domingo, 15 de enero de 2023

Doctorado en humildad



Es un error creer que, solo acumulando conocimientos por la vía intelectual, uno puede alcanzar la sabiduría. Nuestra cultura ha fomentado la adquisición de conceptos e ideas como la mejor vía para llegar a ser alguien en la vida. A mi ver, hemos caído en un culto a la «titulitis», es decir: si no tienes una carrera o un título académico, no eres nadie, o no puedes acceder a ciertos cargos o puestos en un mundo terriblemente competitivo. Si no demuestras tu valía con documentos que avalen tus capacidades, estás fuera del campo social, cultural o académico.

Sin dejar de valorar la importancia de la formación en cualquier disciplina, creo que hemos de estar alerta ante la soberbia intelectual. No somos sólo un cerebro, una materia gris que dirige nuestra vida; no podemos entronizar la razón despreciando otras facultades. En el proceso del aprendizaje entran en juego muchos factores: creativos, emocionales, de motivación y de intuición. También cuenta la experiencia adquirida.

Otras formas de inteligencia

El aprendizaje empieza a partir de una profunda admiración por todo lo que te rodea. Los niños son un ejemplo: quieren explorar el mundo, todo los fascina y les atrae. Admirarse trasciende la propia inteligencia. Hay personas que no han tenido la oportunidad de ir a la escuela o a la universidad, por razones económicas, cargas familiares o por trabajo. Algunas incluso han rechazado ir, porque el sistema educativo no les convence. No han adquirido sus conocimientos dentro del marco establecido; se han convertido en autodidactas de la disciplina, arte o ciencia que más les gustaba. Otras personas, sin tener tiempo ni ocasión de formarse, han adquirido, en cambio, una rica experiencia humana, espabilándose en la vida. No sabemos cómo, pero su cerebro funciona.

Los psicólogos hablan de diferentes tipos de inteligencia, además de la racional y abstracta. Así, podríamos decir que muchas personas que no han logrado adquirir un título académico están llenas de sabiduría. Son maestras de la vida, expertas en el arte de comprender el corazón humano. Muchas de ellas son pilares de su familia, pues saben cuidar las relaciones, cuidar la casa, cuidar a los suyos. ¿Existe una ciencia del hogar? Estas personas, muchas veces mujeres, saben armonizar la convivencia, aliviar las tensiones, limar diferencias. Su entrega las hace doctoras en la ciencia de la familia. Nadie les otorga un título, pero sin ellas, el mundo perdería algo importante.

El saber como refugio

Como hemos reducido el saber al conocimiento y al aprendizaje intelectual, muchos tienden a minusvalorar a estas personas que no han tenido la oportunidad de ganar un título. En el fondo, han caído en la trampa de idolatrar el intelecto; construyen una peana con sus conocimientos, para despertar admiración y demostrar lo que saben y lo que valen. Es una forma de autoidolatría. Sin eso, no serían nada. Si no demuestran lo que saben, creen que nadie los valorará o quizás no serán queridos. Por eso necesitan deslumbrar. La raíz de esta actitud es, en el fondo, una profunda necesidad de ser amados.

Conozco a personas muy preparadas que no dejan de dar lecciones. En cambio, son incapaces de aprender de alguien, y menos aún de alguien que, según ellas, no tiene su mismo nivel de formación. ¡Nadie tiene que enseñarles nada! Lo saben todo... al menos, de su disciplina.

Hoy se habla mucho de la inteligencia emocional. Personas con una gran formación intelectual a menudo carecen de ella. Han adquirido muchos conocimientos teóricos, pero les cuesta aterrizar en la realidad. Y la realidad les viene tan grande que tienen dificultades para manejar situaciones familiares, emocionales y complejas. Les cuesta tomar decisiones. Su empacho de conocimientos no les ayuda. La única escapatoria que tienen es huir y encerrarse en sí mismas. Son incapaces de conectar con los demás y se meten en su torre de marfil, su propio mundo alejado de la realidad.

En ese refugio, adquirir más conocimientos puede convertirse en una adicción, en vez de ser un puente que las conecte con los demás.

Maestría vital

Cuando uno va más allá de sus capacidades cognitivas y se abre a los demás, empieza a adquirir un conocimiento del corazón, junto con la experiencia humana que transforma el saber en sabiduría. Cuando te abres, incluso a aquel que parecía que no podía enseñarte nada, empiezas una nueva carrera. Doctorarse en sencillez es la gran asignatura pendiente. Cuando aprendes que la gente humilde quizás no pueda enseñarte grandes pensamientos abstractos, pero sí puede compartir contigo el tesoro de su bagaje humano, su trabajo, sus sufrimientos, sus luchas y esperanzas, empiezas a doctorarte en la escuela de la vida.

