domingo, 26 de enero de 2020

Resistiendo el vendaval


Días atrás se anunciaba en los medios de comunicación una terrible borrasca que azotaría toda la Península. Vientos huracanados, lluvias persistentes, hielos y nieve a poca cota de altura; carreteras cortadas, colegios cerrados, cortes de luz y pueblos aislados. En Teruel, la nevada ha cubierto toda la ciudad, así como en Zaragoza, y en algunos lugares los ríos se han desbordado. Este es el paisaje sombrío de estos días, sin contar los destrozos causados por la tormenta. Los daños han sido cuantiosos, pero quizás el más cruel ha sido la pérdida de vidas humanas.

Un panorama triste se cierne sobre la geografía española. También Barcelona ha sufrido la embestida de un vendaval que ha arreciado sobre la ciudad. En nuestro entrañable y sencillo patio, se han dejado sentir las consecuencias del temporal inclemente. El viento ha arrancado de cuajo un olivo joven, plantado hace ocho años. En poco tiempo había crecido mucho, más de cuatro metros, pero los fuertes vientos arremolinados han podido con este tierno árbol, que empezaba a dar bellas ramas y sombra. La lucha sin cuartel contra el huracán ha segado su vida. Esta tarde, al salir al patio, me lo he encontrado tumbado en el suelo.

Me ha dado pena verlo abatido, arrancado de sus raíces. En cambio, la morera ha resistido con toda su fuerza al viento que arrecia sin piedad, como si se tratara de una lucha a vida o muerte. Los fuertes golpes que han flagelado sus ramas no la han hecho desfallecer. Es impresionante ver cómo aguanta la lucha, sola como un gladiador en un anfiteatro romano, ante el viento agresivo que sacude sus ramas, balanceándolas a un lado y a otro como latigazos. El huracán no le da respiro, pero ella hace acopio de fuerzas y resiste ante el brutal enemigo, defendiéndose hora tras hora. Su tronco recio da fuerza a sus ramas, y será el preludio de su victoria. Fiel a su lugar, enraizada en este hermoso patio, la morera se muestra invencible. Cuando la toco, me parece sentir su respiración, muy interna, latente bajo la corteza áspera y fría. Pero, por dentro, la savia sigue viva.

Este invierno la morera ha tenido que librar otra batalla. Pero ahí sigue, valiente, firme, sin doblegarse. Sabe muy bien que forma parte, no sólo de un lugar, sino de una historia muy larga, la historia de esta parroquia, cuyo patio embellece.

Volverá la primavera y llegará el verano. Entonces se mecerá en la suave brisa y nos regalará momentos apacibles bajo su sombra.

En la vida hay momentos de calma, de paz y de alegría. Vivimos acontecimientos que ensanchan nuestro corazón y nos deleitamos con experiencias hermosas que nos llenan de plenitud. A veces sentimos que volamos, crecemos y saboreamos las mieles de la vida: amor, amistades, propósito vital… En esos momentos sentimos un enorme gozo, las expectativas se cumplen y sentimos que vamos conquistando la cima. Pero ¿estamos preparados para afrontar reveses y situaciones difíciles? Hay veces en que, no sabemos por qué, todo se tuerce. ¿Estamos preparados para gestionar las grandes borrascas de nuestra vida? ¿Estamos preparados para resistir y combatir los oleajes que se levantan ante nosotros, dejándonos exhaustos? Enfermedades, dolores del alma, soledad, la traición de un amigo, la ruptura con el cónyuge, un trato injusto en la familia o en el trabajo, la pérdida de un empleo o de recursos materiales, una fuerte herida emocional, causada por alguien cercano, la pérdida de un ser querido, un accidente inesperado que ha diezmado tu vida… Esos vientos huracanados nos llevan al límite y nos hacen sentir que estamos en medio de una ola a punto de devorarnos. Cuando ocurre todo esto, se produce algo extraordinario. La vida te pone a prueba para que demuestres la capacidad increíble de respuesta que hay en ti y puedas superar cualquier tipo de embestida.

Mirando a la morera, en su combate tenaz contra el viento, me quedaba atónito. En medio de grandes sacudidas, permanecía fuerte y erguida. El aire doblaba sus ramas, a punto de romperse, pero inexplicablemente, aguantaban. ¿Qué le permitió vencer estas ráfagas de viento que soplaban con todas sus fuerzas, saliendo airosa de la dura batalla?

