domingo, 8 de febrero de 2015

Embalsamar corazones heridos

La crisis económica y laboral ha sido un auténtico tsunami que ha lanzado a muchas personas al abismo, arrastrándolas hacia la marginalidad. Riadas de gente que antes disfrutaban de una situación estable y normal hoy sufren carencias muy básicas. El flagelo del paro las está llevando a situaciones límite: inseguridad, depresiones, soledad y sentimientos de autoestima muy baja. Pero sobre todo carecer de un futuro laboral y de una seguridad económica genera terribles angustias y lleva a muchos a un túnel sin salida. El desánimo va acortando sus posibilidades. Desorientadas, desubicadas, muchas personas empiezan un éxodo sin norte, cargadas con un profundo sentimiento de vacío. Sin expectativas ni esperanzas, inician itinerarios laborales de inserción pero no acaban de encontrar trabajo. Obligadas a sobrevivir en medio de una precariedad incómoda, sin recursos y sin ánimo, se levantan cada mañana afrontando el vértigo de un futuro incierto. Muchas caen en el ensimismamiento y se pierden en un laberinto de contradicciones internas. El rostro se les apaga y los ojos caídos dejan de soñar en un nuevo horizonte. Han perdido el rumbo y su único objetivo es sobrevivir.

La cara del dolor

Con la iniciativa de Cáritas parroquial y la creación del comedor social, desde hace unos meses estamos poniendo cara y nombre a estas víctimas de la crisis. La parroquia de San Félix quiere aportar una pequeña gota balsámica para suavizar y atenuar un poco el dolor de estas cuarenta personas que vienen a comer cada día. Cada una con su nombre, con su historia personal, con el lastre de su sufrimiento.

El comedor, sencillo y digno, es un espacio donde, además de sentarse a comer, las personas pueden encontrar un lugar acogedor, un ambiente cálido y amable, una mirada amiga que, durante unos minutos, les haga olvidar el dolor que sienten en su alma. Los voluntarios les brindan una sonrisa que mantiene encendidas las pocas brasas que llevan en el corazón. La acogida les recuerda que, aunque hayan perdido su trabajo, e incluso su salud, nunca pierden su dignidad, por más que estén bajo el umbral de la pobreza. La persona es sagrada y está por encima de su situación social y laboral. Todos son hijos de Dios y ninguna situación de carencia les puede robar su dignidad por el hecho de existir.

El sufrimiento no tiene sexo, cultura, religión ni edad. Mirando con dulzura a los comensales, no puedo evitar conmoverme. Observo las diferentes caras y expresiones. Algunos comen concentrados en el plato, quizás con hambre; otros guardan un mutismo aterrador, no articulan palabra ni miran a nadie a los ojos. Otros sonríen tímidamente, otros engullen la comida y se van corriendo. Otros miran como si todavía alentara en ellos una chispa de esperanza.

Todos, a su manera, expresan su situación vital. Corazones rotos que buscan calor en el frío invierno de su vida, paz, una tregua interna en su lucha por sobrevivir, alimentos calientes que apacigüen el hambre de sus estómagos pero, sobre todo, una acogida cálida que haga recobrar un poco de sentido a su existencia.

El rostro de la esperanza

Pero el comedor no solo tiene esa cara de dolor. También está la cara del servicio con alegría. Un grupo de 16 voluntarios, día tras día, con entrega y generosidad, está haciendo posible esta bella historia de solidaridad. Ellos insuflan alegría, esperanza y razones para vivir a los que no la tienen. Todos se multiplican para atender con delicadeza y amor a los comensales que acuden a su calor solidario. Han decidido emprender una aventura: llegar al corazón de aquellos a quienes les falta el gozo de vivir. Todos son de una calidad humana extraordinaria y poseen enormes valores humanos y cristianos. Con un servicio exquisito y alegre dedican su tiempo a los más pobres del barrio. Saben que su labor es parte de un proceso evangelizador: los pobres están en el corazón de Jesús. También están en el corazón de la Iglesia y de la comunidad cristiana.