Este es el gran reto de nuestra cultura: descubrir la dignidad de la persona, más allá de su condición y nivel intelectual. Es el desafío de una sociedad que ha de aprender a valorar cada ser humano por el simple hecho de existir, único y valioso. 

domingo, 1 de enero de 2023

Vivir los días como un don


Han pasado 365 días más que, para muchos, han supuesto cambios profundos en nuestras vidas. Hemos tenido momentos de todo: alegría, emoción, tristeza y esperanza. Hemos saboreado cada día vivido en este año que se va. El mundo está convulsionado, generándonos una profunda incerteza. Los oleajes sacuden a la sociedad: pandemia, guerras, crisis económica y un hondo desasosiego en muchas familias. Las consecuencias del covid han dejado huellas en el corazón de muchos, mientras los mandatarios y las corporaciones han utilizado dicha coyuntura para tomar medidas moralmente cuestionables. La falta de ética política ha causado una fuerte desconfianza en las instituciones. A la enorme inseguridad se han sumado decisiones que han afectado a la libertad personal. Algunos profesionales parecen haber olvidado su código deontológico, vendiéndose a los poderes políticos y económicos. Todo esto ha generado un profundo desconcierto en la sociedad.

A esto se le añaden aspectos personales y familiares: para algunos todo lo ocurrido ha traído un panorama muy sombrío y muchos han caído en una enorme depresión. Pero, así y todo, aunque las tormentas han sacudido con mucha fuerza, el ser humano está creado para sortear todos los oleajes, ya sean provocados por nosotros mismos, o cuando otros son los causantes de situaciones dolorosas en nuestra vida. Es el misterio que envuelve al ser humano: enfermedades inesperadas, accidentes o fallecimientos de personas queridas.

Pero incluso para esto tenemos el potencial espiritual para afrontar cualquier adversidad, asumiendo los procesos personales de cada uno. Estamos preparados para asumir estas contrariedades. Y hoy ha de ser un día en que hemos de mirar hacia atrás dando gracias a Dios porque hemos podido llegar a la meta del último día del año, algunos quizás arrastrándose, o con mucho dolor en el alma. Pero hemos llegado. Todo lo aprendido ha de ser una lección para la carrera que empezamos en el nuevo año que se nos abre, con un enorme potencial de sorpresas.

Hagamos que no nos pesen los días que se suceden. Hagamos que cada día sea una gran oportunidad para crecer e ir descubriendo hacia dónde tenemos que focalizar nuestra vida para sacar lo mejor de cada cual.

Tenemos un año más para ser mejores y para saborear ese don tan maravilloso que es la vida, los hijos, los amigos, las propias capacidades, descubrir el gran tesoro que hay en cada persona. Sólo amando es como se vive plenamente y los días se convierten en grandes hitos. Hemos de redescubrir el propósito vital, que tiene que ver con salir de nuestra zona de confort y emprender nuestra misión en el mundo, es decir, pasar de la subsistencia a un estallido de vida, saboreando cada minuto y cada segundo que tiene el día. Esto es: vivir con intensidad.

domingo, 11 de diciembre de 2022

Saber acabar

En este mundo tan acelerado y con tantos compromisos y responsabilidades, estamos abocados a hacer y hacer, incluso más de lo que tenemos que hacer, o a veces lo que no debemos hacer. Solemos estirar el tiempo más allá de lo necesario, llegando al límite en cansancio y estrés. Es como si lleváramos un turbo dentro. Nos multiplicamos en tareas, nos cuesta organizarnos y atiborramos nuestra agenda. 
Queremos hacerlo todo a un ritmo acelerado y nunca tenemos tiempo suficiente. Siempre se nos queda corto.

El arte de gestionar el tiempo


Trabajo, fiesta, compromisos con los amigos, con la familia... El deseo de apurar el tiempo es incontrolable: nos invade la sensación de que el tiempo se acaba y queremos exprimirlo.

Pero el día tiene sus horas y sus minutos. Saber gestionar el tiempo ayuda a que el día nos cunda, sin llegar al agotamiento, y sin caer en la frustración porque no lo hemos hecho todo. El control equilibrado y sensato del tiempo es fundamental para una vida ordenada y fecunda.

Se trata de hacer lo que hay que hacer en cada momento: parece sencillo, pero es todo un arte. Cuántas veces perdemos el tiempo en cosas que no son necesarias, y no dedicamos tiempo a aquello que sí lo es.