Resistencia


Observo su aspecto y veo que en ella hay una fuerte resistencia. En el hombre, diríamos que un corazón potente y unos músculos tonificados le hacen capaz de aguantar hasta el límite el dolor de tantos golpes. En la vida, si queremos vivir con pasión, hemos de fortalecer nuestro espíritu y sólo podremos hacerlo si aprendemos a gestionar dudas, incertidumbre y situaciones inesperadas. Cuando somos capaces de asumir estas dimensiones del ser humano y entendemos que estamos concebidos para vivir esta doble realidad, de gozo y sufrimiento, podremos integrar todos los contratiempos. Cuando vayamos madurando, humana y espiritualmente, es cuando nos estaremos preparando para cualquier circunstancia.

La morera me enseña que, si una persona está firme, con toda su experiencia humana acumulada y con certezas sobre las que creer y hacer, estará preparada para conseguir cualquier meta que se proponga. Será capaz de resistir las inclemencias de afuera y de adentro. Resistir es creer en aquello que eres y en lo que estás haciendo.

Flexibilidad


También observaba en la morera la elasticidad de sus ramas, que se doblaban sin romperse. Qué importante es tener agilidad mental y empatía en las relaciones humanas. La dureza puede romper o abortar proyectos y relaciones. Una falta de visión de conjunto puede provocar daños innecesarios. Ser flexible ante los demás y tener la mente abierta permite sobrevivir en los momentos difíciles. Saber cabalgar sobre el lomo de los vientos que arrecian, aunque te hagas algún rasguño, hará que no te rompas por dentro. Hay que tener la agilidad de sortear el huracán.

Raíces


La tercera cosa que observé son las raíces profundas de la morera. Es un árbol resistente y flexible porque saca un vigor inagotable de sus raíces. La hondura del terreno y la profundidad de la raíz le permitieron resistir, sin que en ningún momento hubiera el menor temblor en su tronco. Con una base sólida, agarrada con todas sus fuerzas, se mantenía como si nada hubiera pasado. La furia del viento era letal, pero sus raíces le bastaban para que todas sus ramas aguantasen lo insoportable.

¿Cuáles son las raíces de la persona? ¿En qué terreno se hunden? Si están bien clavadas en su corazón, permanecerá de pie, pese a la riada de problemas que pueda azotar su vida. Sobre todo, la certeza de que vives por alguien y para alguien. La fuerza del amor es la raíz más gruesa que te hace conectar con la vida, con el suelo de tu existencia, con la realidad de lo que eres y lo que quieres llegar a ser. Tus raíces son tus valores, lo que crees y amas, tu visión de la vida, tus metas, tus sueños. Y, para mí, una visión trascendente de la vida. Son mis convicciones más profundas, mi realidad, mi pasado, mi familia, todos aquellos tesoros que me han hecho ser lo que soy y hacer lo que hago. Una persona con recios principios soportará los vaivenes de la vida, y no sólo eso, sino que de todo sacará una gran lección que todavía le hará vivir con más intensidad, incluso en los momentos de fuertes tormentas. Si estás enraizado en lo que eres y vives, y sobre todo en lo que crees y en lo que piensas, saldrás victorioso de todos los combates. Si, además de creer en ti mismo, crees en una fuerza amorosa que sostiene tu vida, hasta en los peores momentos de tu noche interior, nada malo te abatirá. Si la fuerza de lo humano y lo divino se une, si Dios está en tus raíces más profundas, nada te tumbará.

domingo, 19 de enero de 2020

La pólvora de los correveidiles

Una de las lacras que más enfrentamientos produce entre las personas son los correveidiles. Han existido siempre, desde las comunidades más pequeñas hasta los grandes imperios, como el romano, donde había profesionales pagados cuya misión era difundir bulos, medias verdades y calumnias a fin de desacreditar al adversario político de una u otra familia. El rumor se utilizaba como arma letal para destruir a un enemigo en las arenas políticas. Sus víctimas podían ser personajes públicos, pero también empresarios acaudalados o líderes religiosos. Hoy, esta actitud malévola sigue siendo una realidad, y su objetivo es el mismo: destruir al otro.

Esta perniciosa actitud fomenta los celos, el miedo, las inseguridades, la envidia y la competitividad.
¿Qué hay detrás de esta actitud? Creo que nos encontramos ante un grave conflicto interior. A menudo, la causa es no soportar que otra persona sea mejor que nosotros —o nos parezca mejor—, y pueda hacernos sombra. Esto nos lleva a convertirla en enemigo, y al enemigo hay que destruirlo como sea, llevándolo a situaciones límite. No son necesarias las armas de fuego, basta poner en marcha todo un mecanismo mental y psicológico que lo irá hundiendo.

