domingo, 21 de junio de 2015

Corazones amurallados


Lo conocí hace doce años. Venía del otro lado del charco, con sueños ya truncados: familia, trabajo, proyección laboral… La crisis en su país lo dejó sin nada, sin ilusión. El vacío comenzó a entrar por las rendijas de su alma.

Vino a Europa solo, enfrentándose al anonimato de una sociedad autosuficiente. Castigado por el duro trabajo en el campo, su salud se fue minando, al paso que sus raíces se debilitaban. Ahora se encuentra con una deficiente salud coronaria. Se enfrenta a la indiferencia de una Europa más preocupada por su moneda que por la acogida del forastero; una Europa que margina a los pobres y a los inmigrantes porque manchan la imagen de los países miembros, incapaces de salir de la crisis económica; una Europa que quiere cabalgar sobre el lomo del capitalismo mientras se empobrece en valores humanos.

Mientras Europa se sume en una crisis de identidad, muchos que han venido buscando oportunidades son arrojados a las aguas del olvido. El enfermo sin recursos es una víctima más de un mundo que prioriza la productividad por encima del valor sagrado de la persona, aunque viva en situación de pobreza. Cuando las instituciones políticas den más valor a la persona que al mercado y al lucro las estructuras comenzarán a humanizarse. Mientras no sea así, muchos se perderán en el mayor naufragio: el de su vida, sacudida por las olas de una sociedad que mira hacia otro lado para evadir su parte de responsabilidad.

Este hombre que conozco es uno de tantos inmigrantes sin futuro. Su sueño europeo se rompió por muchas razones, entre otras la dificultad de adaptación a un medio nuevo, la falta de creatividad y de recursos, la enfermedad, el duelo no resuelto de una separación, pero también por la frialdad de una legislación restrictiva y asfixiante en temas laborales y fiscales. Nuestras políticas económicas cortan las alas de cualquier emprendedor rico en ideas, pero falto de recursos, dificultando su proyecto y su supervivencia. Muchos son los que, para sobrevivir, acaban aceptando cualquier tipo de trabajo esclavizador que les quita tiempo para su familia y sus amigos.

Entre el peso de la legalidad y la añoranza de sus países, estos hombres y mujeres que iniciaron un éxodo esperanzado han terminado con sus sueños rotos, sin alcanzar sus metas. La tierra prometida se ha convertido en tierra hostil donde deben luchar por sobrevivir. Muchos regresan a su país, frustrados y agotados. Según los medios de comunicación, más de un millón de inmigrantes han vuelto a su lugar de origen. Restaurar sus relaciones e integrarse de nuevo en sus antiguos hogares es otra gran aventura.

Algunos se resisten a marchar, esperando una segunda oportunidad. ¿Cómo se sienten? ¿Cómo viven? Forman parte de una tragedia de grandes dimensiones.

Quizás no supieron ser productivos, o les faltó capacidad intelectual, el caso es que ahora están ahí y queremos hacerlos invisibles porque molestan: son un puñetazo moral a nuestra conciencia y preferimos no tenerlos delante. Pero ahí están, en nuestras calles, muchos haciendo cola ante las puertas de Cáritas o sentados en algún comedor social. Deambulan, llevando a cuestas la dignidad que les queda, esperando un milagro, o que un alma generosa cambie su suerte. Pero a veces el dolor es tan intenso que prefieren anestesiarse emocionalmente para no sentir la angustia de su soledad. Lentamente, su corazón se va hundiendo en arenas movedizas. Ya no les importa vivir. No se cuidan, nada les motiva. Guardan largos silencios, caminan sin rumbo, sobreviven gracias a las pocas personas que se compadecen y les tienden una mano.

Así es este hombre que se cruzó en mi camino. Miradas perdidas, paso inseguro, rostro golpeado por la intemperie. Quieres hablarle y te mira sin mirarte; le sonríes, le diriges la palabra y te oye, pero no te escucha; no te responde. Tiene el corazón amurallado y la comunicación no se produce. Quieres y no puedes entrar, su alma está rodeada de un muro infranqueable. Su mutismo te frena. Son momentos muy duros para él, que no quiere sentir, y para mí, que quisiera entrar por algún resquicio para que sienta afecto. Está blindado y solo le importa que no le hagan daño. Pero el sufrimiento lo lleva dentro.

