domingo, 31 de mayo de 2015

Vértigo a crecer

Muchas veces me pregunto ¿por qué hay tanta gente paralizada y sin rumbo? ¿Qué les pasa? ¿Acaso tienen pánico al futuro?

Cuántas gentes sin horizontes deambulan sin meta, sin norte, llenando su tiempo de cosas que las alejan de sí mismas y las distraen de los desafíos propios del mismo hecho de existir.

Nos da vértigo pensar que vamos en dirección contraria porque no queremos enfrentarnos a nosotros mismos. Buscamos, nos llenamos de actividades y de cosas, de trabajos y ocupaciones porque nos aterra mirarnos al espejo y descubrir que nuestros ojos ya no brillan y nuestro rostro revela desconcierto.

¿Qué hay en el fondo? ¿Y si es un temor a crecer, a entregarnos, a madurar y trascender? Quizás lo que vemos no nos gusta, y buscamos mil excusas: patrones de conducta, familiares estrictos, una educación rígida… ¿Y si descubrimos que detrás de tantas quejas lo único que hay es un deseo de buscar culpables de lo que somos y hacemos? Culpamos a los padres, a la sociedad, a la cultura imperante, a la rigidez moral, a la religión o a una experiencia personal traumática. Lo cierto es que vamos echando balones fuera de campo porque no queremos asumir que los dueños de nuestra vida somos nosotros y que nos toca llevar las riendas de nuestra existencia. 

No somos víctimas


¡Cuántas gentes tetrapléjicas de corazón! Han preferido ir de víctimas por la vida, dando lástima, buscando falsas complicidades. Cuántas gentes rehúyen enfrentarse a su propio abismo porque les da miedo saltar y prefieren la autocomplacencia que les permite sobrevivir. El horizonte que tienen delante se desvanece porque, en el fondo, les cuesta conquistar su libertad.

Errantes, buscan excusas en un pasado oscuro, incluso en los ancestros, cuando todo es mucho más sencillo. No digo que el pasado no haya contribuido a que seamos lo que somos, pero el pasado no nos quita lo esencial, lo genuino del ser: nuestra libertad, nuestra voluntad y nuestra capacidad de reflexionar y tomar decisiones.

Ningún pasado y ninguna circunstancia, por más compleja que sea, nos quitará un ápice de nuestra libertad. No podemos caer en un culto al victimismo. Basta ya de culpar y de dejar que nuestras riendas las lleven otros. No hagamos dejación de nuestra responsabilidad hacia nosotros mismos.

Riadas de personas prefieren meterse en su burbujita porque la vida afuera, en la intemperie, es dura. Duele reconocer que dentro de la cápsula de la autocomplacencia están viviendo una realidad virtual, fruto de la falta de coraje. Así, van creando su mundo paralelo y artificial, encajándolo en sus propios miedos, y prefieren fabular, dando rienda suelta a la imaginación. En los niños esto es normal dentro de su proceso evolutivo psicológico y emocional, pero en un adulto este mundo ficticio puede aislarlo de la realidad. Cuando se tope con ella, el golpe será traumático.

Llamados a ser libres


La vida real nos pide estar despiertos y afrontar el día a día sin aditivos psicológicos ni emocionales. Solo cuando seamos capaces de mirar fuera de nosotros mismos y emprender con valentía un cambio, sin hipotecas ni condiciones, podremos empezar a madurar. Y esto es algo innato en la persona, aunque le cueste asumir riesgos y dificultades. Creo que lo inherente a la naturaleza humana no es la ambivalencia, sino la claridad. Todos anhelamos tener un proyecto, un propósito en la vida. Es entonces cuando el vértigo se convierte en lucha y en pasión, el abismo se transforma en luz, la duda en atrevimiento y coraje, la tiniebla en confianza, fuerza, ilusión.

Cuando salimos de la burbuja nos damos cuenta de que podemos volar. Ascenderemos a la cima de nuestra libertad y recuperaremos la esencia de nuestro ser, que es evolucionar hacia la trascendencia. Nuestros pies correrán más ligeros que nunca, nuestro corazón y nuestra mente irán de la mano.

Crecer es la dinámica del ser humano, llamado a vivir la vocación del amor. La libertad tiene una meta: servir a los demás. Quien encuentra esto no necesitará huir, porque irá descubriendo que el servicio es lo que completa al hombre, lo que le hace ser persona. El precio del crecimiento es la entrega, y esta es el mejor antídoto para conjurar el miedo. Si queremos desplegar todo nuestro potencial humano nos atreveremos a vivir la existencia con gozo, una aventura que nos dará alas para volar alto. 

domingo, 3 de mayo de 2015

Huir hacia ninguna parte

Estirar el tiempo

Cuántas veces corremos porque queremos llegar a todo y hacer de todo. Nos apresuramos porque queremos hacer más y más cosas. Llegamos a creer que, a mayor velocidad, más aprovecharemos el tiempo y más cosas podremos meter en la agenda. Quisiéramos estirar el tiempo hasta hacerlo eterno porque las horas se nos quedan cortas. Queremos más velocidad: en el coche, en Internet, en el avión. Organizamos nuestra vida minuto a minuto y corremos sin parar, pero ¿adónde vamos? En el fondo estamos dando vueltas sobre nosotros mismos.