Cada voluntario se convierte en un samaritano que busca al hombre apaleado y herido por la soledad y por una estructura social que lo ha dejado tumbado en el suelo de la ignorancia y el olvido. Todos forman un grupo sólidamente trabado entorno a este proyecto; son imagen de Jesús ante el dolor social.

Si el dolor de la miseria es un grito silencioso ante la injusticia, la alegría de los voluntarios abre caminos de esperanza. Aquí, en este rincón de Barcelona, en estas sencillas salas parroquiales, vemos cómo la transformación del mundo no depende solo de los “de arriba” o de los que tienen poder, sino de unos corazones generosos que han sido capaces de donar un tiempo de sus vidas a aquellos que la vida ha dejado fuera del campo de juego. Cada voluntario es luz para ellos. Quién sabe, quizás el día que alguno de los comensales deje de sentarse en el comedor será porque alguien supo devolverle la esperanza perdida.
    
Antiguamente, cuando el templo de San Félix no estaba todavía en su ubicación actual, se encontraba justamente allí donde se sitúa el comedor social. La sala alta era el antiguo presbiterio. Donde hoy están las mesas hubo un altar. Este hecho histórico reviste el lugar de un significado especial: donde hoy se sientan los predilectos de Dios a comer fue la sede del banquete eucarístico. Este comedor, junto con el templo actual, es el lugar más sagrado de la parroquia. Del Cristo del pan eucarístico pasamos al pobre que también es imagen de Cristo y que pide pan material y el calor de unas manos. Las llagas de Cristo expresan el dolor de quienes buscan la misericordia y a la vez la dulzura de los corazones compasivos.

Nunca olvidemos que una fe sin obras es una fe muerta, como dice San Juan, y que los cristianos somos las manos de Dios. Desde este blog, Escritos con alma, quiero agradecer de todo corazón a todos y cada uno de los voluntarios que con tenacidad y alegría están sirviendo a los que se sientan a comer. Como dice el evangelio, aquello que hacéis con uno de estos me lo hacéis a mí. Vuestra labor es encomiable y muy hermosa. ¡Doy gracias a Dios por ella!

domingo, 25 de enero de 2015

Sed de infinito

Día de Reyes. Al anochecer salgo a pasear por la playa. La luz estridente de las farolas rompe la negra suavidad de la noche, centelleando a lo largo del paseo marítimo. De pronto, la luna emerge sobre el mar. Asciende velada por la niebla, inmensa y de color ámbar, por el mismo lugar que, en la mañana, ve salir el sol. Es como si en medio de la noche quisiera emular el reflejo del astro diurno con ese insólito fulgor anaranjado.

Contemplo con asombro esa esfera colorada sobre el mar y se me ensancha el corazón. Disfruto de la espléndida luna roja, agradeciendo al cielo el regalo que me hace esta noche. Y me doy cuenta de que parte de nuestro yo interior necesita el silencio, el sosiego y la calma para sumergirse en el misterio que hay detrás de cada expresión de belleza.

En medio del cosmos, el ser humano es una criatura llamada a la vocación contemplativa. Las ansias de infinitud aumentan, crecen los deseos de desentrañar los misterios que lo envuelven. Cuando la mente se aquieta está preparado para escuchar a Dios, que le invita y le guía a contemplar un hermoso paisaje que le hace enmudecer. Los horizontes que se abren ante él le fascinan. Y él se convierte en un paisaje vivo que ilumina a muchos otros que, aún sin saberlo, tienen sed de trascendencia y buscan respuestas ante los interrogantes de su vida.

Necesitamos salir de la miopía interior, salir de nuestra pequeña visión del mundo y mirar más allá de nosotros mismos. Contemplando el cielo esta noche percibo con más nitidez la realidad en la que vivo. Observo matices, detalles, colores; palpo texturas, escucho los sonidos, huelo. Mi capacidad sensorial aumenta. No hablo solo de los sentidos, sino de la percepción desde el corazón. La retina del alma ve en tres dimensiones: todo se agudiza y uno llega a penetrar en lo más hondo de la realidad.