Escapar hacia ninguna parte


Hemos de saber cómo empezar y acabar una actividad concreta. He podido comprobar que una de las cosas que más nos cuesta terminar son los encuentros y las fiestas. ¡Cuánto nos cuesta dar por finalizada una conversación o un evento festivo! Cuántas personas caen en la verborrea, sin percatarse de que el interlocutor puede cansarse ante su incontinencia verbal. En las fiestas, se pierde de vista el control del tiempo cuando se genera un ambiente de euforia y extroversión, potenciado por la música o la bebida excesiva. No sólo se pierde el control del reloj, sino de uno mismo, y las personas hacen cosas que no harían jamás si estuvieran sobrias. El caos se apodera del grupo y con unas copas de más empieza el delirio. Se pierden los límites, se alarga el tiempo hasta la infinitud y desaparece el sentido de la realidad.

Embriagados, con los ojos turbios y el habla torpe, la incapacidad de ver la situación llega hasta la inconsciencia. Muchos jóvenes, y también adultos, caen en la esclavitud del escapismo. Queriendo liberarse, huyen hacia delante y se lanzan hacia el vacío más oscuro. El fin de semana les brinda la ocasión para emprender un viaje hacia ninguna parte, presos de las sensaciones y las adicciones que van consumiendo su vida. Viven en una bipolaridad constante: de lunes a viernes cumplen con sus exigencias laborales y profesionales; el fin de semana se arrojan a la vorágine. Así se va fragmentando su identidad: de «buenos chicos» a seres enajenados que desconectan de las más mínimas reglas de convivencia.

Es una realidad cada vez más preocupante. Psicólogos y médicos están avisando: si continúan así, los jóvenes estarán diezmando su salud y su futuro. Poco a poco, los excesos irán deteriorando su psique y su organismo, gestando enfermedades degenerativas y otros problemas físicos que afectarán a su vida.

Saber terminar bien


Esto me lleva a la importancia de saber organizar bien las fiestas, de principio a fin. Celebrar un encuentro pide una buena organización, con un tiempo previsto para cada cosa y evitando el descontrol por negligencia. Es tan importante saber empezar como acabar bien para saborear mejor la fiesta y el tiempo que pasamos con nuestros amigos. Una fiesta bien organizada se convierte en un encuentro donde se puede disfrutar de verdad, y donde el centro no son la comida ni la bebida, sino las personas. Una auténtica fiesta nos permite apreciar el regalo de la amistad. Las fiestas no pueden convertirse en un torrente de frivolidad ni en una ocasión para evadirse del mundo real. De la misma manera que hay un tiempo de preparación y montaje, debe haber un tiempo para recoger y dejar el lugar donde se ha celebrado el evento tan bien o incluso mejor que estaba antes. Esto debería formar parte de la planificación de la fiesta.

Una fiesta que acaba bien deja buen sabor de boca y el deseo de volverse a encontrar en el futuro. Ojalá todos aprendamos a dar el justo valor a las cosas y descubramos el tesoro de una vida plena y con armonía.

domingo, 13 de noviembre de 2022

Saber perdonarse

A lo largo de la vida, las personas cometemos errores, unas veces más graves que otros, de tal manera que pueden condicionar nuestro futuro y estado emocional. Sobre todo, cuando repercuten en el entorno más próximo: familia, amigos, trabajo. Es verdad que, a la hora de tomar decisiones, no siempre se tiene la total certeza de hacer lo más correcto, pero está claro que lo que hagamos tendrá sus consecuencias.

Decisiones morales

Ciertas decisiones que se toman pueden tener un impacto mayor porque tienen que ver con aspectos morales y valores muy arraigados en la cultura, como el respeto a la vida. Una mala decisión puede afectar a la economía familiar; un posicionamiento laboral o empresarial equivocado puede significar la pérdida de un empleo o la disolución de una empresa. Todo esto afecta a las relaciones humanas, pudiendo provocar, a veces, dolorosas rupturas.

Otras decisiones tienen un impacto en nuestra salud, por no haber previsto lo suficiente o no haber tomado las medidas terapéuticas necesarias. Lo cierto es que estos errores, aunque se hayan cometido sin mala intención, ocasionan inestabilidad psicológica y social, inseguridad y miedo. Y estas reacciones se enquistan en la psique, pudiendo generar patologías: desde una dolencia psíquica hasta enfermedades de origen psicosomático, que causan dolores a veces insoportables.

