domingo, 24 de agosto de 2014

La solidez de un amor

Seguros, firmes, serenos, con pasos suaves, se acercan hacia el altar para renovar el sí que se dieron ante el Señor, hace 50 años.

La música de la marcha nupcial recuerda aquel primer sí que se dieron Pilar y Adolfo, un sí quizás tembloroso, pero firme. Un sí que la fuerza de su amor ha consolidado con el tiempo, aunque con la incerteza de un futuro que se abría ante ellos. Un sí que los llevó a desafiar toda clase de tormentas, un sí tan fuerte que superó el miedo al compromiso de por vida. Un sí que logró vencer al tiempo, la apatía, el cansancio y la desesperanza. Un sí que pronunciaron en un terreno sagrado, donde Dios se convertía en el gran aliado de su matrimonio.

Este ha sido el fundamento de su relación. 50 años más tarde, el brillo de sus ojos no se ha apagado y la sonrisa de Pilar sigue manando, como una fuente de aguas cristalinas. 50 años después se han convertido en auténticos guerreros del amor. Ni el calor asfixiante del verano ni el frío del invierno de su existencia, ni el fuego ni el hielo han derribado la fortaleza de su amor. El corazón de Pilar es rocío del amanecer, y el corazón de Adolfo es cálido como los rayos de sol en el ocaso. Serenidad, hondura, calma y pasión. Dos corazones latiendo al unísono mueven más energía que todo el universo.

50 años más tarde, en un día como hoy, fiesta de santa Rosa de Lima, ese amor sigue tan vivo como una rosa fresca y lozana. El tiempo ha dejado su huella en la piel, en los rostros, en algún que otro achaque. El deterioro físico aparece inevitablemente. Pero hoy, el sí de ellos es un sí rotundo, seguro, decidido. Sus voces suenan claras y firmes. Sus ojos son limpios, sus miradas dulces. La piel de su corazón no ha envejecido, por sus corazones no ha pasado el tiempo. Al dar ese sí, espontáneo y fresco, no solo es como si no hubiera pasado el tiempo, es como si ambos hubieran rejuvenecido. Cruzan miradas de complicidad, se sonríen.

En la comunión, Pilar alza la voz para cantar «Si me falta el amor, nada soy», el himno a la caridad de San Pablo. Sin el amor se apaga la luz, la vida envejece, la suave brisa da paso a una ráfaga de invierno flagelador. Solo el amor puede convertir una noche oscura en un día luminoso; un desierto árido en un vergel, el corazón de piedra en un corazón de carne, el abismo en claridad, una pesadilla en un canto gozoso, el abatimiento en libertad y alegría. Con la espontaneidad, que le salía del rostro y del corazón, Pilar miraba a su esposo con dulzura mientras cantaba. En aquellos momentos, se estaba convirtiendo en faro luminoso para toda la comunidad celebrante. La hondura y la solidez de dos esposos que han sabido permanecer juntos, fuertes como dos palmeras y flexibles como dos bambúes, que ni la sequía ni los vientos huracanados han podido tumbar. Sus corazones están elevados y enraizados en Dios.

Su familia ―hijos, hermanos, nietos―, sus amigos y la comunidad fuimos testigo de un amor impresionante. En la liturgia de la renovación el cielo se abrió, y el perfume de su nuevo sí, reafirmado con intensidad, dio un aire de trascendencia al templo. Porque en cada eucaristía Dios en Jesús nos está diciendo que sí. Se renueva un pacto, una alianza de Dios con cada uno de nosotros. La eucaristía es el signo más claro de su sí. Su muerte en cruz selló este sí y lo hizo estallar en la resurrección. Es tan grande su amor, que ni la muerte puede matar su proyecto.

El profetismo bíblico revela el amor de Dios hacia su pueblo en alegorías conyugales, como signo de fidelidad. ¡Qué experiencia y qué lección para todos! Pilar y Adolfo nos enseñan que Dios se vale del matrimonio para que nunca olvidemos que él es fiel a su comunidad, a su familia, y que la eucaristía es un memorial en el que se hace presente, de nuevo. La Iglesia es nuestro hogar; la eucaristía es su gesto sublime de amor.


