sábado, 15 de enero de 2022

El perdón, clave de la sanación

El perdón y la sanación están íntimamente ligados. Jesús dedicó una parte de su tiempo a anunciar la buena nueva, pero otra parte no menos importante a sanar, curar y perdonar: lo que hoy llamaríamos el ministerio de la salud del cuerpo y del alma. A través de los milagros, orientados a la sanación total de la persona, Jesús sabe que estamos hechos de un barro frágil, como dice san Pablo. Sabe de nuestras limitaciones y de nuestra inclinación a pecar y a hacer mal uso de nuestra libertad, cometiendo errores que llegan a generar conflicto y mucho daño a los demás, dejando secuelas de dolor. Nuestras actitudes tienen consecuencias. Es algo que afecta al presente del ser humano, condiciona su futuro e incluso el de su prole, así como las decisiones y actitudes de nuestros padres han condicionado nuestra historia.

Marcados por el pasado

Muchos comportamientos que se dan en las familias, sobre todo en situaciones de estrechez, marcarán el futuro de los hijos y los nietos. De la misma manera que hay una información genética que pasa de padres a hijos, no sólo rasgos físicos, sino psicológicos, emocionales y conductuales, cuando decimos que un hijo se parece a su padre o a su madre también nos referimos a su carácter, a su forma de ser y de proceder. No sólo heredamos una forma de ser sino unas pautas de conducta, hasta el punto de ver un paralelo entre nuestra personalidad y la de nuestros padres.

Está claro que la infancia es una etapa en la que el niño es especialmente vulnerable y lo absorbe todo: lo bueno y lo malo. La conducta de sus mayores irá perfilando el carácter de los hijos. A un nivel más profundo, ya no sólo les influye lo que hayan podido hacer sus padres, sino sus antepasados. Ciertas conductas y decisiones pueden afectar a generaciones enteras. Somos y venimos de un pasado a veces oscuro, contradictorio. Hay tendencias transgeneracionales que de alguna manera están influyendo en nuestras decisiones de hoy, aquí y ahora. Podríamos decir que todos tenemos un pasado, y todos tenemos heridas que nos han marcado. Ciertos comportamientos revelan las señales o cicatrices del misterio oculto que hay detrás de cada familia y que condiciona nuestro presente.

Hay que tener la humildad de aceptar que todos, de alguna manera, estamos heridos por ciertas negligencias o errores que pudieron cometer nuestros antecesores, a veces con intención, a veces inconscientemente o sin imaginar las consecuencias futuras. En el lenguaje teológico, hablamos de pecado original o inclinación del hombre a pecar. Me decía un amigo teólogo y psicólogo que «todos tenemos agujeros», es decir, nadie es perfecto y estamos llenos de defectos y lagunas. Con esto se refería a la radical indigencia del ser humano.

Aceptar para poder crecer

Somos vulnerables y limitados. ¿Qué hacer frente a esto? Tener la humildad de reconocer que no somos ángeles y que no somos mejores ni peores que los otros, aunque creamos saber más o nos consideremos más equilibrados y maduros. El orgullo nos aleja de la humildad impidiendo que trascendamos de una visión egocéntrica de nosotros mismos y del mundo. Hemos de detenernos y orientar los ojos con una mirada diferente.

Aceptar el pasado y reconciliarnos con nuestra historia nos permitirá iniciar un camino sereno y lúcido para detectar cuáles son aquellos gestos que no nos dejan crecer ni florecer. Una vez somos conscientes de esto, hay que pedir ayuda y dejarse en manos de Dios, iniciando un camino de retorno hacia el pasado y hacia los demás, con una actitud de conversión, de cambio.

El momento culminante de este proceso sanador es el perdón. De esta manera, liberados del resentimiento histórico y personal, podremos algún día mirar con paz el pasado y amar con un corazón misericordioso a nuestros ancestros. Sin esto, no será posible una profunda sanación, total y auténtica.

El proceso de sanación

El primer paso es iniciar el largo camino hacia tu desierto interior, sabiendo que allí encontrarás hechos que te impactaron o querrías borrar de tu memoria. Zambúllete hasta la esencia de tu ser.

El segundo paso es detectar con realismo las situaciones que te generaron profundas heridas, inquietudes o malestar. Ten la humildad de aceptar todo lo que descubras, pues forma parte de ti mismo, aunque sea un contrasentido. Todo esto ha sido necesario para que existas, incluso lo malo que hicieron tus ancestros. No serías tú sin tu pasado. Somos fruto de decisiones acertadas o equivocadas, pero esa es la única forma en que llegamos a nacer. Somos lanzados a un mundo lleno de contradicciones, es así.