El atacante utilizará todas sus armas, situándose siempre entre la verdad y la mentira, aunque no le importe la verdad como concepto ético. Lo que persigue no es esclarecer los hechos, sino poner en cuestión la credibilidad del otro. Intentará meterse en su pasado, en sus vínculos familiares, en cualquier hecho que pueda motivar una crítica o distorsionar la realidad. Confundirá, generará dudas, opiniones negativas y toda clase de sospechas. El fin es matarlo socialmente, manchando su fama y su dignidad ante los demás. Quien promueve un rumor contra otra persona se convierte en un homicida psicológico, que usa sus armas más letales: una lengua malévola, un corazón lleno de odio y una mente retorcida. Si a esto le acompañamos una personalidad enfermiza, el conflicto está servido.

Estas personas sacarán de los demás todo tipo de confidencias para utilizarlas en contra de su enemigo. Lo triste es que esto funciona bajo una capa de aparente amabilidad. Harán correr el rumor de manera viral, incluso utilizando las redes sociales. Es increíble cómo la gente entra en este juego. Se pone en marcha un mecanismo tan atrayente que se olvidan los límites éticos y el respeto a la dignidad de la víctima. Un porcentaje altísimo de la sociedad vive inmerso en los correveidiles: medios de comunicación, redes sociales, familias, empresas y hasta comunidades religiosas.

Ante esta lacra social tan extendida, ¿qué podemos hacer? He aquí algunos consejos.
  • Nunca hablar mal de nadie a otros.
  • Nunca prestar oído a quien hable mal de un tercero.
  • No utilizar a terceras personas como torpedos para impactar contra la persona criticada.
  • Si puedes, aunque suponga un riesgo, manifiesta tu desaprobación ante las críticas, conservando una actitud prudente y a la vez firme ante cualquier intento de manipulación para implicarte en la maniobra.
  • Si se reitera esta actitud, aléjate de los criticones, aunque esto suponga que inicien un ataque contra ti por la espalda.

No podemos tolerar que la sociedad se convierta en un gran rebaño de animales carroñeros, que viven de la basura y la podredumbre que se acumula en los corazones. El rumoreo se vuelve adictivo y destruye las relaciones humanas, llevando a una sociedad enferma que vive y disfruta con el sufrimiento ajeno.

Esto lo vemos en los enfrentamientos familiares, en los círculos de amigos y en todo tipo de grupos. En las redes sociales circula metralla viral, y la pólvora del odio se esparce con los efectos de una bomba atómica. Todos los odios juntos tienen el mismo impacto: quitar vida, dignidad, libertad, buena fama y alegría. Es alarmante el grado de degeneración al que se está llegando.

En el lenguaje periodístico se habla de las noticias falsas o fake news. Estas noticias inventadas, que son mentiras o verdades distorsionadas, se difunden como arma ideológica para generar opinión, atacar y confundir.

Es necesario hacer un ejercicio de profunda honestidad con uno mismo y afrontar las propias contradicciones. Esto puede sanar tu corazón y ayudarnos a reenfocar tu vida. Sólo así conseguirás la paz que tanto deseas, en el fondo de tu ser. Una paz contigo mismo, abrazando lo que eres, no lo que no eres; aceptando al otro tal como es, y no como quieres que sea; aceptando el mundo como es, y no el mundo ideal que imaginas. Así, de esta manera, no te inquietarás por nada, vivirás y te sumergirás en la realidad. Se disipará la tendencia frívola a convertirte en un propagador de críticas y comentarios que no llevan a nada, sino a ir perdiendo el sentido más hondo de tu existencia. La vida es demasiado hermosa como para vivir instalados en la mentira y en los rumores patológicos, que huelen a azufre y nos envuelven en un ambiente oscuro que lentamente nos va perdiendo. Cuando uno necesita de ese ambiente perturbador se está enganchando a una terrible energía. El mal hace estragos en su corazón y lo aleja de la bondad. Su actitud diabólica lo arrastra a un abismo. Recuerdo las palabras contundentes de un sacerdote amigo: «Nunca hables mal de nadie, a nadie, jamás de los jamases. Si no quieres que se divulgue algo, no lo digas, ni siquiera lo pienses. Seguro que de esta manera evitarás rumores.»

Yo añado: «y no caerás en las redes de los pirómanos que disfrutan lanzando pólvora y enturbiando con sus correveidiles la vida de tantas buenas personas».

domingo, 5 de enero de 2020

Adictos al control


Muchas veces me planteo por qué las relaciones humanas se agrietan, se debilitan y finalmente se rompen. Las relaciones son buenas y nos hacen crecer como personas. La cuestión es que toda relación tiene sus límites, marcados por el respeto, la prudencia y el equilibrio. Una de las razones más serias que provoca el alejamiento es no guardar la distancia adecuada con aquellos que conviven con nosotros y con quienes nos relacionamos cada día: familia, cónyuge, amigos, compañeros de trabajo, etc. El roce diario, si no se lleva bien, puede llegar a tensionar la convivencia.