Ojalá, Pilar y Adolfo, sigáis brillando. No dejéis que el fuego de vuestras antorchas se apague. Porque hoy, más que nunca, la Iglesia necesita faros luminosos que orienten a tantos corazones perdidos en el mar de su existencia. Y que seáis puerto de acogida de muchos que están sufriendo en la orilla de sus vidas. No os canséis, con vuestras manos firmes, de ayudar a salir del lodo de la desesperación a otras gentes que han perdido el rumbo. Toda vocación tiene como fundamento el amor. Gracias por dejarnos saborear la dulzura de vuestro amor.

viernes, 15 de agosto de 2014

El abrazo de la morera y la luna

En una silenciosa noche de agosto la luna, sin prisa, asciende sobre el mar, cruzando en su recorrido por encima de calles y plazas. Llega hasta los plataneros que custodian el campanario de la parroquia y se desliza entre las ramas. La luna está llena, resplandeciente, y el cielo empalidece, aterciopelado bajo la brillante luz. Entre la brisa suave de esta cálida noche pasa por encima de las copas de los árboles y se posa suavemente encima de la morera del patio.

Las hojas de la morera se perfilan sobre la faz de la luna. Es como si quisieran jugar. Emocionado, intento retener esos bellos y efímeros instantes, imposibles de plasmar en el cuadro más hermoso. Nunca había visto la morera tan iluminada, de noche. La luz  de la luna proyecta su sombra en el patio, moteando el gris del asfalto. Admirando tanta belleza, me pregunto por qué precisamente esta noche, vigilia de santa Clara, la morera y la luna se abrazan. Me quedo largo rato contemplando ese encuentro, ese diálogo silencioso que asciende desde la raíz del árbol frondoso hasta la altura inaccesible de la luna. Árbol y astro se entrelazan en la dulzura de una sorprendente amistad. El patio entero parece transfigurado, todo reluce bajo la claridad matizada del cielo.

Estremecido por tanta belleza, me voy a descansar. Desde la ventana, les deseo una feliz noche a estas dos amigas insólitas. Poco a poco la luna se desplaza para seguir su curso en el cielo; la morera continúa en su lugar. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que vuelvan a encontrarse? La brisa de la noche parece entonar una melodía, un canto de amistad entre el cielo y la tierra, un canto entre la naturaleza viva y la bóveda celeste, entre el creador y su creación, entre la belleza y el hombre que la contempla.
Esta noche, la luna es algo más que una esfera de roca y la morera más que un árbol erguido. Más allá de dar luz la una, y sombra la otra, más allá de orbitar por el cielo o de crecer siguiendo su impulso vital, luna y árbol resplandecen, como respirando una alegría profunda.

Me viene a la memoria mi niñez, cuando, en las noches de verano, me asomaba a la ventana de mi habitación, siempre fiel a mi cita con la luna, que contemplaba hasta quedarme dormido, mecido en su luz. Miro por última vez hacia el patio y siento que mi corazón late con ellas. Luna y morera, cielo y tierra, ser humano. Entre las criaturas nace una hermosa complicidad porque todo, firmamento, tierra y ser humano, está llamado por el creador a convivir armónicamente. Todas las criaturas somos polvo celeste insuflado por el Espíritu Santo, creadas con amor y por el amor divino. La belleza es imagen de Dios. Y Dios ha creado las cosas para que el hombre se enamore de la inagotable belleza del universo.

domingo, 20 de julio de 2014

Una vocación llena de alegría

Bajo la morera, cuando el día despunta y el cielo clarea, con una brisa sanadora y un aire muy limpio, respiro dando gracias a Dios por una persona que sabe transmitir la alegría como algo fundamental en su vida, y que se dedica a hacer el bien a muchas personas.

Un amigo me había hablado muy bien de ella. Tras varios intentos de llamada, por fin contactamos por teléfono. De voz clara y fresca, se comunica con facilidad y en seguida acordamos un día para encontrarnos. Nos vimos por primera vez en primavera.

Si tuviera que identificarla con una estación del año, sería justamente la primavera, porque es un estallido de vida y de alegría. Desprende vitalidad, no solo por su rostro, sus gestos, su mirada y sus labios. Todos sus poros emanan la bondad que surge de su corazón. Es vital y existencialmente feliz. Rebosa entusiasmo y se la ve enamorada de la vida, de los suyos y de su trabajo, de las personas. Por eso, todo lo que hace como terapeuta lo vive como una vocación, una llamada a una misión de servicio. Sus manos, su corazón, su aliento vital, ya son terapéuticos porque ha convertido sus talentos y capacidades en herramientas potentísimas y sanadoras. Desborda vitalidad porque es alguien que ha decidido dar un sentido hermoso a su vida.

