domingo, 2 de marzo de 2014

Julita, una vida desbordante

Eran las tres y media de la tarde. Sonó el teléfono y al otro lado de la línea, con voz balbuciente, conteniendo el sollozo y el dolor, Pilar, hija de Julita, me comunicaba el fallecimiento de su madre. Miré al cielo y pensé: ya estás en el cielo, tu nuevo hogar, aquel que tanto deseabas, donde ya no te faltará más el aire, porque Dios es brisa que oxigena no solo tus pulmones, sino toda tu existencia.

Antes de morir, necesitabas oxígeno a borbotones y sufrías. Ahora, ya no sentirás más la angustia en el pecho. Esa tarde, en la hora tercia, cogida de la mano de tu querida hija, te fuiste dulcemente, con el calor de alguien que te cuidaba y te protegía, que siempre estuvo a tu lado. Firme y delicada, Pilar te atendió a tiempo y a destiempo, siempre corriendo y solícita. En los últimos días, hasta caer en la extenuación. Ha sido ejemplar, ¡cuánta entrega y cuánto amor!

Como me decía Pilar, tú ya presentías que poco a poco tu vida se iba apagando. Todos notaban el contraste entre la Julita activa y dinámica de antes y la que ahora perdía fuerzas, paulatinamente, hasta que varias crisis, cada vez más fuertes, la fueron consumiendo. Todos veíamos que, poco a poco, se acercaba el final.

Hace tres años que conocí a Julita. Cuando llegué a esta parroquia la vi con su cara pilla, un gesto juvenil y dos ojos chispeantes y alegres. Vivaz, menudita, inquieta, simpática y acogedora, la comunicación con ella fue fácil. Pese a su dificultad respiratoria, era una mujer expresiva que vibraba, desbordante de vida. Vi en ella un corazón transparente que vivía con intensidad. La parroquia era su segundo hogar. La sentía muy suya. Devota y profundamente religiosa, la eucaristía era central en su vida, así como el rezo del Rosario. Seguía con respeto las procesiones y la liturgia. Tenía una piedad profunda y auténtica, y a la vez era expansiva. Amaba los encuentros, las comidas de hermandad. Para ella eran ocasiones festivas, espacios donde se encontraba bien y participaba y dialogaba con todos, feliz de vivir la amistad con los demás feligreses.

Además de ser una mujer religiosa y comunicativa, era generosa y hospitalaria. Se ofrecía para todo y se implicaba, abriendo las puertas de su casa a los peregrinos que vienen cada año desde Polonia y Bielorrusia. Sin conocer su idioma, esto no era ninguna barrera para ella. La caridad era suficiente para poder entenderse: ella se comunicaba desde el corazón y todos la adoraban por su simpatía y generosidad. No necesitaba entender ni hablar; el lenguaje del corazón siempre va más allá del intelecto.

Julita siempre se sintió parte intrínseca de la comunidad, y me decía que para ella acoger a los peregrinos era un deber, tanto que se hacía una con ellos, participando de sus actividades. Era la abuela joven del grupo. ¡Cuánto bien hacía, sin entender sus palabras! Con la mirada y la sonrisa hablaba y comprendía lo más importante.

Este verano las fuerzas le empezaron a fallar. En los paseos y reuniones se le notaba el cansancio. Se agotaba fácilmente pero, así y todo, acogía y acompañaba. Julita ha sido la imagen de una Iglesia alegre, acogedora, entregada. Un testimonio vivo y misionero, la Iglesia que siempre camina, que siempre abre sus puertas, solícita.

En septiembre y octubre, cuando el sol declinaba, venía caminando lentamente, buscando el calor para sus pulmones y el aire fresco del patio. Yo la observaba, sentada junto a César, al sol, en largos ratos de silencio. Ambos callados, uno al lado del otro, simplemente respirando la calidez de la mutua presencia. En esos momentos me di cuenta de que el ritmo pausado delataba su progresivo agotamiento. Le fallaban los pulmones. Las crisis asmáticas comenzaron a sucederse con más frecuencia, hasta que dejó de venir al patio. Su ausencia se hizo notar…

―――

Quince días antes de morir hablé con Pilar y vimos que era el momento de prepararte para el final de tu etapa. Recibiste con mucha devoción el óleo santo, el bálsamo amoroso de Dios, la caricia divina de la Santa Unción. Yacías en la cama, plácida y serena, recibiendo el sacramento en la compañía delicada de tu hija. Aquella mañana lucía el sol, con toda su belleza. Los ángeles debían estar preparando sitio para ti en el cielo.

Montse te dijo que por la ventana se veía la montaña de enfrente, y que allí, en la cima, había una hermosa cruz de piedra. Que la mirases. Esa cruz, desde lo alto del monte, velaba por ti.