Especialmente cuando se trata de decisiones de carácter moral, el sufrimiento es mayor, porque se puede causar mucho daño a otras personas. Este tipo de decisiones, de naturaleza ética, son las que más cuestan de asimilar. Cuando uno es consciente de su error, se pregunta, una y otra vez, por qué lo hizo. Es entonces cuando surge con fuerza el sentimiento de culpa, añadiendo sufrimiento al dolor moral que ya se padece. Al rechazar lo que ha hecho, la persona pone en marcha un mecanismo de culpabilidad con el que se autodañará. De aquí vienen muchas afecciones de la piel, problemas respiratorios y dolores musculares. Aunque no sea consciente de ello, esta persona está castigando su propio cuerpo, que reacciona poniéndose en alerta y alterando su estado de salud.

No conocemos lo bastante bien nuestro cuerpo para saber cómo tratarlo. Sobre todo, cuando vivimos una situación de estrés que puede afectar nuestro crecimiento y salud. Todo esto repercute en la totalidad de nuestro ser.

Cómo afrontar el sentimiento de culpa

¿Cómo se podría solucionar este sentimiento de excesiva culpa? Está claro que, como seres humanos, hemos de reconocer que no somos dioses y siempre estamos expuestos a tomar decisiones erróneas. Hemos de reconocer con humildad que, a priori, no tenemos todos los datos para actuar de una manera u otra; el riesgo de equivocarnos siempre está ahí.

Un primer consejo es que, antes de tomar una decisión, consultes a alguien que para ti sea un referente moral, para minimizar el fallo y acertar con mayor precisión. Así y todo, la resolución podría errar, pero ya no eres tú solo, cuentas con alguien que te aconseja y te apoya.

Un segundo consejo es asumir con serenidad las consecuencias de la equivocación y evitar «rayarse» con un diálogo interno que no lleva a nada y que es totalmente estéril. Los apoyos de amigos o personas de confianza son muy importantes para no resbalar por este terrible tobogán de la autoflagelación moral y psicológica.

El derecho a equivocarse forma parte de nuestro aprendizaje, aunque a veces sea muy duro. Por más gigantesco que sea el error, uno tiene también el deber de darse otra oportunidad. Hay situaciones límite que no siempre se saben gestionar, sobre todo, si uno se siente solo o está solo. También es verdad que la falta de comprensión que se recibe de los demás no ayuda a afrontar ciertos hechos. Con el tiempo, esto puede minar la salud y la alegría de la persona. La soledad puede agravar el sufrimiento y llevar a la desesperación e incluso al suicidio moral y social: una vida amarga, sin sentido.

Los prejuicios religiosos, tanto del que se equivoca como de los que hacen de jueces, tampoco ayudan en nada a encontrar una salida.

Pero hay un último aspecto que quiero señalar, y que puede sanar estas heridas tan profundas: es la necesidad de perdonarse a uno mismo.

El perdón sanador

A veces somos más duros con nosotros mismos que con los demás. Cuando nos fragmentamos por dentro, nos convertimos en jueces y verdugos de nosotros mismos, infligiéndonos un daño mayor que cuesta más de reparar. Vivimos en una cultura del «superhombre», no podemos equivocarnos, no podemos caer. La educación nos ha llevado a menudo a esta carrera por ser los primeros y los mejores, aunque sea a costa de renunciar a nuestra propia identidad. No podemos fallar, y nos olvidamos de que el ser humano es frágil, duda, se equivoca. La sociedad levanta estatuas a los valores y talentos, ¿a qué precio? Mientras una parte de la sociedad compite y lucha, otros caen y son rechazados porque «no dan la talla». Por otra parte, se fomenta la autoestima, la autorrealización, el autocuidado. Incluso en esto no podemos fallar... La bipolaridad existencial está más arraigada en las personas de lo que creemos.

El corazón del hombre es un profundo misterio. La psicología, la filosofía y la religión abordan el tema en profundidad, sin llegar a abarcarlo todo. Ante las dudas e incertezas, equivocarnos nos aboca a la emergencia emocional. Pero también nos puede llevar a su remedio.

Aprender a reconocer el error y a perdonarse. Es correcto asumir el fallo y el daño cometido, pero no podemos quedarnos ahí. No somos los únicos en equivocarnos, y posiblemente en nosotros no hubo mala intención. Quizás actuamos movidos por el miedo, por la angustia o la presión del entorno. Quizás éramos muy frágiles, inmaduros o estábamos asustados. Un error no sólo tiene motivos, sino causas.