¿Qué le pasa al ser humano que va tan acelerado? Lo peor es que cuanto más hacemos, más creemos que somos nosotros mismos y que nos realizamos. Una vida serena se considera una frivolidad o carente de metas.

Estirar el tiempo y su capacidad material es una forma de sentirnos semidioses, como si tuviéramos la habilidad natural de acortar o alargar las horas. Así caemos en la terrible espiral de la hiperactividad. Corremos y corremos, pero no avanzamos ni un milímetro en nuestro proceso de crecimiento interior. Podemos dar la impresión de que estamos haciendo muchas cosas, pero en realidad no están añadiendo un valor a nuestra vida. Es un girar incesante sobre el propio ego. ¿Sabemos hacia dónde vamos, qué queremos, cuáles son nuestras metas? Muchas veces lo único que conseguimos es huir de la realidad porque se nos hace demasiado dura. Pero aún podríamos preguntarnos: ¿y si corremos porque en el fondo estamos huyendo de nosotros mismos?

Jugar a ser dioses

Nos llenamos de tantas cosas porque así tapamos nuestras lagunas, inseguridades y miedos. ¿Y si en el fondo nos asusta nuestra propia realidad, vacía, temerosa, dubitativa, y necesitamos aparentar que no pasa nada? Preferimos vivir en un sueño irreal porque asumir nuestras carencias y agujeros nos da miedo. Necesitamos vivir con una careta y nos instalamos en la ambivalencia existencial. Huimos de las enfermedades del ser, emocionales y espirituales. Y así se produce un desdoblamiento de la personalidad: la profunda, herida y asustada, y la superficial, que se disfraza aparentando seguridad.
Cuanto más corremos sin rumbo hacia ninguna parte más nos precipitamos hacia el abismo. Vamos perdiendo la esencia de nuestro ser por el camino, hasta llegar al agotamiento y la enfermedad. Y nos deslizamos hacia la nada. ¿Estamos hechos para esto?

¿Es propio de nuestra naturaleza vivir continuamente estresados, angustiados, acelerados y forzando el ritmo vital? Nos cuesta aceptar los límites. La peor idolatría es la de uno mismo. Estamos tan inmersos en la cultura del superhombre que jugamos a ser dioses y no nos damos cuenta de que somos débiles, necesitamos parar y saborear la vida sin prisas.

De la fragilidad a la plenitud

Nuestra naturaleza está hecha de carne y hueso. Hemos de aceptar que somos cuerpo, blando, sensible, que necesitamos respirar, cuidarnos, mimarnos. Somos tan frágiles que necesitamos ternura, delicadeza, descanso. No estamos hechos para correr sino para deslizarnos como bailarines sobre el escenario. La sensibilidad de nuestro tacto y la suavidad de nuestra piel nos hablan de cómo es nuestra naturaleza. No tenemos patas de gacela, ni zarpas de leopardo, ni la musculatura de un tigre. El hombre es un ser frágil, hecho para caminar, para danzar, para saborear, respetando el ritmo natural del universo, con tiempo para jugar y vivir el ocio, para ajardinar la creación con creatividad y con amor. En definitiva, estamos llamados a vivir la vida con plenitud, saboreándola despacio, aunque esto suponga hacer menos.

El silencio, la suavidad, el ir despacio, son los grandes antídotos para la enfermedad de la prisa. Solo cuando nos dejamos llevar por la brisa del silencio es cuando realmente llegamos a donde queremos ir, sin correr, sin angustias, porque descubrimos que la meta no es tanto hacer mucho, sino ser, cada vez más, lo que queremos ser. Y para llegar a esta meta de crecimiento espiritual es necesario estar quieto e iniciar otra andadura, hacia ese castillo interior donde se oculta el gran tesoro de la existencia, el alma. Allí habita lo más sagrado, Dios.

Cuando atravesamos los muros del alma descubrimos una nueva dimensión. Nos hará ver que la realización personal no es tan importante. Descubriremos que la auténtica vocación del ser humano es amar, y entonces ya no necesitaremos demostrar a nadie nuestras habilidades ni aparentar lo que no somos. Habremos descubierto el valor que tiene aspirar el perfume de una flor, recibir con emoción una mirada llena de complicidad, sentir unas manos amorosas o contemplar el nacimiento de un nuevo día. Descubrir nuestra infinita pequeñez no nos impedirá maravillarnos de lo infinitamente grande y hermoso que es el mundo que nos rodea. Nos sentiremos más vivos que nunca. Cerrando los ojos, respirando, oliendo, sintiendo el susurro del viento, nos convertiremos en parte de ese milagro que contemplamos.