Dos días antes de morir le dijiste a tu hija que ya estabas preparada. Sí, Julita, te faltaba muy poco para el gran salto hacia los brazos de Dios y de María, a quien tanto rezabas y amabas. El día 19 de febrero, a las tres de la tarde, te fuiste a la casa del Padre.

Agarrada a tu hija, ella se acercó para sentir tu último aliento. Así moriste, acompañada. Dios te ha concedido el don de abandonar esta vida de las manos de tu hija, que te estrechaban con amor.  Para ti, que tanto rezabas por los sacerdotes, que abrías las puertas de tu casa y de tu corazón, las puertas del cielo se debieron abrir de par en par.

El día de la Santa Unción te dije que te quería ver en la celebración de mi aniversario sacerdotal, el 9 de marzo. Tenía ganas de volverte a ver aquí, con la comunidad. Pero sé que estarás presente desde un lugar privilegiado: desde el cielo. Ese día, los ángeles te vestirán con el mejor traje, lleno de luz, para poder estar conmigo. Para poder estar con todos.

domingo, 23 de febrero de 2014

Si me alejo de ti

Muchas noches salgo al patio y miro al cielo, buscándote. La luna con su tenue luz es testigo de mi inmensa gratitud por el regalo del día pasado. La noche está salpicada de estrellas y en el centro brilla ese faro, tan cerca y a la vez tan lejos. Ahí está, acompañándome en mi oración de acción de gracias.

Si me alejo de ti, es como si el ser humano se desvaneciera en un absurdo sin sentido. La luna dejaría de brillar y velar el sueño de la noche. Las estrellas se apagarían. El viento no cantaría ni susurraría en mis oídos. El sol no saldría en mi horizonte. Las olas no jugarían bajo mis pies. El azul se volvería gris. Las aves no volarían y los árboles no se mecerían con la brisa. Mis ojos no disfrutarían de los colores, ni de la belleza. Mis oídos no alcanzarían a sentir tu música, mi lengua dejaría de saborear el soplo de tu beso. Mi tacto dejaría de reconocerte en la dulzura de unas caricias y dejaría de oler el perfume de tu cálida presencia. Mi corazón no latiría al ritmo intenso del tuyo. Mi alma se encontraría en la penumbra.  

Si me alejo de ti, es como si los niños dejaran de reír y de jugar, los adultos dejaran de confiar y de cooperar, y los ancianos dejaran de tener esperanza en la última etapa de su vida.

Si me alejo de ti, el universo de mi existencia se precipitaría hacia el abismo. Por eso cada noche me gusta oírte, saborearte, olerte, verte y tocarte. Para saber y sentir que tú estás conmigo y yo contigo, y que tu presencia es tan viva como la mía.

Por eso, cuando te siento me siento más vivo que nunca.

De día agradezco un paseo junto al mar, contemplando las azules y cristalinas aguas besando la arena, el sol que calienta mi rostro, el viento que silba en mis oídos. Cuánta belleza. Contemplando el horizonte me siento bañado por una dulce mirada que inunda todo mi ser de un gozo inexplicable. Camino con paso firme, disfrutando del milagro de sentirme vivo y agradecido por tantas experiencias que me regalas. Cada día está lleno de tu presencia.

El estallido de belleza expresa tu amor infinito hacia tu criatura. Cada noche, bajo la luna, respiro y agradezco tu cercanía. Vivo dejándome mecer por el soplo de tu amor.

No concebiría mi existencia sin tu delicada presencia, tan silenciosa, tan real como la luna que alumbra el patio de noche. Presencia invisible, pero no menos tangible desde la evidencia del corazón. Mi vida no tendría sentido si me alejara de ti.

De pequeño me decían en la escuela que la luna son los ojos de Dios, que siempre te miran con ternura, y que el sol es tu corazón, que siempre arde de amor. Quizás por eso me gusta mirar la luna por las noches, y cada mañana me gusta sentir el calor de tu amor. Al principio lento y gradual, después ardiente sin medida. No dejes que nunca me aleje de ti: que nunca me aparte de la fuente que riega mi vergel y de este sol que me ilumina cada mañana. 

martes, 4 de febrero de 2014

Ansias de vivir


Hace un año que te fuiste. Pasando de puntitas, plácidamente, el día tres de febrero nos dijiste adiós. Dormida, te alejaste de este mundo con ojos serenos. Allí yacías, tras el combate de tu última noche. La hermana muerte vino a buscarte. Días antes luchabas con todas tus fuerzas para aprovechar el poco oxígeno que te quedaba. No te rendiste hasta el final. Tenías poco aire en los pulmones, pero muchas ganas de seguir viviendo y aprovechaste hasta el último suspiro. Ahí te quedaste. La muerte, que te acechaba desde hacía tiempo, venció la batalla.