Pero su camino no ha sido siempre fácil. Es una mujer que ha pasado por experiencias muy densas, algunas durísimas, y esto le ha dado la capacidad de penetrar hasta lo más hondo del corazón humano y comprender el dolor y las limitaciones de los demás.  Conoce el vacío existencial, la enfermedad, la angustia y la lucha por recuperar la paz interior perdida. Sabe llegar hasta lo más frágil del ser humano porque ha palpado la ruptura del yo más profundo y el renacimiento de la esperanza. Por esto, además de sus dones sanadores y su fina intuición, sus terapias son algo más que una aplicación de técnicas o conocimientos. Con ella el paciente se reencuentra a sí mismo y es invitado a abrazar su realidad con perdón y bondad. Solo así iniciará el camino de recuperación.

Saber, escucharse, sentirse y ser conscientes del enorme potencial de autocuración que tenemos es esencial, y así lo enseña en sus charlas y en grupos de mujeres a las que ayuda. Ya no solo se trata de mejorar la salud, sino de aprender a disfrutar de la vida tal como es. Los pensamientos y creencias negativas, el cansancio y el estrés se somatizan y terminan bloqueando nuestra energía, convirtiéndose en enfermedades diversas. La verbalización es fundamental: la palabra nos da poder para recobrar la salud o para perderla, para salir adelante o instalarnos en una tristeza patológica. Salir de uno mismo y hacer el bien es la mejor de las terapias. Amor, alegría, compasión, perdón y aceptación son los pilares de la salud y así lo entiende ella.

Vive su vida con pasión. Tiene un carisma especial para escuchar el cuerpo y la mente de los pacientes, no solo desde el oído, sino desde todo su ser, hasta llegar a percibir lo que se mueve en el fondo del alma. Esto le permite aplicar mejor sus métodos sanadores, con amor y creatividad, de manera totalmente personalizada y sin ahorrar en tiempo y en recursos. Su amplia experiencia humana, acumulada después de más de veinte años ayudando a muchísima gente, ha hecho de ella no solo una gran terapeuta, sino una gran mujer, una gran madre, una gran esposa, una gran amiga y una gran educadora. Enamorada de Dios y del bien, es feliz desplegando la vocación que un día descubrió: la de dar con alegría.

domingo, 13 de julio de 2014

Anclado en la soledad

Cruzó el charco hace doce años. De manos habilidosas y creativo, antes del boom informático trabajó como técnico reparador de máquinas de escribir. Hábil en su desempeño, de talante amable y con facilidad para las relaciones sociales, se fue labrando un camino en su país y logró reunir un pequeño capital. Pero todo esto se volatilizó cuando la informática desbancó las máquinas de escribir y perdió su trabajo. Los bancos de su país hicieron un “corralito” y se quedó sin nada: sus sueños, sus metas y la alegría se desvanecieron con sus ahorros.  Acostumbrado a disfrutar de una buena posición económica, no se había preparado para los cambios tecnológicos y la revolución de Internet, y se quedó al margen en su proyección laboral. Desde entonces comenzó un doloroso declive, un largo vía crucis que ha durado hasta hoy.

Sin empleo y sin dinero, sin horizontes de futuro, se ha ido arrastrando con una fractura interna que le ha impedido sobreponerse y le ha hecho caer en una situación de casi indigencia.

Las relaciones con su familia siempre fueron difíciles. Su madre murió cuando era niño y su madrastra no lo trató bien. Con seis años, empezó a ir de casa en casa, con diversos familiares, porque en el hogar de sus padres molestaba. Por parte de sus hermanos recibió un trato agresivo, incluso violento, en algunas ocasiones. De adulto, tampoco llegó a casarse ni a formar una familia.

Cuando se quedó solo, sin dinero y sin trabajo, un sobrino suyo le buscó empleo en un carguero. Pasó cinco años en el barco, siguiendo la ruta del Pacífico y navegando de costa a costa, transportando fruta a países como Japón, China y Estados Unidos. Cinco años navegando, quizás deseando que el mar se tragara sus angustias. A veces pasaba más de un mes sin anclar en puerto. Al principio le costó habituarse a la vida mar adentro, sobre todo cuando soplaban fuertes vientos y se agitaba el oleaje. Llegó a ser ayudante del timonel y ocupaba su lugar al timón en los días de mar calma. 