Cuando el hombre huye del frenesí y se sumerge en un silencio contemplativo, se inicia un diálogo con su yo más profundo. Sintiéndose tan pequeño ante la grandeza del universo, se abre a la comunicación con el Creador. En el esplendor de la belleza, Dios nos envía un mensaje. Contemplando la luna sobre el mar me siento sobrecogido ante la inmensidad de su amor. En ese cielo, en esa luna que se vuelve dorada, hay mucho más que estructuras atómicas. En los caminantes que pasean hay más que sistemas físicos y emocionales. Dentro de cada ser humano palpita un alma que le impulsa a salir de sí mismo para encontrar la razón vital de su existencia.

Cuando regreso a casa, más tarde, salgo al patio antes de ir a dormir. Miro de nuevo el cielo, la luna completamente llena y ya blanca, posada sobre el campanario. Nunca me cansaré de contemplarla. Hoy, en esta noche de Reyes, la luna ha sido para mí una estrella que me ha guiado hacia una nueva experiencia de oración. 

domingo, 11 de enero de 2015

Miedo a amar

Un deseo innato

Todos deseamos amar y ser amados. Es un anhelo que sale de lo más profundo de nuestro corazón. Desde niños tenemos la necesidad de sentir que alguien nos mime, nos quiera, nos dé seguridad. El amor a los padres, a los hermanos, a los amigos y profesores ha dejado poso en nuestra vida. Los amigos de la infancia, con quienes hemos sentido una enorme complicidad, han marcado nuestra primera experiencia de amor. Dentro de nosotros hay una tendencia natural a descubrir los secretos de esa misteriosa conexión que nos hace vibrar y crecer.

De jóvenes, en la adolescencia, entran en juego las emociones y sentimientos, y damos más valor que nunca a la amistad. La confianza nos empuja a iniciar aventuras afectivas. Con el tiempo las relaciones se estrechan y se crean vínculos de mayor calado y compromiso. No por ello deja de ser una etapa de contradicciones internas y mucha inseguridad. Las relaciones están basadas en las necesidades afectivas durante el paso de la pubertad hacia la adultez; necesitamos soportes emocionales que nos den seguridad.

Ya adultos, de una amistad de camaradería pasamos a relaciones definitivas de compromiso con alguien con quien crecer y compartir la vida para siempre. Esto exige un plus de generosidad por ambas partes, algo a lo que quizás no estamos acostumbrados. Pasar de una aventura de verano a un firme compromiso que vincule para siempre supone dar un gran salto que va a requerir una mayor dosis de realismo y de amor. Implica más entrega, comprensión, diálogo y capacidad de convivencia. En definitiva, una mayor madurez en las relaciones interpersonales.

Cuando el fuego languidece

Pero, ¿qué ocurre? Todos deseamos amar y ser amados. Pero con frecuencia las relaciones se rompen al cabo de un tiempo y ese deseo innato que llevamos dentro lentamente se va apagando. La potencia amorosa de los inicios pierde vigor y poco a poco se va desvaneciendo la fuerza que un día salía como fuego incontrolable. ¿Qué ha pasado? Cuando somos jóvenes parece que nos falte el aire y anhelamos con intensidad el amor. Llega la adultez y todo empieza a hacerse demasiado pesado: pesa la responsabilidad, el compromiso se convierte en una carga que pide entrega y sacrificio; la convivencia se vuelve insoportable, el diálogo languidece y se cae en un estado de supervivencia. ¿Dónde está la frescura de los inicios?

Cuando los miembros de la pareja se adentran en la esencia más genuina del amor, les da vértigo un compromiso que significa donación y entrega sin límites, de por vida. Ya no es un amor de la infancia, que es más un deseo de sentirse seguro, ni un amor adolescente, que en el fondo es un descubrimiento de la propia identidad sexual y personal. Aunque en esa etapa se forjen relaciones importantes, todavía no podemos hablar de un amor maduro.

Cuando se llega a la madurez, el sí a otra persona ayuda a descubrir el verdadero rostro del amor. Ya no se trata de una relación basada solo en la química, en las emociones y los sentimientos; no es una relación pasajera, ni motivada por intereses económicos; no es un intercambio, un trueque. El amor de verdad exige darlo todo, y esto da miedo.