Aquella noche te dejaste llevar. Soltaste la vida, que agarrabas con todas tus fuerzas pese al problema respiratorio que tenías.  Ansiabas vivir. Cada amanecer, al despertar, te abrazabas a la vida con alegría y a veces con tanto empeño que parecía que no querías que se te escapara. Hasta el ocaso, hacías de tu vida una aventura que saboreabas a grandes sorbos.

Es así como te recuerdo de joven. Tus amigos del colegio eran un tesoro para ti. Salías, ibas de excursión, al cine; compartías comidas y bellas historias de amistad. Lo eran todo para ti. De adolescente, no parabas de ir de un sitio a otro. Tu andar por la vida era como un vuelo. Te gustaba caminar y disfrutar del placer de la libertad.  Tus amigos eran el aire de tus pulmones, ellos te motivaban y tú los necesitabas para seguir amando.

Fue poco a poco que dejaste de respirar hondo. La vida te quitó ese impulso que te hacía volar como una gaviota haciendo piruetas en el azul del cielo. Sufriste momentos duros de desamor, como algún día me comentaste. Te entregabas generosamente a los demás, lo dabas todo, pero no siempre eras correspondida y te quedaba un desasosiego en el alma.

Con la enfermedad, comenzaste a recluirte. Las depresiones, la angustia, la soledad y un sentimiento de abandono te hicieron resbalar poco a poco hacia el abismo.

Lo que antes amabas se te hizo tedioso. La vida comenzó a deslizarse con lentitud, no solo en tu corazón. Tu mente, golpeada por el desespero, lo veía todo absurdo y sin sentido. Tus piernas dejaron de correr. Tu corazón ya no latía con la misma intensidad. Tus ojos se perdían en el infinito. Dejaste de tener esperanza.

¿Qué pasó? Es un misterio que no logro entender. Un día todo comenzó a rodar hacia abajo. Una hermosa vida truncada a golpes de desamor. Te hundiste en el vacío. De joven te recuerdo siempre corriendo, en casa, por la calle, en la playa… ¿Perseguías algo? ¿Qué buscabas? Todo el tiempo te parecía corto, ¿qué se te escapaba? ¿Quizás sentías que tenías que apurar la vida para morir pronto, sin saber por qué?

Te levantabas temprano, mirabas al cielo y te acostabas tarde mirando la luna. ¿Qué buscabas, más allá del cielo y de las estrellas? ¿Tal vez aquello que anhelabas en lo más hondo de tu corazón? ¿Un amor divino, que colmara tus ansias de felicidad? Cuando estabas contenta, saltabas. Nadie podía robarte el gozo. Visto con calma, después de un año de tu muerte, pienso… ¿Y si buscabas, en el fondo, el amor de aquel padre que murió cuando tenías solo seis años? ¿Y si esa ansia por la vida era la semilla que brotó en ti ante el amor generoso de tu padre? ¿Y si lo que buscabas, más allá de las estrellas, era ese amor cálido que experimentaste de pequeña? Tú, que tanto corrías tras la vida, viste cómo aquella noche fría de febrero tus sueños, por fin, se convertían en una pértiga que te impulsaba más allá del firmamento. Tú, que amabas la vida, después de pasar por un terrible abismo, encontraste la Vida con mayúsculas.

――――――――

¿Tal vez, en lo más hondo de su corazón, corría tras la vida eterna? Quizás nunca lo supo, pero corría hacia una meta a la que llegó antes, con un impulso tan fuerte que atravesó el muro entre lo material y lo invisible. Tanto amaba Carmen que la gravedad no pudo con ella. En el salto hacia el más allá, encontraría a aquel que nunca falla y que lo da todo: Dios. Y, además, el regalo de un reencuentro con el padre que tanto amó. Le pido a ella que me proteja en mi sacerdocio.

domingo, 5 de enero de 2014

Cada año nuevo, una oportunidad para crecer

Se culminó el año 2013 y se abre otro nuevo. Lo empezamos con alegría porque en lo más hondo de nuestro corazón nos apasiona vivir: tener desafíos, retos, oportunidades. Porque estamos embarcados en la hermosa aventura de la vida. Día a día hemos encontrado razones, sueños, esperanzas para seguir luchando, creciendo, amando.