¿Qué hacer? Rezo por él. Cuánta gente está así, dejándose arrastrar, viviendo sin vivir. Ves su fragilidad, contemplas su piel curtida por el frío o el calor. ¡Cuánta cerrazón! Podemos estar muy cerca y a la vez muy lejos. Está tan metido en su pozo interior que el abismo que nos separa es enorme. Perdido en su mundo, el dolor de la soledad lo ha desconectado de la vida. En su debilidad, se ha protegido, cerrando cualquier posibilidad de sentimiento, de comunicación. Por no sufrir dolor, se niega también el placer y la alegría. El sol se apaga lentamente y la indiferencia nubla su alma. Se ha dejado vencer y ya no tiene fuerza. Solo el hambre le hace ir de un sitio a otro para llenar el vientre. Saciar el apetito lo alivia de la impotencia de no poder saciar el vacío que lleva dentro.

La soledad no querida levanta muros. La acción humanitaria pide acogida, ternura, respeto y no enjuiciar a nadie. Solo así, con paciencia, sin hablar mucho, podremos acercarnos, aunque solo sea un poco, a las personas pertrechadas en su silencio. Sin exigirles ni pedirles nada podemos ejercer la pedagogía de la dulzura, el único bálsamo que puede aliviar las grietas de un corazón endurecido por el dolor.

martes, 16 de junio de 2015

Una oración cuando se apaga el día

La noche cae lentamente. El cielo apaga su color azul y la luz se vuelve tenue. La jornada intensa se acaba, dejando un suave silencio. La brisa corre entre los árboles y murmura entre las hojas de la morera, erguida y majestuosa, que ha alargado sus brazos para acoger a los comensales sentados bajo su sombra. Tras un día de convivencia intensa y fraterna, un estallido multicolor y festivo, con amenas conversaciones y espectáculos, el silencio se vuelve a apoderar del patio. De la risa de los niños ante el ingenio del payaso el patio pasa a envolverse en la calma del anochecer.

Veinte mesas, con doscientos comensales, han dejado un profundo sabor comunitario. La jornada ha transcurrido con serenidad, sin excesivo ruido y en medio de una calma gozosa, teñida del color y la belleza de las danzas, bañada en música, sonrisas y ricas experiencias compartidas en los diálogos. La comunidad respiraba al unísono. En estos eventos se fragua el camino que nos lleva a tomar consciencia de la gran riqueza que supone abrir el corazón al otro y experimentar la alegría de estrechar lazos y generar vínculos más intensos. Vivir una experiencia de hermandad nos ayuda a ser conscientes del gran tesoro que compartimos.

Pero de nuevo el silencio llena mi alma, y en la brisa nocturna reflexiono sobre el misterio que hay en el corazón humano. Cuánta hondura y generosidad hay en él. El silencio bajo el manto estrellado del cielo me sumerge en la realidad más profunda que constituye al hombre, ese deseo de crecer amando y dándose. Solo, en medio del patio, sentado sobre la tarima desierta y mirando a lo alto, abro los brazos, extenuado pero contento, y doy gracias.  Gracias por la música, el sol, los colores. Gracias por la generosidad de tantos voluntarios y colaboradores. Gracias por la creatividad, por el canto, el baile, el juego y el disfrute de un gran ágape. Por la belleza de un entorno agradable, por los árboles y la gente, por los niños que juegan e imaginan otro mundo, correteando por el patio. Pero también gracias por la calma, el sosiego y la soledad buscada que abrazo.

Permanezco en pie. A mi derecha crece la morera, a mi izquierda las acacias desprenden sus flores amarillas; en frente la campana María me recuerda el tiempo de Dios y la hora del recogimiento interior. Permanezco allí, sin prisa.

El día ha culminado y la noche me envuelve. Descanso, asimilando las delicias de una jornada llena de color y sabor. Es la hora de callar, de estar quieto, de no hacer nada y abandonarme. Dejo que sea Dios, con la calidez de su aliento, el que vaya entrando en mi interior. La noche transcurre a un ritmo más lento, como si el tiempo se detuviera, desvaneciendo toda inquietud. A solas con Dios decir algo es romper la melodía de su presencia, tan seductora como apacible.

Solo allí, en medio del patio, cierro los ojos y los oídos para poder oírle, verle y sentirle con el corazón. Sin nada que me pueda apartar de él.

Después de un largo rato, con una sensación de plenitud, de haber terminado bien un día en que la comunidad se ha consolidado un poco más, miro hacia el futuro. Y atisbo un renacimiento espiritual, que va a suponer un cambio para la parroquia: la evangelización será la punta de lanza de una nueva etapa. Dejo que mi sueño inicien un viaje imparable con una meta: que la comunidad vibre con un solo corazón. Pongo este sueño en manos de Dios: al caer el día, esta es la mejor plegaria.

