domingo, 29 de septiembre de 2013

Tan misterioso y tan cercano

Después de un día ajetreado, deseaba sentir la brisa del silencio y contemplar el cielo salpicado de estrellas, escuchando en mi corazón la melodía de tu susurro. Cansado, al final de la jornada, necesitaba sentir la calidez de tu presencia. Qué bien se está cuando se descubre que más allá de lo mucho que pueda hacer, solo con tu mirada, llena de complicidad, me inunda una paz desconocida que solo siento cuando me detengo y te escucho, en la soledad silenciosa.

Ante ti no necesito decir nada, solo dejarme mecer en tu corazón, con tu solícita mano que acoge mi cansancio y mis inquietudes.

Ni siquiera debo articular una palabra, porque tú ya sabes lo que mi corazón siente. Contigo aprendo a callar, a no decir nada, a abandonarme. Basta saber que estás aquí, conmigo.

He aprendido que lo importante cuando estoy contigo no son mis palabras, sino tu silencio lleno de resonancias, tu presencia, casi imperceptible. Solo cuando te siento respiro, atrapado por tanta belleza. Cuando miro en lo más profundo de mi alma estás allí. Fuera y dentro. En mí y en los demás. 

Cuando soy consciente de esto me doy cuenta de que no me hace falta caer en el voluntarismo. Sé que es imposible encerrarte en conceptos o en esquemas mentales. Siempre estás vivo y amando, desde esa suave discreción, pero tan real como el aire que respiro. 

Cuando vamos hacia ti, tú has comenzado antes a caminar hacia nosotros. Cuando creo que te tengo cerca, en realidad ya estás dentro de mí. Porqué tú corres antes que yo corra hacia ti. Espero tu abrazo y tú ya me lo has dado. Tengo la necesidad de decirte algo y tú ya me has hablado. Busco el descanso y la felicidad, y tú te conviertes en mi descanso y en mi alegría.

Todo aquello que yo pueda anhelar, en Jesús ya me lo has dado. Solo tengo que convertir mi vida en una constante oración: la del apostolado, la del descanso y la de la celebración de mi fe. Y, sobre todo, la oración contemplativa: sumergirme totalmente en ti, mi Dios.

Dejar que él penetre toda tu alma. Más allá de buscar sensaciones, basta dejar que él te abrace. La vida de Dios no se concibe sin ese abrazo universal a todas sus criaturas. Solo cuando se hace experiencia de ese encuentro vital todo enmudece en el interior de uno mismo y comienza a vivirse una hermosa fusión. Te conviertes en un solo corazón, lates al unísono con Dios. Y la sensación de plenitud es inmensa. Rebosas de un gozo espiritual inefable.

De tú a tú con Dios, a solas en el profundo silencio, suena la música de su dulzura. Tu libertad con la suya, delante de él, vuelve a recrearte y a sumergirte en la realidad más profunda de tu ser hombre. Entonces descubres que participas de ese misterio inabarcable de su existencia. Tan cerca, como decía Agustín, tan dentro de ti, que llegas a ser una sola cosa con él.

Te sientes hijo en el Hijo, porque también fuiste engendrado, fruto de su amor. Y aquí está nuestra dicha. Somos de Dios, por eso no hemos de temer a nada ni a nadie. Ni la tormenta ni el rayo, ni la soledad ni el sufrimiento, ni siquiera el sentimiento de indigencia espiritual. Somos parte de él. ¿Qué hemos de temer, cuando estamos completamente en sus manos? Ni el abismo más profundo ni la altura más vertiginosa hemos de temer, porque por abajo él nos sostiene en sus manos, y en las alturas volamos en su regazo. Nunca nos precipitaremos al vacío porque él nos sostiene y nos lleva hacia lo alto, surcando la inmensidad del cielo con el viento de su Espíritu.

