domingo, 17 de julio de 2022

La enfermedad de la prisa

En el jardín de un monasterio
En el jardín de un monasterio


Estamos lanzados a la cultura de lo inmediato, del frenesí, del ahora y ya. Nuestra sociedad se sumerge en la velocidad: hacer y hacer es lo más importante. El culto a la actividad centra nuestra vida, causando y provocando un cansancio psicológico y físico. Todo se precipita y nos lleva a divorciarnos de nosotros mismos. Nos alejamos de la naturaleza del ser para caer en el culto a nuestra obra e imagen. Cuando no hacemos algo parece que no somos nada.

Si no somos capaces de parar nuestro reloj interior, vamos a la deriva y perderemos nuestra identidad, es decir, lo que somos. La velocidad vertiginosa en que vivimos nos lleva a la fragmentación del ser, y cuando esto ocurre nos desubicamos existencialmente. Hemos perdido la brújula que nos indica hacia dónde tenemos que dirigir nuestros anhelos.

Sin orientación estamos perdidos. Sin valores que marquen nuestra trayectoria caeremos en el abismo o viviremos corriendo siempre, intentando ganar tiempo para hacer más y más. Todo está orientado a multiplicar nuestras actividades, hasta llegar a la extenuación y el agotamiento. El ser humano no es una máquina rentable de producción.

Plantear nuestro ritmo acelerado, algo que casi nunca hacemos, se hace necesario para reenfocar el rumbo de nuestra vida. Aunque no lo parezca, la velocidad puede ser adictiva: necesitamos hacer muchas cosas y con la máxima rapidez. Nos hemos acostumbrado a ir siempre corriendo porque ciframos nuestra valía y capacidad en el trabajo para ser alguien ante la gente. Creemos que cuanto más hacemos, mejor aprovechamos el tiempo, y tenemos miedo de que se nos escape. Así, lo estiramos como si fuera un chicle.

Pero nuestro cerebro no está concebido para hacer varias cosas simultáneas de forma consciente. Cuando en el ordenador tenemos muchas ventanas abiertas, llega un momento en que se bloquea y necesita un reseteo. De la misma manera, cuando nos desplazamos en un vehículo a alta velocidad, nuestra retina no puede captar todas las imágenes del paisaje que vemos. A esa velocidad le es imposible retenerlas. Lo mismo ocurre cuando tenemos la agenda llena y vamos corriendo de una tarea a otra. Hoy, en ciertas empresas, la tecnología obliga a mantener un ritmo tan alto que lleva al trabajador a un profundo estrés laboral, como ya indican algunos psicólogos. Algo hemos de hacer para sanar esta patología social. Entre no hacer nada y vivir estresados hay un término medio: dar el valor justo al trabajo y, en lo que se pueda, desligarlo de la obsesión por ganar al precio que sea.

Trabajar de otra manera

Un primer paso es plantearte si lo que haces tiene que ver con tu propósito vital. Ese empleo, ¿te realiza? ¿Añade valor a tu vida? Es evidente que el dinero es necesario, y muchas veces el trabajo es el único medio para conseguirlo. También es verdad que muchas veces no podemos elegir la ocupación que nos gustaría. Pero es importante que lo que hagas te lleve a sentirte bien y añada felicidad a tu vida.

Una vez estés haciendo lo que quieres, plantéate muy en serio cómo hacerlo de manera serena y ordenada, con una buena agenda, sabiendo priorizar lo más importante y a un ritmo adecuado que te permita saborear y disfrutar de lo que haces. Esta sería la clave del rendimiento: no trabajar más, sino mejor. Aquello que hagas, hazlo con la máxima atención, poniendo todo tu esmero. Con la prisa no es posible hacer las cosas bien, y no siempre se rinde más. Si puedes pautar un ritmo adecuado puedes llegar a ser más productivo, sin la sensación de ir corriendo siempre. Se pierde el tiempo tanto cuando no haces nada como cuando lo quieres estirar hasta el punto de apurarte. Aquel dicho: «vísteme despacio, que tengo prisa», encierra una gran verdad. Igual que la fábula de la liebre y la tortuga: la lentitud constante y sin pausa de la última ganó la carrera.