Joaquín Iglesias

15 junio 2015 

domingo, 31 de mayo de 2015

Vértigo a crecer

Muchas veces me pregunto ¿por qué hay tanta gente paralizada y sin rumbo? ¿Qué les pasa? ¿Acaso tienen pánico al futuro?

Cuántas gentes sin horizontes deambulan sin meta, sin norte, llenando su tiempo de cosas que las alejan de sí mismas y las distraen de los desafíos propios del mismo hecho de existir.

Nos da vértigo pensar que vamos en dirección contraria porque no queremos enfrentarnos a nosotros mismos. Buscamos, nos llenamos de actividades y de cosas, de trabajos y ocupaciones porque nos aterra mirarnos al espejo y descubrir que nuestros ojos ya no brillan y nuestro rostro revela desconcierto.

¿Qué hay en el fondo? ¿Y si es un temor a crecer, a entregarnos, a madurar y trascender? Quizás lo que vemos no nos gusta, y buscamos mil excusas: patrones de conducta, familiares estrictos, una educación rígida… ¿Y si descubrimos que detrás de tantas quejas lo único que hay es un deseo de buscar culpables de lo que somos y hacemos? Culpamos a los padres, a la sociedad, a la cultura imperante, a la rigidez moral, a la religión o a una experiencia personal traumática. Lo cierto es que vamos echando balones fuera de campo porque no queremos asumir que los dueños de nuestra vida somos nosotros y que nos toca llevar las riendas de nuestra existencia. 

No somos víctimas


¡Cuántas gentes tetrapléjicas de corazón! Han preferido ir de víctimas por la vida, dando lástima, buscando falsas complicidades. Cuántas gentes rehúyen enfrentarse a su propio abismo porque les da miedo saltar y prefieren la autocomplacencia que les permite sobrevivir. El horizonte que tienen delante se desvanece porque, en el fondo, les cuesta conquistar su libertad.

Errantes, buscan excusas en un pasado oscuro, incluso en los ancestros, cuando todo es mucho más sencillo. No digo que el pasado no haya contribuido a que seamos lo que somos, pero el pasado no nos quita lo esencial, lo genuino del ser: nuestra libertad, nuestra voluntad y nuestra capacidad de reflexionar y tomar decisiones.

Ningún pasado y ninguna circunstancia, por más compleja que sea, nos quitará un ápice de nuestra libertad. No podemos caer en un culto al victimismo. Basta ya de culpar y de dejar que nuestras riendas las lleven otros. No hagamos dejación de nuestra responsabilidad hacia nosotros mismos.

Riadas de personas prefieren meterse en su burbujita porque la vida afuera, en la intemperie, es dura. Duele reconocer que dentro de la cápsula de la autocomplacencia están viviendo una realidad virtual, fruto de la falta de coraje. Así, van creando su mundo paralelo y artificial, encajándolo en sus propios miedos, y prefieren fabular, dando rienda suelta a la imaginación. En los niños esto es normal dentro de su proceso evolutivo psicológico y emocional, pero en un adulto este mundo ficticio puede aislarlo de la realidad. Cuando se tope con ella, el golpe será traumático.

Llamados a ser libres


La vida real nos pide estar despiertos y afrontar el día a día sin aditivos psicológicos ni emocionales. Solo cuando seamos capaces de mirar fuera de nosotros mismos y emprender con valentía un cambio, sin hipotecas ni condiciones, podremos empezar a madurar. Y esto es algo innato en la persona, aunque le cueste asumir riesgos y dificultades. Creo que lo inherente a la naturaleza humana no es la ambivalencia, sino la claridad. Todos anhelamos tener un proyecto, un propósito en la vida. Es entonces cuando el vértigo se convierte en lucha y en pasión, el abismo se transforma en luz, la duda en atrevimiento y coraje, la tiniebla en confianza, fuerza, ilusión.

Cuando salimos de la burbuja nos damos cuenta de que podemos volar. Ascenderemos a la cima de nuestra libertad y recuperaremos la esencia de nuestro ser, que es evolucionar hacia la trascendencia. Nuestros pies correrán más ligeros que nunca, nuestro corazón y nuestra mente irán de la mano.

