domingo, 5 de mayo de 2013

Danzando en el trapecio


Cuántas veces hemos visto, con admiración, esbeltos cuerpos caminar sobre un delgado hilo, con una seguridad asombrosa. ¿Quién no recuerda, en su infancia, cuando los padres lo llevaban al circo un domingo por la tarde? Nuestros ingenuos ojos quedaban maravillados y nuestro corazón se encogía en un puño cuando contemplábamos a los trapecistas, evolucionando a gran altura y balanceándose entre frágiles cuerdas. Hasta que no acababa la función permanecíamos en suspenso, casi sin respiración, ante aquel espectáculo donde se mezclaban la belleza y el riesgo, la valentía y el miedo. Ver a aquellos acróbatas suspendidos de un fino hilo nos producía una sensación sobrecogedora. El momento culminante llegaba cuando saltaban, dando la vuelta limpiamente, y volvían a recuperar el trapecio, con firmeza.

Nuestros ojos de niños quedaban impresionados. Muchas veces me pregunté qué debía pasar por la mente de los trapecistas, y cómo debían superar el miedo y la inseguridad ante el peligro de caer y precipitarse hacia el vacío. ¿Qué pasaba por sus corazones? La firmeza de creer que se mantendrían les debía dar una seguridad desconocida, haciéndoles capaces de tales hazañas. Nunca debían pensar que caerían, pues el solo pensamiento, la más remota posibilidad de fallar, podía terminar con todo. A buen seguro visualizaban sus saltos, sus movimientos limpios, fuertes, seguros, y lo conseguían.

Trapecistas de la vida


Cuántas personas hoy, a causa de la crisis económica, se han visto sin quererlo en lo alto de una cuerda floja, tratando de mantenerse en pie sin caer en el abismo oscuro. Mucha gente se ha encontrado de golpe en esta situación angustiosa. Se sienten sostenidos en el aire por una delgada cuerda, intentando sobrevivir. Y se convierten en nuevos trapecistas del circo de la sociedad. No se entrenaron para vivir ese riesgo, nadie los preparó para afrontar la angustia existencial. Aquí es donde nos damos cuenta de que somos terriblemente vulnerables y frágiles. Nuestra existencia pende de un hilo que, si no vamos con cuidado, se puede romper. O podemos dar un paso en falso, o podemos sentirnos invadidos por el vértigo cuando miramos hacia abajo. Solo cuanto nos encontramos en estas situaciones límite nos percatamos de que estamos totalmente preparados para superar cualquier situación extrema. Porque el ser humano está diseñado para vencer y lograr auténticas hazañas en su vida. Cuántas veces sentimos que nos falta el aire y hemos de aprender a llenar nuestros pulmones y a respirar, administrando el oxígeno, para sacar toda la energía que llevamos dentro.

Es en estas ocasiones cuando uno descubre la grandeza de su libertad y su creatividad para reorganizar su propia vida. Solo desde la carencia y la limitación, en medio de la adversidad, uno madura, crece y aprende a reconocer su pequeñez con humildad. El hombre probado por las dificultades se convierte en dueño de su historia. Nada ni nadie podrá oscurecer el brillo de su audacia, porque está concebido para tal gesta: la aventura de renacer de sus cenizas.

Solo mirando hacia adelante y hacia arriba, como los trapecistas, con realismo y creatividad, podrá deslizarse en el trapecio y convertir en arte el saber caminar por la vida.

Cuántos ejemplos podríamos contar de personas, grupos e instituciones que han pasado de la mediocridad, del victimismo, a convertirse en modelos a imitar, en ejemplos de entusiasmo y solidaridad. Hemos de convertir el trapecio en una gran lección de vida. Desde un sostén tan frágil el hombre se hace más fuerte que nunca y jamás se rendirá, porque cada obstáculo será una oportunidad para exprimir el sabor de una nueva experiencia que le catapultará hacia la madurez humana.  

Sí, el hombre es extraordinario y puede mucho más de lo que imagina, porque no está hecho para la derrota, sino para la victoria y la felicidad.

domingo, 17 de febrero de 2013

Un nuevo amanecer


Amanecía. El cielo se aclaraba y los primeros rayos de sol disiparon la oscuridad; un nuevo día nacía. El sol se deslizaba con rapidez en el firmamento para iluminar la ciudad. El viento empezaba a juguetear con las ramas desnudas de los árboles. Jardines, calles y casas estaban bañados de una intensa luz.