Para llegar tan lejos simplemente tienes que llegar a lo que tienes más cerca de ti: tu propio corazón.

domingo, 26 de abril de 2015

Afrontar la fragilidad

Topar con los límites

Topar con la realidad de tus propios límites puede producir desasosiego, cansancio y tristeza. Ante la inmensidad de la existencia sientes el vértigo de tu finitud. Eres consciente de que estás hecho de carne y hueso, y que el vacío, la muerte, la soledad, muchas veces convierten la vida en un camino con un horizonte oscuro.

Sentir dentro de ti mismo la fragilidad humana causa inquietud. A veces te pierdes en un laberinto, sin saber cuál es la salida o la solución a un problema sobre el que das vueltas y vueltas. Crees avanzar, pero te das cuenta de que todavía queda mucho por recorrer, descubrir, cambiar. Sumergirte en el misterio de tu propio yo es una aventura que muchas veces te sitúa ante un cruce de caminos y no acabas de saber cuál es la dirección apropiada. Son muchas las posibilidades y todas parecen buenas, pero siempre hay una incertidumbre última. ¿Voy por el camino correcto?

¿Qué hemos de aprender para que se culminen nuestros sueños? ¿Nos conocemos de verdad? ¿Qué parte de nosotros quiere seguir en la penumbra, que nos dificulta dar el paso definitivo? En la búsqueda de nuestra auténtica identidad se nos hace patente nuestro pasado y una actitud hacia el futuro. Pero ¿vivimos el presente real? ¿Qué nos falta por descubrir? Asumir la realidad significa afrontar los miedos y vencer la arrogancia y la inseguridad.

¿Por qué cuando hay dificultades nos detenemos? Nos da miedo descubrir que todavía somos inmaduros, que nos falta una profunda aceptación, ya no solo de nuestras limitaciones físicas y psíquicas, sino de nuestra falta de agallas para ser, de una vez, dueños de nosotros mismos.

El gran desafío

El gran desafío es penetrar en el propio abismo y abrazar nuestra existencia con todas sus luchas, heridas y cicatrices. No somos Superman. Todos estamos llenos de agujeros, por eso necesitamos aparentar que somos perfectos. Nos incomoda aparecer vulnerables ante los demás. Estamos tan acostumbrados a teatralizar nuestra vida que no sabemos ver y aceptar la realidad tal como es y nos fabricamos mundos paralelos porque asomarnos a la realidad nos produce pánico. Por eso nos esforzamos en parecer lo que no somos, porque en el fondo no nos aceptamos y nos afecta terriblemente lo que la gente opina de nosotros. Todavía no hemos puesto los límites entre lo que somos y lo que la gente piensa de nosotros. Este desequilibrio y esta falta de realismo existencial hacen que nos estanquemos y acabemos por caer en una autocomplacencia que nos resta fuerzas y ganas de seguir por los senderos que nos llevarán a la plenitud del ser.

Por eso hay que seguir caminando, a veces en la oscuridad de la noche, por el árido desierto de la vida. Hay que seguir avanzando hacia la orilla, aunque a veces parezca que el faro que nos guía se apague. Hay que seguir, aunque atravesemos tupidos bosques cuyos árboles no nos dejan ver la luz. Al final descubriremos que, cuando nos adentramos más en nosotros mismos, encontraremos la calma después de la tempestad.

Estamos tan ensimismados con nuestras cosas que no vemos el faro que brilla en nuestro interior. Hemos dejado de creer en todas nuestras potencias humanas y nos empequeñecemos, pensando que no seremos capaces de descubrir la grandeza que hay en cada uno de nosotros.

Levantarse, ver la luz

El faro eres tú mismo pero te asusta saber que tienes tanto potencial de luz y piensas que si te pierdes en la noche es porque no hay faro.

Cuando decides, libremente, levantarte después de una caída, misteriosamente ocurre algo: el error se convierte en una experiencia iluminadora. Quizás vuelvas a caer. Pero empezarás a ampliar tu grado de visión interior. Gozarás de una lucidez y una certeza más allá de lo intelectual y lo psicológico. Empezarás a tener una serenidad y una paz que las próximas dificultades y caídas no te podrán quitar. Porque la lucha forma parte de tu crecimiento. Caer ya no es una derrota sino una lección más de la que aprender.