Cuando atracaban en puerto, se dejaba tragar por la vorágine de una sociedad consumista, sobre todo en Estados Unidos y Japón. La frivolidad y la diversión fácil lo dejaban extenuado; él buscaba cómo ahogar sus penas y su soledad. Aquellos intervalos de frenesí lo anestesiaban emocionalmente, pero no conseguían calmar su angustia. De nuevo lanzado a la soledad del mar, volvía a navegar. Hasta que se le hizo insoportable vivir lejos de tierra firme, constantemente zarandeado por las olas.

Aunque le pagaban poco, logró reunir algunos ahorros que le permitieron, una vez que dejó el barco, terminar la carrera de Derecho en horario nocturno. Combinaba sus estudios con algunos trabajos temporales, pero seguía sin rumbo, mientras su país se hundía en una crisis económica y política: revueltas estudiantiles, conflictos sociales, abusos de poder… Volvió a sentir una inseguridad enorme y decidió tomar otro rumbo, esta vez no hacia Oriente, sino hacia Europa. Y, concretamente, a España.

Inició otra travesía que sería tan dura como nunca pudo imaginar. En Europa se convirtió en una persona sin documentación que le permitiera desplazarse libremente de un sitio a otro. Tenía ya 60 años y un profundo desarraigo de su país, de su cultura y de su propia identidad. El paro y las dificultades para encontrar trabajo embistieron contra él como las olas del Pacífico cuando navegaba en el carguero. Aquí volvió a sentir otro tipo de soledad, quizás más angustiosa, por estar lejos de sus raíces, en un país que al cabo de unos años también se sumió en una profunda crisis.

Finalmente, encontró empleo en la recogida de la fruta, en Murcia. Pero al poco tiempo sufrió un ataque de corazón mientras trabajaba en la huerta. Se desplomó en el suelo y tuvieron que hospitalizarlo. Empezaba a rendirse, solo y abatido; iniciaba otra etapa de su vía crucis, marcada por la enfermedad coronaria que iría debilitando su vitalidad.

Un sobrino suyo, que estaba en Barcelona, lo llamó para vivir con él. Aquí encontró alojamiento en casa de otros familiares. Tenía un techo y una mesa, pero continuaba sin encontrar trabajo fijo y algo que diera aliciente a sus días. Se refugió en la lectura, de periódicos y de libros que le daban o tomaba prestados. Y en su gran pasión, la única que, durante unas horas, cada semana, lo hace vibrar ante un televisor: el fútbol.

Un buen día, vino a mi parroquia de Badalona y se ofreció para ayudar en lo que hiciera falta. Así comenzó nuestra amistad. Cuando me trasladé a Barcelona, a mi nuevo destino parroquial, él también vino a colaborar. Al menos, tiene un lugar donde comer y dormir, un espacio donde proyectarse y relacionarse con los demás, un trabajo con el que distraerse y llenar sus horas. 

Hace poco su salud sufrió otro bajón. Las venas que irrigan su cerebro y su corazón, gravemente obturadas, le impedían la circulación de la sangre y la consiguiente falta de oxígeno lo entorpeció y lo hizo lento e inseguro. La ansiedad lo llevó a comer sin control, sobre todo muchos alimentos grasos y dulces, quizás para compensar la amargura de su vida. Empeoró y de nuevo tuvo que ser intervenido, en una delicada operación para desbloquear sus venas troncales. Ahora se encuentra mejor. Le quitaron un peso del pecho, pero no del alma. Sueña con regresar a su país, aunque no quiere perder su independencia, y tampoco quiere cortar sus vínculos con España, esta tierra que le ha acogido y que ha empezado a amar.

¿Qué pasa por su mente, en las largas horas que permanece sentado en el patio? Le gusta barrer las hojas secas y meditar al sol. ¿Qué sueños, qué inquietudes, que recuerdos pueblan su memoria? Ante personas como él, castigadas por la vida, que han optado por la desvinculación para evitar más sufrimientos, uno se siente impotente y a la vez deseoso de ayudar, de aportar al menos una gota de calidez a ese espíritu fortificado entre los muros de su soledad.

domingo, 29 de junio de 2014

El tesoro de un pobre

El Cristo que no se quemó

Lo conocí un verano. Fue un tiempo en que se produjeron muchos incendios por toda la Península. Montañas y bosques enteros quedaron arrasados por los fuegos que dejaron desnudos y desolados muchos paisajes.