Pero, más allá de todas estas apreciaciones, pienso que esta adicción a la prisa revela algo más profundo. ¿Qué valores tenemos? ¿Cómo concebimos la vida? ¿Cómo estamos con nosotros mismos? ¿Y con los demás? ¿Cuál es nuestra referencia ética y en qué modelos nos proyectamos? ¿En qué creemos? ¿Cómo cultivamos nuestra dimensión religiosa? Finalmente: ¿hemos descubierto el sentido último de la vida? ¿El más allá?

Todo esto forma parte de nuestra realidad existencial, que tiene que ver con nuestros anhelos más profundos y con la meta que deseamos alcanzar. Pero una cosa es necesaria: replantearse los propios fundamentos, nuestra visión de la realidad. Para esto es urgente evitar ciertas influencias sociales que nos llevan a donde quizás no queremos ir.

Sumergirse en el silencio

Sumérgete en lo más profundo de tu yo, sin miedo, y conecta con lo primigenio de tu ser para nadar hacia el misterio de tu esencia. Ese misterio donde te encuentras con el Creador. Haz una tregua contigo mismo. Deja de exigirte más. Acalla el ruido, frena la velocidad y esta carrera hacia el abismo.

Sólo desde el silencio podrás retomar las riendas del tiempo y dominar la prisa. En el silencio Dios llena tu vacío. Tomar sorbos de silencio en un mundo que nos empuja hacia la nada, en medio de un ruido ensordecedor, es la mejor manera de reparar tus heridas internas y cohesionar tu vida. El silencio asusta, porque nos pone ante el espejo y nos vemos a nosotros mismos, quizás como no esperamos, y nos da vértigo. Pero en el silencio encontraremos nuestro pálpito vital. En la lucha diaria, el silencio será un bálsamo, una brisa en medio de nuestros quehaceres. Hemos de ser capaces de parar, meditar, acallar nuestro ruido interior y reencontrarnos con nuestra esencia, que tiene que ver con nuestra propia vocación y nuestra forma de estar en el mundo, con nosotros mismos y con los demás.

El silencio es una catapulta que nos lanza a surcar nuevos horizontes y a descubrir la belleza que hay en nuestro corazón. Será entonces cuando en medio de la guerra encontraremos momentos de plenitud. Será entonces cuando la prisa se transforme en una danza, un deslizarse con suavidad por el escenario de nuestra vida.

Será entonces cuando pasaremos del vértigo mortal a las aguas vivas del alma que crece.

sábado, 2 de julio de 2022

La amistad, un tesoro


En la vida hemos de tener muy claras las prioridades para poder crecer como persona. No cabe duda que esto pasa por descubrir tu proyecto vital, crear una familia, realizarte en aquello que sabes, según tus capacidades, consolidar tu trabajo y conseguir recursos económicos que te permitan vivir con dignidad y disfrutar de tus logros.

Pero, siendo todo esto muy importante, lo que nos completa como seres humanos es la amistad. A lo largo de la vida conoces a muchas gentes, pero no todas aquellas que conoces llegan a ser amigos tuyos. Cultivar la amistad con ellos es necesario para mantener los vínculos y vivir una bonita experiencia con aquellos que te aprecian y con los que sintonizas. La elección no siempre es fácil y en algún caso se producen desilusiones. Es verdad que no se puede tener muchos amigos, pero aquellos que tengas, cuídalos siempre.

El libro del Sirácida, en la Biblia, dice que quien tiene un amigo tiene un tesoro. Cuánto alegra compartir con tus amigos los episodios más importantes de tu vida. El amigo es un oasis en pleno desierto, una brisa de primavera y el sostén ante las dificultades; la mano firme donde puedes agarrarte, la luz en la noche oscura. Tener un amigo es como un amanecer que ensancha el corazón y te abre los pulmones para respirar con plenitud.

Ayer me encontré con un matrimonio amigo de Badalona, después de más de doce años sin verlos. Apenas me abrazaron, sentí que la amistad que me une con ellos se encendía, latiendo con fuerza.