Crecer es la dinámica del ser humano, llamado a vivir la vocación del amor. La libertad tiene una meta: servir a los demás. Quien encuentra esto no necesitará huir, porque irá descubriendo que el servicio es lo que completa al hombre, lo que le hace ser persona. El precio del crecimiento es la entrega, y esta es el mejor antídoto para conjurar el miedo. Si queremos desplegar todo nuestro potencial humano nos atreveremos a vivir la existencia con gozo, una aventura que nos dará alas para volar alto. 

domingo, 3 de mayo de 2015

Huir hacia ninguna parte

Estirar el tiempo

Cuántas veces corremos porque queremos llegar a todo y hacer de todo. Nos apresuramos porque queremos hacer más y más cosas. Llegamos a creer que, a mayor velocidad, más aprovecharemos el tiempo y más cosas podremos meter en la agenda. Quisiéramos estirar el tiempo hasta hacerlo eterno porque las horas se nos quedan cortas. Queremos más velocidad: en el coche, en Internet, en el avión. Organizamos nuestra vida minuto a minuto y corremos sin parar, pero ¿adónde vamos? En el fondo estamos dando vueltas sobre nosotros mismos.

¿Qué le pasa al ser humano que va tan acelerado? Lo peor es que cuanto más hacemos, más creemos que somos nosotros mismos y que nos realizamos. Una vida serena se considera una frivolidad o carente de metas.

Estirar el tiempo y su capacidad material es una forma de sentirnos semidioses, como si tuviéramos la habilidad natural de acortar o alargar las horas. Así caemos en la terrible espiral de la hiperactividad. Corremos y corremos, pero no avanzamos ni un milímetro en nuestro proceso de crecimiento interior. Podemos dar la impresión de que estamos haciendo muchas cosas, pero en realidad no están añadiendo un valor a nuestra vida. Es un girar incesante sobre el propio ego. ¿Sabemos hacia dónde vamos, qué queremos, cuáles son nuestras metas? Muchas veces lo único que conseguimos es huir de la realidad porque se nos hace demasiado dura. Pero aún podríamos preguntarnos: ¿y si corremos porque en el fondo estamos huyendo de nosotros mismos?

Jugar a ser dioses

Nos llenamos de tantas cosas porque así tapamos nuestras lagunas, inseguridades y miedos. ¿Y si en el fondo nos asusta nuestra propia realidad, vacía, temerosa, dubitativa, y necesitamos aparentar que no pasa nada? Preferimos vivir en un sueño irreal porque asumir nuestras carencias y agujeros nos da miedo. Necesitamos vivir con una careta y nos instalamos en la ambivalencia existencial. Huimos de las enfermedades del ser, emocionales y espirituales. Y así se produce un desdoblamiento de la personalidad: la profunda, herida y asustada, y la superficial, que se disfraza aparentando seguridad.
Cuanto más corremos sin rumbo hacia ninguna parte más nos precipitamos hacia el abismo. Vamos perdiendo la esencia de nuestro ser por el camino, hasta llegar al agotamiento y la enfermedad. Y nos deslizamos hacia la nada. ¿Estamos hechos para esto?

¿Es propio de nuestra naturaleza vivir continuamente estresados, angustiados, acelerados y forzando el ritmo vital? Nos cuesta aceptar los límites. La peor idolatría es la de uno mismo. Estamos tan inmersos en la cultura del superhombre que jugamos a ser dioses y no nos damos cuenta de que somos débiles, necesitamos parar y saborear la vida sin prisas.

De la fragilidad a la plenitud

Nuestra naturaleza está hecha de carne y hueso. Hemos de aceptar que somos cuerpo, blando, sensible, que necesitamos respirar, cuidarnos, mimarnos. Somos tan frágiles que necesitamos ternura, delicadeza, descanso. No estamos hechos para correr sino para deslizarnos como bailarines sobre el escenario. La sensibilidad de nuestro tacto y la suavidad de nuestra piel nos hablan de cómo es nuestra naturaleza. No tenemos patas de gacela, ni zarpas de leopardo, ni la musculatura de un tigre. El hombre es un ser frágil, hecho para caminar, para danzar, para saborear, respetando el ritmo natural del universo, con tiempo para jugar y vivir el ocio, para ajardinar la creación con creatividad y con amor. En definitiva, estamos llamados a vivir la vida con plenitud, saboreándola despacio, aunque esto suponga hacer menos.