Es entonces cuando asusta dejar a un lado el “yo” para volcarse en el otro; es entonces cuando se tiene que aprender con realismo que el amor auténtico no excluye los defectos ni los límites, y que esto forma parte de la realidad humana. Es entonces cuando la convivencia corre el peligro de volverse aburrida, uno se instala en el tedio y sobrelleva como puede su vida conyugal. O puede ser que inicie una doble vida, viviendo relaciones paralelas, o que se lance a una huida sin meta, dando vueltas sobre sí mismo sin llegar a ningún sitio. En algún caso la convivencia se hace tan dura que se puede llegar a situaciones de violencia incontrolada que, finalmente, rompen la relación y el compromiso. Cuando desaparece el deseo de hacer feliz al otro empieza el camino del sinsentido.

Un acto de libertad

Y me pregunto: cuando una pareja decidió amarse, ¿sabía realmente a lo que se exponía? ¿Se lo planteó como algo para siempre? ¿Fueron educados ambos en la libertad del amor? ¿Fueron al matrimonio asumiendo las consecuencias de un acto libre? ¿Sabían que iniciaban una hermosa aventura? Las modas, el cine, la publicidad y ciertas ideologías han manipulado la imagen del matrimonio, distorsionando su sentido más genuino. Lo cierto es que sin corazón, inteligencia, libertad y responsabilidad no se puede iniciar una experiencia humana de este calibre. El matrimonio culmina un paso definitivo hacia toda una vida juntos. Y para esto hace falta más que ganas de cubrir una necesidad emocional, afectiva y sexual. Se requiere más que una sintonía, gustos parecidos o inquietudes similares, más que un acoplamiento de carácter y afinidades. El amor necesita coraje, entusiasmo, fuerza, pasión y libertad. Atrevimiento para surcar zonas desconocidas de nuestro ser y lanzarse sin temor al encuentro del tú, hasta llegar a explorar los repliegues de su corazón con una actitud de continua sorpresa y asombro. Lejos de tener miedo al amor hemos de aprender a descubrir su verdadero rostro.

El otro se convierte en cauce de felicidad cuando descubrimos que, entregándonos de verdad estamos culminando un deseo innato, que brota de lo más profundo de nuestro ser. Quizás tenemos miedo a perder nuestra identidad, nuestro “yo”, nuestra libertad… Al contrario, amar no quita nada de nuestra esencia, sino que nos potencia y nos construye como personas.

Cuando el ser humano, iluminado por la luz del amor, está por encima de las dependencias, descubre paisajes desconocidos hasta llegar a la cima de la plenitud amorosa: convertirse el uno en el otro, llegar a una fusión tal que solo queda espacio para Dios entre ambos. Y esto hace que el amor sea invencible y traspase todos los límites. El amor eterno se inicia aquí, en la tierra, y trasciende para continuar en la eternidad. Amar así es hacer un cielo en la tierra.

No temamos, desde la cúspide de nuestra existencia, a lanzarnos al mayor de los retos: penetrar en el misterio más profundo del otro ser. En él encontraremos nuestra auténtica identidad, nuestro yo. Solo así podremos decir que ya no es que solo ame como un acto, sino que me convierto en amor puro, lo más cercano a Dios.

jueves, 1 de enero de 2015

Los pájaros cantan en invierno

El sol está a punto de salir en el horizonte. Una luz dorada ilumina el tenue azul del cielo que clarea. Bajo la bóveda celeste, el frío arrecia y ya se presiente la etapa más dura de la estación invernal. Los árboles se van desprendiendo de su follaje ocre de otoño y sus ramas quedan desnudas. La morera tiene otro ritmo, y aunque el frío también la sacude, sus hojas caen más lentamente y aún cubren las esbeltas ramas. Pero la gelidez va marchitando las hojas, que se depositan por el patio.  Las plantas se adormecen lentamente, aunque las que crecen en la parte de sol aún se muestran lozanas.