Es como si ya ahora viviera la plenitud del cielo, aquí en la tierra. Su corazón ya es parte anticipada del encuentro definitivo en el cielo. Cada vez que te sumerges en la oración estás viviendo, ya aquí, un trozo de cielo. Te inunda una luz, una paz y un gozo que solo se siente cuando experimentas la dulzura de su amor. Es como si ya no estuvieras aquí y te lanzaras fuera de ti mismo porque ya estás anticipándote a una nueva experiencia de los sentidos, como si ya entraras en el espacio de Dios. No sientes la gravedad, los problemas y preocupaciones quedan lejos cuando te dejas atrapar por él. Te saca fuera del tiempo y empiezas a vivir su tiempo. Muchas veces he sentido esto. Tu psique no te pesa tanto. Estás con él. Y sientes una libertad que no es meramente psíquica ni emocional, que va más allá de tus limitaciones.

Sintiéndote tan amado comienzas a saborear lo divino que hay en ti. Somos hijos de la Divinidad y, cuando nos fundimos con ella, nos convertimos, fruto de ese amor, en un ser divino. Es como si en cada encuentro con Dios nacieras de nuevo y, cuanta más conciencia de filiación con Dios más participas de lo que es él. Por eso la plenitud del hombre y la medida de su vocación humana se da cuando descubre que tiene a Dios dentro. Esto es a lo que está llamado.

Cuando descubre su vocación humana ha descubierto también su vocación cristiana y el sentido último de su existencia.

Tan misterioso que se nos escapa conceptualmente… y tan cercano, que lo tenemos dentro. No hace falta que corramos hacia él porque, una vez resucitado, Jesús forma parte para siempre de nuestra vida. Cuando somos capaces de parar, respirar hondo, mirar a lo alto y dar gracias, estamos en su órbita y nuestro corazón se ensancha. Nos mira y nos ama con un amor desmesurado. Solo así entraremos en su tiempo y en su historia, lanzados a una aventura llena de sorpresas que acrecientan el alma. Estamos hechos de él. Somos hijos de su amor. De ahí nuestra búsqueda, fruto de un constante anhelo de trascendencia. Cuando el hombre aprende a amar es cuando es plenamente feliz. Este es el único deseo de Dios: la felicidad del hombre.

domingo, 15 de septiembre de 2013

El latido de un amanecer

Tras la noche sosegada, durmiendo abandonado en el silencio, que restituye todo mi ser, amanece un nuevo día. Me dirijo a paso suave y rítmico hacia el lugar del milagro, a orillas del mar, donde el sol, majestuoso, aparece en el horizonte. Sus destellos van bañando el mar y su luz aleja la noche, en medio de una claridad rosada, de fuego.

En la ciudad, todavía se ve a poca gente, caminando hacia su trabajo, o a algunos deportistas que hacen footing. No se detienen a contemplar este hermoso regalo matinal.

En pocos minutos se obra el prodigio. El sol, cada vez más intenso, asciende sobre el mar como un auténtico señor del día. El color rojo se hace dorado y su brillo ilumina la playa y la ciudad. Es otro parto de la naturaleza. Sin ese saludo, sin ese color, sin esa luz, la vida no podría existir sobre la tierra. Dependemos absolutamente del sol, ¡y qué poco conscientes somos de que la justa distancia, y la inclinación precisa de la Tierra, han hecho posible la vida en nuestro planeta!

Nuestros ancestros sabían la importancia del sol, hasta llegar a idolatrarlo como Señor de la Vida. Hoy, en cambio, vivimos a un ritmo tan acelerado que nos hemos vuelto miopes. No sabemos ver la grandeza de los acontecimientos de la naturaleza. El progreso técnico y científico nos está apartando de nuestro medio natural. Hace unos pocos miles de años dormíamos en abrigos, al aire libre, íbamos descalzos y nos acostábamos siguiendo el ritmo solar. El silencio acelerado del progreso nos está haciendo más vulnerables, más inseguros. Aunque creamos que con la razón llegaremos a descubrir todos los secretos de la vida estamos lanzados a un futuro incierto. La soberbia intelectual nos está alejando de nuestras raíces. Ya no hablo de las raíces culturales, ideológicas, familiares, ni siquiera de las geográficas. Hablo de la tierra, la naturaleza, el agua, el sol, el aire. Las raíces de la Creación, en la que Dios nos ha hecho existir.