Todo era vida, color y música en ese domingo de principios de febrero. El corazón se ensanchaba ante el regalo de otro día apasionante. Es hermoso saborear tanta belleza matinal, cuando el mundo rezuma plenitud, cuando se puede sentir, tocar, ver y oler la vida; cuando se puede escuchar la suave melodía de algo que se nos da como un don. El Creador, cada mañana, vuelve a apostar por nosotros y su creación estalla en colores. Cada día se nos da la oportunidad de contemplar de nuevo toda su hermosura.

Era un día espléndido y radiante, el día que Carmen entró en el sueño eterno, quizás en el claroscuro del alba. El día nacía y su vida se apagaba. En esa hora, todavía oscura, se deslizó hacia el otro lado de la vida, poco a poco, atravesando el umbral del más allá, donde la luz brilla aún más fuerte que el sol, porque brota del corazón de Dios.

Lo supe a las diez y cuarto de la mañana, cuando ya el sol estaba alto y empezaba a calentar. Me dijeron que se había quedado como dormida, con la cara serena, calma, como si todavía estuviera entre aquí y allá, entre la luz y el abismo, entre el cielo y la tierra. Su dulce sueño tuvo otro dulce despertar. Fue un adiós dulce, una muerte dulce.

Días antes, todo era lucha, sufrimiento, inquietud y cansancio. Impotencia. Hoy, su rostro desprendía calma, quietud, serenidad. Su enfermedad fue muy larga, aunque tuvo temporadas de mejoría. Pero la calidad de su vida iba mermando. Fueron muchos años de dolor, una prolongada agonía que la iba consumiendo poco a poco. Durante esos años, en ella vi el rostro del dolor, el misterio insondable de la fragilidad humana. Presencié la batalla que la vida libra con la muerte. Sentí muy cerca nuestra pequeñez. Cuando la esperanza y la fe se pierden, la vida deja de tener sentido. Sentí como un zarpazo la impotencia de no poder hacer nada por cambiar el rumbo de su situación, viendo cómo se precipitaba hacia el abismo que se abría ante ella.

Muchas veces me he preguntado qué fue de aquella jovencita que corría calle abajo conmigo, desde la plaza Catalana hasta el final de la calle Amílcar, y luego hasta Cartellá, donde estaba nuestra casa. Con 16 años Carmen comenzó a trabajar en la Jovi. Pero los fines de semana le gustaba salir. Con ella solía ir al cine, las tardes del domingo, y muchas mañanas de verano nos íbamos a la playa. En casa y en el trabajo era ordenada y diligente. Con las personas era alegre, sociable, generosa. Respiraba vida por los cuatro costados. Fiel a sus amigos, saboreaba la vida hasta la última gota. Su mirada era limpia y vivaz. Qué fácil era conectar con ella. Todo esto se vino abajo años más tarde, cuando una inesperada enfermedad se apoderó de ella y la fue consumiendo. Y terminó, en sus últimos años, quitándole hasta el oxígeno. Ella, que amaba la vida y que respiraba  pleno pulmón, murió sin aire.

Hoy ya no estás aquí, con tu madre, con tus hermanos y tu familia. La vida fue una auténtica pasión para ti, la viviste minuto a minuto, aliada de la existencia. Todo para ti era motivo de admiración. Amabas salir al sol, dejar que el aire acariciara tu cara, pasear por la plaza, escuchar a los pájaros y saludar a la gente. Aún en los momentos de mayor debilidad, ansiabas saborear esos pedacitos de vida que todavía te era permitido arrebatar. La progresiva incapacitación que padecías te hacía muy consciente de que estabas dejando de paladear ese trato amable, cómplice, quizás un poco ingenuo con la gente que te rodeaba.

En los últimos días ya nos hacías ver que el fin estaba muy cerca. Te ibas y volvías. Quizás más de alguna noche rozabas, con los dedos, esa claridad de luna, esas estrellas inalcanzables del más allá. Pero de inmediato volvías a la vida, volvías a respirar con fuerza, para llamar a tu madre.

La llamaste por última vez, fue como un adiós. Quizás querías celebrar un festín antes de tu salto definitivo. Ya estabas a punto de pasar al otro lado.