El invierno también tiene su belleza y su significado, simbólico y ambiental. El invierno nos enseña a recogernos, a hacer menos, a descansar, a cuidarnos y a meditar. Nos invita a ahondar en el tuétano de nuestra existencia. La humedad y el frío nos empujan a buscar el calor del hogar. Y las hojas que caen nos recuerdan que también nos tenemos que ir liberando del ropaje de nuestra alma hasta llegar al yo desnudo y asumir que, en el proceso de madurez espiritual necesitamos dejar atrás cargas innecesarias: el orgullo, que nos engrosa y empequeñece el espíritu, las influencias sociales, culturales, las modas… Ver el patio sin el color y el brillo de la primavera me hace pensar en la humildad de nuestra condición humana. Por nuestra naturaleza necesitamos escalar hacia adentro para llegar a la única meta a la que está llamado el ser humano: alcanzar la plenitud de su madurez, divinizarse con Dios.

El paisaje de invierno me recuerda también la noche oscura de nuestros místicos, cuando su interior se seca y buscan respuestas desde el gemido angustioso de su corazón. Buscan la luz en sus tinieblas, y la ausencia y el silencio del Amado se les hacen insoportables. Como a Jesús en Getsemaní, el vacío, el silencio, la decrepitud interior amargan el sabor de su saliva y beben el cáliz de una terrible soledad. Su alma en pleno desierto clama por el agua fresca que sale del corazón del Amado.

Muchos días contemplo así el patio. Las hojas quemadas por el frío yacen en el suelo, y el sol impávido se esconde. Las semillas y las flores desaparecen, y las ramas, hundidas en sus raíces, esperan pacientemente la fuerza de un nuevo brote.

Una mañana, temprano, cuando salí al patio, me asombré al ver una rosa abierta y solitaria. Llena de fragancia, su color carmesí rompía con los tonos apagados del resto del patio. ¡En pleno invierno! Al mismo tiempo, una bandada de pájaros saltaba de una acacia a otra, piando alegremente, como una orquesta. Sus volteretas y sus giros en el aire componían una bella danza, cautivadora y vivaz: bailaban ante el nuevo día.

Una rosa había brotado en medio del suelo, sorteando los latigazos del frío y la sequedad, surgiendo de un lugar aparentemente infecundo. Mi aliento formaba nubes blanquecinas, hacía frío. Pero en medio de la crudeza del invierno también puede emerger el perfume de una flor. Y pensé que en el invierno de nuestra alma también puede florecer una rosa. En la noche más oscura de la existencia unas gotitas de perfume de Dios lo hacen presente, en su aparente ausencia. Suavizan la sequedad del corazón, y una música interior nos susurra: en la soledad más absoluta Dios está presente, tan dentro de ti que puede ser imperceptible. Pero está ahí.

Dios estaba con Jesús en su agonía. Él nunca cayó en la tentación de la desconfianza y la duda. Aunque a veces parezca que nos secamos por dentro, siempre hay una rosa a punto de florecer en nuestro interior, y unos pájaros que nos recuerdan que también en invierno se puede cantar.

Dentro de uno mismo hay una fuerza inusitada que nos hace invencibles, capaces de sobrevivir al frío del alma y la sequedad del corazón. Porque el ser humano es lo que más se parece a Dios, el Fuego vivo que no se apaga y la Fuente que nunca se agota.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Aprender a asumir el conflicto

Corazones llenos de amargura


El ser humano, en su búsqueda de realización personal, se topa con realidades difíciles de gestionar. Fracasos emocionales, convivencias tensas, incapacidad para adaptarse y falta de habilidades sociales. La necesidad de protegerse le lleva a reforzar su ego. Así, muchas personas desean ser el centro de todo, ejerciendo una manipulación emocional de los demás. Se muestran intransigentes y susceptibles, guardan memoria de todo lo negativo y utilizan un lenguaje ambiguo para justificarse.

El victimismo se apodera de estas personas. Creen tener derecho a todo, y lo reclaman todo. A veces, bajo una apariencia sumisa y servicial, esconden un terrible orgullo y ejercen una tiranía sobre quienes las rodean.

