compañía, y el enfado, porque nadie es lo bastante perfecto. Afuera están creando un paraíso artificial, con mucha impostación y forzada amabilidad. Por dentro, en la convivencia del hogar, estalla un auténtico infierno. Son actores que saben moverse en diferentes registros. Pero, a la larga, su realidad va quedando al descubierto, porque los demás captan esta ambivalencia y su verdadera personalidad va aflorando.

Este desdoblamiento revela algo muy hondo en su psicología y motivaciones. Tal vez una incapacidad para aceptarse a sí mismos, o la incapacidad para amar. Alcanzar una convivencia armónica requiere de mucha paciencia, sacrificio y entrega para llegar a la sintonía profunda. Esto es lo que hace crecer y madurar a la persona.

Ser tú mismo

De una convivencia plena puedes salir al mundo sin fingir. Si sales de tu casa lleno, contento, pletórico, no tienes que pretender ser lo que no eres. Puedes ser tú mismo, eso sí, atento a los demás y adaptándote a cada situación con prudencia y la distancia adecuada. Desde esta postura es como se aprende a estar en cada momento y en cada lugar. Podrás conectar con cualquier persona e ir generando una buena relación que os enriquezca a ambas partes.

Todos podemos aprender mucho de los demás, incluso de aquellos a quienes hemos puesto un cliché. Aprendamos a escuchar con calma, sólo así el otro aceptará con gusto lo que le podamos enseñar y sacaremos lo mejor de ambos. Dejaremos a un lado la insolencia y la arrogancia y estableceremos una comunicación auténtica y real con los demás.

Aceptándonos como somos y buscando mejorar, por amor y espíritu de servicio, podremos cultivar buenas relaciones, dentro y fuera de casa. La alegría no será impostada, sino real. Ya no habrá sarcasmo ni ironía, sino buen humor y cordialidad. Cuando se utilizan las bromas fáciles para empequeñecer al que está a tu lado, estás poniendo una barrera.

Aprendamos a amar y a ser agradecidos con todos. Perdamos el miedo y nos mostraremos tal como somos, sin dobleces. Cuanto más maduros seamos humanamente, mayor madurez espiritual vamos a adquirir. Todos necesitamos sentirnos valorados, desde el barrendero que limpia las aceras de nuestra calle hasta un famoso médico que salva vidas. Nadie es menos importante. Por el solo hecho de existir, todos poseemos dignidad.

domingo, 4 de febrero de 2024

Dos hermanas tenaces

Son dos hermanas, de origen dominicano, que un día decidieron emigrar a España buscando mejores oportunidades para trabajar y ayudar a su familia. Oriundas de Hato Mayor del Rey, un pueblo de tierra fértil, rico en cítricos, cruzaron el océano para abrirse camino en Europa. Su historia está llena de sacrificio y coraje, como la de tantas personas que muestran un constante empeño de superación y mejora personal. Son dos hermanas fuertes, luchadoras, que nunca han desfallecido en el intento por conseguir sus metas.

Aterrizar en un país tan lejano y diferente, y en una ciudad como Barcelona, ha supuesto para ellas un esfuerzo permanente por lograr la estabilidad económica y la integración social. Con muchas horas de desvelo, en medio de grandes inquietudes y no pocos momentos de duda, preguntándose si lo que hacían era lo correcto, no han vacilado nunca a la hora de trabajar por sus sueños. Tenían su propósito muy claro y jamás se han rendido.

Tras años duros de perseguir un sueño que tardaba en cumplirse, el milagro ha ocurrido. Su ahínco y su responsabilidad en el trabajo han dado sus frutos.

Maribel y Janet son dos mujeres alegres, serviciales y con profundos valores religiosos. Entregadas, generosas y con una fe férrea, su amabilidad les ha permitido generar redes de contactos y relacionarse con muchas personas; de ahí les ha surgido la oportunidad. Son abiertas y honestas, con principios muy sólidos y dones que las capacitan para crear vínculos a su alrededor. Desde el comienzo, tuvieron muy claro que no querían quedarse bloqueadas por el miedo ni los obstáculos. Después de una trayectoria con muchas dificultades, han llegado victoriosas a la meta, como auténticas atletas, pisando las «bandas» del suelo y saboreando el triunfo.  

Maribel y Janet son dos campeonas que han salido a correr el maratón de su vida y han logrado el éxito a base de perseverancia y tenacidad. Son un ejemplo, pero en este combate su fe en Dios las ha sostenido siempre. Él las ha acompañado, de él han sacado las fuerzas de flaqueza. Tener a Dios como aliado les ha permitido triunfar.

Hoy, Maribel y Janet gestionan la cafetería de un centro cívico del distrito de San Martín en Barcelona. Siempre se han llevado bien, se quieren mucho y ahora son socias en la empresa. Su reto es conseguir que la cafetería funcione y tenga muchos clientes satisfechos, que disfruten de su acogida y de su buena comida. Ellas lo tienen muy claro, y lo poseen todo para prosperar y mejorar como personas y como cristianas.

Me pidieron que fuera a bendecir el local y fue una bonita experiencia. Deseo que esta bendición sea para ellas un empuje espiritual que las ayude a desplegar todo su potencial. Estoy seguro de que Dios las acompañará en esta nueva travesía y espero que logren convertir ese lugar en un cielo donde los que vayan encuentren dulzura, amabilidad, seriedad profesional y, sobre todo, servicio y amor.

Doy gracias a Dios por haberlas conocido y porque forman parte de mi comunidad. Continúa la historia de estas dos hermanas tenaces en busca de su plenitud.