Pedir perdón y recibir el perdón de otros, también de Dios, es sanador y nos libera. Pero si no nos perdonamos a nosotros mismos, ese último nudo seguirá ahí, atándonos e impidiéndonos vivir en plenitud. Hay un último perdón, que es el de uno mismo. Tenemos esta capacidad hermosa de liberar a otros y de liberarnos. Jesús nos la dio. Basta un acto de inmenso amor y misericordia. Sí, también hacia uno mismo. Si Dios te perdona todo, hasta el mayor delito que hayas podido cometer, ¿por qué no te perdonas tú?

domingo, 30 de octubre de 2022

Me siento vacío


«Estoy vacío.» Escucho estas palabras de unos labios balbuceantes, en un rostro de ojos vidriosos. En ellos leo desesperanza. Son palabras que salen de un corazón roto, cargado de tristeza. Más dramático es todavía saber que no son de un adolescente que busca su lugar, sino de un hombre de cincuenta años, que camina por la existencia sin propósito ni estabilidad. Sobrevive esperando algo que nunca llega, y la realidad le da vértigo.

Me pregunto de dónde nace ese gemido tan hondo, ese dolor que transforma su cara, ese vacío que le hace lanzar un grito ante una sociedad que no le ofrece respuestas ni motivaciones para vivir. Está en una edad en la que se supone que llega la plenitud de la madurez y, sin embargo, siente que el tiempo va pasando y que lo soñado se le escapa como agua entre los dedos. Con una sensación de impotencia, la soledad lo va engullendo, precipitándolo hacia el vacío. Ya no sólo padece un dolor emocional, sino existencial. ¿Vale la pena vivir así?

Tengo ante mí a un hombre deshecho, que se mueve con torpeza y pronuncia con dificultad esas pocas palabras, parcas pero densas en emoción. Lo veo absolutamente perdido. Afrontando problemas familiares, con enormes dificultades para acceder al mercado laboral, y quizás arrastrando un pasado de rupturas sentimentales, parece incapaz de seguir adelante y huye hacia ninguna parte. En vez de afrontar su compleja situación personal, recurre a la bebida para anestesiar su dolor.

Lo dramático es que la anestesia apenas le hace olvidar y alejarse de la cruda realidad. Al cabo de unas horas, de nuevo volverá a encontrarse ante su propio espejo, avergonzado y culpable. La adicción al alcohol no hace más que complicar su problema, porque le añadirá diversas patologías, algunas tan graves como la cirrosis y la degeneración neurológica. La huida siempre es una carrera en círculo: no va a poder escapar, siempre regresará al mismo lugar. La angustia lo empujará a seguir huyendo, hasta que una sobredosis lo paralice totalmente.

¿Cómo hacerle ver, cuando esté sobrio y tenga momentos de lucidez, que no puede vivir echando las culpas a los demás? Puede achacar su situación al pasado, a su educación, a la familia y a la sociedad, incluso a sus propios límites. No digo que esto no pueda condicionar a una persona, pero no tanto como para hacerla caer en un victimismo que le impida afrontar con valentía su propio destino.

Es verdad que se necesita el apoyo de amigos, y a veces incluso de profesionales, para poder salir de estas situaciones. Pero también es cierto que el éxito para salir depende únicamente de la propia voluntad y libertad. Cada uno es señor y arquitecto de su historia, y no hay limitaciones ni condicionamientos que puedan truncar algo innato que todos tenemos dentro: el deseo inagotable de vivir y anhelar la felicidad. Esto forma parte de nuestra naturaleza. Fuimos concebidos para ejercer una soberanía sobre nuestro yo más profundo, llamados a la vocación de dar y amar.

Quizás esta sea la clave de tantos problemas: descubrir el valor sagrado de la propia vida. Y descubrir que su sentido no es solamente conservarla y defenderla, sino ofrecerla a los demás. Cuantas personas no salen de su hoyo porque viven centradas en sí mismas y en su dolor. Su herida parece más grande que su ser, y esto es un error del que necesitan salir cuanto antes.

Cuando llegas a sintonizar con los valores más profundos que te definen, te das cuenta de que todos los paliativos que utilizas para sobrevivir en el fondo te alejan de tu propia identidad. Un ser amado con una hermosa vocación y reconocer que la trascendencia todo lo envuelve son las claves para no apoyarte en muletas que te hacen vivir cojeando y a cámara lenta. Apóyate en los sólidos pilares que configuran tu existencia. Atrévete a entrar en tu castillo interior y te asombrarás de lo que hay en ti. Te darás cuenta de que no puedes vivir sin los demás: familia, amigos, Dios. Cuando te despliegues hacia el otro es cuando tu alma florecerá y el corazón se te iluminará. Será entonces cuando ya no te sentirás vacío: tu corazón estará repleto de gozo porque habrás descubierto en ti la enorme energía transformadora que te hace ser una persona abierta a Algo más grande que tú mismo.

domingo, 25 de septiembre de 2022

Del sueño a la realidad

Algunas personas con las que hablo me comentan que han tenido mala suerte en la vida. Lo dicen con un tono de frustración, quejoso, incluso molesto y a veces rayando el victimismo. Pero cuando las conozco más a fondo me doy cuenta de que el problema no es la mala suerte.