Negar esto es mutilar una parte de nosotros. Somos cuerpos limitados que necesitamos de nuestra hermana la tierra, como decía san Francisco de Asís. Somos contingentes, pequeños y vulnerables. El orgullo de no respetar nuestros propios ritmos biológicos hará que un día no sepamos quiénes somos. No olvidemos que somos materia, como la tierra. Cada vez que la pisamos ella nos sostiene, somos parte de ella. Necesitamos su contacto, como también la luz del sol, el agua y el aire. Reconociendo esto, humildes y agradecidos, podremos saborear y disfrutar mejor de la vida. Nos sentiremos más vivos que nunca y cada nuevo día tendrá sentido. Cuando el sol bosteza ante el nuevo día cada persona ha de ser consciente de que la potencia de esos primeros rayos que iluminan el mar se convierte en luz que también alumbra su existencia y la de quienes están a su alrededor.  

domingo, 18 de agosto de 2013

Una mirada hacia atrás

La noche lentamente va extendiendo su manto sobre la luz roja del atardecer, apagando la intensidad del azul en el firmamento. Los ruidos también se apagan, los árboles dejan de murmurar con el viento y las calles se quedan desiertas. A lo lejos, algún grito inoportuno rompe el remanso de paz de esta hora. El manto oscuro de la noche cubre el día y las estrellas aparecen. La luna, suspendida en medio del cielo, ahuyenta la oscuridad. Como un faro, baña el abismo de la noche con su luz. Y la hace suave, cálida y silenciosa.

Desde el silencio de mi claustro interior, experimento una profunda paz. Miro hacia atrás y siento que una gran plenitud me llena. Dios me lo ha dado todo: mi origen, mi familia, unos amigos, mi vocación, una experiencia larga, con sus errores y aciertos, con dolor y esperanza, limitaciones y capacidades. Con profundo realismo existencial siento que soy quien soy, y vivo todo cuanto vivo, porque un día me ayudaron a abrazar mi realidad. Abracé mi yo, mi entorno, mi pasado, incluso la incerteza del futuro. Y esto me llena de una felicidad óntica, porque el Ser Absoluto hizo posible mi historia y me ha ayudado a culminar con gozo mi existencia.

Ya adulto, en la madurez, he aprendido que la auténtica oración es abandono. Es dejarse mecer en brazos de un Dios que te mira, te acuna, te sonríe y no dice nada. Un niño pequeño en brazos de su madre no necesita oír su voz: sabe que lo quiere y que lo abraza, y le basta.

Aquí está la mística de la oración: una comunicación desde el silencio y la certeza total de sentirse amado. El silencio se convierte en un nuevo lenguaje que llega hasta lo más hondo de nuestras entrañas. 

Cuando dos corazones se unen, el lenguaje atraviesa todo el ser en un diálogo sin palabras, que hace la comunicación más intensa. Así se produce algo extraordinario: el alma se desnuda, la mirada de Dios te cubre y te sumerges en las profundidades de tu mar interior. Tu ser es un misterio, y es un reflejo de Dios. Y Él, desde tu pequeñez, te hace descubrir la grandeza de su amor. Es entonces cuando ese potencial de amor que todos llevamos dentro nos hace darnos cuenta de que somos irrepetibles y que Dios nos lo ha dado todo para ser felices. Él es la felicidad, y nosotros somos un destello de la suya.

Miro hacia atrás y veo que todo es un milagro que constantemente florece, crece, madura, incluso en el duro yunque de la prueba. Al final, todo es don. Es verdad que hay que pasar por largos periodos de liberación progresiva, dejando atrás esclavitudes y sufrimiento hasta llegar a la tierra prometida de una existencia gozosa. Si abrimos nuestro corazón a Dios, veremos que la noche es el preludio del día, que el otoño precede a la primavera y el llanto a la alegría. De la tristeza pasamos al gozo y de la esclavitud a la libertad; del error al acierto y de la soledad a la compañía; de la traición pasamos a la fidelidad y del fracaso al aprendizaje.