Alguien te espera en la otra orilla. Te esperan los brazos abiertos de tu padre, Joaquín, que tantas veces te mecía cuando eras pequeña, llamándote con inmenso cariño. Sí, allí volverás a estar en sus brazos y los dos estaréis en brazos de Dios.

Sin ruido y de puntitas, durmiendo plácidamente, te vas al encuentro de tus hermanos mayores, que solo pudieron saborear la vida unos pocos días. La luz de ayer era la luz del día eterno que se abría para acogerte y volverte a llevar al regazo del papá, bajo la mirada amorosa de Dios, nuestro Padre que está en el cielo.

Joaquín Iglesias
3 febrero 2013
En memoria de Carmen Iglesias

domingo, 3 de febrero de 2013

Un inesperado adiós

Un amigo a quien aprecio me dio la noticia. El corazón me dio un vuelco cuando lo escuché. Tras un inesperado derrame cerebral, Jacinta, una feligresa muy querida de mi anterior parroquia de San Pablo, en Badalona, se debatía entre la vida y la muerte en el hospital. 

Fui a visitarla, aunque estaba inconsciente, en cama y con respiración asistida. Cuando pronuncié su nombre, ella se agitó y sus labios se movieron bajo la mascarilla de plástico. ¿Me escuchó? Quiero creer que sí, y que también oyó el resto, las pocas palabras que la emoción me dejó pronunciar ante ella.

Jadeaba y la piel de sus manos ardía, como si luchara con ahinco, desafiando la muerte que la acechaba. A diferencia de otros pacientes que parecen abandonarse cuando llegan sus últimas horas, ella respiraba con fuerza, como resistiéndose a marchar. 

Todo fue de golpe, rápido. Dejaba a mucha gente de la que no se pudo despedir. Muchos que la conocíamos nos quedamos desconcertados, pues era una mujer robusta. En pocas horas, su vida pendía de un hilo, como la de un trapecista luchando por no precipitarse en el abismo. 

El día que fui a verla estaba oscuro y nublado en Barcelona, era pasado el mediodía. Me apresuré para ir al hospital con el temor de que dejara de respirar antes de que llegara. Con el corazón compungido y paso firme caminé hasta la habitación 209. Y allí estaba ella, sola en aquellos momentos. 

Mientras estaba a su lado, contemplé en ella el misterio de la fragilidad humana. Allí, tendida en la cama, luchando por sobrevivir, expresaba su amor a la vida y a los amigos. Fue todo tan repentino... Quise detener el tiempo, y volver atrás, para poder mirarla a los ojos otra vez y agradecer su cálida y firme amistad, siempre fiel. 

Jacinta, tu fuerza interior era inquebrantable. Como una roca, y a la vez inteligente y sagaz, sabías descubrir lo que hay en el corazón de las personas. Pero eras discreta, sabías estar en tu sitio sin llamar la atención. Tus apretones de manos, tu mirada llena de complicidad, tu lealtad a los tuyos, eran la mejor prueba de tu profundo realismo y tu honestidad. Me trasladé a Barcelona y eso no impidió que la amistad continuara. Recuerdo con cariño tus agradables llamadas desde la residencia Meran. No querías desconectar, yo tampoco. Tu corazón vibraba y se alegraba y así pasaron tres años desde que dejé Badalona. 

Todo esto lo iba pensando mientras te miraba, deseando que mis pulmones pudieran dar oxígeno a los tuyos, que pudieras abrir tus ojos. Te murmuré al oído que estaba allí, contigo. En pocos segundos pasaron ante mí los quince años de nuestra amistad. Di gracias a Dios por haberte conocido y por todo lo que aprendí de ti. Era consciente de que eran los últimos minutos contigo, y quería que supieras que el alma se me rompía de verte así. Pero mi fe me decía que no, que esto no era el final, que solo era un paréntesis de nuestra vida mortal, y que una amistad tan bella no se puede morir. Me encontraba entre el desgarro de un adiós y la certeza de que no será la última vez que nos veamos; ante el misterio de la caducidad humana que nos lleva a experimentar el vértigo de saber que un día dejaremos de existir, pues llevamos la muerte en nuestros genes. 