Ciertas personas viven constantemente pendientes de lo que hace el otro y quieren saberlo todo, ya no sólo de las personas más inmediatas, sino del vecino del rellano, de la señora que se encuentran en el mercado o de la gente que vive en su bloque o en su barrio. También están pendientes de la vida de los personajes públicos: cantantes, actores, periodistas, contertulios, participantes de programas sensacionalistas o los que aparecen en las revistas del corazón. Se alimentan de historias ajenas, normalmente desde una actitud crítica y a veces despiadada. Se llenan la vida de lo que dicen y hacen los otros, como si no tuvieran vida propia, o no les bastara con la suya. ¿Acaso la tienen vacía? ¿Les faltan metas, propósitos o relaciones gratificantes? Lo cierto es que estas personas van de un lado a otro, cambiando de dirección, son inestables emocionalmente y tienen dificultades para adaptarse a los demás. En el fondo, aunque muestren mucha seguridad, están muy acomplejadas y son inseguras. Tienden a distorsionar la realidad porque se les hace difícil aceptar su propia situación, vacía de sentido, y suelen meterse en líos.

¿Por qué se alejan de la realidad? Quizás no aceptan que otras personas sean más listas, más guapas o se expresen mejor que ellas, que tengan una vida llena e incluso feliz. Les molesta y van acumulando mucha rabia por dentro. El resentimiento bloquea su crecimiento humano y espiritual, y necesitan responder con agresión, aunque sea verbal, ante sus propias contradicciones. Sobre todo, buscan justificarse e imaginan formas de seguir sobreviviendo en su burbuja irreal, alimentadas por un oxígeno artificial que las hace vivir siempre amargadas y atacando a los demás. Flotan entre lo que quieren ser y lo que no son; entre lo que quisieran tener y no tienen. La rabia contenida va marcando su vida hasta hacer de ellas supervivientes emocionales. Y esto las empobrece humana y moralmente.

Es entonces, cuando se produce el descontrol de su vida interior, cuando se obsesionan por controlar a los demás. Si no saben dónde están, qué hacen y qué dicen, se angustian y se disparan, hasta llegar a reacciones violentas que amenazan romper una relación normal. Podríamos hablar de una patología psicológica, que necesita de un abordaje terapéutico que les ayude a hacer una introspección y buscar las causas reales de tales comportamientos.

Últimamente he hecho otras observaciones. Esto no sólo sucede en ambientes cotidianos y sencillos, como parece indicar cierta visión sociológica. También sucede en los estratos académicos, en el mundo empresarial, político y religioso. Detrás del afán de control puede haber un hambre de poder sobre los demás, y esto pasa mucho en las instituciones educativas y de todo tipo, incluidas las religiosas. Ciertas personas creen que tienen derecho a saberlo todo del otro: qué hace, qué piensa, dónde está, con quién está, de qué habla… El ansia de saber puede llegar a interferir con las vidas ajenas e incluso entrometerse en su intimidad, con la excusa de ayudarles. No soportan no saber nada y malinterpretan la prudencia del otro en su comunicación.

Quien controla, o quiere controlar, siempre está imaginando que se le oculta algo, y piensa mal del otro. ¿Dónde está el límite en las relaciones humanas?

Está en la libertad. Si en aras de algo bueno creo que tengo el derecho de pisar un gramo de la libertad del otro, me estoy equivocando. Sólo cuando hay confianza y respeto puede producirse una apertura que facilite una comunicación fluida y que ayude al otro a crecer. Cuando esto se produce, no hará falta preguntar nada: la otra persona, fruto de la libertad y de la confianza, me hará partícipe de todo cuanto vive, porque le saldrá solo. La amistad sincera es un espacio donde fluye una relación interpersonal alegre. Es entonces cuando cada momento, experiencia y diálogo se armoniza. Del control se pasa a la libertad, del miedo y la ansiedad se pasa a la paz y a la serenidad, y de esta a la alegría de compartir con los demás no sólo el tiempo, sino los deseos y sueños. Aprendemos y descubrimos el tesoro que hay en el corazón del otro. El vacío se convierte en luz y todo adquiere sentido. El corazón se llena de vibraciones y se expande ante el amigo.

domingo, 29 de diciembre de 2019

Ojos que no ven, llenos de luz

Era una mañana clara, a punto de entrar en el solsticio de invierno. Un suave sol daba calidez al ambiente. Paseando por la calle, frente al parque de la Ciudadela, me saludó una señora con tono amable y cordial. Alguna vez la había visto por el barrio. Se llama María.