Él era carpintero, un gran artesano, activo y trabajador, apasionado por su oficio. De manos fuertes, erosionadas por el trabajo, la alegría formaba parte de su talante natural. Era un hombre enamorado de la vida. Recuerdo que una noche calurosa de verano me explicó una curiosa historia.

Una vez, siendo niño, su padre le regaló un crucifijo de madera que guardaba como una auténtica reliquia. Cuando fue adolescente, el padre le contó la historia de esa cruz. Había quedado intacta después de haber sido metida en un horno. El intenso fuego del horno tenía que haber reducido a cenizas aquella cruz de madera, pero no fue así. El padre quedó tan impactado ante el hecho que no se lo podía creer. Lo sacó, lo limpió, lo barnizó y lo guardó durante mucho tiempo, hasta que se lo regaló a su hijo y le explicó la historia. Como creyente que era, él colgó la cruz en una pared. Pero, además, la llevaba prendida en su corazón.

Sus ojos se humedecieron mientras me hablaba, lleno de emoción. Estaba revelando su secreto a un padre, un hombre en cuyo horizonte siempre está la cruz, como gesto sublime de donación a los demás.
Aquella noche recé con fervor ante el crucifijo de mi parroquia. Le dije a Jesús que ni el abismo, ni la noche, ni la muerte, ni el dolor, podrán impedir que la cruz sobreviva al horno del pecado. La cruz inicia una vida nueva, libre del fuego del orgullo humano, que nos lleva a unirnos para siempre en el fuego vivificante de Dios. La cruz no solo no lo mató, sino que hoy sigue colgando del pecho de millones de personas que esperan en él.

Así empezó mi amistad con Antonio, un hombre de piedad muy sencilla, pero con una bondad enorme. Nuestras vidas se cruzaron hace casi quince años. Desde entonces, se ocupó de la carpintería y los apaños de mi anterior parroquia. Fuimos mejorando y ampliando el equipamiento parroquial: atriles, mesas, ventanas, puertas… Era mi san José, siempre atento, disponible, servicial.

Una mirada en la madrugada

Otra historia que me explicó Antonio fue algo que le sucedió siendo niño. Iba con su padre, de madrugada, a buscar cartones por las calles de Barcelona. Era una noche de invierno y el aire cortaba la piel. Pero aquel día tenían que comer, y ni la soledad ni el frío los detenían. De pronto, el niño vio a alguien que se asomaba a una portería. Se giró y se quedó absorto mirando a una bella mujer que también se protegía del frío. Sus ojos brillaban y le dirigió una cálida sonrisa que le iluminó el alma. Era la mirada tierna de una madre hacia su hijo. En aquel momento, pese al desconcierto, le invadió un profundo bienestar. Quiso avisar a su padre para que la viera, pero al volverse de nuevo ya no la encontró en el portal, había desaparecido. Abrumado, se quedó preguntándose qué había pasado. No la olvidó jamás, y me dijo que era como si la Virgen María, bella e iluminada, se le hubiera aparecido para darle ánimos en aquella madrugada gélida.

La cruz sacada del fuego y la mirada dulce en la noche marcaron toda su vida. La última vez que hablé con él me dijo que seguía conservando la cruz, y que significaba todo lo que le había pasado.

La pobreza digna

De joven tuvo que marchar de casa para labrarse un futuro. Se desligó mucho de sus padres y emprendió una vida azarosa sin un rumbo determinado. Su objetivo era trabajar mucho para ganar dinero y luego poder disfrutar los fines de semana, apurando hasta la extenuación la búsqueda de placer. Se casó, tuvo varios hijos y profesionalmente llegó a ser un buen carpintero, al que no faltaba trabajo ni ingresos. Pero poco a poco la frivolidad y el alcohol lo arrastraron y su vida se fue derrumbando. Abandonó su hogar. Cuando el trabajo comenzó a escasear y se hizo mayor, empezó a vivir precariamente y cayó en la indigencia más absoluta. Cuando lo conocí vivía como okupa en una chabola de Badalona. Su única compañía era un perro ciego al que cuidaba. Dormía a su lado, en su tosca cama, un viejo somier desvencijado. Cuando me llevó a su casa, me dio un vuelco el corazón. Él me decía: este es mi palacio, y me contaba lo bien que se encontraba en aquel cuartucho de apenas doce metros cuadrados donde cocinaba, dormía y se lavaba. Me ofreció, abriendo su pequeña nevera, un poco de cocido de verduras que se había hecho con legumbres del tiempo y unos huesos de jamón. El hombre era feliz, en compañía de su perro, y compartía conmigo lo poco que tenía. Me miraba, con los mismos ojos brillantes de aquel niño que, una noche fría de invierno, contempló a la mujer luminosa en la portería; los mismos del adolescente que años después recibiría de su padre un crucifijo que no se quemó en un horno; los que ahora, con ternura, miraban al viejo perro. No pude evitar unas lágrimas cuando vi cómo lo acariciaba. Él hacía de lazarillo del animal que lo acompañó hasta su muerte. Cuando el perro murió, lo cargó a la espalda para darle digna sepultura en las montañas que rodean Badalona. Hizo una cruz de madera y la puso sobre la tumba del perro.