No pude decir mucho más. Moviendo la cabeza, con un gesto tímido, intentabas decirme algo, como respondiéndome. Si mis palabras no llegaron a tu cerebro, sí llegaron al corazón. Todavía estabas allí. No podías hablarme, pero tu leve movimiento bastaba. No sabía si era tu momento de ir al Padre del cielo, pero le pedí que los ángeles te acogieran, porque ya estabas preparada para dar ese salto hacia los brazos de Dios. Recé un rato, invocando a Dios y pidiendo que, cuando fuera la hora, te recibiera con todo su amor en el paraíso. Y con un beso en la frente me despedí, conteniendo las lágrimas. En pocas horas, la distancia entre nosotros se convertiría en un abismo, pero no infranqueable, porque la fuerza del amor atraviesa ese abismo. 

Me fui pensativo, caminando mientras me alejaba de la habitación, y salí del hospital. Apenas salí a la calle, vi que el cielo en Badalona se había despejado: una luz intensa teñía de color los árboles, las casas y las calles. El sol brillaba con especial intensidad. ¿Por qué ese cambio de tiempo tan súbito? Caminando hacia el coche, sentí que tu corazón, como ese cielo claro de invierno, también empezaba a inundarse de la luz y la gracia de Dios. El cielo brillaba con una luminosidad especial y a ti se te comenzaban a abrir las puertas del cielo. Dios te esperaba para darte un abrazo, todo estaba a punto para el encuentro eterno con tu esposo, con el que viviste un breve pero feliz matrimonio. 

Ya en la autopista hacia Barcelona, dejaba atrás una bonita experiencia. Sentí en lo más hondo de mi ser que Jacinta estaba muy viva dentro de mí. La distancia ya no importaba; el abismo ya no era oscuridad. Algún día, lo sé, me reencontraré con esa gran mujer, en otra dimensión, más allá de las estrellas. Pero en ese momento la sentí más cercana que nunca, porque la distancia nunca es demasiado grande allí donde hay amor. 

Joaquín Iglesias
19 enero 2013 
En memoria de Jacinta Rabazo

domingo, 25 de noviembre de 2012

Saliendo de la penumbra


A lo largo de mi vida me he encontrado con muchas personas que viven en sus familias conflictos de raíces muy antiguas. Viejas heridas mal cerradas, traumas y resentimientos que no se han curado y que van creciendo, ausencias, silencios… Todo esto genera nudos que se van arrastrando con el tiempo hasta que estallan. Y así se llega a situaciones límite de dolor en las que parece que no hay salida.

Llegados a este punto, ¿qué solución hay? ¿O acaso no hay ninguna solución? ¿Queremos buscarla o nos supone demasiado esfuerzo? Si lo deseamos, ¿estamos dispuestos a cambiar nuestros esquemas mentales? Hay que atreverse, con valentía y humildad, a reconocer todo lo que no hemos hecho bien y estar dispuesto a pasar por esa depuración interior que nos hará ver con lucidez cada momento de nuestra historia. Quizás hemos ido dando vueltas sobre nosotros mismos y sobre los mismos problemas, hundiéndonos en un pozo cada vez más profundo y oscuro. ¿Seremos capaces de reconocer cuándo tomamos la dirección equivocada que nos ha llevado a este bosque inhóspito, que cuanto más nos adentramos en él más aumenta la sensación angustiosa de estar en un callejón sin salida?

Reconocer con humildad los errores cometidos es el inicio de una apertura a la luz en medio de la agónica soledad del laberinto. Para esto se requiere de un redoblado esfuerzo y sacrificio y mucha dosis de generosidad. Así, comenzaremos a abrirnos camino hacia la salida de la penumbra. Una vez que hagamos este ejercicio de reconocimiento sereno hay que dejar los reproches atrás y empezar la travesía hacia el reencuentro. Esto requiere de mucha bondad y esperanza, pero se ha de empezar con el perdón y la reconciliación.

Reconciliados estaremos a punto para sentir esa paz tan deseada que un día perdimos cuando nos desviamos del camino. Y solo desde esta paz fundamentada en el perdón estaremos preparados para el reencuentro. Pero para esto todos hemos de querer y tomar la iniciativa con gestos de desagravio. El perdón es lo único que sana y que nos puede liberar de ese lastre del pasado.