Hay sombra porque hay sol. Con Dios nunca perdemos, aunque nos equivoquemos. Todo son lecciones auténticas con las que siempre ganamos. Toda la vida es milagro, pero el mayor milagro son los demás, que han hecho posible lo que somos y las experiencias que hemos vivido. Cuando descubrimos esto, ya estamos catapultados hacia el infinito. Toda relación queda trascendida y comenzamos a vivir de otra manera.

Dios está en el corazón de toda existencia y es fuente de amor, fraternidad y belleza. Todos los límites y defectos, las ideas, la cultura, las modas… ya no son obstáculos para vivir una profunda sintonía. Solo el amor concilia realidades tan distintas. Porque, como dice san Pablo en su carta a los  corintios (1 Cor, 13), el amor no pasa nunca.

La noche sigue su curso, lenta, callada, al ritmo de nuestro reloj biológico. La luna se desliza por el cielo. Su brillo intenso suaviza el perfil de los objetos y tiñe los edificios de una belleza singular. En el claustro interior de mi alma anida la paz. Voy a dormir, confiando mi sueño en Aquel que no deja de mecer la cima de mi existencia. Es un preludio de otro amanecer y de otra hermosa aventura con Él.

Miro atrás, agradecido, para vivir el presente con intensidad y abrazar los desafíos del futuro. Esta es la clave de una existencia plena. Si tienes a Dios como aliado esta plenitud será un anticipo de la plenitud eterna.

domingo, 5 de mayo de 2013

Danzando en el trapecio


Cuántas veces hemos visto, con admiración, esbeltos cuerpos caminar sobre un delgado hilo, con una seguridad asombrosa. ¿Quién no recuerda, en su infancia, cuando los padres lo llevaban al circo un domingo por la tarde? Nuestros ingenuos ojos quedaban maravillados y nuestro corazón se encogía en un puño cuando contemplábamos a los trapecistas, evolucionando a gran altura y balanceándose entre frágiles cuerdas. Hasta que no acababa la función permanecíamos en suspenso, casi sin respiración, ante aquel espectáculo donde se mezclaban la belleza y el riesgo, la valentía y el miedo. Ver a aquellos acróbatas suspendidos de un fino hilo nos producía una sensación sobrecogedora. El momento culminante llegaba cuando saltaban, dando la vuelta limpiamente, y volvían a recuperar el trapecio, con firmeza.

Nuestros ojos de niños quedaban impresionados. Muchas veces me pregunté qué debía pasar por la mente de los trapecistas, y cómo debían superar el miedo y la inseguridad ante el peligro de caer y precipitarse hacia el vacío. ¿Qué pasaba por sus corazones? La firmeza de creer que se mantendrían les debía dar una seguridad desconocida, haciéndoles capaces de tales hazañas. Nunca debían pensar que caerían, pues el solo pensamiento, la más remota posibilidad de fallar, podía terminar con todo. A buen seguro visualizaban sus saltos, sus movimientos limpios, fuertes, seguros, y lo conseguían.

Trapecistas de la vida


Cuántas personas hoy, a causa de la crisis económica, se han visto sin quererlo en lo alto de una cuerda floja, tratando de mantenerse en pie sin caer en el abismo oscuro. Mucha gente se ha encontrado de golpe en esta situación angustiosa. Se sienten sostenidos en el aire por una delgada cuerda, intentando sobrevivir. Y se convierten en nuevos trapecistas del circo de la sociedad. No se entrenaron para vivir ese riesgo, nadie los preparó para afrontar la angustia existencial. Aquí es donde nos damos cuenta de que somos terriblemente vulnerables y frágiles. Nuestra existencia pende de un hilo que, si no vamos con cuidado, se puede romper. O podemos dar un paso en falso, o podemos sentirnos invadidos por el vértigo cuando miramos hacia abajo. Solo cuanto nos encontramos en estas situaciones límite nos percatamos de que estamos totalmente preparados para superar cualquier situación extrema. Porque el ser humano está diseñado para vencer y lograr auténticas hazañas en su vida. Cuántas veces sentimos que nos falta el aire y hemos de aprender a llenar nuestros pulmones y a respirar, administrando el oxígeno, para sacar toda la energía que llevamos dentro.