Con habilidad, emplean sutiles maniobras para crear situaciones conflictivas. Se valen de los rumores y de la murmuración para ir generando desconcierto y dudas. Así van levantando muros, sembrando la desconfianza y haciendo inviable una relación sana y una comunicación armónica con los demás. Pueden reventar iniciativas, proyectos y sueños de otros. Utilizan medias verdades para tejer la mentira de su construcción mental, que les sirve de autodefensa.

Pero, en realidad, quienes crean estos problemas de convivencia suelen ser personas con una autoestima muy baja y un enorme cúmulo de resentimiento. Como piensan que todo el mundo les debe algo, siempre piden más y más. Son incapaces de escuchar el punto de vista del otro, de olvidar y de perdonar. Al contrario, es a ellas a quienes hay que pedir perdón, pues siempre se sienten ofendidas.

Cuánto dolor inútil y absurdo generan estas personas. Cuánto sufrimiento provocan los corazones amargados, separados de la alegría de los demás.  Están tan pendientes de todo cuanto les afecta que abortan toda posibilidad de convivencia armoniosa.

Cuando uno vive de cerca estas situaciones, se da cuenda de la complejidad del ser humano que vive centrado en sí mismo y no soporta los valores y capacidades de los demás, especialmente aquellos que los hacen brillar. Quienes viven así están tan ensimismados que no les queda otro remedio que someter, anular o esclavizar al otro. Cuando no lo consiguen, se desesperan y dan mordiscos a todos aquellos que se cruzan en su camino, especialmente a quienes pueden descubrir su verdadera identidad. Como animales heridos, salen de su guarida dando coces.

La mejor medicina


¿Qué hacer? Algunas personas me consultan cómo actuar en estas situaciones. Intento aconsejarlas desde mi experiencia vital.

Primero hay que asumir, con realismo, que algunas personas son como ortigas y lo único que se puede hacer es vigilar, actuar con prudencia y tacto para evitar pincharse y no irritarlas, sin perder de vista que también son seres humanos merecedores de un profundo respeto. No somos nadie para juzgar su corazón, son dignísimas de ser amadas, aunque sea desde la discreción y la distancia. Su pasado y sus circunstancias vitales quizás son muy complejas y les han llevado a ser como son. Hay que aceptarlas tal cual: este es el mejor antídoto para evitar que se acentúen sus patrones de comportamiento.

Pero, sobre todo, lo importante es tener la capacidad de perdonar siempre. Aunque arañen tu sensibilidad, no podrán arañar tu alma si estás abierto a un reencuentro. Si tu alma está sosegada ya se está abriendo a una nueva oportunidad, que hay que desear con toda la fuerza. Mirar con dulzura a los ojos del otro, con el tiempo, puede producir un milagro. Mirar con amor paciente acabará surtiendo efecto porque la mirada que se dirige al corazón no pasa por la cabeza. El corazón no puede rechazar la autenticidad de una mirada sincera y regeneradora.

Toda persona tiene alma, un trozo de Dios en su vida que ha sido creada directamente por él y está llamada a una experiencia de amor que le haga trascender. Somos amables, es decir, tenemos el derecho de ser amados por encima de todo. Ver las cosas desde la perspectiva del amor requiere esfuerzo, pero permite ver los límites y a la vez saber que participamos del soplo divino. Nuestra existencia es querida por Dios y solo necesitamos descubrir la grandiosidad que tenemos dentro. Junto a la oscuridad habita una luz clarísima. El bien es más fuerte que el mal, ya que estamos concebidos para la felicidad y para cooperar en un proyecto común: humanizar el mundo y la vida de cada persona.

De un corazón avinagrado salen palabras hirientes, pero de un corazón lleno de gratitud sale poesía y dulzura. Solo entendiendo la vida desde la gratuidad, conscientes de que todo se nos ha dado, podremos trazar el rumbo de la vocación humana, que es el amor.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Una mirada perdida

La crisis económica no deja de flagelar a miles de personas que viven sometidas a una terrible presión, dejándolas sin esperanza y sin ganas de luchar. Ante la carencia, lejos de sacar fuerzas de donde no tienen, acaban rindiéndose. Meditando, sentado en un banco del parque de la Ciudadela, observaba a un señor que he visto más de una vez. De tez morena y pelo rizado, con el rostro un poco deformado y señales de vejez prematura, tenía la mirada fija en ninguna parte, los ojos apagados y tristes. Miraba sin mirar, como si el vacío lo hubiera invadido. Estaba allí, pero no estaba. Quizás esa desconexión sea un mecanismo sicológico para sobrevivir ante una realidad demasiado cruda.