Puede parecer ingenuo y, tal como están las cosas, llegados a un límite parece imposible salir de este hoyo. Pero quiero pensar que cada persona tiene algo dentro que la hace grande y valiente; aunque sea en un recóndito lugar de su corazón, hay bondad, amor, generosidad. El hombre es capaz de grandes gestas porque así lo lleva inscrito en lo más hondo de su ser. El hombre tiene la capacidad de ir más allá de sí mismo si sabe liberarse de los miedos y los resentimientos que asfixian su libertad y su capacidad de discernir. Pero si no pronunciamos un sí a la vida, libre y responsable, no podremos cambiar nuestra historia.

Si no sabemos hacer una tregua acabaremos en la más horrible de las tragedias, que es vivir en el infierno de un egoísmo sin límites. O podemos optar por el perdón, la comprensión, la misericordia, la alegría y la aceptación serena del pasado.

Solo así se producirá el encuentro que ardientemente deseamos. De este éxodo sacaremos una gran lección que convertirá el dolor en fuente de sabiduría. Y aunque deje secuelas y cicatrices, volveremos a mirarnos a los ojos y a descubrir que, pese al tormento, todavía queda en las miradas un brillo, un resto de inocencia que no se ha oscurecido. 

domingo, 14 de octubre de 2012

Dios entre barrotes


Semanas atrás le comenté a Jesús Roy, capellán de la prisión de mujeres, que me gustaría conocer de primera mano su labor pastoral en la cárcel de Wad-Ras.Hoy, día 27 de marzo, en una mañana primaveral y luminosa, he tenido una gran experiencia, sobrecogedora y entrañable. Jesús, compañero del arciprestazgo del Poblenou, ha tenido la amabilidad de explicarme con delicadeza y pormenor lo que hace allí. De su mano he podido conocer cómo es la vida diaria en la prisión, ubicada en la avenida Bogatell, en la Vila Olímpica de Barcelona.

Jesús tiene aspecto bonachón, sencillo y asequible. Y vive con total convicción su vocación de mercedario. Se mueve en la cárcel como pez en el agua. Sin prisa, me ha ido enseñando las diferentes zonas donde se alojan las reclusas. Cada zona, bien señalizada, está separada de las demás por puertas compactas. Una funcionaria, con un grueso manojo de llaves, nos iba abriendo las cancelas y Jesús pasaba como si estuviera en su casa.

Me ha explicado los distintos grados de reclusión, según el tipo de delito, y algunas experiencias dolorosas que ha conocido de cerca. Entre sala y sala, varias mujeres se han acercado a él, saludándolo con total naturalidad y buscando ayuda, consejo, o preguntando si tenía información sobre algún juicio pendiente. En muchas de ellas he visto la pena que las embarga: son conscientes de que se han equivocado y ansían poder salir algún día. Jesús las trata con exquisita amabilidad. Su trato cordial y su carácter campechano lo hacen asequible, y esto se ve patente en la alegría que manifiestan las reclusas al verle. Se ha convertido en una persona fundamental para estas mujeres privadas de libertad.

Pasamos al pabellón donde están las reclusas que viven con sus hijos en la prisión. Afrontan el drama de una familia rota y de los niños que comparten la falta de libertad de su madre… Son diez mujeres con sus criaturas, algunas de ellas enfermas y sin un padre que pueda acoger a los pequeños. El dolor se palpa en el aire y no te deja indiferente. Me pregunté qué sería de aquellos niños inocentes que todavía no eran conscientes de dónde vivían, herméticamente cerrados, tras puertas y barrotes que los separan del mundo, del aire libre, de la belleza de un día primaveral. Un grueso muro se interpone entre ellos y su libertad.

También visitamos la enfermería, donde las reclusas enfermas o con algún problema de salud son atendidas por un médico. No había muchas, pero me impactó ver sus miradas perdidas y tristes.

Cuando llegamos a la dependencia de las 110 reclusas, me impresionó ver a tantas jóvenes que cumplen condena, esperando la benevolencia de algún juez y la oportunidad de mejorar su conducta. Muchas son extranjeras que traficaban con droga y fueron descubiertas y apresadas. Intenté comprender cómo tantas muchachas con una vida por delante, por un desliz o un engaño, secuestradas, obligadas o prostituidas, cayeron en la trampa y fueron víctimas de algún camello sin escrúpulos, atraídas por la falacia de la felicidad comprada con dinero fácil. Ahora están allí, luchando contra el tedio con diferentes actividades y talleres que ofrece el centro penitenciario. El tiempo se desliza más rápido en esos espacios que las ayudarán a reducir su condena. Mientras tanto, anhelan con esperanza que se produzca el milagro de la libertad.