Los conocí cuando fui rector de la parroquia de San Pablo. En aquellos años organizamos muchas actividades y eventos pastorales, y ellos siempre fueron grandes colaboradores. También tuve la alegría de acompañarlos en sus bodas de plata, una celebración muy emotiva y entrañable.

Son un matrimonio fuerte y cohesionado, que se ha mantenido fiel en el tiempo. Antonio es bondadoso y alegre, serio en su trabajo, valora mucho a sus amigos y sabe sacarle el jugo a la vida. Estar en su compañía es gratificante, porque en los momentos más difíciles hace gala de su ingenio y buen humor; sus chistes ayudan a suavizar la tensión, creando un ambiente más calmado y relajado.

Lourdes es una mujer cálida y firme, con criterios muy claros. Pilar de su casa, diligente y hogareña, su aguda inteligencia le permite gestionar los asuntos cotidianos con gran intuición femenina. Siempre sabe estar donde le toca. Es abierta y acogedora y cuida a sus amistades.

Humildes y trabajadores, Antonio y Lourdes valoran la vida y la familia por encima de todo. Tenerlos como amigos es un regalo y una bendición. Son dos personas luchadoras, que han sabido superar momentos muy difíciles, construyendo una sólida familia a lo largo de 40 años. Soy testigo de ello. Encontrarme con ellos ha supuesto una gran alegría para mí, sintiendo ese calor que no ha disminuido con el paso del tiempo. Durante nuestra conversación, sentados bajo la morera del patio parroquial, se sucedieron los recuerdos y revivimos muchos momentos que compartimos en el pasado.

Fue un hermoso reencuentro; nos dimos cuenta de que, a pesar del tiempo transcurrido, la amistad seguía muy viva en nuestro corazón.

domingo, 26 de junio de 2022

Imbuidos de sí mismos


Recientemente he tenido la ocasión de hablar con varias personas que, en su momento, fueron referentes en su campo académico y profesional. Personas acostumbradas a ser el centro, a controlar la situación y a tener a mucha gente a su alrededor.

Pero el tiempo no perdona, y hoy me impresiona ver a algunas de ellas, que tanto brillaron, abatidas por la enfermedad y la decrepitud. Me pregunto cómo es posible que, después de haber sobresalido tanto en el campo intelectual y social, ahora sean incapaces de ubicarse en su entorno próximo: familia, amigos, vecinos y barrio.

Culto al yo

Su tendencia a ser protagonistas las lleva a hablar mucho de sí mismas e incluso a imponer su criterio sobre los demás. Su discurso suele ser radical y no permiten opiniones contrarias. Necesitan demostrar lo que saben haciendo alarde de su elocuencia: saben más que nadie, y los demás deben callar o apartarse. Pueden llegar a humillar a sus oyentes, pues no soportan que las contradigan. Así, aunque empiezan deslumbrando por sus profundos conocimientos, cuando se las conoce un poco más, tras esta apariencia brillante se puede atisbar una persona mucho más insegura.

Estas personas sienten una enorme necesidad de ser ellas mismas. Ya fuera porque, en su crecimiento, fueron reprimidas o demasiado consentidas, no supieron canalizar su potencial. Cuando han podido desplegarlo, nadie les ha puesto límites y ellas tampoco han sabido ponerlos. Nadie les ayudó a descubrir que la sabiduría consiste, no tanto en el cúmulo de conocimientos, sino en la capacidad de saber escuchar, reconociendo al otro como un revulsivo y al mismo tiempo un apoyo para crecer y madurar. Nadie les previno contra el culto a sí mismos. Compartieron sus conocimientos, pero quizás no aprendieron a abrirse a un verdadero diálogo con los demás.

Escuchar al otro cuando se comparte el saber permite el enriquecimiento mutuo. Aceptar puntos de vista diversos evita que la persona se convierta en una apisonadora intelectual. La ciencia crece cuando se da un verdadero encuentro. La amistad también es posible cuando aparcamos nuestro yo a un lado y nos abrimos al otro: siempre puede aportar algo nuevo y positivo a nuestra vida.