A veces hay factores ajenos a uno mismo que, sin quererlo ni buscarlo, nos colocan en situaciones inesperadas, como un accidente, la pérdida de un ser querido, una mala jugada de alguien que nos traiciona. Pero, aparte de estos factores externos, a veces lo que nos ocurre es fruto de nuestra propia actitud. No siempre actuamos con acierto. Hay personas que quieren forzar situaciones a su favor y no lo consiguen. Ya sea por falta de criterio, por falta de realismo, por incapacidad o imprevisión, estas personas, que pueden ser muy creativas e incluso tener iniciativa, no pueden culminar las metas que se han propuesto. Acaban sumidas entre la perplejidad y el enfado, y se preguntan por qué no han logrado hacer realidad su sueño.

Decía un amigo mío que sueños podemos tenerlos todos. Pero ese sueño hay que dotarlo de «patas» para convertirlo en propósito que, un día, llegue a ser real. Es decir, hay que pasar del sueño al proyecto. Hay quienes son brillantes describiendo su idea, pero les cuesta mucho trazar un plan para llevarla a la práctica. Pueden definir hasta el menor detalle de lo que sueñan, e incluso involucran a otros en su iniciativa, pero no son capaces de seguir un plan racional ni de trabajar en equipo. Quieren imponer su visión y toman decisiones sin contar con nadie. A veces cambian de planes arbitrariamente, o se lanzan a la aventura sin prever los riesgos ni las consecuencias. ¿Por qué las cosas no salen bien? ¿Han previsto las dificultades? ¿Cuáles son sus verdaderas intenciones?

Constato en muchas de estas personas que soñar les es muy fácil, porque esto los abstrae y los lleva fuera de una realidad que puede ser dura. Los hace huir hacia adelante ante su propio drama existencial, esquivando la pregunta incómoda: ¿Qué hago en este mundo? ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué no?

Creo que una de las claves para resolver esta «mala suerte» e insatisfacción de tantas personas es hacer un ejercicio profundo de introspección: explorar dentro de ellas, descubrir lo que son y preguntarse si lo que hacen tiene sentido. Ahondando en sí mismas encontrarán que hay algo valioso que pueden hacer para su crecimiento personal, aunque a menudo no es lo más fácil ni lo que les apetece.

Cómo convertir un sueño en un proyecto real

Lo primero es algo que todos solemos hacer muy bien, que es describir el proyecto, dejando volar la imaginación. Con tres folios ya está bien.

La segunda pregunta, fundamental, es esta: ¿aquello que propongo es algo que la gente quiere, espera o necesita? ¿Resuelve una necesidad o una carencia? ¿Es algo que nadie más hace, o que nadie hace en el lugar o en el ámbito donde vivo? Esto es decisivo para tirar adelante, porque hará viable el proyecto. Es fundamental pensar en los demás para que sea algo que marque una diferencia con otros proyectos similares. ¿Qué añade valor a mi proyecto, cuál es su rasgo diferencial?

A partir de aquí, hay que investigar y profundizar un poco. Para ello hay que sumergirse en la realidad: ver cómo es mi entorno, cómo es la gente, qué recursos existen y de qué puedo disponer, qué necesito y qué tengo ya. Cuáles son las necesidades de las personas a quienes voy a dirigir mi iniciativa. En qué lugar voy a desarrollarla. Quizás este estudio a fondo me hará cambiar algunas cosas.

Después podré definir varios objetivos que me permitirán alcanzar la finalidad deseada. Estos objetivos han de ser muy claros y precisos y, como afirman los consultores empresariales y los coach, motivadores y siempre realistas y con fecha límite.

Ahora llega la parte ardua de prever todos los recursos y medios para conseguirlo, desde el grupo humano, economía, formación, equipamiento... y un buen presupuesto, realista y detallado. No podemos improvisar nada ni dejar cabos sueltos si queremos que el proyecto salga adelante. Es crucial, sobre todo, contar con un equipo humano bien trabado y coordinado, donde cada cual sepa exactamente qué debe hacer. Otro pilar fundamental es contar con la financiación suficiente. Sin inversión es casi imposible iniciar nada, por brillante que sea la idea y por extraordinario que sea el equipo.

Finalmente, hay que desvincular el proyecto de la avaricia y el interés personal. Si la única finalidad es conseguir mucho dinero, y no prestar un buen servicio o algo útil para los demás, el proyecto se convierte en una mera proyección personal.