Algunas se acercaban a una ventana para ver el cielo azul y respirar el aire que entraba. Cerraban los ojos, quizás soñando que estaban ya fuera, dejándose mecer por la brisa primaveral y acariciar por los rayos todavía suaves del sol de marzo. Pero solo eran instantes. Una vez abrían los ojos, de nuevo estaban allí, entre paredes y puertas blindadas, bajo la mirada de un funcionario cargado de llaves. Sueñan, sí, con su libertad, porque vivir con el espíritu preso hace insoportable los días y llena de oscuridad el corazón.

Que Dios ayude a estas muchachas y que sepan descubrir que la vida tiene sentido solo cuando uno se abre a los demás y descubre la fascinación del amor, que es el trampolín de la auténtica libertad. Qué importante es la tarea apostólica de los mercedarios, que les hacen sentir que Dios es el único camino hacia la verdadera libertad, aunque esta empiece entre barrotes. El amor de Dios es como unas alas, que te elevan más allá de los muros de la cárcel y hasta lo más hondo de tu propio corazón. Bendita tarea la del sacerdote, la de hacer que el preso se sienta restaurado por la misericordia de Dios, que lo perdona todo, hasta la peor atrocidad que uno haya cometido. Porque Dios es esencialmente perdón y amor. ¡Cuántas conversiones se han producido entre rejas! Ningún pecado, si hay arrepentimiento sincero, puede escapar al torrente de su gracia. Porque su compasión y su amor pueden más que el pecado. Solo desde la humildad y el arrepentimiento uno puede poner su vida de nuevo en rumbo hacia la libertad y la felicidad. Desde el abandono en sus manos, la misma cárcel se convierte en escuela y en una experiencia sanadora y liberadora, un punto de partida para el reencuentro. Ojalá muchas mujeres salgan de la penumbra del egoísmo y se encuentren con el brillo auténtico de la verdad.

Estamos acabando la visita y, finalmente, salimos a la zona que ellas llaman “destino”. Aquí, a las que han mostrado una mejoría notable de conducta se les asignan trabajos de mantenimiento, limpieza, lavandería y taller, con un pequeño sueldo que les ayuda a cubrir gastos o que envían a sus países de origen. Sus semblantes aquí tienen otro aspecto. Centradas y serenas, realizan su trabajo con empeño, conscientes de ese privilegio y de que están a punto de conseguir el tercer grado, que consiste en cumplir su condena trabajando afuera y pernoctando en la prisión. 180 mujeres disfrutan de esta semi-libertad. Sus días son menos pesados, en espera de la libertad definitiva.

Reflexivo ante lo que he contemplado y las explicaciones de Jesús, pienso que tendré que ir digiriendo todo cuanto he visto y oído. Más allá de un médico, una asistenta social, una psicóloga o un letrado, más allá de la amabilidad de un funcionario o de la compañía de otra reclusa para compartir su pena y su cautiverio, creo que todas estas mujeres esperan con ansia la presencia del sacerdote. Porque el delito cometido no solo hace mella en su psique, sino también en su alma, y el vacío que deben sentir se hace pesado de soportar. Al dolor físico y la privación de libertad se le añade un dolor moral y un dolor del espíritu. Almas perdidas, muchas de ellas son jóvenes con vidas truncadas y un porvenir incierto. Una vez salgan de la prisión, ¿qué les espera? ¿Serán capaces de sortear las dificultades y podrán integrarse en la sociedad? ¿Podrán recuperar los vínculos familiares rotos?

He salido impactado y con un cierto pesar, recordando a ese montón de chicas, mientras hacemos el camino de retorno hasta la salida. Tras cada reja que franqueamos, quedan atrás sus rostros, algunos con una leve sonrisa. Abandonamos el recinto con discreción. Quisiera animarlas, asegurarles que un día volverán a saborear el gusto de la libertad. Alguna, cabizbaja, nos mira de reojo, quizás deseando seguir nuestros pasos.