Me dije, Dios mío, cuánta dignidad hay, a pesar de todo, en esta persona. Aquella noche la pasé sin dormir. Dios me había permitido ver que la pobreza, con toda su crudeza, es igual de digna cuando hay un corazón bueno.

Una cruz, una aparición, un perro ciego y un anciano: forman parte de la historia de un hombre que llegué a querer con toda mi alma. No tenía nada, pero tenía una bondad y una generosidad rayando el derroche. De lo que le daba por sus trabajos, buena parte se la gastaba en regalos para sus hijos y amigos. Cuando le pedí algunos encargos, él dijo que a partir de entonces sus manos trabajarían para el Señor. Con sus pocas herramientas hacía maravillas y siempre se mostraba feliz, porque en su desolada vejez había encontrado la paz haciéndose útil en una parroquia.

Esta es una de las más bellas perlas que conservo de mi época de Badalona: un corazón que, no teniendo nada, amaba la vida y hacía el bien, compartiendo no tanto lo que tenía como lo que sentía.

Pierdo a un amigo

Murió la noche de San Juan en un hospital de Badalona. Su hijo Jordi me llamó al día siguiente para decirme que su padre había fallecido y que supiera que me apreciaba mucho. La noticia me golpeó. Desde hace un año le habían diagnosticado un cáncer de páncreas y, estando enfermo, todavía vino a verme algunas veces a mi nueva parroquia. Su enfermedad ya estaba haciendo estragos en su cuerpo y en su rostro. Se volvía lento y en los últimos tiempos pasó largos periodos en el hospital, donde lo mantenían con tratamientos que tan solo alargaron su agonía. La última vez que lo vi había perdido mucho. Su rostro vaticinaba ya el desenlace final. Hace cuatro semanas lo llamé al hospital. Quería ir a visitarle un día y darle un último abrazo. Pero no pudo ser. Aquel día se despidió con un enorme afecto.

Cerró sus ojos en una noche festiva, él que era tan amante de las fiestas. Subió al cielo, para celebrar una verbena eterna junto a Dios.

Ante la llamada del hijo enmudecí, con un nudo en la garganta. Sentí que un gran amigo se me había muerto sin que pudiera darle un abrazo. Lo sentí con toda mi alma.

Con las manos de su corazón había creado una obra de artesanía mucho mayor que con la madera: una amistad que iba más allá de todos los límites. Como un cuadro policromado, pintado con el alma, así era nuestra amistad. En el cielo nos veremos bajo el misterio de aquella mirada al descubierto, en completa compañía. Se le acabó la soledad. De su chabola saltó al paraíso para vivir en la eterna luz del corazón de Dios. Aunque aparentemente distante, estaba ya muy cerca de él. Me hizo descubrir como nadie que Dios está entre los pobres; vi el rostro de Dios en él, que todo lo había perdido menos la dignidad. Fue una experiencia dura y bella que Dios me regaló. A él le agradezco que me permitiera acercarme al misterio de la cueva de Belén: el misterio de un Dios que renuncia a su fuerza todopoderosa para hacerse pobre y mendigar nuestro amor. Se hace indigente para que le abracemos. ¡Qué misterio tan grande! Para comprenderlo es necesario pasar de la teología intelectual a la teología vital; del conocimiento a la vivencia personal, del saber al reconocer y estrechar la mano de Dios en la historia personal del ser humano.

domingo, 1 de junio de 2014

Bajo la morera

Antes de ir a dormir paseo por el patio, respiro y medito, dando gracias a Dios por el día. La brisa es suave, los colores se apagan. Los rayos de luna que atraviesan las nubes bañan el recinto de una suave luz, gris y plateada. El patio adquiere una belleza mágica, como de lugar encantado.