En todo el proceso es necesario tiempo y saber gestionar los momentos, esto es clave. La prisa siempre es mala consejera; en un proyecto nuevo no se puede actuar con precipitación.

Todo esto pide reflexión, silencio y tiempo. Y también diálogo. No importa que el proyecto se demore; cuando todo esté maduro y a punto echará a rodar, y será positivo. Si se actúa precipitadamente y se deja todo a la improvisación, el fracaso será rotundo.

Todo esto requiere una cultura de la gestión y la organización. Cualquier iniciativa pasa por un plan minucioso, teniendo presentes todos los factores que pueden facilitar el proyecto (oportunidades) y los que pueden dificultarlo (obstáculos). 

Un plan realista, junto con la capacidad de analizar la realidad objetivamente, y saber cambiar y adaptarse cuando sea necesario, es vital para llevar adelante el proyecto soñado. Hemos de saber dónde estamos, para plantearnos a dónde vamos y a dónde queremos llegar.

Creatividad y realismo

Como decía al principio del escrito, tener buena o mala suerte no es lo más importante. Tampoco se puede vivir en una burbuja, al margen de los vaivenes de la sociedad. Con todos los problemas que nos rodean, hemos de estar bien despiertos y agudizar el ingenio para descifrar las claves de nuestro mundo. Si las cosas salen bien no es por buena suerte, sino porque se ha actuado con la cabeza y con el corazón. Si no salen, es porque quizás ha fallado alguna de las patas del proyecto, o no se han tenido en cuenta todos los factores que se debían considerar. Pero cuando las cosas no funcionan y se insiste, forzando las situaciones, se puede llegar a una terrible frustración. El choque con la evidencia y la realidad puede ser muy duro.

En definitiva, a la creatividad y a la imaginación hay que sumarles una buena dosis de realismo y discernimiento. Un plan estratégico, además, necesita rigor y constancia para cumplir lo propuesto, así como flexibilidad para revisar el proyecto y cambiar o adaptarse, si es necesario. También hacen falta humildad y empatía para poder conectar con los demás y trabajar con motivación.

Con estas cualidades, estaremos preparados para alcanzar cualquier meta que nos propongamos.

domingo, 4 de septiembre de 2022

Música que eleva o que destruye

La música forma parte de la creatividad humana y de su sentido de la belleza. El deseo de expresar sentimientos y emociones se traduce muchas veces en sonidos. La música es un lenguaje que va más allá de las palabras, incluso más allá de la razón. La melodía va directa al corazón. La belleza de una música abre la totalidad del ser. Se suele decir que una imagen vale más que mil palabras, pero también se podría decir que una música transmite mil imágenes. Los musicólogos explican que la música pone vida a las palabras y a las imágenes.

Música que eleva

La música forma parte intrínseca del ser humano. Nuestra capacidad cerebral nos permite crear melodías. En la inmensa complejidad neuronal, debe haber áreas específicas donde se generan conexiones y señales que nos permiten emitir sonidos armoniosos. Somos homo musicus por naturaleza. Esto lo vemos en todas las culturas del mundo: todas ellas tienen sus canciones, danzas, instrumentos y sonidos típicos. El sonido armonioso forma una verdadera sinfonía de notas, desde la tonada más simple hasta llegar a las partituras de los grandes maestros, donde el sonido se plasma en su propio abecedario musical.

Con la música, el hombre se expande, medita, se relaja o se entusiasma. Se predispone a una apertura emocional y espiritual; de aquí la tendencia a escuchar música o a crearla. Hay músicas que son auténticas obras de arte. En la música sacra encontramos el canto gregoriano y las magníficas composiciones religiosas del barroco. En la música profana, la creatividad de compositores y virtuosos se ha desplegado hasta lo sublime. Sus obras expresan la realidad del hombre, su experiencia vital, sus emociones y sus sueños, así como la poesía del paisaje y la naturaleza.

La música revela también la capacidad del hombre de comunicarse con los demás. Especialmente a través de las canciones de todo género, desde la zarzuela, el bolero o las rancheras hasta el Gospel, el country o la música pop. Por ser creación humana, tiene una profunda dimensión ética y filosófica. Detrás de cada letra hay una visión del mundo o del hombre. La música expresa lo que late en el corazón humano y el flujo variante de sus emociones. Por eso hay quienes afirman que a través de la música se expresa la bipolaridad de la persona: un día está feliz y compondrá canciones alegres y exultantes, llenas de poesía; otros días estará abatido, o furioso, y su música expresará resentimiento, odio o soledad. El hombre se desnuda en su creación artística, ya sea literaria, musical o plástica. Su voz le sale de lo más profundo de las entrañas.