Es en estas ocasiones cuando uno descubre la grandeza de su libertad y su creatividad para reorganizar su propia vida. Solo desde la carencia y la limitación, en medio de la adversidad, uno madura, crece y aprende a reconocer su pequeñez con humildad. El hombre probado por las dificultades se convierte en dueño de su historia. Nada ni nadie podrá oscurecer el brillo de su audacia, porque está concebido para tal gesta: la aventura de renacer de sus cenizas.

Solo mirando hacia adelante y hacia arriba, como los trapecistas, con realismo y creatividad, podrá deslizarse en el trapecio y convertir en arte el saber caminar por la vida.

Cuántos ejemplos podríamos contar de personas, grupos e instituciones que han pasado de la mediocridad, del victimismo, a convertirse en modelos a imitar, en ejemplos de entusiasmo y solidaridad. Hemos de convertir el trapecio en una gran lección de vida. Desde un sostén tan frágil el hombre se hace más fuerte que nunca y jamás se rendirá, porque cada obstáculo será una oportunidad para exprimir el sabor de una nueva experiencia que le catapultará hacia la madurez humana.  

Sí, el hombre es extraordinario y puede mucho más de lo que imagina, porque no está hecho para la derrota, sino para la victoria y la felicidad.

domingo, 17 de febrero de 2013

Un nuevo amanecer


Amanecía. El cielo se aclaraba y los primeros rayos de sol disiparon la oscuridad; un nuevo día nacía. El sol se deslizaba con rapidez en el firmamento para iluminar la ciudad. El viento empezaba a juguetear con las ramas desnudas de los árboles. Jardines, calles y casas estaban bañados de una intensa luz.

Todo era vida, color y música en ese domingo de principios de febrero. El corazón se ensanchaba ante el regalo de otro día apasionante. Es hermoso saborear tanta belleza matinal, cuando el mundo rezuma plenitud, cuando se puede sentir, tocar, ver y oler la vida; cuando se puede escuchar la suave melodía de algo que se nos da como un don. El Creador, cada mañana, vuelve a apostar por nosotros y su creación estalla en colores. Cada día se nos da la oportunidad de contemplar de nuevo toda su hermosura.

Era un día espléndido y radiante, el día que Carmen entró en el sueño eterno, quizás en el claroscuro del alba. El día nacía y su vida se apagaba. En esa hora, todavía oscura, se deslizó hacia el otro lado de la vida, poco a poco, atravesando el umbral del más allá, donde la luz brilla aún más fuerte que el sol, porque brota del corazón de Dios.

Lo supe a las diez y cuarto de la mañana, cuando ya el sol estaba alto y empezaba a calentar. Me dijeron que se había quedado como dormida, con la cara serena, calma, como si todavía estuviera entre aquí y allá, entre la luz y el abismo, entre el cielo y la tierra. Su dulce sueño tuvo otro dulce despertar. Fue un adiós dulce, una muerte dulce.

Días antes, todo era lucha, sufrimiento, inquietud y cansancio. Impotencia. Hoy, su rostro desprendía calma, quietud, serenidad. Su enfermedad fue muy larga, aunque tuvo temporadas de mejoría. Pero la calidad de su vida iba mermando. Fueron muchos años de dolor, una prolongada agonía que la iba consumiendo poco a poco. Durante esos años, en ella vi el rostro del dolor, el misterio insondable de la fragilidad humana. Presencié la batalla que la vida libra con la muerte. Sentí muy cerca nuestra pequeñez. Cuando la esperanza y la fe se pierden, la vida deja de tener sentido. Sentí como un zarpazo la impotencia de no poder hacer nada por cambiar el rumbo de su situación, viendo cómo se precipitaba hacia el abismo que se abría ante ella.