Pero constato que, cuando uno siempre ha sido así y no ha tenido la humildad de dejarse corregir, se hace difícil cambiar. El cambio supone un salto de paradigma mental y reconocer que su narcisismo está completamente desbocado. Puede tratarse de un científico, un intelectual, un artista o un doctor en cualquier disciplina. Están tan imbuidos de sí mismos que nadie se atreve a cuestionarlos, porque su carácter beligerante impide que nadie les diga nada.

Un castillo mental

La realidad para una persona así es ella misma: ella y el mundo que ha creado a su alrededor. No admite otra, y menos cuando se ponen en evidencia sus límites y su percepción subjetiva. Huye del mundo real para construir, con buenos argumentos intelectuales, un castillo mental donde se siente segura.

Con el paso de los años, al volverse impenetrables a los demás, estas personas acaban encontrándose muy solas. Sobreviven en su burbuja y afrontan como pueden la realidad que se impone: jubilación, desplazamiento del ámbito donde se proyectaban, sufrimiento por enfermedad, incapacidad para reorientar sus vidas y abordar situaciones imprevistas y dolorosas que les toca vivir.

Caen en un profundo abismo interior, donde sólo pueden oír el eco de su propia voz. Han pasado toda su vida escuchándose a sí mismas, aupadas en el trono de sus logros intelectuales. Pero la realidad es obstinada y choca con las construcciones mentales. Cuando se rinde culto al intelecto, a menudo se olvida el cuerpo. Muchas de estas personas han descuidado su salud. Han vivido aprisa, a velocidad frenética, olvidando que es el cuerpo quien sostiene nuestro sistema cognitivo. La estructura biológica sostiene la mente, y este cuerpo, bien cuidado y con una sana alimentación, permite gozar de buena salud. La mente es tirana y acapara la atención; el cuerpo es sufrido y calla. Pero cuando el cuerpo es castigado e ignorado, acaba reclamando su lugar: es entonces cuando surgen la enfermedad y la discapacidad.

Un baño de realismo

La cruda realidad se impone con el paso del tiempo y los límites físicos. Y de aquí ya no se puede huir. El reloj biológico va marcando los pasos hacia la muerte. Frente a esta realidad, la batalla está perdida. Es entonces cuando vivir se hace insoportable, el cansancio y la tristeza se apoderan de la persona y sobrevive como puede, postrada, esperando que mañana el dolor sea un poco más leve.

¿Qué hacer cuando nos encontramos con personas así? Acompañar con dulzura, ayudando en lo que podamos a paliar su dolor y soledad. Hacer que se sientan queridas.

Para mis adentros medito cuál podría ser el antídoto para no caer en esta actitud, para no encerrarnos en nuestra torre de marfil y aceptar la realidad cuando la vejez nos la presenta en su rostro más duro.

Necesitamos rescatar la humildad. La humildad es el freno y la rienda para ese caballo desbocado de la inteligencia. Sólo así, con humildad, la inteligencia se convertirá en sabiduría y se alcanzará la armonía. La suma de estas dos cualidades nos prepara a todos para zambullirnos en la realidad y doctorarnos en humanidad.

 

domingo, 29 de mayo de 2022

El indigente que trajo al niño Jesús

Lo vi zarandeándose de izquierda a derecha, sosteniéndose con un bastón en la mano. Con el otro brazo agarraba una caja. Pensé que perdería el equilibrio y acabaría cayendo al suelo, pero logró mantenerse en pie y se acercó. De aspecto sucio y muy dejado, su vulnerabilidad era patente. Algo muy profundo debió romper su corazón para reducirlo a ese estado. Mal vestido, y desprendiendo un fuerte olor a alcohol, intentó comunicarse conmigo, balbuceando y enfadándose consigo mismo por no poder expresarse bien. Vacilando, no dejaba de lamentarse. Vi en él una clara imagen del hombre descartado socialmente. Sus palabras soeces no eran más que un grito de ayuda, una petición para que alguien, durante unos instantes, lo escuchara.

Entonces depositó la caja en el suelo. Lo saludé: ¿Qué tal? Y él me respondió con brusquedad, gritando para reclamar mi atención.

De golpe, abrió la caja y sacó de ella un niño Jesús. No el típico Niño de Navidad, en la cuna, sino un niño de cuatro o cinco años, erguido y vestido, dentro de una campana de cristal.