El silencio, la suavidad, el ir despacio, son los grandes antídotos para la enfermedad de la prisa. Solo cuando nos dejamos llevar por la brisa del silencio es cuando realmente llegamos a donde queremos ir, sin correr, sin angustias, porque descubrimos que la meta no es tanto hacer mucho, sino ser, cada vez más, lo que queremos ser. Y para llegar a esta meta de crecimiento espiritual es necesario estar quieto e iniciar otra andadura, hacia ese castillo interior donde se oculta el gran tesoro de la existencia, el alma. Allí habita lo más sagrado, Dios.

Cuando atravesamos los muros del alma descubrimos una nueva dimensión. Nos hará ver que la realización personal no es tan importante. Descubriremos que la auténtica vocación del ser humano es amar, y entonces ya no necesitaremos demostrar a nadie nuestras habilidades ni aparentar lo que no somos. Habremos descubierto el valor que tiene aspirar el perfume de una flor, recibir con emoción una mirada llena de complicidad, sentir unas manos amorosas o contemplar el nacimiento de un nuevo día. Descubrir nuestra infinita pequeñez no nos impedirá maravillarnos de lo infinitamente grande y hermoso que es el mundo que nos rodea. Nos sentiremos más vivos que nunca. Cerrando los ojos, respirando, oliendo, sintiendo el susurro del viento, nos convertiremos en parte de ese milagro que contemplamos.

Para llegar tan lejos simplemente tienes que llegar a lo que tienes más cerca de ti: tu propio corazón.

domingo, 26 de abril de 2015

Afrontar la fragilidad

Topar con los límites

Topar con la realidad de tus propios límites puede producir desasosiego, cansancio y tristeza. Ante la inmensidad de la existencia sientes el vértigo de tu finitud. Eres consciente de que estás hecho de carne y hueso, y que el vacío, la muerte, la soledad, muchas veces convierten la vida en un camino con un horizonte oscuro.

Sentir dentro de ti mismo la fragilidad humana causa inquietud. A veces te pierdes en un laberinto, sin saber cuál es la salida o la solución a un problema sobre el que das vueltas y vueltas. Crees avanzar, pero te das cuenta de que todavía queda mucho por recorrer, descubrir, cambiar. Sumergirte en el misterio de tu propio yo es una aventura que muchas veces te sitúa ante un cruce de caminos y no acabas de saber cuál es la dirección apropiada. Son muchas las posibilidades y todas parecen buenas, pero siempre hay una incertidumbre última. ¿Voy por el camino correcto?

¿Qué hemos de aprender para que se culminen nuestros sueños? ¿Nos conocemos de verdad? ¿Qué parte de nosotros quiere seguir en la penumbra, que nos dificulta dar el paso definitivo? En la búsqueda de nuestra auténtica identidad se nos hace patente nuestro pasado y una actitud hacia el futuro. Pero ¿vivimos el presente real? ¿Qué nos falta por descubrir? Asumir la realidad significa afrontar los miedos y vencer la arrogancia y la inseguridad.

¿Por qué cuando hay dificultades nos detenemos? Nos da miedo descubrir que todavía somos inmaduros, que nos falta una profunda aceptación, ya no solo de nuestras limitaciones físicas y psíquicas, sino de nuestra falta de agallas para ser, de una vez, dueños de nosotros mismos.

El gran desafío

El gran desafío es penetrar en el propio abismo y abrazar nuestra existencia con todas sus luchas, heridas y cicatrices. No somos Superman. Todos estamos llenos de agujeros, por eso necesitamos aparentar que somos perfectos. Nos incomoda aparecer vulnerables ante los demás. Estamos tan acostumbrados a teatralizar nuestra vida que no sabemos ver y aceptar la realidad tal como es y nos fabricamos mundos paralelos porque asomarnos a la realidad nos produce pánico. Por eso nos esforzamos en parecer lo que no somos, porque en el fondo no nos aceptamos y nos afecta terriblemente lo que la gente opina de nosotros. Todavía no hemos puesto los límites entre lo que somos y lo que la gente piensa de nosotros. Este desequilibrio y esta falta de realismo existencial hacen que nos estanquemos y acabemos por caer en una autocomplacencia que nos resta fuerzas y ganas de seguir por los senderos que nos llevarán a la plenitud del ser.

Por eso hay que seguir caminando, a veces en la oscuridad de la noche, por el árido desierto de la vida. Hay que seguir avanzando hacia la orilla, aunque a veces parezca que el faro que nos guía se apague. Hay que seguir, aunque atravesemos tupidos bosques cuyos árboles no nos dejan ver la luz. Al final descubriremos que, cuando nos adentramos más en nosotros mismos, encontraremos la calma después de la tempestad.