Muchas veces me he preguntado qué fue de aquella jovencita que corría calle abajo conmigo, desde la plaza Catalana hasta el final de la calle Amílcar, y luego hasta Cartellá, donde estaba nuestra casa. Con 16 años Carmen comenzó a trabajar en la Jovi. Pero los fines de semana le gustaba salir. Con ella solía ir al cine, las tardes del domingo, y muchas mañanas de verano nos íbamos a la playa. En casa y en el trabajo era ordenada y diligente. Con las personas era alegre, sociable, generosa. Respiraba vida por los cuatro costados. Fiel a sus amigos, saboreaba la vida hasta la última gota. Su mirada era limpia y vivaz. Qué fácil era conectar con ella. Todo esto se vino abajo años más tarde, cuando una inesperada enfermedad se apoderó de ella y la fue consumiendo. Y terminó, en sus últimos años, quitándole hasta el oxígeno. Ella, que amaba la vida y que respiraba  pleno pulmón, murió sin aire.

Hoy ya no estás aquí, con tu madre, con tus hermanos y tu familia. La vida fue una auténtica pasión para ti, la viviste minuto a minuto, aliada de la existencia. Todo para ti era motivo de admiración. Amabas salir al sol, dejar que el aire acariciara tu cara, pasear por la plaza, escuchar a los pájaros y saludar a la gente. Aún en los momentos de mayor debilidad, ansiabas saborear esos pedacitos de vida que todavía te era permitido arrebatar. La progresiva incapacitación que padecías te hacía muy consciente de que estabas dejando de paladear ese trato amable, cómplice, quizás un poco ingenuo con la gente que te rodeaba.

En los últimos días ya nos hacías ver que el fin estaba muy cerca. Te ibas y volvías. Quizás más de alguna noche rozabas, con los dedos, esa claridad de luna, esas estrellas inalcanzables del más allá. Pero de inmediato volvías a la vida, volvías a respirar con fuerza, para llamar a tu madre.

La llamaste por última vez, fue como un adiós. Quizás querías celebrar un festín antes de tu salto definitivo. Ya estabas a punto de pasar al otro lado.

Alguien te espera en la otra orilla. Te esperan los brazos abiertos de tu padre, Joaquín, que tantas veces te mecía cuando eras pequeña, llamándote con inmenso cariño. Sí, allí volverás a estar en sus brazos y los dos estaréis en brazos de Dios.

Sin ruido y de puntitas, durmiendo plácidamente, te vas al encuentro de tus hermanos mayores, que solo pudieron saborear la vida unos pocos días. La luz de ayer era la luz del día eterno que se abría para acogerte y volverte a llevar al regazo del papá, bajo la mirada amorosa de Dios, nuestro Padre que está en el cielo.

Joaquín Iglesias
3 febrero 2013
En memoria de Carmen Iglesias

domingo, 3 de febrero de 2013

Un inesperado adiós

Un amigo a quien aprecio me dio la noticia. El corazón me dio un vuelco cuando lo escuché. Tras un inesperado derrame cerebral, Jacinta, una feligresa muy querida de mi anterior parroquia de San Pablo, en Badalona, se debatía entre la vida y la muerte en el hospital. 

Fui a visitarla, aunque estaba inconsciente, en cama y con respiración asistida. Cuando pronuncié su nombre, ella se agitó y sus labios se movieron bajo la mascarilla de plástico. ¿Me escuchó? Quiero creer que sí, y que también oyó el resto, las pocas palabras que la emoción me dejó pronunciar ante ella.

Jadeaba y la piel de sus manos ardía, como si luchara con ahinco, desafiando la muerte que la acechaba. A diferencia de otros pacientes que parecen abandonarse cuando llegan sus últimas horas, ella respiraba con fuerza, como resistiéndose a marchar. 