Muchas personas han apostado por el bien, la felicidad, la entrega generosa, personas que vitalmente aman lo que son, pero especialmente aman a los demás. Son un ejército de gente buena que atraviesa la línea del nuevo año con paso firme y decidido, que pese a las dificultades no se han rendido y miran hacia el frente. Son felices, no solo por lo que hacen y son sino porque la vida tiene un sentido que va más allá del éxito o del fracaso. Han descubierto que tras el reverso de la existencia está Dios, y esto les da una visión y unas fuerzas inusitadas para vivir con intensidad exprimiendo minuto a minuto la vida.

Se nos abre un nuevo año, entre los aciertos y los errores del pasado que, sumando y restando, nos han hecho crecer. Con la incerteza del futuro, pero no menos apasionante, y con la certeza, eso sí, de saber que es un regalo, una nueva oportunidad para acumular experiencia y sabiduría.

Tenemos la potencialidad para hacer frente a cualquier reto que nos surja. La capacidad humana en sus distintas dimensiones es asombrosa: su cerebro, su corazón y su alma, conectados, están llamados a dar lo mejor de sí mismos. Nada ni nadie puede detenernos, ni siquiera las enfermedades, los fracasos, el dolor, las traiciones. Somos creados por Dios y podríamos decir que, de alguna manera, estamos participando de sus atributos divinos. Nos ha dado una inmensa capacidad para crear y una inteligencia maravillosa. Pero sobre todo nos ha dado el impulso y la capacidad de amar. ¿Creéis que con todo esto no podemos subir la montaña más alta, cruzar el océano más profundo o lanzarnos al vacío sin miedo, sabiendo que tenemos una mano amorosa que nos protege? Con esto, nada ni nadie nos puede frenar. Nuestra osadía viene de creer que nunca estamos solos en la travesía de la vida.

Dios nos lo ha dado todo: existencia, inteligencia, libertad, amigos, familia… Pero sobre todo nos ha dado el don de ser como él, aunque no seamos él. Más allá de lo físico y lo biológico hay una semilla de plenitud que todos tenemos: esa alma inmortal que nos hace trascender. Somos semejantes a Dios, y esto nos da el coraje y la convicción para descubrir un fascinante amanecer en el horizonte.

Cada vez que abrimos los ojos, nos levantamos y damos un beso a la persona que tenemos al lado, esto es mejor que todos los amaneceres del mundo. Porque unos ojos que se abren y dejan atrás la oscuridad, unos ojos que pueden ver, un cerebro que está vivo, conectado al corazón, a las manos, a las piernas; un cuerpo que se mueve y se levanta para besar a la persona amada, todo es un milagro. Ya no solo me funcionan el cuerpo y los órganos vitales: me levanto con la capacidad de amar. El amor hace posible que todo lo que nos rodea tenga sentido: cónyuge, familia, amigos, trabajo, respirar, hablar, pasear… Cuando damos valor a la persona por el simple hecho de existir la estamos potenciando al máximo. Como decía un amigo mío: una sola persona es más valiosa que todas las estrellas del universo.

Con emoción y pasión podemos hacer que cada día que pase vayamos a dormir con la total certeza de que ha valido la pena todo cuanto hemos vivido: lo bueno y lo malo, porque todo contribuye a hacernos mejor persona y a acrecentar nuestra madurez espiritual.

Joaquín Iglesias
4 enero 2014

domingo, 29 de diciembre de 2013

Fuerte como un roble, suave como una amapola

Desde el espigón de la playa, de espaldas a las dos torres de la Vila Olímpica, mirando hacia el mar, mi vista se pierde en el horizonte. Entre la hora del ocaso y la noche aparecen en mi mente los rostros de dos personas que están en el origen de mi historia. Dos mujeres que han hecho posible la creación de un proyecto familiar marcado por momentos y etapas diferentes.

Nacidas en Montemolín, en la comarca de Tentudía, en la falda de un cerro coronado por su castillo, estas dos mujeres nacieron a finales del siglo XIX y pasaron la tragedia de la guerra civil y el latigazo del hambre, aprendiendo a sobrevivir en medio de las circunstancias más adversas.

La crudeza de la hambruna y la miseria en la España de la posguerra llevó a muchas familias al borde de la muerte. Algunas tuvieron que emigrar, otras tuvieron que separarse.

Y allí estaban ellas, abriéndose camino, luchando para que el débil hilo que mantenía unida a la familia no se rompiera. Afrontaban el día a día como un desafío, como quien salta al ruedo de una plaza de toros, sin saber si seguirían vivas al amanecer siguiente. Cada día terminaban extenuadas por conseguir un trozo de pan para comer y esquivar el zarpazo de la muerte. Llegar a casa al final del día con las manos llenas era una victoria ganada.