Allí permanecía, inmóvil, como si durmiera con los ojos abiertos, escondiéndose de sí mismo en una madriguera invisible hecha de ausencia y olvido. Tan ensimismado en la cueva de su existencia que era incapaz de darse cuenta de que el sol acariciaba sus mejillas, el día era luminoso y las hojas de los árboles susurraban a su alrededor.

Y pensé que para muchos la vida se convierte en un latigazo, pero encerrarse en si mismo tampoco es una salida. No ven, no huelen, no sienten. Su tiempo no es tiempo, su vida no es vida. No saludan cada día como una nueva oportunidad. No admiran la belleza de los colores que les rodean. No ven que cada mañana el ciclo de la vida se renueva con toda su fuerza. Inerte, echado en el banco, aquel hombre era incapaz de respirar la belleza.

Se me encogió el corazón y tuve el impulso de dirigirme hacia él. Quizá había pasado la gélida noche lidiando con su soledad. ¿Dónde está su libertad? Perdida, como su hogar. Ahora su casa es un banco y sus enseres son cuatro cartones para amortiguar la dureza de la madera. El frío y el sol han quemado su piel, pero no dan calidez a un corazón falto de afecto y ternura.

Cuántas historias rotas, cuántos adultos entrando en la ancianidad completamente desvalidos, solos, apartados. ¿Qué le pasó a este hombre para que su dignidad se vea tan pisoteada? Si esto ocurre es porque en la sociedad todavía faltan recursos para todos aquellos que, por circunstancias no queridas, se encuentran al límite de no valorar su propia vida. Si esto ocurre es porque no hay consciencia de “pecado social”. Falta una ética fundamentada en la hermandad existencial, además de los recursos necesarios para atender a quienes sufren, social y laboralmente.

Muchos caen en la desesperanza. Un grito silencioso salió de mi corazón ante la injusticia. Me sublevé, interiormente, mientras aquel hombre, frente a mí, era ajeno a todo cuanto sucedía a su alrededor. Sumido en su letargo, prefería no abrir los ojos del alma.

No soñar nada, no creer en nada, casi ni respirar: este es uno más entre miles que ya no tienen fuerza para mirar adelante, que prefiere no sentir porque la vida resulta demasiado dolorosa. Prefiere no fiarse de nadie, como si el resto del mundo fuera cómplice de su angustiosa soledad. Vive en plano y ve en blanco y negro; prefiere el vacío antes que arriesgarse a confiar en un alma generosa. Quizás un desamor, una traición, un despido, un desprecio o una ruptura lo han desengañado. Su horizonte es un abismo.

Todos tenemos derecho a una vida digna, a un trabajo estable y a ser felices. Este es el deseo de Dios hacia su criatura y el anhelo más profundo del ser humano: crecer, amar, gozar, surcar los vientos de la libertad para alcanzar la máxima plenitud humana. En esto radica la esencia más genuina de la vida: mirar más allá de uno mismo, hacia la trascendencia.

Recé en silencio. Solo desde el silencio podemos ahondar en el misterio de nuestro propio ser. Me dirigí a Dios y le pedí que sacara a ese hombre del pozo que es uno mismo  cuando se hunde en las entrañas de su miseria. Cuesta mucho salir, porque la misma luz molesta al que se ha acostumbrado a vivir en tinieblas. Para un náufrago de la vida, que ha perdido el norte y camina hacia ninguna parte es difícil salir del laberinto de su existencia. Solo desde la caridad podemos convertirnos en brújulas para todos aquellos que han perdido el rumbo y han olvidado la felicidad, a la que todos estamos llamados desde la concepción.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Un cálido adiós a Paula

A sus 92 años, su corazón dejó de latir. Paula fue una superviviente que desafió retos difíciles en su vida. Ahora, abatida por la muerte, culmina su trayectoria dejándonos un enorme bagaje y experiencia.