Lo tengo desde hace tiempo, me dijo, en un perfecto catalán, y no lo quiero tirar. Pero, por favor, recójalo. Es una imagen que quiero mucho pero no puedo cuidarla.

Me impactó, porque ese niño Jesús, de alguna manera, había generado un vínculo con él. No sé si religioso, emocional o simplemente de compañía. Posiblemente esta imagen lo había ayudado a sobrevivir.

Insistió: Yo no lo puedo cuidar más. Y utilizaba el verbo cuidar como si fuera algo muy suyo y quisiera asegurarse que estuviera bien allí donde lo dejara.

Así, accedí a recogérselo. Desde hace una semana lo tenemos en la capilla de Nuestra Señora de Chestojova, acompañándonos en las celebraciones.

Me pregunto, una y otra vez, qué ocurre con estos hombres que con 50 años están completamente solos y perdidos. No sólo los extranjeros apátridas sufren, también aquí tenemos gente nativa que, por el motivo que sea, han perdido su lugar.

¿Qué los ha llevado hasta aquí? ¿Qué historia hay detrás de ese indigente que «no podía cuidar más» del Niño Jesús? Tal vez no era él quien cuidaba al niño, sino Jesús quien estaba cuidando de él… Igual que los padres que, al no poder cuidar de sus hijos, los exponían a las puertas de las iglesias, este vagabundo ha dejado a su Jesús en un lugar seguro. Quizás sin saberlo, se ha convertido en un mensajero del cielo, portador de un tesoro que ahora tenemos en nuestra capilla.

domingo, 15 de mayo de 2022

¿Autoridad o autoritarismo?


Es necesario aclarar el significado de estas dos palabras para evitar errores dolorosos. El ejercicio equilibrado de la autoridad es una expresión de amor y servicio, con el fin de potenciar y hacer crecer al otro, dando lo mejor de sí mismo. La autoridad requiere convertirse en modelo para el otro, con una conducta intachable, que genere confianza y respeto. Será su estilo de vida el que haga a la persona merecedora de confianza, por su ejemplo y moderación, y no por su intransigencia ni por imponer la obligación de una adhesión ciega a su autoridad.

Exigir con delicadeza es la clave, porque en la responsabilidad educativa se ha de tener muy en cuenta la libertad del otro. En ningún caso tiene que estar condicionada su capacidad de análisis, su pensamiento y sus decisiones. Entre la autoridad y la libertad hay una línea muy delgada que se ha de respetar. Pisar la libertad es un claro indicador de que la autoridad puede derivar hacia el autoritarismo. El espacio es corto y siempre se ha de salvar.

Autoridad y poder

Desde un punto de vista sociológico, el concepto de autoridad se está poniendo en entredicho por el abuso que se comete al no respetar los límites. Sin humildad, el ejercicio de la autoridad puede desencadenar un abuso de poder, con el pretexto de que todo se hace «por el bien» de la otra persona. Se requiere depurar mucho las intenciones para caer en la ambigüedad. El abuso de autoridad puede atentar contra lo más íntimo de la persona: su identidad. Sólo desde la humildad, la discreción y la delicadeza, limpias de todo afán de poder, se podrá ejercer bien la autoridad.

Un principio ético y filosófico se ha de tener muy claro: todos somos iguales y nadie está por encima de nadie. A la hora de ayudar, corregir y exigir, se ha de tener muy presente. Hay una serie de ámbitos: social, religioso, político, educativo y familiar, donde la tentación del poder es grande. Son todos aquellos que tengan que ver con el ejercicio de una responsabilidad con una fuerte carga moral.

En la familia

Los padres pueden intentar modelar a sus hijos según sus criterios, sin tener en cuenta lo que realmente son y quieren. Tal misión no es imponer por tradición las cargas familiares, según su trayectoria histórica, sino hacer que los hijos desplieguen su máximo potencial. El riesgo de generar clones o moldes de un pasado, sin tener en cuenta su libertad, sus talentos y su capacidad creativa para abrirse al mundo, puede provocar un trauma que bloquee emocionalmente sus aspiraciones. Los padres tienen la responsabilidad de educar a sus hijos, por supuesto, pero esta libertad que les están administrando, poco a poco, a medida que crezcan, se la tendrán que ir devolviendo. El sentido de posesión puede dificultar una educación desde la libertad, el derecho sagrado y natural que va más allá de los lazos biológicos.