Nunca se rindieron. Pese a su naturaleza físicamente frágil, las ganas de vivir y de tirar adelante su familia las hicieron fuertes y resistentes, de tal forma que superaron todos los obstáculos. Vencieron, no solo la batalla del hambre, sino la de la desesperación, la desconfianza y el desconsuelo. Supieron pasar por encima de la ira y la incertidumbre, dejando atrás la angustia y obteniendo ese trofeo sin precio: la vida y el deseo de vivir, hasta el final de sus días.

¿Qué tenían aquellas mujeres menuditas y a la vez grandes, resueltas y audaces?

La abuela Araceli


Siendo muy diferentes de carácter, ambas, mi abuela Araceli y su hermana, mi tía abuela Carmen, fueron inseparables. La primera se casó y tuvo cinco hijos, dos mujeres y tres varones. Era de carácter fuerte y tez morena, curtida por el sol y el frío. Mi abuela tenía grandes dotes de organización, era diligente e incansable, de temperamento brusco que escondía una gran ternura. Tengo de ella un recuerdo muy vivo.

Además de enfrentarse al drama de la miseria que azotaba el pueblo, mi abuela tuvo que afrontar la muerte prematura de su marido. Quedó viuda muy joven, con los cinco hijos que tuvo que sacar adelante. Sola, tuvo que echar mano de toda su fortaleza y su ingenio para no derrumbarse. Milagrosamente, la abuela sobrevivió sin que el agotamiento pudiera hacer estragos en ella. Era una auténtica luchadora.

Mi madre Paula era una adolescente cuando estalló la guerra. Durante los años de contienda, la abuela sostuvo como un robusto roble a toda la familia, soportando los vaivenes con fortaleza asombrosa. Hábil en sus relaciones con los demás, con genio y capacidad de mando, crió y amó a sus hijos sin doblegarse ni dejar de mirar al frente, con un semblante aparentemente desconfiado, penetrante e inteligente. Le gustaba estar en las trincheras, educando y trabajando. Así era ella. Segura de sí misma y sincera, hizo lo imposible por mantener viva a su familia en aquellos tiempos difíciles.

Y mi tía Carmen, ¿cómo era?

Suave como el vuelo de una mariposa


Si Araceli, su hermana, era una roca granítica, Carmen hacía honor a su nombre, que en hebreo significa “viña del Señor”. Era realmente como un jardín; su trato cordial fluía como un suave vino en el paladar, su cortesía y amabilidad eran distintivos de su naturaleza humana.

La abuela se casó, pero la tía se quedó soltera. Una señora del pueblo, a la que cuidó durante mucho tiempo con esmero y dedicación, le dejó en herencia su casa, una antigua masía que Carmen convirtió en un mesón. Era por la década de los 50, y allí se trasladaron a vivir con Paula, mi madre, y mis dos hermanas, Mari y Carmen. La adecuaron entre las dos, repartiéndose las tareas: Araceli se cuidaba de la limpieza y las compras, Carmen de la acogida a los clientes y de la cocina. Formaban un tándem perfecto, siendo tan diferentes, y el negocio funcionó. La casa estaba en medio del pueblo y pronto los cocidos extremeños de mi tía cosecharon un éxito arrollador. El mesón se convirtió en uno de los establecimientos más prósperos del pueblo, así como un lugar de referencia para quienes buscaban comidas caseras, tanto las gentes pudientes del lugar como los viajantes y forasteros. Así, la familia conoció unos años de trabajo intenso y relativa prosperidad en la última etapa de la posguerra. Atrás quedaban la hambruna y las estrecheces. Las dos hermanas no podían rendirse: tenían en sus manos un proyecto familiar que no podían abandonar.  

¿De dónde les vino el éxito? Sin duda, a parte de las dotes organizadoras que tenía la abuela, la atención delicada de Carmen hacia los huéspedes y su buena mano para cocinar fueron decisivas. La tita, mujer menuda, delgada y vivaracha, tenía un rostro bello y armonioso, que cautivaba a muchos hombres que la cortejaban. Rebosaba humanidad y belleza. Su mirada clara y viva seducía por su sencillez. Si Araceli era un recio roble, la tita, como la llamaban, era una caña de bambú grácil y flexible, siempre en su sitio, en su centro. Como una mariposa, se deslizaba con suavidad entre sus quehaceres y en la acogida a los demás. La dulzura de Carmen era un bálsamo que suavizaba los momentos de mayor frenesí y agobio ante las dificultades familiares. La abuela fue base, roca sólida; la tita fue pilar a cuyo alrededor todo crecía.

Sus vidas no podían entenderse una sin la otra. No sabían estar separadas. Formaban una unidad tan fuerte que jamás se agrietó. Vivieron casi cien años juntas.