Estamos tan ensimismados con nuestras cosas que no vemos el faro que brilla en nuestro interior. Hemos dejado de creer en todas nuestras potencias humanas y nos empequeñecemos, pensando que no seremos capaces de descubrir la grandeza que hay en cada uno de nosotros.

Levantarse, ver la luz

El faro eres tú mismo pero te asusta saber que tienes tanto potencial de luz y piensas que si te pierdes en la noche es porque no hay faro.

Cuando decides, libremente, levantarte después de una caída, misteriosamente ocurre algo: el error se convierte en una experiencia iluminadora. Quizás vuelvas a caer. Pero empezarás a ampliar tu grado de visión interior. Gozarás de una lucidez y una certeza más allá de lo intelectual y lo psicológico. Empezarás a tener una serenidad y una paz que las próximas dificultades y caídas no te podrán quitar. Porque la lucha forma parte de tu crecimiento. Caer ya no es una derrota sino una lección más de la que aprender.

El día, la noche, la calma y la paz están en ti. Solo te falta ser decidido, valiente y no temer a nada ni a nadie. En ti hay toda la fuerza necesaria para encontrar el camino cuando estás perdido. Solo desde la aceptación humilde de tu realidad, abrazándola con todas tus fuerzas,  saldrás del bache. Nada se interpondrá entre ti y tus esperanzas, sueños y objetivos. Ni siquiera tú mismo, porque por fin habrás firmado la tregua más difícil. Tus miedos, tus inseguridades, tus limitaciones, nada podrá detenerte, ni siquiera las caídas, los golpes, las cicatrices, las equivocaciones, porque has llegado a la máxima madurez: reconciliarte contigo mismo. Y esto será el inicio de tu libertad.

domingo, 19 de abril de 2015

Miedo a la verdad

Cuántas veces hemos oído que, a base de repetir una mentira, nos la acabamos creyendo y la convertimos en una verdad para nosotros. Esta afirmación tiene que ver mucho con una personalidad difusa, quizás con un problema de identidad personal, miedo a aceptar lo que somos o la realidad que vivimos. Bajo la mentira escondemos un aspecto de nuestra vida que no queremos que el otro conozca. Nos da miedo que el otro descubra cómo somos. Es como si necesitáramos crear una vida ficticia entre lo que sentimos y lo que decimos. 

El lenguaje a veces delata esta ambivalencia. ¿Por qué ocurre esto? ¿Necesitamos falsear la realidad para que no nos resulte tan dura y difícil de digerir?

Hay quienes insisten en realzar sus grandes hazañas, diciendo que han supuesto un enorme sacrificio, cuando la realidad ha sido muy diferente. Se han acostumbrado tanto a su propia película, la han repetido tantas veces, que finalmente creen en esta falsa historia. Temen quedar al descubierto, aunque en el fondo saben muy bien que no es correcto. Se hacen tan suya esta mentira que podríamos decir que ha configurado su estructura mental. Y les es difícil reconocer que tienen necesidad de fabular quizás porque lo necesitan para sobrevivir.

Hay personas que repiten hasta la saciedad que han trabajado como esclavas y que todo lo han hecho por los demás, sacrificándose por su bienestar. Si profundizamos quizás descubriremos, con asombro, que en muchos casos esto no ha sido así: ni ha habido tales beneficios para los demás ni siquiera una gratificación para uno mismo. Pero la historia se ha manipulado y la divulgan en su entorno familiar, vecinal, entre amigos y conocidos. Tiñen su relato de teatralidad y asumen el papel de víctimas, cometiendo la injusticia de hacer creer a los demás que sus seres más cercanos son los malos de la película, causantes de todos sus males.

¿Por qué ocurre esto en tantas familias? ¿Qué ha pasado? No cabe duda de que en el origen de todo hay una experiencia dolorosa que han sufrido y necesitan protegerse de algo o de alguien. Por temor a decir la verdad se recurre a una mentira inventada. Aquí ya no solo se trata de un tema ético, sino patológico. Muchas personas, por miedo a la bronca, a quedarse solas, por inercia o por desdoblamiento de la personalidad, mienten compulsivamente. Consigo mismas son unas, y con los demás son otras. ¿Les da pánico que los demás las vean tal como son? ¿Son los demás el problema? ¿O está dentro de uno mismo?