El ejercicio de la paternidad implica saber hasta dónde se ha de ejercer la autoridad con los hijos. Porque llegará su mayoría de edad y tendrán que asumir sus responsabilidades, decisiones y el uso de su libertad. Si este traspaso no se realiza correctamente, puede significar una ruptura de los vínculos familiares, apelando a su mayoría de edad. Se ha de pasar de un lazo basado en la consanguinidad a una relación filio-parental basada en la amistad sin perder la otra. Nada se romperá, y para los hijos ya adultos sus padres siempre serán una referencia moral. Llegar hasta aquí es engrasar una buena relación que armonizará los vínculos entre las nuevas generaciones familiares.

Mostrar con humildad los propios valores es básico para sanar toda relación herida dentro de la familia. Educar es servir desde la libertad. Sólo así se puede hacer crecer a los demás. El ejemplo de los padres y su modelo de conducta ante los hijos los preparará a fin de que un día ellos también puedan educar con acierto a los suyos. La familia es un ámbito trascendental en la educación de los hijos. Hemos de evitar cualquier tipo de desvío que pueda dañar el equilibrio psíquico de sus miembros.

Esta tarea es una obligación moral de los padres. Hemos podido ver en los medios de comunicación casos de familias sumidas en la tragedia por no apuntalar con solidez sus valores.

En el ámbito religioso

Otro ámbito extremadamente delicado es el religioso. No entender correctamente el sentido de la obediencia ha llevado a muchas comunidades a situaciones de conflicto difícil de resolver. A lo largo de la historia de la Iglesia hemos visto casos lamentables que han trascendido y se han divulgado por los medios. Pero nadie, y ninguna institución, está exento de riesgos. Cuando se ejerce un liderazgo en este ámbito la lucidez es clave para no resbalar hacia una dirección espiritual que cause profundas crisis en personas que han iniciado un hermoso proceso vocacional. Es una decisión fundamental para quienes han decidido poner a Cristo en el centro de su vida. Todo esmero será poco para mantener la frescura de una vocación, dispuesta a servir para siempre. Es un tema especialmente delicado, porque también se han dado abusos de autoridad, provocando una brecha vocacional y existencial.

La libertad y la obediencia no tienen por qué estar reñidas. La obediencia no es sumisión, y la autoridad tampoco ha de ser autoritarismo. El discernimiento en el campo religioso, y en todos los demás, es fundamental.

domingo, 8 de mayo de 2022

El dolor de una ruptura

El ser humano, por naturaleza, tiende a buscar la felicidad en unas relaciones estables y duraderas. Así lo ansía su corazón cuando inicia un proyecto familiar con otra persona. Ambos quieren vivir con armonía, es su deseo genuino y están concebidos para esto. Por eso inician su proyecto vital con ilusión y creatividad ingente, esperando permanecer estables. Su corazón rebosa de entusiasmo por alcanzar sus metas. Vibran al unísono y comparten sueños y esfuerzos por mantener aquello que tanto anhelan. Están despiertos a todo, infundidos de una fuerza que cristaliza sus deseos para llegar a la cumbre soñada. Pasan unos años y ambos van asumiendo responsabilidades, que en algunos casos les provocarán estrés añadido: la familia crece, hay que organizar el tiempo y el trabajo, los hijos piden dedicación y ambos cónyuges deben tomar decisiones conjuntas, que a veces pueden implicar un desacuerdo a la hora de educar a los niños y repartirse las tareas domésticas. El cuidado y la salud de los niños en su larga etapa escolar, el trabajo, la economía, las dificultades, posibles pérdidas de empleo, escasez y conflictos familiares pueden ir tensando la convivencia y añadiendo un problema tras otro.

Cuando esto sucede, la relación de la pareja llega a un estado de estrés emocional y psicológico que puede acabar en una ruptura dolorosa, en algunos casos agravada por la violencia y el caos emocional de uno u otro, o de ambos.