El ocaso


En 1967 vinieron a Barcelona a vivir en un tercer piso de la calle Greco. Comenzaba otro capítulo dramático en sus vidas, porque nunca se encontraron bien en la vorágine de una gran ciudad desconocida. A una edad avanzada, fueron arrancadas de su entorno rural, del paisaje humano en el que habían crecido y del que formaban parte. La belleza de aquellos campos había empapado toda su vida. Fue entonces cuando comenzó su decadencia. Tenían cerca de ochenta años y ya no tenían nada por lo que luchar. Su declive no fue tanto físico, porque fueron longevas, ambas llegaron casi al siglo. Fue más bien un deterioro moral y psicológico que poco a poco fue haciendo mella, no solo en sus huesos, sino en su corazón.

Siempre habían respirado aire puro y habían transitado por callejuelas empedradas y caminos de tierra. Estaban acostumbradas al contacto humano, a las relaciones con los vecinos y forasteros, a la proximidad. En Barcelona, fueron engullidas por el anonimato de la ciudad. Su luz dejó de brillar, comenzaron a tener caídas, cuando siempre se habían mantenido firmes y ágiles. Las fuerzas empezaron a abandonarlas. Aquel no era su lugar.

Y, sin embargo, durante los casi veinte años que vivieron en Barcelona, las dos continuaron ofreciéndonos su cariño, cocinando, limpiando, dando afecto a sus nietos y a sus biznietos, los hijos de mi hermana Mari. Dieron calor a aquel piso extraño para ellas, aislado de la tierra, que les iba quitando la vida lentamente. 

Era hermoso verlas a las dos, ya muy ancianas, sentadas en el sofá de la casa, silenciosas y serenas. Ya lo habían vivido todo y se lo habían dicho todo. Tras las arrugas de sus rostros se almacenaban cientos de recuerdos, aventuras, vicisitudes que vivieron juntas. En sus últimos años también languidecían juntas, poco a poco, sin ruido.

La abuela nos dejó antes. En su última etapa pasaba largas horas en la cama, postrada por el dolor, aunque jamás rechistaba, herida por las llagas que se le abrían en la piel. 

Con su muerte, un fuego vibrante se apagaba en mi casa. Durante su agonía recordé todo lo que ellas, mi madre y mis hermanas me habían explicado. La abuela, tan brava, murió junto a la tita. Bajo la dulce mirada de su hermana, su rostro cambió y se volvió apacible mientras yacía en su lecho. Carmen se despidió con un suave beso en la mejilla de la abuela, reteniendo unas lágrimas que salían, no solo de sus ojos, sino de su alma. Se terminaba aquella larga vida de dos hermanas que se habían querido, y que juntas habían luchado, desafiando al tiempo y al hambre, el frío, el calor y la pobreza. Allí estaban ahora, despidiéndose. Era hermoso verlas tan unidas en los últimos momentos.

Meses más tarde murió la tita. Sometida a varias operaciones a causa de una clavícula rota, murió en el hospital de la Vall d’Hebron después de una intervención quirúrgica. Con su muerte, terminaba la epopeya de estas dos valientes mujeres que iluminaron unos años cruciales de mi juventud, en Barcelona. Entonces pensé que, en el cielo, seguirían juntas otra historia.

domingo, 15 de diciembre de 2013

El silencio sanador

Cuántas veces, después de un día ajetreado, en el que hemos sido bombardeados por tanto ruido y tantas imágenes, más de lo que nuestra retina puede soportar, sentimos la necesidad imperiosa de parar y descansar. El frenesí no es lo normal. La dependencia del activismo es, en el fondo, una manera de huir hacia adelante. El corazón humano está hecho para la paz, para el silencio, para saborear la belleza y la música. Necesitamos volver a nuestro estado primigenio, a la soledad del espíritu para ser conscientes de que necesitamos, como el aire, profundizar en nuestra identidad humana. El vértigo y el ritmo acelerado son enemigos del silencio. El estrés mata el silencio y nos aleja de nuestra propia realidad, de nosotros mismos y de los demás. 

Urge recuperar el valor del silencio, no solo como un refugio, o como un valor religioso, sino como una necesidad vital del hombre. La masa, el ruido y el frenesí nos producen reacciones tóxicas que nos enferman emocional y espiritualmente. Es verdad que hay muchas razones por las que enfermamos: mala alimentación, experiencias emocionales, ruptura de relaciones humanas, disgustos, estrés, virus, etc. Cuando sufrimos alguna patología, en seguida buscamos al médico o al terapeuta, o iniciamos cambios de hábitos para mejorar nuestra salud. 