Mi sorpresa fue descubrir que esta persona era invidente. Siempre camina con su perra guía, y aquel día iba cogida del brazo de su marido. Quizás oyó mi voz, o su marido le indicó mi presencia. Respondí con amabilidad a su saludo y, cuando ella se giró hacia mí, vi el sol iluminando sus ojos ciegos.

Me impresionó que, pese a su mirada perdida en el horizonte, sus ojos estaban llenos de luz. Los ojos no sólo ven, sino que también comunican, y los suyos estaban radiantes bajo el sol. Sentí que, a pesar de vivir en una perpetua noche, la oscuridad no había logrado quitarle su alegría. Sus ojos, como sus palabras, desprendían vitalidad. Su semblante era firme y armonioso; había logrado abrazar la vida en una permanente tiniebla.

Hay vida más allá de los cinco sentidos. Carecer de alguno no tiene por qué restar intensidad ni valor a la existencia, aunque esté limitada. Sigue teniendo sentido, y aquellos ojos, sin mirarme, me lo decían todo.

María no se ha rendido, pese a su ceguera. Ella ve con sus oídos, con su piel, con su olfato, con su tacto. Ha aprendido a vivir sin ver, pero sus ojos siguen siendo un medio de comunicación, reforzados por los otros sentidos. ¿Dónde está el secreto? ¿En su familia, en su esposo, en sus amigos? ¿En la fortaleza de su corazón?

Lo cierto es que se creó una situación absolutamente normal, como si realmente nos estuviéramos mirando. Conversamos con espontaneidad. Ella no me veía y yo sí, pero el que no me viera no le quitaba intensidad al diálogo.

Los invidentes hacen que el resto de sus sentidos queden potenciados. Se les agudizan tanto que, además, pueden aumentar su sensibilidad en el campo energético, captando cosas que ni siquiera los ojos llegan a ver. Es algo misterioso comprobar la potencia del cerebro, que siempre busca nuevas vías para seguir trabajando y facilitando la necesaria comunicación. Esta cualidad es innata, aunque los sentidos puedan estar diezmados.

Y pensé cuán maravilloso es el ser humano y cuánta vida tiene dentro, a pesar de sus limitaciones. Algo le empuja a seguir amando la vida. ¡Cuánta vibración hay en el corazón que sigue amando, incluso en la oscuridad más absoluta! A los que sí vemos y todavía nos funciona la retina, nos da pavor pensar que un día podamos quedarnos ciegos. Nos sobrecoge la idea, y un temblor paralizante atraviesa nuestro cuerpo y nuestra alma. ¿Podríamos vivir sin contemplar un bello amanecer, una noche de luna o las estrellas, el baile de los mirlos en el aire o un ocaso que pinta de colores el cielo? Si se nos apagan las luces del cuerpo, ¿cómo vamos a admirar la inmensa belleza de todo lo creado? Nos da vértigo sólo imaginarlo.

Pero la experiencia nos enseña que la vida sigue siendo bella sin los ojos, porque se puede seguir viviendo si se ama. Amar lo embellece todo, lo hace soportable todo. El mejor amanecer, el mejor vuelo, es la presencia de alguien que te susurra al oído que te ama.

El otro se convierte, no sólo en lazarillo, sino en alguien que te hace vibrar, alguien que te convierte en un ser extraordinario capaz de surcar tus abismos interiores, como aquel que se lanza al vacío sabiendo que la corriente de la dulzura lo sostendrá en la inmensidad del cielo.

Ni la noche más oscura resiste algo tan certero como una mano que acaricia el alma. El otro, su voz, su tacto, su perfume, su música, se convierte en algo tan intenso que la oscuridad ya no da miedo. Este sexto sentido nos revela algo más, y es que sin amar no se puede vivir, y con amor, todo se puede superar.

domingo, 22 de diciembre de 2019

Hondura y sencillez


La sabiduría discreta


Conozco a personas que han sabido armonizar muy bien estos dos aspectos en su forma de ser. Es un talento que marca una línea de acción. Estas personas son sencillas, humildes, y en algún momento incluso parecen tímidas. Saben conjugar los intervalos de silencio con la comunicación. Tanto es así, que uno se admira cuando de estas personas tan discretas surge un enorme caudal de sabiduría, como un torrente de aguas cristalinas que humedece la sequedad del alma.

Suelen hablar en un tono amable, armonioso y suave, delicado, pero su discurso está envuelto en una jugosa profundidad. Con un lenguaje sencillo saben llegar a lo más hondo del ser, lo justo pero lo suficiente como para removerte las entrañas y tocar fondo.