Trabajadora incansable, se abrió camino en medio de un abismo que la rompió emocionalmente, su precoz viudedad. Venía de un pueblo extremeño, muy pobre, y se lanzó a la aventura de la gran ciudad. En Barcelona se sumergió como una pequeña mota anónima en el frenesí del laberinto urbano. Sin experiencia alguna, tuvo que sacar de sí el coraje de una madre que se esforzaba, en un medio hostil, por reconstruir su familia. No fue fácil para ella. Tuvo que dejar a sus hijos en Badajoz. Pero poco a poco, con su trabajo, fue dando estabilidad a la familia. Mujer atrevida, audaz y luchadora, de profesión cocinera, dirigió durante un tiempo la cocina de la clínica Teknon, centro sanitario referente en Barcelona. Corrían los años 60. Diez años después pudo realizar su sueño de reunir a todos sus hijos con ella en Barcelona.

Inició entonces otra aventura: fortalecer el frágil tejido familiar, algo que no fue sencillo y que supuso un profundo desgaste físico y emocional. Pero esta era Paula: nunca le faltó pasión, fuerza ni aliento. Exprimió la vida hasta el último segundo. De fuerte personalidad, no dejaba a nadie indiferente.

Ahora ya descansa en paz. Cuando la vi yaciendo en su cama, sin vida, quedé sobrecogido. La fuerza e intensidad que corrían por sus venas cuando vivían había desaparecido. Allí estaba, en aquella habitación del hospital, un cuerpo silencioso y yerto.

Hoy, contemplando el mar, veo las olas que barren la orilla, arrastrando la arena una tras otra. Miro hacia la inmensidad del horizonte y pienso que mi madre atisba ya otra frontera: la puerta de la eternidad.

Hoy, día 19 de noviembre, celebro la misa funeral en su memoria. Le pido a Dios que un día podamos reencontrarnos. Cuando decimos adiós a alguien siempre esperamos volverlo a ver. Los seres a quien amas de verdad nunca acaban de morir en el corazón. Ya no solo viven en el recuerdo: la fuerza del amor es poderosa y capaz de franquear el muro de la muerte. Por la providencia de Dios, que desde su infinita misericordia nos prepara una vida más allá.

Este es el sentido más genuino del misterio de la celebración eucarística: una misa es la celebración de la vida sobre la muerte. Cristo resucitado, pasando por su pasión, muerte y resurrección, es el centro de la eucaristía. Él nos ha abierto el camino de una nueva vida. Él abrirá las puertas del cielo a Paula. Hoy no celebramos su muerte, sino el paso de la muerte a la Vida con mayúsculas. Celebramos el triunfo de su combate terreno. Junto a Dios, ya disfruta de una existencia plena.

Con emoción contenida, presido la celebración. El altar es la antesala, el puente entre el cielo y la tierra. Mientras elevo a Cristo, en la consagración, siento muy cerca a mi madre y pido al Señor que acoja su alma. Le has dado una larga vida, 92 años, y ahora vuelve a ti. Ya está contigo para siempre.

El 5 de noviembre una lluvia plateada caía sobre las acacias. Hoy, 19 de noviembre, un perfume de eternidad asciende sobre el altar del banquete eucarístico.

Me siento arropado por la comunidad, por mis familiares y muchos amigos. Al final de la celebración se lee el escrito que dirigí a mi madre, Gotas de plata bajo las acacias. Un torrente de gratitud atraviesa mi corazón y ya no puedo contener el llanto. Pero las cálidas y bellas miradas de todos los que me rodean, sus lágrimas, sus abrazos al terminar la misa, me llenan de ternura y me hacen sentir la cercanía de mi comunidad, de mis amigos, y la fuerza hermosa de la Iglesia. Todos unidos, vibrando emocionados, podemos sentir la maravilla de un Dios cuyo único deseo es la felicidad de su criatura. Esta es la grandeza de la Iglesia de Cristo: caminar juntos, fraternalmente, hacia él, que nos lleva al gozo del Padre.

21 noviembre 2014