Pero a veces la raíz de nuestros males y dolencias está en nosotros mismos. Si decimos que el pH de nuestro cuerpo ha de ser alcalino y no ácido para evitar enfermedades, lo que alcaliniza el espíritu humano es el silencio. El silencio nos amansa, nos equilibra, nos sitúa ante el mundo y nos ayuda a construir nuestros anhelos más profundos. En definitiva, nos permite descubrir la razón última de nuestra vida. 

Porque solo desde el silencio se puede penetrar a fondo en nuestra propia realidad, tal como es. Solo cuando paramos y aprendemos a escucharnos a nosotros mismos, a nuestro cuerpo, nuestros sentimientos y emociones, comenzamos a desatar esos nudos físicos, psíquicos y mentales que han actuado como auténtica metralla interna, que han perforado nuestros anhelos y nuestra hambre de paz. En el campo sanitario se habla de nuevos hallazgos, de innovadoras técnicas. Y realmente se ha avanzado mucho. Pero nuestra medicina sigue muy enfocada en el plano físico, biológico y genético. En las últimas décadas se ha comenzado a hablar de la medicina energética y cuántica, con nuevas y prometedoras terapias. Pero ni en la medicina alopática ni en la holística se habla lo suficiente del silencio terapéutico. 

Un alma perdida en el laberinto del ruido y del frenesí, más allá del equilibrio físico, químico y energético, necesita estar alineada con toda la estructura de su ser, y esto solo se puede lograr desde un silencio reparador y sanador. El abismo nos aterra. Necesitamos la luz y el calor del sol. Para nuestra armonización es crucial huir del incesante ruido que nos inquieta y nos roba la paz. Necesitamos la calma del silencio, su melodía, su brisa. Nuestro corazón ansía y necesita reconciliarse consigo mismo. Cuando aprendemos a valorar este regalo es cuando se produce la complicidad entre nosotros y los demás, y el enfermo empieza a recuperar la paz. Y es que desde el silencio más interior se aprende a dar a las cosas el valor que tienen, entre la pasión y el desapego. 

Se trata de aprender a no exagerar ni parar del todo. Con el silencio se encuentra el punto intermedio, que me ayuda a tomar la medida de aquello que estoy haciendo. Sin estrés y sin descuidarse de todo. El silencio es más potente que el ruido. El ruido puede ser fruto de un fuerte impacto; puede a la larga ensordecer, pero solo llega a nuestros oídos. En cambio, la capacidad de emocionarnos al contemplar algo solo ocurre en el suave silencio. Es entonces cuando se produce el impacto interno, que llega hasta lo más profundo del alma. 

Cuando empezamos a comunicarnos con nuestro yo más hondo hemos aprendido a gustar el silencio, dejando a un lado las palabras que distraen.

A veces, callar es lo mejor cuando se trata de hacer un bien real. El silencio puede ser más fecundo que las palabras.

Joaquín Iglesias 
14 diciembre 2013 - San Juan de la Cruz

domingo, 17 de noviembre de 2013

Arrancado de unos brazos

Es un día frío de invierno, a finales de febrero. Un niño llora desconsolado en los brazos de su abuela. De tez morena y cabello muy negro, con grandes ojos tristes, hunde su cabecita entre los pechos de la anciana y solloza. Se agarra a ella con todas sus fuerzas; no quiere soltarse.

Tiene solo dos años, pero conoce el dolor de haber perdido a alguien que llenaba su vida. Su padre ha muerto, y el sentimiento de desamparo invade su corazón. Ya no volverá a ver su rostro, no volverá a jugar con él; se fue para siempre su referente, la presencia que lo confortaba y le ofrecía un futuro. Llora sin cesar.

Su madre intenta, en vano, calmarlo. Joven viuda, con varios hijos, en un pequeño pueblo de Extremadura azotado por el hambre de la posguerra, toma una difícil decisión. Ella buscará trabajo en la capital y dejará a los niños en un centro de acogida en la capital de provincia.

Llegado el día de la partida, el niño se niega a abandonar aquel pueblo, aquella casa que alberga sus escasos recuerdos y su pequeña vida. Cuanto más insiste la madre, con más fuerza llora y se aferra a los brazos de su abuela. No quiere soltarse, no quiere romper el vínculo. La muerte del padre ha sido una herida desgarradora; no quiere más separaciones. El gemido del niño se hace cada vez más intenso. Pero la decisión de la madre está tomada.