Estoy bajo la morera, el árbol custodio de la capilla de la Virgen de Chestojova. Sus ramas se multiplican, dando un cálido bienestar bajo la generosa sombra. Allí está, las veinticuatro horas del día, embelleciendo el patio, protegiéndonos del sol con sus hojas, firme en el suelo con su robusto tronco bien enraizado, sólido, fiel. Buscamos su sombra en las horas de sol, nos reunimos a su alrededor, rezamos, charlamos. El perfume de sus hojas hace de ese lugar un trocito de cielo en medio del patio. Muchas veces se convierte en cobijo para el calor del día. Su tupido follaje refresca y respirar bajo su sombra ensancha los pulmones y el alma.

Cada noche me gusta sentirla cerca. Es un trozo de bosque en medio de la ciudad. Los árboles dan vida a las ciudades, y también a este patio, remanso de paz que tantos buscamos durante el día. Cuántas personas, cuántas palabras, cuántos sueños, cuántos proyectos escucha la morera. Es testigo de una aventura amorosa de Dios con el hombre: la historia de una parroquia de barrio, con su pasado y sus vaivenes, y con un presente abierto al futuro, con enorme ilusión.

La contemplo en las diferentes estaciones. En mayo estalla de alegría con el verdor intenso de sus hojas. En verano, el color pierde intensidad, pero no el frescor de su sombra, que tanto buscamos. En otoño empiezan a amarillear las hojas, pero sigue cautivando con su vestido ocre que se vuelve dorado. En invierno queda totalmente desnuda. El corazón se estremece al contemplar el tronco y las ramas erectas, que se alargan hacia el cielo despojadas de sus hojas.

Le pido al jardinero que la pode con delicadeza. Es un hombre a quien le gustan las plantas, los árboles, la naturaleza. Lo hace con mimo. Contemplo cada corte de sierra. El árbol queda como desvalido, mutilado sin sus ramas. Parece que se muere, como si se le secara el corazón. Pero no está muerto, sino que duerme. La fuerza la tiene adentro. La savia, aunque lenta, sigue latiendo bajo su corteza, en ese tronco aparentemente seco. Soportará el frío invierno y sus raíces fuertes esperarán la próxima primavera para hacer brotar nuevos tallos y hojas. En abril, como un chiquillo que se despierta, volverá a estar viva y estallará con su máximo esplendor.


Hoy, esta noche, abrazo a la hermana morera, que tanta vida y tanto frescor me ofrece en mi lucha diaria. Ella contribuye a hacer de este patio una antesala del cielo. Con su silencio, también ayuda a acercar a Dios a quienes lo buscan. Su sombra es un espacio de encuentro del hombre con Dios. 

domingo, 4 de mayo de 2014

Cuando el corazón se seca

Vidas vacías que roban la vida

El hombre ha sido concebido para el amor. Negar esta dimensión es empequeñecer su potencial humano, sus sueños y sus metas. Cuando el amor se le niega o está incapacitado para amar, poco a poco empieza a deslizarse por un abismo que lo lleva a convertirse en el centro del universo. La persona que no ama se erige en protagonista y reclama que los demás giren a su alrededor. Termina convirtiéndose en un agujero negro que absorbe la energía y la luz de aquellos que están a su lado. Queda cerrada en su egolatría, y cae en la terrible patología del narcisismo. Nadie existe, sólo ella. Si los otros existen, deben someterse a sus antojos. Tiraniza a los demás con sus caprichos infantiles e inmaduros. Su vida interior agoniza y se vuelca en una existencia superficial, hueca. Su consciencia ética se va fragmentando y pierde identidad propia; para compensar este vacío se hace carroñera y vive para usurpar la intimidad ajena. Todo cuanto los demás hacen por ella le parece poco. Conozco casos tan dolorosos que uno queda sobrecogido.