El día, la noche, la calma y la paz están en ti. Solo te falta ser decidido, valiente y no temer a nada ni a nadie. En ti hay toda la fuerza necesaria para encontrar el camino cuando estás perdido. Solo desde la aceptación humilde de tu realidad, abrazándola con todas tus fuerzas,  saldrás del bache. Nada se interpondrá entre ti y tus esperanzas, sueños y objetivos. Ni siquiera tú mismo, porque por fin habrás firmado la tregua más difícil. Tus miedos, tus inseguridades, tus limitaciones, nada podrá detenerte, ni siquiera las caídas, los golpes, las cicatrices, las equivocaciones, porque has llegado a la máxima madurez: reconciliarte contigo mismo. Y esto será el inicio de tu libertad.

domingo, 19 de abril de 2015

Miedo a la verdad

Cuántas veces hemos oído que, a base de repetir una mentira, nos la acabamos creyendo y la convertimos en una verdad para nosotros. Esta afirmación tiene que ver mucho con una personalidad difusa, quizás con un problema de identidad personal, miedo a aceptar lo que somos o la realidad que vivimos. Bajo la mentira escondemos un aspecto de nuestra vida que no queremos que el otro conozca. Nos da miedo que el otro descubra cómo somos. Es como si necesitáramos crear una vida ficticia entre lo que sentimos y lo que decimos. 

El lenguaje a veces delata esta ambivalencia. ¿Por qué ocurre esto? ¿Necesitamos falsear la realidad para que no nos resulte tan dura y difícil de digerir?

Hay quienes insisten en realzar sus grandes hazañas, diciendo que han supuesto un enorme sacrificio, cuando la realidad ha sido muy diferente. Se han acostumbrado tanto a su propia película, la han repetido tantas veces, que finalmente creen en esta falsa historia. Temen quedar al descubierto, aunque en el fondo saben muy bien que no es correcto. Se hacen tan suya esta mentira que podríamos decir que ha configurado su estructura mental. Y les es difícil reconocer que tienen necesidad de fabular quizás porque lo necesitan para sobrevivir.

Hay personas que repiten hasta la saciedad que han trabajado como esclavas y que todo lo han hecho por los demás, sacrificándose por su bienestar. Si profundizamos quizás descubriremos, con asombro, que en muchos casos esto no ha sido así: ni ha habido tales beneficios para los demás ni siquiera una gratificación para uno mismo. Pero la historia se ha manipulado y la divulgan en su entorno familiar, vecinal, entre amigos y conocidos. Tiñen su relato de teatralidad y asumen el papel de víctimas, cometiendo la injusticia de hacer creer a los demás que sus seres más cercanos son los malos de la película, causantes de todos sus males.

¿Por qué ocurre esto en tantas familias? ¿Qué ha pasado? No cabe duda de que en el origen de todo hay una experiencia dolorosa que han sufrido y necesitan protegerse de algo o de alguien. Por temor a decir la verdad se recurre a una mentira inventada. Aquí ya no solo se trata de un tema ético, sino patológico. Muchas personas, por miedo a la bronca, a quedarse solas, por inercia o por desdoblamiento de la personalidad, mienten compulsivamente. Consigo mismas son unas, y con los demás son otras. ¿Les da pánico que los demás las vean tal como son? ¿Son los demás el problema? ¿O está dentro de uno mismo?

La humildad de aceptarse

A muchas personas les cuesta aceptarse a sí mismas: no son como los demás, o como los demás quisieran que fueran. El qué  dirán, o lo que piensan los otros, las presiona hasta el punto de condicionar su personalidad. Es entonces cuando buscan sobrevivir entre la tensión del yo y del tú, entre lo que yo quiero de mí mismo y lo que quieren los demás de mí.

¿Dónde podría estar la solución del problema? En algún caso se puede requerir la intervención de un profesional. Pero, más allá de esto, se requiere el coraje de tener narices, poner distancia entre uno mismo y los demás, entre la propia realidad y la realidad de los otros. Tener la fuerza y la convicción mental y espiritual de que nadie es mejor que nadie. Tener la humildad de reconocer que cada cual tiene agujeros, limitaciones, pasados familiares traumáticos, y aceptar todo esto, descubriendo que en nuestro interior hay una persona libre.

Abrazando el pasado nos liberamos de la cadena del victimismo. Aceptemos con humildad lo que tenemos y somos sin compararnos con nadie, porque nadie es perfecto y todos, finalmente, necesitamos sentarnos en un inodoro y tirar de la cadena. Descubramos con serenidad la grandeza que hay en nuestro corazón y démonos cuenta de que la vida tiene sentido, incluso en el sufrimiento. Cuando nos abrimos a los demás seremos capaces de dar lo mejor que tenemos dentro. Solo así seremos dueños de nuestra vida y de nuestra libertad.