Con el tiempo, uno va descubriendo que la sabiduría va más allá de acumular conocimientos y expresarlo locuazmente. Una persona sabia, quizás sin tantos conocimientos o sin una retórica fluida, con sencillez y humildad, puede llegar más lejos que esas palabras punzantes que quieren penetrar al otro, haciéndole creer que el conocimiento es más importante que toda una vida masticada, saboreada, asimilada. La vida bien digerida da una visión de la realidad más rica y permite paladear con deleite los pequeños detalles de cada día, que no por ser sencillos dejan de tener profundidad.

Conocer y compartir


Hay momentos que van más allá de un análisis racional de lo que ocurre a tu alrededor. Tu razón quiere fisurar la realidad, como el que practica una cirugía, pero ciertas cosas sólo pueden entenderse desde el corazón. Es entonces cuando pasas del análisis a la contemplación, del conocimiento a la sabiduría y del orgullo a la humildad.

He conocido profesores, intelectuales, empresarios y médicos que son grandes comunicadores. Pueden convertir una clase muy densa, un diagnóstico médico o un informe jurídico en una explicación clara, sencilla y pedagógica. Lo que podía ser un «palo», se hace entendible y puede aprenderse. Cuando uno se aleja de los tecnicismos y se apea de la egolatría intelectual, el traspaso de conocimientos se convierte en una experiencia de compartir, desde lo que uno es y sabe.

Es entonces cuando lo que fluye es más que conocimiento: es vida, es amor, es sabiduría. El núcleo de la comunicación eres tú, tu persona, tu propósito vital. Tu cosmovisión es todo un bagaje que te enriquecido. Con pasos cortos a veces se llega más lejos, y a paso suave a veces se llega antes. El culto idolátrico a la razón nos ha hecho olvidarnos de mirar el mundo, la vida, el otro. Mira la realidad desde el alma; contémplala y maravíllate, sorpréndete, emociónate, simplemente porque es lo que es y tiene un valor enorme. No necesitas diseccionar lo que ves, disfrutarlo es fuente de plenitud. Saber paladear esos sencillos instantes da una dimensión de eternidad a la vida.

Nuestro saber es muy importante, pero lo es mucho más aprender la ciencia del amor, que no es otra cosa que admirarte de lo pequeño y amarlo como una gran aventura.

Ojalá aprendamos a vivir así, con sencillez y hondura, para vigorizar la bondad y la sabiduría. De esta manera, surgirá una paz infinita en nuestro corazón.

domingo, 15 de diciembre de 2019

Incontinencia verbal

Invasión de palabras


¿Qué hay detrás de las ansias incontroladas de hablar y hablar? ¿Qué se oculta tras esa catarata desmedida de palabras que salen de la boca? ¿A qué responde? ¿Tiene una explicación psicológica o neurológica?

Lo cierto es que las personas muy habladoras acaban produciendo cansancio a su interlocutor. La invasión de palabras, excesivas o reiterativas, agotan y pueden llegar a provocar el alejamiento.

Entiendo la necesidad de comunicarse. Es vital para las relaciones de la persona y su proyección social. Hablar es algo innato en el ser humano. La comunicación nos permite abrirnos a los demás y, en una relación más estrecha, abrir el corazón al otro. Forma parte de un intercambio necesario, ya que huimos de la soledad y los demás forman parte de nuestra vida. El tejido social y familiar sostiene nuestra realidad. Somos gregarios por naturaleza y la comunicación es básica para nuestro desarrollo. Pero, siendo crucial, la habilidad comunicadora, como todo, debe tener sus límites.

El diálogo necesita escucha


Considero que la comunicación, para que sea real y profunda, necesita de momentos de pausa y escucha, porque, si no es así, se pierde su finalidad. En vez de conectar, la riada de palabras se convierte en una catarata de hielo, que sólo golpea y hace ruido, pero no transmite. El que escucha quedará agotado.

Hablar siempre de uno mismo, de los mismos temas, con la misma insistencia demoledora, obligando al otro a prestar oído, sí o sí: todo esto destruye la comunicación auténtica. Ciertas personas se comportan así. El interlocutor no les importa, en realidad. Lo que les importa es ser escuchadas, y no buscan opinión ni consejo, sólo una palangana donde verter sus tormentas emocionales y abocar las náuseas de su vida. Se podría hablar casi de una «violación verbal» cuando se fuerza al otro a escuchar para canalizar la propia incontinencia verbal.