La humildad de aceptarse

A muchas personas les cuesta aceptarse a sí mismas: no son como los demás, o como los demás quisieran que fueran. El qué  dirán, o lo que piensan los otros, las presiona hasta el punto de condicionar su personalidad. Es entonces cuando buscan sobrevivir entre la tensión del yo y del tú, entre lo que yo quiero de mí mismo y lo que quieren los demás de mí.

¿Dónde podría estar la solución del problema? En algún caso se puede requerir la intervención de un profesional. Pero, más allá de esto, se requiere el coraje de tener narices, poner distancia entre uno mismo y los demás, entre la propia realidad y la realidad de los otros. Tener la fuerza y la convicción mental y espiritual de que nadie es mejor que nadie. Tener la humildad de reconocer que cada cual tiene agujeros, limitaciones, pasados familiares traumáticos, y aceptar todo esto, descubriendo que en nuestro interior hay una persona libre.

Abrazando el pasado nos liberamos de la cadena del victimismo. Aceptemos con humildad lo que tenemos y somos sin compararnos con nadie, porque nadie es perfecto y todos, finalmente, necesitamos sentarnos en un inodoro y tirar de la cadena. Descubramos con serenidad la grandeza que hay en nuestro corazón y démonos cuenta de que la vida tiene sentido, incluso en el sufrimiento. Cuando nos abrimos a los demás seremos capaces de dar lo mejor que tenemos dentro. Solo así seremos dueños de nuestra vida y de nuestra libertad.

Cuando con realismo existencial aceptamos que somos fruto de una historia, incluso oscura, descubriremos que no estamos en el mundo para sacar las castañas de nuestros antepasados ni para ensimismarnos en las lágrimas de la autocompasión. Todo esto, por doloroso que sea, ha hecho posible nuestra existencia.

Reconciliarse es liberarse

Cuando te reconcilias con tu pasado, con tus orígenes y tu historia, haces las paces contigo mismo. Solo así podrás emprender la auténtica hazaña de la libertad, dejando de ser enemigo de ti mismo y dejando de pensar que los demás son tus enemigos.

Ha llegado la hora no solo de la curación psicológica, sino de la sanación global. Abrazando tu existencia empieza la complicidad contigo mismo y la apertura sincera hacia los demás. Entonces comprenderás que todos somos hermanos en la existencia y estamos unidos en una fraternidad universal.

Quizás no todos los problemas se esfumen, pero ahora que has hecho una tregua y has firmado un pacto de amistad contigo sabrás cómo canalizar todo esto. El auténtico encuentro contigo mismo y con los demás tan solo acaba de empezar. Te sorprenderá saber que tu esfuerzo personal no es suficiente para alcanzar la plenitud. Pero descubrirás que tienes a Alguien a tu lado, que tiene tanta fuerza que se convertirá en tu amigo invisible, protagonista de tu historia, compañero que te animará a lograr auténticas gestas. Él te ayudará a entender que, más allá de tu mundo y el mundo de los demás, hay otra realidad espiritual, mucho más amplia y profunda, que te llevará a la máxima felicidad. Cuando te enfrentas a tu abismo interior y te lanzas con valentía al vacío encontrarás una mano providente que te recoge al vuelo. El vértigo se convertirá en seguridad, y el vacío en sostén amoroso que mece tu destino hacia una tierra prometida, de amor y de libertad. 

sábado, 28 de marzo de 2015

Abrazar el pasado

Todos tenemos una curiosidad innata por conocer nuestros orígenes. El rastreo para descubrir los entresijos que hicieron posible nuestro nacimiento motiva una minuciosa búsqueda. Queremos saber más sobre nuestros progenitores, su contexto social, histórico y familiar, cómo, cuándo y dónde saltó ese chispazo que los llevó a fundirse en un apasionado abrazo, qué hizo posible su unión y el estallido de una nueva vida. La intensidad de ese encuentro hizo posible la historia de un nuevo ser completamente distinto, eso sí, con todo el peso de una herencia genética y familiar y con una historia como escenario de fondo. Una serie de acontecimientos hicieron posible que nuestros padres se unieran y pudieran perpetuar la estirpe, canalizando la fuerza vital que empuja a todo ser humano. Todos somos ramas de un árbol genealógico que ha ido creciendo en medio de un bosque, formado por miles de ancestros que forman una selva de árboles entrelazados.