Ya afuera, despidiéndome de Jesús, medito que el gran tesoro de la libertad solo se consigue cuando creces hacia adentro. Camino hasta la parroquia y el aire juega conmigo, deslizándose entre mis poros. Respiro y me siento más vivo que nunca. Mi paso es ligero. Cruzando las calles, soy consciente del don maravilloso de la creación y de la vida. Cuánto derroche amoroso el de Dios, cuyo deseo es la libertad y la felicidad de su criatura, para que pueda alcanzar la plenitud como persona.

Una vez llego al patio de la parroquia, abro la puerta del templo y doy gracias a Dios por esta experiencia. La Iglesia es puerta que lleva al corazón de Cristo, presente en el sagrario. Y él es la suprema libertad del hombre.

Joaquín Iglesias
Marzo 2012

domingo, 23 de septiembre de 2012

Un canto a la fidelidad



Este escrito ha sido motivado por el 50 aniversario de bodas de Carmen y Vicente, un matrimonio miembro de la comunidad de la parroquia de San Félix.

En Roma comenzamos a saborear el gozo de vuestro 50 aniversario matrimonial. Aquellos bonitos días, llenos de luz, anticiparon la fiesta de un compromiso de unión conyugal, especialmente en aquella cena del último día, tan llena de música y sorpresas. Todos estábamos contentos por aquel sí que os disteis hace 50 años, ante el sacerdote y ante Dios.

Cuánto amor hay cuando ni el tiempo, ni el cansancio, ni los defectos del otro han podido eclipsar vuestro matrimonio. Pese a las dificultades obvias en toda relación estrecha, vuestro amor sigue bien vivo.

Habéis levantado una familia y convertido vuestra casa en un auténtico hogar, con entrega y sacrificio. Vuestro amor, fuerte como una roca, todo lo aguanta, todo lo resiste. Porque lo bonito es quererse también cuando las olas zarandean la barca del proyecto familiar.

Los inicios de una historia de amor

Jóvenes llenos de vida, Carmen, con 16 años, y Vicente, con 18, se abrían al mundo, inquietos por vivir como todos los adolescentes. Se conocieron en el casino del Poblenou. Y desde aquel día, en aquella hora y en aquel lugar, iniciaron una apasionante aventura que dura hasta hoy, sesenta años después.

Su matrimonio se celebró el día 24 de septiembre de 1962 en la parroquia de Sant Francesc d’Assís, del Poblenou. Ese día, con un firme sí, comenzó la definitiva historia de amor iniciada cinco años antes. El sí que se dieron era la promesa de algo hermoso: ante Dios y el sacerdote, cristalizaron su voluntad de amarse para siempre, desafiando el paso del tiempo.

Llegó la alegría de ver nacer a sus cuatro hijos: Vicente, Eva, María y David. La presencia de los niños hizo vibrar su hogar. Se volcaron en su cuidado y formación, con absoluta entrega. Fueron unos años de intenso trabajo educativo, lleno de amor, para ayudarles a llegar a la edad adulta.

Carmen era tejedora y regentó varios comercios. En casa, supo cómo tejer las hebras de una convivencia armónica, hilando la historia de una familia y convirtiéndola en algo sólido y duradero.

Vicente trabajó 16 años en la lonja de pescado, después compaginó este trabajo con su empleo en la Nissan, donde estuvo 20 años. 
Los dos trabajaron incansablemente para tirar adelante a su familia.

La vinculación con la comunidad

La comunidad de la parroquia de San Félix se suma a vuestra alegría en este momento crucial de vuestra vida como matrimonio y familia. Vuestro sí renovado es un testimonio de madurez cristiana. Ahora, más que nunca, es necesario ver matrimonios que, después de 50 años, desean continuar su aventura de amor.

Sabéis que esta es la lógica del amor: crecer y crecer, sin cesar, hasta la eternidad. Nada os ha detenido. Ni los vaivenes ni las vicisitudes, ni los momentos oscuros en que la estrella que iluminaba vuestro corazón parecía ocultarse, nada ha podido venceros. Vuestro amor ha brillado siempre por encima de las nubes, iluminando el firmamento de vuestro hogar.

En vuestro itinerario nunca os habéis olvidado de la dimensión eclesial que supone ser un matrimonio cristiano. Desde hace mucho tiempo los dos estáis colaborando en la vida de la parroquia. Quiero hacer una especial mención de vuestra generosidad y disponibilidad. Me consta que los anteriores sacerdotes siempre han estado agradecidos y hoy, en este día tan hermoso, quiero de todo corazón agradeceros vuestra dedicación a la parroquia.