¿Qué les ocurre a estas personas? ¿Les da vértigo el silencio? ¿Temen escuchar al otro? Quizás no quieren, porque escuchar es afrontar su situación, y hablar es una forma de huir de sí mismas. Levantan una muralla de palabras que tapan lo que realmente no quieren ver en su corazón.

Seguramente hay una razón de carácter más psicológico. ¿Qué pasó en la infancia de estas personas? ¿No las dejaron expresarse lo suficiente? ¿No fueron escuchadas? ¿Crecieron con alguna carencia emocional, que las reprimió y les impidió canalizar su deseo de comunicación? ¿Es una forma de llamar la atención, el disfraz de un terrible narcisismo? Si no se convierten en vedettes, sienten que no son nadie. ¿O acaso tienen un problema en su sistema nervioso?

Lo cierto es que, si la palabra no vehicula un contenido, no hay comunicación. Sólo cuando se da sentido a la palabra es cuando esta, no sólo no molesta, sino que despierta el deseo de escuchar.

De corazón a corazón


Cuando la comunicación pasa de corazón a corazón, se hace más veraz, auténtica y deseable. Logra romper toda barrera y llegar hasta lo más hondo del ser: entonces se convierte en poesía, en belleza. Nos deleitamos escuchando, porque esta palabra está saciando nuestra hambre de plenitud y esto nos hace ser más personas, más humanos. Después de una rica conversación, se necesita el silencio de la pausa y la soledad para saborear la belleza que hemos descubierto en el alma humana. El silencio permite extraer el mejor jugo a las palabras armónicas y llenas de sabiduría. Este silencio no estorba a la palabra, sino al contrario. Toda la vida se hace poesía, y se concibe como don y como un espacio estético. El hombre alcanza la plenitud cuando el acto sagrado de hablar significa algo más que decir cosas.

Cuando la palabra no sale desde dentro del corazón fácilmente se puede utilizar como un medio de poder sobre el otro: esto es matar o prostituir la comunicación. Pero cuando las palabras expresan amor, servicio y entrega, se convierten en punta de lanza que se dirige a la diana del corazón. Es entonces cuando la comunicación deviene una auténtica fiesta con sentimientos de gozo pleno. Los grandes místicos saben narrar con palabras muy bellas todo lo que trata de Dios y de la existencia. Son fruto de una comunicación con Aquel que es el sostén de su vida, un Dios que nos habla en el silencio más profundo de nuestro corazón. Cuando entramos en la dimensión de lo divino, la comunicación se convierte en éxtasis, en deleite pleno. 

domingo, 8 de diciembre de 2019

Más allá de nuestra finitud


La grandeza de lo humano


El ser humano está llamado a desplegarse en toda su potencialidad. Desea crecer, relacionarse, amar e ir más allá de sí mismo hasta alcanzar la infinitud, la trascendencia. Tiene un coraje innato, incluso le gusta arriesgarse hasta el límite. Juega, explora, camina sobre una cuerda ligera, como los trapecistas en el circo. Sin miedo a lanzarse en el vacío, le gusta volar por el aire, surcando en parapente el inmenso cielo. Juguetea con los vientos que lo llevan de un sitio a otro y se desafía a sí mismo subiendo a las altas cumbres o buceando hasta lo más profundo del océano. Con la misma pasión, acomete las hazañas más grandes, convirtiéndose en un héroe. Es capaz, incluso, de llevar su vida al borde de la muerte. Sus gestas lo hacen muchas veces invencible, señor y dueño de todo reto que se proponga, por muy difícil que parezca. Así es el hombre: apasionado, lúdico, valiente, arriesgado, libre y con aspiraciones muy altas.

Esta grandeza de miras hacia el infinito, que lo define, se une a unas enormes ganas de proyectarse hacia el futuro. Pero cuando se trata, ya no tanto de trascenderse a uno mismo, sino de zambullirse en sí mismo, el reto es aún mayor.

Quizás queremos demostrar al mundo lo que somos capaces de hacer, no tanto lo que somos. Mirando hacia afuera nos sentimos más estimulados porque, en el fondo, queremos dejar huella de nuestro paso y que los demás nos valoren. Nos gusta ser contemplados y apreciados por nuestras hazañas. 

Abrazar los límites


Entonces es cuando nos topamos con nuestros límites. Queremos dar una imagen ante los demás, y esta imagen puede condicionar nuestras relaciones.

Pero lanzarse al abismo de nuestra profundidad existencial requiere de la misma gallardía que coronar una cima o surfear en medio del océano. Ya no se trata de correr riesgos ante la naturaleza hostil, sino de retarse a uno mismo y descubrir la auténtica vocación de nuestra vida.