Cuando con realismo existencial aceptamos que somos fruto de una historia, incluso oscura, descubriremos que no estamos en el mundo para sacar las castañas de nuestros antepasados ni para ensimismarnos en las lágrimas de la autocompasión. Todo esto, por doloroso que sea, ha hecho posible nuestra existencia.

Reconciliarse es liberarse

Cuando te reconcilias con tu pasado, con tus orígenes y tu historia, haces las paces contigo mismo. Solo así podrás emprender la auténtica hazaña de la libertad, dejando de ser enemigo de ti mismo y dejando de pensar que los demás son tus enemigos.

Ha llegado la hora no solo de la curación psicológica, sino de la sanación global. Abrazando tu existencia empieza la complicidad contigo mismo y la apertura sincera hacia los demás. Entonces comprenderás que todos somos hermanos en la existencia y estamos unidos en una fraternidad universal.

Quizás no todos los problemas se esfumen, pero ahora que has hecho una tregua y has firmado un pacto de amistad contigo sabrás cómo canalizar todo esto. El auténtico encuentro contigo mismo y con los demás tan solo acaba de empezar. Te sorprenderá saber que tu esfuerzo personal no es suficiente para alcanzar la plenitud. Pero descubrirás que tienes a Alguien a tu lado, que tiene tanta fuerza que se convertirá en tu amigo invisible, protagonista de tu historia, compañero que te animará a lograr auténticas gestas. Él te ayudará a entender que, más allá de tu mundo y el mundo de los demás, hay otra realidad espiritual, mucho más amplia y profunda, que te llevará a la máxima felicidad. Cuando te enfrentas a tu abismo interior y te lanzas con valentía al vacío encontrarás una mano providente que te recoge al vuelo. El vértigo se convertirá en seguridad, y el vacío en sostén amoroso que mece tu destino hacia una tierra prometida, de amor y de libertad. 

sábado, 28 de marzo de 2015

Abrazar el pasado

Todos tenemos una curiosidad innata por conocer nuestros orígenes. El rastreo para descubrir los entresijos que hicieron posible nuestro nacimiento motiva una minuciosa búsqueda. Queremos saber más sobre nuestros progenitores, su contexto social, histórico y familiar, cómo, cuándo y dónde saltó ese chispazo que los llevó a fundirse en un apasionado abrazo, qué hizo posible su unión y el estallido de una nueva vida. La intensidad de ese encuentro hizo posible la historia de un nuevo ser completamente distinto, eso sí, con todo el peso de una herencia genética y familiar y con una historia como escenario de fondo. Una serie de acontecimientos hicieron posible que nuestros padres se unieran y pudieran perpetuar la estirpe, canalizando la fuerza vital que empuja a todo ser humano. Todos somos ramas de un árbol genealógico que ha ido creciendo en medio de un bosque, formado por miles de ancestros que forman una selva de árboles entrelazados.

Esta curiosidad por el pasado nos lleva a descubrir que, en nuestros orígenes, hay tantos encuentros como traumas. Enfermedades, dolor, fallecimientos, separaciones… Los claroscuros que tiñen nuestro árbol genealógico permanecen latentes en el subconsciente familiar. Así, nuestro ADN recibe las memorias de todos esos momentos de alegría y plenitud, de aciertos y errores, de sosiego y lucha tenaz, de éxitos y fracasos, de uniones y rupturas. Somos hijos de nuestros padres, nietos de nuestros abuelos y bisnietos de nuestros bisabuelos, descendientes de centenares de antepasados con todas sus bondades y sus lacras. Provenimos de ellos y nadie sale inmune de este laberinto. Los psicólogos hablan de los registros transgeneracionales que se comunican de padres a hijos. Las huellas del pasado nos marcan, pero también forman parte de la historia que ha hecho posible el milagro de nuestra existencia.  

Algunos eventos, por oscuros que sean, misteriosamente han sido necesarios para que llegáramos a nacer. Y, finalmente, todo ser humano es fruto del amor de dos células que se unen, originando una vida nueva de sorprendente belleza. Cuando hay vida es que el amor, a pesar de los dramas exteriores, ha vencido.

Posiblemente todos los que vivimos sobre este planeta estamos aquí gracias a una carambola cósmica. Entre los millones de espermatozoides que produjo nuestro padre solo uno llegó a unirse con el óvulo de nuestra madre. Hemos tenido la enorme suerte ―o providencia― de existir, con toda la carga de nuestros ancestros pero a la vez con nuestra propia y única identidad, irrepetible.