Todo fue de golpe, rápido. Dejaba a mucha gente de la que no se pudo despedir. Muchos que la conocíamos nos quedamos desconcertados, pues era una mujer robusta. En pocas horas, su vida pendía de un hilo, como la de un trapecista luchando por no precipitarse en el abismo. 

El día que fui a verla estaba oscuro y nublado en Barcelona, era pasado el mediodía. Me apresuré para ir al hospital con el temor de que dejara de respirar antes de que llegara. Con el corazón compungido y paso firme caminé hasta la habitación 209. Y allí estaba ella, sola en aquellos momentos. 

Mientras estaba a su lado, contemplé en ella el misterio de la fragilidad humana. Allí, tendida en la cama, luchando por sobrevivir, expresaba su amor a la vida y a los amigos. Fue todo tan repentino... Quise detener el tiempo, y volver atrás, para poder mirarla a los ojos otra vez y agradecer su cálida y firme amistad, siempre fiel. 

Jacinta, tu fuerza interior era inquebrantable. Como una roca, y a la vez inteligente y sagaz, sabías descubrir lo que hay en el corazón de las personas. Pero eras discreta, sabías estar en tu sitio sin llamar la atención. Tus apretones de manos, tu mirada llena de complicidad, tu lealtad a los tuyos, eran la mejor prueba de tu profundo realismo y tu honestidad. Me trasladé a Barcelona y eso no impidió que la amistad continuara. Recuerdo con cariño tus agradables llamadas desde la residencia Meran. No querías desconectar, yo tampoco. Tu corazón vibraba y se alegraba y así pasaron tres años desde que dejé Badalona. 

Todo esto lo iba pensando mientras te miraba, deseando que mis pulmones pudieran dar oxígeno a los tuyos, que pudieras abrir tus ojos. Te murmuré al oído que estaba allí, contigo. En pocos segundos pasaron ante mí los quince años de nuestra amistad. Di gracias a Dios por haberte conocido y por todo lo que aprendí de ti. Era consciente de que eran los últimos minutos contigo, y quería que supieras que el alma se me rompía de verte así. Pero mi fe me decía que no, que esto no era el final, que solo era un paréntesis de nuestra vida mortal, y que una amistad tan bella no se puede morir. Me encontraba entre el desgarro de un adiós y la certeza de que no será la última vez que nos veamos; ante el misterio de la caducidad humana que nos lleva a experimentar el vértigo de saber que un día dejaremos de existir, pues llevamos la muerte en nuestros genes. 

No pude decir mucho más. Moviendo la cabeza, con un gesto tímido, intentabas decirme algo, como respondiéndome. Si mis palabras no llegaron a tu cerebro, sí llegaron al corazón. Todavía estabas allí. No podías hablarme, pero tu leve movimiento bastaba. No sabía si era tu momento de ir al Padre del cielo, pero le pedí que los ángeles te acogieran, porque ya estabas preparada para dar ese salto hacia los brazos de Dios. Recé un rato, invocando a Dios y pidiendo que, cuando fuera la hora, te recibiera con todo su amor en el paraíso. Y con un beso en la frente me despedí, conteniendo las lágrimas. En pocas horas, la distancia entre nosotros se convertiría en un abismo, pero no infranqueable, porque la fuerza del amor atraviesa ese abismo. 

Me fui pensativo, caminando mientras me alejaba de la habitación, y salí del hospital. Apenas salí a la calle, vi que el cielo en Badalona se había despejado: una luz intensa teñía de color los árboles, las casas y las calles. El sol brillaba con especial intensidad. ¿Por qué ese cambio de tiempo tan súbito? Caminando hacia el coche, sentí que tu corazón, como ese cielo claro de invierno, también empezaba a inundarse de la luz y la gracia de Dios. El cielo brillaba con una luminosidad especial y a ti se te comenzaban a abrir las puertas del cielo. Dios te esperaba para darte un abrazo, todo estaba a punto para el encuentro eterno con tu esposo, con el que viviste un breve pero feliz matrimonio. 