Y esto es más complejo que escalar una pared vertical o bajar al interior de una cueva, a kilómetros de profundidad. Lo cierto es que descender hasta el núcleo de nuestra vida implica tener un coraje enorme, que nos lleva a enfrentarnos con nuestros miedos más enquistados en lo hondo del corazón.
Cuando nos topamos con la realidad de nuestro ser; cuando descubrimos que no somos capaces de gestionar un pequeño contratiempo y perdemos el control de nuestras emociones; cuando no contenemos nuestras palabras y no podemos digerir nuestra situación, reaccionamos de forma extraña e incluso violenta. Un revés inesperado podemos sobredimensionarlo hasta la exageración.

Es entonces cuando aparece el miedo al otro, generando inseguridad. Una pequeña dificultad es un gran obstáculo para avanzar, y esto nos muestra cómo somos realmente. Nos es más fácil desentrañar los misterios del cosmos que comprender el pequeño microcosmos de nuestro ser. Nos da vértigo hacernos la gran pregunta que da sentido a nuestra vida. ¿Quién soy yo, en realidad? ¿Qué hago y para qué he venido al mundo? ¿Sólo para surcar cielos, o para dar razón a lo que hago, siento y anhelo? Esto lo descubriremos si somos capaces de ir hasta las raíces que nos configuran. Y veremos que avanzamos, no hacia el infinito, sino hacia la finitud.

Nos da miedo el otro. Nos dan miedo la muerte, el dolor, la soledad. Nos asusta rozar nuestros límites, fragilidades y contradicciones. Tenemos pánico a reconocer que somos mortales, que un día dejaremos de ser. El duelo nos aterra y huimos, porque no queremos reconocer que somos de carne y hueso, perecederos, y que nadie va a impedir que atravesemos la sombra de la muerte: ni nuestras creencias, ni nuestras religiones. Estamos abocados a la caducidad de la vida. ¡Cuánto nos cuesta abrazar nuestra realidad caduca y mortal! Nos creemos alguien porque seremos capaces, algún día, de salir de nuestra galaxia. Pero ¡qué poquita cosa somos cuando recordamos que nos convertiremos en cenizas! Sólo reconociendo nuestra corporeidad y nuestros límites mentales seremos capaces de aceptar que, o somos así, o no seríamos. La única forma de estar en la vida es de esta manera, es decir, hemos de aceptar con humildad nuestros orígenes y nuestro fin. Es la única forma de existir. Cuando aceptemos con serenidad nuestros límites físicos y nuestro pasado, por mucho que nos disguste, bucear hacia adentro se convertirá en una victoria. Aceptar que no soy quien quisiera ser, ni hago lo que querría hacer, es el primer antídoto contra el miedo, y el primer paso para explorar mi océano interior.

Un nuevo horizonte


Mi pasado y mi presente empiezan a tener sentido en la orilla calmada de la vida. Miro la realidad de otra manera, ya no importa brillar más allá de lo necesario, ya no tendré miedo al dolor, a la enfermedad, ni siquiera a mis contradicciones. He descubierto que en el paquete de mis genes estaban incluidos, desde mi nacimiento, mis límites, mi caducidad, mi muerte. No tendría vida si no fuera así.
Una mirada sosegada ante la realidad nos permitirá abrirnos a una dimensión nueva. Nos haremos otra pregunta: ¿Hacia dónde voy? ¿Tiene sentido todo, si todo ha de acabar? ¿Y si hay algo, o alguien, que es el motor de todo? ¿Y si hay una mano creadora que, fruto de una intención amorosa nos ha hecho existir, para ser capaces de atravesar el muro de la muerte? Si es así, la misma muerte tiene sentido, porque es el salto definitivo a una nueva realidad que trasciende toda lógica. Si al nacer recibimos el aliento divino, capaz de traspasar todo límite, ¿será la muerte el final? ¿Y si el final no es una cavidad en la tierra, sino el anhelo real de subir hacia las alturas? ¿Y si el destino último del hombre es el encuentro con Dios, más allá, en la inmensidad del cielo? Muchos se dan cuenta de que realmente es así. Cuando les queda un último instante de vida, un suspiro antes de su muerte, lo comprenden todo. Por mi vocación, me he encontrado acompañando a muchos enfermos que, en la agonía, me han confesado: Ahora sí que entiendo que todo tenía un sentido y un propósito. Y con paz, sigilosamente, se van hacia el otro lado, donde descubren unos brazos amorosos que los están esperando.

Abrazar la vida es aceptar lo que somos. El miedo no cabe porque nuestra última realidad no es desaparecer en la nada, sino encontrarnos con Alguien que nos ha hecho y nos ha estado esperando siempre. Aquí empieza, de verdad, la gran aventura.