De la misma manera que no podemos negar nuestros vínculos familiares, fuertemente tejidos, tampoco podemos negar nuestra genuina identidad, que se va desarrollando a medida que crecemos y somos conscientes de nuestros rasgos inequívocos. En nuestra madurez aprendemos la difícil tarea de gestionar las hipotecas familiares y compaginarlas con el ejercicio de nuestra libertad, rasgo fundamental de todo ser humano. Desde la libertad aprendemos a vivir reconciliados con el pasado y sus adversidades, sin sentirnos culpables por lo que ocurrió antes de que naciéramos. Sí podemos desagraviar, con gestos de perdón y reconciliación, los hechos lamentables del pasado, para que en la medida de lo posible se puedan reparar situaciones de sufrimiento e injusticia. Solo cuando se aprende a abrazar con paz el pasado nuestro corazón se regenera y podrá arrojar luz a las generaciones venideras.

Tenemos un compromiso moral con nuestro entorno, con el mundo y con nuestra propia existencia. Aprender a amar y perdonar a nuestros ancestros y al que tenemos al lado es la condición necesaria para caminar hacia una fraternidad existencial. Todos somos hermanos en la existencia, más allá de las diferencias y los conflictos. La fuerza del amor atraviesa los vínculos biológicos y familiares. Somos parte de un todo en el cosmos: el hecho de existir y respirar nos iguala a todos ante un Creador amoroso que nos ha insertado en un hogar y lo ha dejado en nuestras manos para que lo cuidemos, lo protejamos y lo amemos, y así podamos desarrollar nuestra vida.

Después de haber cruzado el laberinto de nuestras raíces, y de haber podido acogerlas con una mirada de compasión, de aceptación serena, sentiremos cómo la gratitud nos llena, al mismo tiempo que el vértigo de saber que podríamos no haber existido nunca. Esta comprensión realista de nuestra historia y nuestro pasado hará que ese laberinto deje de ser una prisión para convertirse en una autopista hacia la plenitud, que nos permitirá avanzar y ser creativos y fecundos, reparando y dando vida allí donde no la hay.

Cuando acabes de leer este escrito, aunque tu corazón esté dividido, da gracias porque tu existencia es una atalaya en la montaña de la humanidad. El agradecimiento es la mejor terapia para la curación existencial. El pasado ya no será un lastre, sino una pista de lanzamiento para sobrevolar las cumbres inmensas que hay en ti. El pasado, el presente y el futuro convergerán para culminar tus anhelos más profundos. Una mirada sosegada hacia atrás, un presente sereno y realista harán posible construir un futuro lleno de paz y de sorpresas. No habrá barrera ni impedimento para que avances, porque al abrazar el pasado habrás dado los pasos necesarios para tu liberación.

Entonces darás un salto cuántico. Lograrás crecer, humana y espiritualmente. Y llegarás a la meta de todo ser humano: encontrar sentido a tu vida.

domingo, 22 de marzo de 2015

La hazaña de lo pequeño

La sociedad, la cultura y nuestro propio ego nos llevan a tener la necesidad de hacer grandes cosas. Se habla mucho, en el mundo intelectual, cinematográfico, literario, e incluso en el filantrópico, de grandes figuras que han dejado un legado a las generaciones venideras. Estas personas se han convertido en iconos ejemplares para muchos. Pero también es cierto que hoy día, si no haces nada de relevancia, con una proyección social y un reconocimiento público, o al menos en tus círculos, parece que no existas.

Es posible que el concepto del superhombre se haya inoculado profundamente en nuestra cultura. Los movimientos de la psicología transpersonal y algunas teorías de la Nueva Era nos pueden llevar a la soberbia de creernos semidioses. Un desenfoque de la física cuántica lleva a afirmaciones que aseguran que el control de la mente nos permite actuar como seres divinos. Lo que piensas, quieres y afirmas se puede hacer realidad de inmediato. Esto tiene profundos riesgos, porque la mayoría de personas no lo consiguen, con lo cual se genera en ellas un estrés y una angustia que los lleva a sentirse culpables e incapaces. ¿Será que no lo desean lo bastante? ¿Qué se interpone entre la persona y sus sueños?

Los nuevos gurús de la comunicación son expertos en manipulación social. Utilizan recursos  psicológicos para hacerte creer que lo puedes todo y que el universo te dará todo lo que le pidas. Da una orden a tu mente y tus deseos se cumplirán. Muchas personas que siguen estas ideas viven una vida acelerada, llena de inquietud y tensiones, pero no siempre consiguen sus objetivos. Van corriendo de un lugar a otro porque nunca llegan y todo es insuficiente. El reloj marca las horas sin piedad y atiborran su agenda hasta el tope. El móvil suena, el whatsapp bombardea con sus avisos, tenemos la carpeta llena de mensajes, hay que responder a todo… Las metas se hacen inalcanzables y la autoexigencia aumenta. Estamos agotados, caemos enfermos, pero nuestra mente sigue acelerada y no sabemos desconectar. Estamos aquejados de un exceso de comunicación que nos invade como un tsunami. Tanta información nos desborda y se producen lagunas en nuestro cerebro, incapaz de asimilar tanto en tan poco tiempo. Las sinapsis nerviosas se bloquean y la comunicación entre neuronas se corta. Esos lapsus, esa mente en blanco, indican que hay un grave peligro de estrés neuronal que puede amenazar nuestra inteligencia a corto y a largo plazo.