Ya en la autopista hacia Barcelona, dejaba atrás una bonita experiencia. Sentí en lo más hondo de mi ser que Jacinta estaba muy viva dentro de mí. La distancia ya no importaba; el abismo ya no era oscuridad. Algún día, lo sé, me reencontraré con esa gran mujer, en otra dimensión, más allá de las estrellas. Pero en ese momento la sentí más cercana que nunca, porque la distancia nunca es demasiado grande allí donde hay amor. 

Joaquín Iglesias
19 enero 2013 
En memoria de Jacinta Rabazo

domingo, 25 de noviembre de 2012

Saliendo de la penumbra


A lo largo de mi vida me he encontrado con muchas personas que viven en sus familias conflictos de raíces muy antiguas. Viejas heridas mal cerradas, traumas y resentimientos que no se han curado y que van creciendo, ausencias, silencios… Todo esto genera nudos que se van arrastrando con el tiempo hasta que estallan. Y así se llega a situaciones límite de dolor en las que parece que no hay salida.

Llegados a este punto, ¿qué solución hay? ¿O acaso no hay ninguna solución? ¿Queremos buscarla o nos supone demasiado esfuerzo? Si lo deseamos, ¿estamos dispuestos a cambiar nuestros esquemas mentales? Hay que atreverse, con valentía y humildad, a reconocer todo lo que no hemos hecho bien y estar dispuesto a pasar por esa depuración interior que nos hará ver con lucidez cada momento de nuestra historia. Quizás hemos ido dando vueltas sobre nosotros mismos y sobre los mismos problemas, hundiéndonos en un pozo cada vez más profundo y oscuro. ¿Seremos capaces de reconocer cuándo tomamos la dirección equivocada que nos ha llevado a este bosque inhóspito, que cuanto más nos adentramos en él más aumenta la sensación angustiosa de estar en un callejón sin salida?

Reconocer con humildad los errores cometidos es el inicio de una apertura a la luz en medio de la agónica soledad del laberinto. Para esto se requiere de un redoblado esfuerzo y sacrificio y mucha dosis de generosidad. Así, comenzaremos a abrirnos camino hacia la salida de la penumbra. Una vez que hagamos este ejercicio de reconocimiento sereno hay que dejar los reproches atrás y empezar la travesía hacia el reencuentro. Esto requiere de mucha bondad y esperanza, pero se ha de empezar con el perdón y la reconciliación.

Reconciliados estaremos a punto para sentir esa paz tan deseada que un día perdimos cuando nos desviamos del camino. Y solo desde esta paz fundamentada en el perdón estaremos preparados para el reencuentro. Pero para esto todos hemos de querer y tomar la iniciativa con gestos de desagravio. El perdón es lo único que sana y que nos puede liberar de ese lastre del pasado.

Puede parecer ingenuo y, tal como están las cosas, llegados a un límite parece imposible salir de este hoyo. Pero quiero pensar que cada persona tiene algo dentro que la hace grande y valiente; aunque sea en un recóndito lugar de su corazón, hay bondad, amor, generosidad. El hombre es capaz de grandes gestas porque así lo lleva inscrito en lo más hondo de su ser. El hombre tiene la capacidad de ir más allá de sí mismo si sabe liberarse de los miedos y los resentimientos que asfixian su libertad y su capacidad de discernir. Pero si no pronunciamos un sí a la vida, libre y responsable, no podremos cambiar nuestra historia.

Si no sabemos hacer una tregua acabaremos en la más horrible de las tragedias, que es vivir en el infierno de un egoísmo sin límites. O podemos optar por el perdón, la comprensión, la misericordia, la alegría y la aceptación serena del pasado.

Solo así se producirá el encuentro que ardientemente deseamos. De este éxodo sacaremos una gran lección que convertirá el dolor en fuente de sabiduría. Y aunque deje secuelas y cicatrices, volveremos a mirarnos a los ojos y a descubrir que, pese al tormento, todavía queda en las miradas un brillo, un resto de inocencia que no se ha oscurecido.