Es arrancado violentamente de los brazos de la abuela y el llanto se convierte en un grito de desolación. A la fuerza, lo llevan de la mano y se deja arrastrar. Mira por última vez la calle donde aprendió a corretear bajo la mirada de su padre. Se terminaron los juegos, la ternura, las caricias. Atrás quedan los campos, el tufillo de las cabras, la hierba mojada por el rocío matinal, el murmullo de las espigas salpicadas de amapolas. Entre las lomas dejó los días felices, cuando su padre lo llevaba con él a apacentar el rebaño. En la ciudad ya no volverá a saludar a la luna, que señalaba a su padre con ojos brillantes y asombrados. El niño de dos años ha quedado herido para siempre.

Lo arrancaron de su padre, de su abuela, de su familia, de su pueblo y de sus amigos. Desde aquel día el sol no volvería a brillar sobre el horizonte de su corazón. Resignado, se deja llevar. Algo ha muerto dentro de él.

――――――

Pasó 14 años en el internado. Su timidez extrema lo llevó a encerrarse en su mundo. Apenas se relacionaba con los demás, y se acostumbró tanto a oírse llamar por un número, que olvidó hasta su apellido. Soportó mal la estricta disciplina del colegio y el ritmo educativo, a golpe de pito y castigos. Por supervivencia tuvo que adaptarse y enterró los sentimientos en lo más hondo de su corazón y de su mente. Desconfiado y arisco, no quiso volver a amar, quizás para no sufrir otro desgarro, otra separación.

No fue hasta la adolescencia que se atrevió a escoger algunos amigos. Pocos, entre la timidez y la desconfianza. Cuando a los 14 años salió del colegio para estudiar en el instituto, el cambio fue una bocanada de aire para él. Empezó a forjar amistades y quizás a soñar planes de futuro.

Pero entonces, ya adolescente, volvió a vivir otra ruptura. Cuando había aprendido a sobrevivir, sin hacerse más daño, su mundo interno se sacudió de nuevo. Esta vez no lo arrancaron de los brazos de su abuela, sino de su ambiente y de un mundo que había aceptado.

Su madre, que se encontraba en una mejor situación económica, decidió reunir a la familia y llevar a todos los hijos a vivir con ella, en Barcelona. El joven dejó el colegio para iniciar otra vida, muy distinta, en una gran ciudad desconocida.

El corazón se le volvió a endurecer y cayó en una profunda depresión. El nuevo hogar en la anónima Barcelona, sin personalidad, le resultaba inhóspito. Le faltaban referencias morales, su frágil identidad se resquebrajaba y se perdió en el laberinto de su propia soledad. Sus relaciones con los demás se volvieron complejas y difíciles. Sometido a tratamiento con ansiolíticos, se fue hundiendo en un pozo cada vez más hondo.

Hoy, ha levantado un grueso muro entre él y su familia. Vive solo, desconectado. Lee con pasión, sobre todo a Sartre y a Bakunin. Camina por las calles sin rumbo fijo y apenas se relaciona con nadie. Fantasea en su mundo con la lucidez de la náusea existencial y la filosofía anarquista. Le gusta pasar desapercibido y busca rincones tranquilos y verdes donde quedarse horas leyendo a la sombra de un árbol. Quizás el rumor de sus hojas le conecta con aquel pueblo perdido de su niñez, con los campos de trigo, con los encinares. Falto de relaciones humanas, se alimenta de sus lecturas.

El niño, que hace casi sesenta años gritaba porque no quería soltarse de los brazos de su abuela, hoy ya no quiere agarrarse a nadie y huye hacia ninguna parte. Sin raíces, está totalmente solo. Lo hirieron y ya no cree en los vínculos, no quiere volver a sufrir otra amputación, no tiene fuerzas para soportarla y prefiere morir en su anónima soledad. No tiene a nadie, pero nadie podrá dañar más su roto corazón. Se ha rendido y prefiere perderse en la nada porque se siente nada, indigno de otros brazos.

Esperando su ancianidad, los años caen como las hojas en otoño, arrastradas por el viento, sin rumbo, sin otro sueño que morir huyendo.

¿Mereció ese niño de ojos negros y penetrantes quedarse sin padre? ¿Mereció esta vida? ¿Es el misterio del mal, el destino o la mala suerte? Quizás los golpes le sobrevinieron demasiado temprano, cuando su personalidad todavía no estaba definida. O quizás era demasiado frágil y no supo cómo afrontarlos, no tenía suficientes defensas. ¿Fue demasiado para él?

Cada uno es como es. Lo más duro es aceptar y ver cómo algunos agonizan lentamente. Lo más trágico es que un día morirá solo y nadie sabrá cómo, cuándo ni por qué. En el cielo, ¡entonces sí!, encontrará quien le abrace. Allí están los que nunca se cansarán de esperarlo con los brazos abiertos. Ojalá, aunque sea en el más allá, su corazón despierte y vuelva a latir, esponjado de la dulzura y el calor que le han faltado durante tantos años.