Y todo porque nos han enseñado que, por encima del ser, lo más importante es el hacer. Tenemos grabado en nuestra memoria colectiva el imperativo de rendir más y nos volvemos adictos al hacer, hacer y hacer. ¡Cuánta soberbia!

Así es como, queriendo dejar huella de nuestras proezas, nos deshumanizamos. Pensamos que lo que somos es insuficiente y queremos exprimir nuestro tiempo hasta un límite absurdo, poniendo en riesgo nuestra salud y nuestra vida. No hemos creído que lo más importante no es hacer, sino ser.

Sí, el hombre es capaz de cosas muy grandes. Nos asombra contemplar las mega estructuras que ha diseñado la mente humana: túneles que atraviesan el mar, rascacielos que se elevan como montañas, islas artificiales, satélites que danzan por el espacio, rodeando la Tierra. Para no hablar de los avances científicos, médicos y tecnológicos. En muchos sentidos, se está rindiendo un culto casi idolátrico a las ciencias, y esto aleja al hombre de su propia realidad. Se transgreden los límites de la ética solo porque alguien quiere que nos sintamos como dioses.

Pero somos humanos. Asumir nuestra radical pobreza es la clave para nuestra salvación. Y solo desde la humildad podemos emprender la gran hazaña de nuestra vida, que no es otra cosa que dar valor a lo pequeño.

Somos tierra: nos hemos alejado de nuestra realidad intrínseca, natural y humana. Necesitamos estar pegados a la humedad de la tierra, necesitamos descansar, dormir, pasear, meditar, huir del ruido, de la polución y del frenesí. La única aventura que dará sentido a nuestras vidas será el viaje a nuestro pequeño corazón. Solo así descubriremos nuestra propia y auténtica identidad, nuestra conexión con la tierra y nuestra apertura a la trascendencia, es decir, nuestra vocación contemplativa.

Esto es lo único que hace grande al hombre: su pequeñez, su sencillez. Solo de esta manera puede establecer relaciones armónicas y plenas con los demás y con el mundo que le rodea, sin estrés, siendo creativo en aquello que le gusta. Orientado hacia su propia vocación, no corriendo por la vida sino deslizándose con suavidad, disfrutando de aquello que ama, de aquello que quiere, y confiando en aquello que hace porque sale de su ser más profundo, silencioso.

Cuando uno descubre que lo más fecundo no son sus obras, sino su silencio, aprenderá a surcar los hermosos paisajes interiores del corazón. Hoy, la gran hazaña es hacer menos y ser más. Hoy el héroe no será tanto un activista como un contemplativo. Hoy la proeza no es luchar, sino danzar con la vida. Y la grandeza germinará en lo pequeño.

domingo, 8 de marzo de 2015

Cuando Dios te arrebata

Hace veintiocho años recibí el orden sagrado del sacerdocio, momento culminante de una larga etapa que se inició quince años antes.

Una búsqueda incesante

Como todo joven, buscaba razones que pudieran colmar mi anhelo más profundo de dar un sentido a mi vida. Buscaba y buscaba respuestas, pues no me conformaba con vivir una vida como tantas, arrastrándome, sin alicientes. Quería huir de la comodidad de entrar en un ritmo a modo automático, sin saborear el devenir, sin asumir riesgos y dificultades. Esa perspectiva no me llenaba. No es que no supiera valorar lo que hacían mis amigos. Pero sentía una fuerza arrolladora dentro de mí que me empujaba a salir de aquella rueda de patrones y esquemas sociales y familiares. Estaba bien, pero mi alma buscaba más. Quería dar cauce a ese río interior, esa corriente misteriosa que me arrebataba hacia un destino desconocido. Tenía la necesidad irresistible de lanzarme al abismo: quería volar, aun sin tener la certeza de que todo lo que sentía era algo lógico y racional. Fue entonces cuando decidí zambullirme en esas aguas y nadar hacia ese horizonte lleno de interrogantes. No me importaba afrontar la amargura de un error ni quedarme exhausto en medio del recorrido; necesitaba confiar en alguien más que en mis propias fuerzas. Lo que tenía claro es que me lanzaba sin medir mi capacidad de resistencia, pero un viento interior me empujaba. Empecé a mover, no solo las manos y los pies, sino todo mi corazón, entregándome a la gran travesía de mi vida.