Gestionar una ruptura sin llegar a la violencia y sin utilizar a los hijos como carne de cañón contra el otro cónyuge no siempre es fácil. A veces la relación no sólo se rompe, sino que la presión recae sobre los niños, llevándolos a una situación de inseguridad y culpa inmerecida. Los niños sufren ansiedad y, a veces, depresión. La violencia entre los padres hunde los fundamentos de su psique: cuando los padres rompen, los hijos se rompen por dentro. Es el mayor daño que se les puede hacer. Por eso, por el bien de los niños, hay que saber cerrar de la manera más sana posible la separación, para que no condiciones su estabilidad ni su crecimiento futuro.

Lo vemos muy a menudo: personas cercanas que viven o han vivido rupturas con su pareja y han quedado heridas. Los hijos, por más doloroso que haya sido el proceso, han sobrevivido emocionalmente y han llegado a la adultez. Llevan impreso el sello del dolor, pero han crecido y han sabido aceptar e incluso seguir amando a sus padres, pese al daño que les han podido causar. Hay casos admirables de hijos que han logrado una cierta paz interior. En cambio, a veces son los padres quienes siguen en la trinchera. No han sabido o no han querido cerrar la grieta.

Urge, por el bien de ambos cónyuges, aunque su matrimonio esté roto, hacer un esfuerzo por sanar las heridas. Cuando no se hace, se pone en riesgo su equilibrio emocional. Estas personas pueden caer en una depresión cargada de resentimiento, hasta rayar la locura. Pueden caer en el victimismo constante. O pueden adoptar una actitud agresiva y de control sobre los demás, una violencia contenida para marcar territorio. Al final, de una manera u otra, tensarán la relación con sus propios hijos. Pueden echarles en cara todo lo que han hecho por ellos para exigir su sometimiento y despertar su culpabilidad, haciendo que se sientan mal y obligándoles a responder a sus exigencias. Es una forma de manipulación que acaba distorsionando las relaciones y provoca un fuerte estrés en el entorno familiar. Se cae en un lenguaje hiperbólico, todo se exagera y las palabras cortantes, consciente o inconscientemente, dañan a los demás.

Las personas que no han superado esta crisis interna incurren en contradicciones. Aparentan amabilidad, cordialidad, exquisitez en su trato hacia afuera. Necesitan dar una buena imagen para evitar que nadie sepa sobre su situación. Pero, de puertas adentro, con los suyos, pueden mostrarse implacables, duras, exigentes y críticas. Llevan a los demás al límite del aguante, provocando tensiones, para luego justificar su conducta. Repiten obsesivamente el ciclo, están “rayadas” en esa rueda emocional que las atrapa y no hace más que empeorar la situación. Rebasan los límites del respeto y se creen continuamente atacadas, bloqueando cualquier posibilidad de regeneración.

El perdón como terapia

Cuando esta experiencia produce una honda grieta anímica, la persona se rompe totalmente. Necesitará una terapia que la lleve a ser consciente de lo que está ocurriendo. Pero no bastará una intervención psicológica. Será necesario que trascienda el plano psíquico e inicie un cambio espiritual, un proceso que vaya más allá de las emociones y se fundamente en aquello que uno cree como eje central de su vida. Pasa por una profunda conversión que la lleve a darse cuenta de que la clave de muchos problemas humanos está en el perdón. Tendrá que aceptar el pasado y liberarse de esos lastres que la encadenan a la persona que la dañó. Necesitará humildad y valentía para dar el paso. Tendrá que aceptar la historia y a aquellos que considera sus enemigos, causantes de su dolor, hasta llegar a perdonarles en lo más profundo de su corazón.

Solo entonces alcanzará la paz y desaparecerán las tinieblas del alma. Muchos que han pasado por este camino sienten una profunda libertad: a su alrededor todo se recoloca. Dejan de ver la realidad teñida de amargura. Empiezan a renovar su vida, sus relaciones se van armonizando. La ruptura interna puede sanar. Evidentemente, quedarán cicatrices del pasado, pero cerradas por el amor y el perdón. Quedarán como señales de un gran dolor, pero también de un cambio valiente y generoso que les ha permitido dar un salto trascendente en su vida.