Esta curiosidad por el pasado nos lleva a descubrir que, en nuestros orígenes, hay tantos encuentros como traumas. Enfermedades, dolor, fallecimientos, separaciones… Los claroscuros que tiñen nuestro árbol genealógico permanecen latentes en el subconsciente familiar. Así, nuestro ADN recibe las memorias de todos esos momentos de alegría y plenitud, de aciertos y errores, de sosiego y lucha tenaz, de éxitos y fracasos, de uniones y rupturas. Somos hijos de nuestros padres, nietos de nuestros abuelos y bisnietos de nuestros bisabuelos, descendientes de centenares de antepasados con todas sus bondades y sus lacras. Provenimos de ellos y nadie sale inmune de este laberinto. Los psicólogos hablan de los registros transgeneracionales que se comunican de padres a hijos. Las huellas del pasado nos marcan, pero también forman parte de la historia que ha hecho posible el milagro de nuestra existencia.  

Algunos eventos, por oscuros que sean, misteriosamente han sido necesarios para que llegáramos a nacer. Y, finalmente, todo ser humano es fruto del amor de dos células que se unen, originando una vida nueva de sorprendente belleza. Cuando hay vida es que el amor, a pesar de los dramas exteriores, ha vencido.

Posiblemente todos los que vivimos sobre este planeta estamos aquí gracias a una carambola cósmica. Entre los millones de espermatozoides que produjo nuestro padre solo uno llegó a unirse con el óvulo de nuestra madre. Hemos tenido la enorme suerte ―o providencia― de existir, con toda la carga de nuestros ancestros pero a la vez con nuestra propia y única identidad, irrepetible.

De la misma manera que no podemos negar nuestros vínculos familiares, fuertemente tejidos, tampoco podemos negar nuestra genuina identidad, que se va desarrollando a medida que crecemos y somos conscientes de nuestros rasgos inequívocos. En nuestra madurez aprendemos la difícil tarea de gestionar las hipotecas familiares y compaginarlas con el ejercicio de nuestra libertad, rasgo fundamental de todo ser humano. Desde la libertad aprendemos a vivir reconciliados con el pasado y sus adversidades, sin sentirnos culpables por lo que ocurrió antes de que naciéramos. Sí podemos desagraviar, con gestos de perdón y reconciliación, los hechos lamentables del pasado, para que en la medida de lo posible se puedan reparar situaciones de sufrimiento e injusticia. Solo cuando se aprende a abrazar con paz el pasado nuestro corazón se regenera y podrá arrojar luz a las generaciones venideras.

Tenemos un compromiso moral con nuestro entorno, con el mundo y con nuestra propia existencia. Aprender a amar y perdonar a nuestros ancestros y al que tenemos al lado es la condición necesaria para caminar hacia una fraternidad existencial. Todos somos hermanos en la existencia, más allá de las diferencias y los conflictos. La fuerza del amor atraviesa los vínculos biológicos y familiares. Somos parte de un todo en el cosmos: el hecho de existir y respirar nos iguala a todos ante un Creador amoroso que nos ha insertado en un hogar y lo ha dejado en nuestras manos para que lo cuidemos, lo protejamos y lo amemos, y así podamos desarrollar nuestra vida.

Después de haber cruzado el laberinto de nuestras raíces, y de haber podido acogerlas con una mirada de compasión, de aceptación serena, sentiremos cómo la gratitud nos llena, al mismo tiempo que el vértigo de saber que podríamos no haber existido nunca. Esta comprensión realista de nuestra historia y nuestro pasado hará que ese laberinto deje de ser una prisión para convertirse en una autopista hacia la plenitud, que nos permitirá avanzar y ser creativos y fecundos, reparando y dando vida allí donde no la hay.

Cuando acabes de leer este escrito, aunque tu corazón esté dividido, da gracias porque tu existencia es una atalaya en la montaña de la humanidad. El agradecimiento es la mejor terapia para la curación existencial. El pasado ya no será un lastre, sino una pista de lanzamiento para sobrevolar las cumbres inmensas que hay en ti. El pasado, el presente y el futuro convergerán para culminar tus anhelos más profundos. Una mirada sosegada hacia atrás, un presente sereno y realista harán posible construir un futuro lleno de paz y de sorpresas. No habrá barrera ni impedimento para que avances, porque al abrazar el pasado habrás dado los pasos necesarios para tu liberación.

Entonces darás un salto cuántico. Lograrás crecer, humana y espiritualmente. Y llegarás a la meta de todo ser humano: encontrar sentido a tu vida.