Que Dios os dé salud y os bendiga y os proteja, a vosotros y a vuestra familia. Que, aunque el paso del tiempo os vaya quitando vitalidad, no os falten las fuerzas para seguir amándoos hasta el final de vuestros días.

domingo, 9 de septiembre de 2012

El precio del orgullo


Paseando por Barcelona aprovecho muchas veces para entrar en algunas librerías y ver las novedades, especialmente todo lo que hace referencia al hombre: filosofía, sociología, antropología, teología y otros temas. Y me sorprende ver la enorme cantidad de libros sobre autoestima y autoayuda. Se pueden ver estanterías repletas de estos manuales. Y me pregunto si este boom no responderá a unas ganas desenfrenadas de vender a toda costa. Valiéndose de los conocimientos sobre la psicología humana, ¿no serán estos libros una forma sutil de enganchar a la gente para sacarles el dinero a cambio de prometerles un bienestar interior que ansían? ¿O responden realmente a un hallazgo psicológico y científico que ayuda a la persona a mantener su equilibrio psíquico y emocional, afrontando con calma y serenidad las dificultades de la vida diaria, con uno mismo y con los demás?

Sea lo que sea en cuanto a verdad científica, creo que se está abusando de este concepto de la autoestima. Es lógico que hemos que tener un autoconocimiento de nuestra propia realidad, modo de ser, sensibilidad, valores, defectos y cualidades. Y también es necesario integrar el propio corazón, la historia familiar y las capacidades propias para dar lo máximo de uno mismo sin llegar a la vanagloria. Es bueno reconocer y potenciar los propios valores, las iniciativas y la creatividad. Esta parte de orgullo sano debe ser combinada con la humildad para reconocer los límites y otros aspectos éticos, filosóficos y religiosos de la persona. Así evitará caer en la autocomplacencia y reconocerá que siempre puede mejorar su vida. Yo llamaría a esto una “autoestima sana”, que consiste en reconocer las virtudes tanto como los límites y los defectos; esto ayuda a la persona a mantenerse en un equilibrio sicológico y social.

Pero cuando en nombre de la autoestima dejo que el orgullo me ensoberbezca, arrastrándome a una absoluta autosuficiencia, puedo llegar a la petulancia y convertirme en un ególatra al que no le importa nada ni nadie, y que vive girando en torno a su gigantesco ombligo. Y este ego es insaciable: siempre pide más reconocimiento y más poder hasta convertirse en un remolino que absorbe todo cuanto se pone a su alcance. Aquí ya podemos hablar del orgullo patológico, que uno deja de controlar para ser dominado por él. Este orgullo tiene la habilidad de aparentar. La persona orgullosa puede parecer educada, cálida, amable y obsequiosa. Incluso puede parecer modesta. Sin embargo, bajo esa capa de cordialidad esconde una gelidez que sobrecoge y asusta si llegamos a atisbarla. Estas personas, en el fondo, son terriblemente inseguras y están heridas en su propio ego; esto las hace protegerse y, sometidas a este ego tirano, van desintegrándose poco a poco. La sumisión a su ego suele proyectarse en su relación con otras personas. En ocasiones, el orgulloso puede ser el dominador; pero en otras, puede ser el dominado. En este último caso, desarrolla una dependencia enfermiza que le obliga a agachar la cabeza. El otro pide, exige y riñe, y la persona orgullosa no tiene más remedio que someterse y obedecer a sus exigencias. Por miedo a perder algo ―quizás su estatus, o su imagen de buena persona― se convierte en esclava del otro. Cuántas familias viven estas terribles situaciones, en las que una personalidad anula a la otra y ambas se necesitan para devorarse mutuamente.

¿De qué ha servido tanto orgullo, tanta autosuficiencia? Llega un momento en el que nada parece tener ya valor. Y es que aquel que era el ombligo del mundo, ahora se ve sometido a otro poder.

El único antídoto para erradicar la patología del orgullo es la humildad: que la persona sepa verse como es, con sus fortalezas y sus debilidades, sus logros y sus carencias, y aceptarse con serenidad. Junto a la humildad, el amor, la aceptación y el profundo respeto a la libertad del otro.