¿Qué tipo de música ayuda a armonizar a la persona? La musicología ha estudiado mucho este tema fascinante, incluso realizando experimentos que demuestran el efecto de ciertas músicas en las personas y hasta en las plantas. Lamentablemente, no toda la música tiene un efecto sano y terapéutico.

Música alienante

La dependencia a cierto tipo de música ya es reveladora: la música tecno, el rock, la electrónica... Esta música que se emite a gran volumen en discotecas y salas de baile puede estar afectando de forma importante la salud mental de la persona. El ritmo y el machaqueo constante, las notas, el tono, todo esto afecta al cerebro provocando una reacción hipnótica o de aturdimiento. Es un ruido que ya deja de ser música para convertirse en un sonido opresivo que literalmente atrapa, alejándose de la auténtica armonía.

La psicología tiene mucho a estudiar sobre el efecto de estas músicas en los jóvenes que se ven expuestos a ellas durante horas, cada semana e incluso cada día. En una sala abarrotada, todos bailan, contagiándose el frenesí, repitiendo movimientos estereotipados hasta el agotamiento. Dan la impresión de estar abducidos por el sonido, y el estado de alteración aumenta cuando el alcohol y las drogas entran en escena. En algunos casos se llega al desvarío y a la pérdida de consciencia, como sucedía en los conciertos de rock de los años 60 y 70. Hay una serie de géneros musicales vinculados a este mundo autodestructivo: alcohol, droga, sexo y rebeldía contra el mundo y contra todos. Pienso que esto es la antimúsica.

Recientemente me contaba una amiga que había vivido un tiempo en Colombia. En cierto barrio, unos vecinos solían celebrar fiestas continuamente, poniendo música estridente a altas horas de la noche. Resultaba insoportable e imposible descansar. Otro vecino que vivía cerca salió de su casa para pedirles, por favor, que bajaran el volumen, e hizo unas fotos de la concurrencia. Al día siguiente, fueron a su domicilio, le forzaron la puerta y lo apalearon de tal manera que a consecuencia de los golpes se quedó ciego. Destrozaron su vida.

A partir de esta experiencia, ella hacía una profunda reflexión. ¿Cómo puede la música hacer esto en las personas? ¿Cómo puede enajenarlas hasta el punto de atentar contra la vida y la salud? Es gravísimo que este tipo de música se emita en ciertos ambientes sin ningún tipo de control y sin respeto hacia el resto de la comunidad. Sí, podemos decir que algunas músicas enferman a la persona y la empujan a un estado sicopático.

El antídoto: el silencio

Nuestra cultura está enferma por falta de silencio. Pero hay músicas que son una huida de la realidad humana. Cuánto mal hace la música que embriaga e induce a las personas a huir de sí mismas. El antídoto de esta patología musical está en cultivar el silencio. El silencio armoniza nuestra vida ayudándonos a encontrar dirección y sentido, equilibrando las emociones. A partir de aquí, se pueden recibir otros sonidos: armónicos, creativos, poéticos, que conviertan la experiencia musical en un momento gratificante que ayuda a elevar el ser.

A veces me pregunto si el fomento de este tipo de música no formará parte de un plan para destruir al ser humano arrebatándole el alma. Las experiencias oscuras y extrañas que animalizan al hombre, inducidas por el consumo de drogas o por la adicción a la pornografía, son preocupantes y reclaman una reflexión por parte de las familias, los políticos, los religiosos y todos los grupos sociales. Tenemos una sociedad enferma y urge buscar soluciones. Médicos y psicólogos deben plantear la necesidad de una actuación urgente ante la pérdida progresiva de identidad y de propósito vital. No podemos perder la libertad, que es la que nos hace más humanos. Cuántas personas están cayendo por ese abismo sin fondo hacia la nada, enfermos mental y físicamente, con el coste que esto supone para la sanidad pública. Con leyes en la mano, y con un plan de acciones efectivas, se podría hacer algo. Mientras tanto, extendamos el silencio a nuestro alrededor, y promovamos el pensamiento y la belleza. No dejemos que los jóvenes caigan en el infierno de lo absurdo y del sin sentido. Ojalá, con la fuerza de muchos silencios, podamos neutralizar el poder de autodestrucción masiva que está fagotizando a las generaciones jóvenes. Todos necesitamos la calma de un lago interior, mientras que las olas de un mar embravecido hacen naufragar a mucha gente, hundiéndola en la oscuridad que volatiliza al ser humano.