Le dije sí a Dios. Quería ser instrumento suyo, estaba dispuesto a todo y, más allá de mi voluntad, quería dejarme llevar por sus alas. Quería abandonarme en sus manos y le dejé que fuera el gran artífice de esta nueva aventura. No quería que fuera una historia voluntarista mía, sino su historia: la historia de un Dios que busca incansablemente porque no puede dejar de amar y desear que seamos capaces de responder a tanto derroche de amor.

Me abrí completamente y decidí, para siempre, poner mi vida en sus manos. El Señor de la historia haría converger momentos, lugares, personas y situaciones para empezar a tejer la historia de una vocación. Y así fue.

Un lugar, unas personas, unas circunstancias. Mi alma anhelaba que su mecha interior se encendiera y conocí, a través de unos amigos, a un sacerdote. Mi encuentro con él en una ermita, con un grupo de jóvenes, marcó ese momento histórico. Celebraciones litúrgicas, catequesis, convivencias… Este sacerdote, entusiasta, me interpeló. Todo parecía encajar en mi vida, todo cobraba un sentido y la realidad adquiría una densidad insólita. Estaba en el amanecer de un día nuevo. Mi corazón se ensanchaba y mis inquietudes se desvanecían. Una calma desconocida invadía mi alma. Empecé a encontrar respuestas. Fue como vivir un enamoramiento: pasión, fuego, libertad, gozo incesante. Mi vida se coloreaba como nunca y sentí que mis deseos más profundos empezaban a colmarse. Ya no preguntaba, solo disfrutaba de una certeza íntima: sentía que Dios me llamaba a algo grande, algo que yo jamás me había planteado, ni siquiera imaginado. Pero estaba dispuesto a aceptar lo que fuera. Ya le había dicho que sí.

Un sí para siempre

Aspiraba a ser un buen cristiano en mi ambiente, un hombre comprometido y entregado. Pero llegó un día, el cuatro de agosto, y aquel sacerdote amigo, responsable de los jóvenes de la ermita, mantuvo una larga conversación conmigo. Cuando nos despedimos, caminando por la Rambla de Catalunya, delante de la parroquia de San Raimon de Penyafort, donde él tenía que hacer una misa, me hizo la gran pregunta: ¿Has pensado ser sacerdote?

Le respondí que nunca lo había pensado; su pregunta me desconcertó. Pero, de pronto, la llamada se concretaba en algo muy claro y rotundo. El miedo y la alegría se mezclaron con la inseguridad y la certeza. Había llegado el momento decisivo. Allí tenía la respuesta a mi larga búsqueda, sin saber el alcance de todo lo que significaba. Allí estaba, delante de aquel sacerdote, con el corazón estallando. Mis palabras fueron parcas. Sentía que Dios finalmente me arrebataba el corazón y que, rendido a su dulzura, se apoderaría de él para siempre. Había buscado sin saber que Dios lo pide todo, pero también lo da todo.

Nos despedimos con un fuerte abrazo. Una semana después le confirmé mi sí. Desde aquel momento mi vida cambió. Dejé de ser aquel adolescente inquieto para convertirme en un joven adulto que trece años después se ordenaría como sacerdote. ¡Qué sorpresa y qué desafío! Un regalo que jamás había esperado culminaba mi búsqueda convirtiéndome en la imagen de otro Cristo. Desbordado ante tanto don no dejo de estar agradecido, pues nunca más me he sentido perdido ni vacío. Desde entonces siento una felicidad inagotable que ninguna circunstancia, por más dolorosa que haya sido, ha podido oscurecer.

Un día siete de marzo, en la parroquia de San Isidoro de Barcelona, fui ordenado por el arzobispo Jubany. Así empecé a caminar como mensajero de la buena nueva, preparado para el segundo paso definitivo: presidir, como presbítero, una comunidad, velando y cuidando sus almas como pastor al frente de un pequeño rebaño de Dios en medio del mundo. Mi vida dejó de estar centrada en mí mismo para volcarme totalmente a los demás. De la dulzura de un hermoso romance con Dios pasé a ser pescador de hombres, cercano a las gentes, con una única misión: comunicarles cuánto los ama Dios.

Esta es la razón de mi sacerdocio: propiciar un encuentro de Dios con el hombre. Y que este descubra que solo en Dios será plenamente humano y solo en él encontrará la razón de su vida. Llevo veintiocho años empeñado en esta tarea, he pasado por más de diez comunidades sin desfallecer en mi cometido y puedo decir que el vigor, la alegría, el entusiasmo, no solo no han disminuido, sino que veintiocho años después el fuego del Espíritu recibido en la ordenación sigue quemando, con más intensidad, porque no es un fuego que te consume. Como la zarza ardiendo ante Moisés en su llamada a liberar a Israel del faraón, no es un fuego que te volatiliza, sino que te hace renacer cada día. Una vocación alimentada por el soplo del Espíritu siempre está viva.