Cuando el corazón se seca todo oscurece. La vida deja de latir, los colores se apagan, el hastío invade la existencia. Se deja de oler el perfume de las flores, la sonrisa se borra y los ojos se nublan. La mirada ofuscada convierte la belleza en fealdad, la calidez en frío; nunca llega la primavera a esa alma. Cuando se seca el corazón la luna deja de brillar, la música se convierte en ruido y las palabras en insultos. Un apretón cariñoso se puede interpretar como un golpe; la generosidad, como derroche. Los amigos se convierten en enemigos. Las personas que viven ensimismadas miran la realidad a través de su turbia subjetividad, encerradas en su burbuja, y todo lo ven deformado. Acaban condenadas en su propia tiranía, sufren isquemia en el alma, y se convierten en verdugos para los demás.

¿Qué se puede hacer por estas personas? Cuando todo se agota y se llega a un estado patológico, lo primero es perdonarlas. Y después, puede parecer muy duro, pero es necesario distanciarse de ellas prudentemente. Ámalas en tu corazón, pero no dejes que te atrapen en sus redes y establece una separación pedagógica y sanadora. Es importante no sentirse culpable de nada, aunque sea muy doloroso ver cómo uno se quema en su propio fuego. Eso sí, hay que procurar que en ningún momento surja odio, rencor o deseos de venganza hacia aquella persona. Sobre todo, procura que la tensión no te arrebate la paz y nunca te cierres a un posible reencuentro sincero, siempre con realismo. Pero si la marea sube, hay que correr para que las olas no te traguen. A veces no se puede hacer otra cosa ―o no sabemos hacer más― que aceptar la situación con humildad y tocar de pies a tierra.

Amar es sanador

El corazón se seca cuando ha dejado de amar. El no-amor encierra a la persona en su laberinto y la lleva a construir un estercolero mental sin sentido, que volatiliza a quienes viven cerca. Cuántas personas viven así, incluso personas mayores. El no amar enferma al ser humano de tal manera que le hace perder lo esencial de su vida: abrirse, compartir dolores y alegrías con los demás.

Amar, en cambio, es profundamente sanador y liberador. El amor hace crecer y madurar, nos ayuda a liberarnos de la esclavitud del propio egoísmo, nos descubre el valor del otro, su libertad, sus creencias, su felicidad. Con el roce del otro aprendemos a pulirnos, a ser generosos, a descubrirnos a nosotros mismos.

El corazón tiene un movimiento que va desde el centro, bombeando para hacer llegar la sangre hasta el último capilar que irriga nuestro cuerpo. La circulación, desde las arterias troncales hasta los pequeños vasos periféricos, en diminutas ramificaciones, alimenta y aporta oxígeno a todo el organismo, permitiendo el funcionamiento de los órganos vitales. ¿Qué ocurriría si algún segmento, vena o arteria, se bloqueara? Se produciría una lesión y el cuerpo comenzaría a enfermar por la falta de oxígeno y nutrientes. En algunos casos, podría llegar a la invalidez o a la muerte.

De la misma manera, el ser humano tiene un movimiento de adentro hacia afuera, desde su centro hacia todo aquello que lo rodea. Este movimiento le asegura la alegría vital y existencial. Un corazón armonizado afianza sus relaciones con los familiares, amigos, compañeros, vecinos… hasta con los desconocidos. Cuando el corazón bombea suficiente amor, hay vida para uno mismo y para los demás.

Una relación por ósmosis: esta es la clave de la vida armónica y gozosa. Uno es esencialmente persona y libre cuando ama. Ya no solo estará sano físicamente, sino psíquica, emocional y espiritualmente. Esta salud se extenderá como en nuestro sistema circulatorio, desde nuestro corazón, pasando por las arterias sociales, a los diferentes grupos que nos rodean: familia, amigos, barrio, ciudad… Tenemos la obligación moral de contagiar alegría a los demás. Y esto es asegurar la propia felicidad, porque los hombres somos concebidos para el amor, y solo el amor nos puede hacer felices. Cuando uno vive para los demás es cuando encuentra su propia identidad y realización personal. Una sociedad sana dependerá de que haya personas sanas, que salgan de sí mismas.

El camino de la felicidad está fuera. El egoísmo enferma a la gente y produce mucho dolor e inquietud. En cambio, el amor produce gozo, alegría, plenitud, deseos de volar, de trascender. Ni el miedo puede detenerte para alcanzar tus sueños, ni los sufrimientos te impedirán avanzar en el arte de ser persona, digna de amar y de ser amada. El amor te hace fuerte, invencible, creativo, libre y feliz. Te enseña a dar la medida justa a las cosas. Este es el sentido último de nuestra existencia: ser libre para el amor.