La persona que ha perdonado puede ayudar a otros a liberarse de su cruz. Puede convertirse en guía y consejera de otros que sufren. Ojalá todos aquellos que se encuentran en este tipo de situación sepan dar el salto. Dios es el mejor terapeuta, nos ha creado y nos conoce muy bien. Él desea nuestra plena felicidad y sólo cuando amamos y perdonamos la liberación es plena y el gozo incesante. 

domingo, 1 de mayo de 2022

¡Felicidades a las madres!

¡Sí! Felicidades a todas las madres, en este Día del Trabajador porque debido a la maternidad, propia de vuestro género, desde que fuisteis madres por primera vez no habéis dejado de trabajar con empeño para que vuestro hogar sea un lugar acogedor. Porque nunca habéis dejado de velar y cuidar por todos los de la casa. Porque os empeñáis en crear un clima armónico entre esas cuatro paredes. Porque no dejáis ni por un segundo de prestar la atención necesaria para que en la casa se respire alegría y serenidad. Porque nunca habéis abandonado vuestro puesto sagrado como educadoras. Porque habéis estado despiertas día y noche, dispuestas a sacrificaros por vuestros hijos. Porque habéis sido y sois referente, modelo y maestras con el fin de ayudarles ante los grandes desafíos de la vida. Porque también habéis sabido respetar su libertad en aquello que decidían, asumiendo incluso los errores y equivocaciones. Porque habéis aportado toda la sabiduría y humildad que atesoráis en el universo de vuestros corazones.

Nosotros, los varones, no seríamos sin una madre. Unas entrañas abiertas expresan la capacidad de dar vida, con un amor inmenso e ilimitado. Algunos teólogos dicen que las mujeres expresan como nadie la forma de amar de Dios. Siempre dispuestas, como el propio cosmos, latiendo al ritmo de vuestra vida interna.

Madres, os felicito porque construís personas desde la más tierna edad. Engendrar, criar y construir un hogar, desde la libertad y el amor, os hace a las mujeres muy especiales. La humanidad estaría coja si se perdiera el torrente creativo de la mujer y su capacidad de amor para que los demás vivan. Dais sin medida, no sólo por el hecho de ser madres, sino porque sois mujeres. Vuestra generosidad se despliega en feminidad, ternura, sensibilidad y fortaleza. Las mujeres no sólo os dais a los varones, sino al mundo entero.

En vuestros corazones intuyo una hermosa grandeza que os permite adoptar un fuerte compromiso para construir la paz social. Ya desde el vientre materno los niños perciben esta digna misión: ser agente educativo para construir una sociedad más armónica y jubilosa, no sin esfuerzo ni sacrificio.

Incluso aquellas que no sois madres biológicas, sois madres de otra manera, porque la maternidad va más allá de tener hijos. Toda mujer, fisiológicamente hablando, es una madre en potencia. Su configuración biológica está orientada a la fecundidad. Por tanto, quiero hacer extensiva mi felicitación a todas las mujeres del planeta, porque ¡cuántas mujeres están haciendo de madres de aquellos que no tienen madre! Religiosas, misioneras, aquellas que deciden adoptar niños, haciéndolos hijos suyos. Una parte de la sociedad debe estar agradecida por este plus de generosidad, en especial aquellos más desvalidos que han tenido la suerte de encontrar una mujer que, sin ser madre, los ha cuidado como si lo fuera. Aquí está la belleza de un amor capaz de entregarse a sí mismo para que otros tengan vida.

No quiero olvidarme de felicitar a todas las mujeres y madres de mi familia: hermana, primas, sobrinas, tías… y también a aquellas amigas que, de alguna manera, han contribuido a mi vocación humana y espiritual. Pero, muy en especial, quiero felicitar a mi madre, que está en el cielo. Yo soy feliz en mi existencia gracias a la mujer que un día me parió. Sin ella no sería quien soy, ni haría lo que hago, porque nunca hubiera existido. Su vida como mujer hizo posible la mía. Por eso, siempre, la amaré con gratitud. ¡Felicidades, mamá!

Hace unos años escribí esto, dedicado a una gran mujer. Aquí lo podéis leer.