El tercer paso en este proceso es buscar a alguien que te ayude: un psicólogo, un terapeuta, un sacerdote, un amigo con el que haya sintonía y comunión. Y, por supuesto, poner en manos de Dios todo esto que has descubierto: él es el cirujano que te ayudará a extirpar el pus existencial que inflama tu vida. Sacar esa infección que ha dejado su huella en tu ADN será necesario: hay que abrir, limpiar y vaciar esas grandes llagas infectadas.

El cuarto paso es que, una vez hayas detectado y dejado que Dios cure tus heridas, inicies un proceso de conversión. Hay que superar la fase de la víctima para poder mirar con serenidad y paz incluso a las personas que te han herido y librarte de todo resentimiento que te pueda minar. El día que puedas mirar a esa persona a los ojos, abrazarla y perdonar, ese día se completará tu sanación.

Si ya no es posible esa reconciliación de forma presencial, porque la persona que te dañó ha muerto, o está muy lejos, al menos puedes hacerlo de corazón. Si eres sincero se notará porque te cambiará la vida.

En ese momento tu herida estará cerrada y podrás ayudar a otros a iniciar su propio camino de sanación.

Es verdad que, como decía mi amigo, todos estamos llenos de agujeros y nunca seremos perfectamente sanos ni maduros, pero sí es importante que sanemos esas heridas fundamentales que nos infectan el alma desde nuestra infancia y que hayamos recorrido ya un primer camino de sanación completa. Como afirmaba otro teólogo, las heridas abiertas supuran y alejan a los demás; pero una cicatriz es interesante, porque es señal de una victoria y de un trauma sanado. Con heridas abiertas difícilmente podemos ayudar... Con cicatrices sanas, podemos hacer mucho bien.

No podemos ayudar a sanar a otros sin que nuestro corazón, nuestra mente y nuestra alma estén ya sanados. Entonces sí que nos adheriremos al ministerio sanador de Cristo con el fin de conseguir la salud y la felicidad del herido. Esto sí que será un auténtico milagro: que el herido, el enfermo, pueda amar. Cuando ame, se habrá liberado de todas las ataduras emocionales y todos los resentimientos que esterilizaban su vida.

Sólo así, liberados y ayudando a liberarse a otros, podremos volar hacia el infinito y sentir en el alma la brisa de la libertad, sin hipotecas ni miedos: la alegría será la brújula de nuestra nueva vida.

sábado, 25 de diciembre de 2021

Qué dura es la calle

Hoy es domingo. El día es claro y luminoso, pero la gelidez del invierno azota las calles desiertas. A primera hora de la mañana, después de dar un paseo matinal, me dirijo hacia la parroquia cuando oigo tras de mí un saludo amable.

Me giro para devolver el saludo y veo a un hombre, un indigente. Le pregunto cómo está, y de manera espontánea exclama: Qué dura es la calle.

Hace frío y con mirada quejosa y persistente, empieza a hablar de cuán duro es vivir a la intemperie: caminar sin saber hacia dónde, en estos días de frío intenso, sin tener lugar donde resguardarse, sin saber dónde comerá, sobre todo los fines de semana. Está solo, perdido, deambulando, quizás esperando que alguien pueda escucharle o tenga algún gesto hacia él.

Estamos cerca de la Navidad y en estas fiestas tendríamos, como mínimo, que dar gracias porque no nos falta nada. No sólo bienes materiales, necesarios para vivir, sino la cercanía, el apoyo y la ternura de alguien que nos quiere.

Esta mañana, durante el breve diálogo que mantuve con ese hombre, noté en él un torrente de carencias, materiales, emocionales, familiares... Se desahogaba ante mí y palpé la enorme fragilidad de alguien anónimo que reclamaba con firmeza el derecho a ser acogido, alimentado, querido y apoyado en su búsqueda de recursos. Pero también en su vida y en su crecimiento social y laboral. Era un grito que reclamaba dignidad. Ese hombre tiene rostro, tiene una identidad propia, anhelos y sueños, quizás rotos por la crueldad de unas estructuras administrativas y sociales que hacen invisibles a los pobres y descartan a los enfermos psiquiátricos.

El hombre se fue caminando, solo, sin rumbo, alejado de unas miradas que no quieren ver porque les incomoda tener delante a alguien que no tiene nada. Ni siquiera sabemos ofrecerles una mirada cálida y comprensiva.

Esta mañana, envuelto en el frío matutino, he sentido la gelidez de unos corazones que miran a otro lado y ni siquiera se paran a pensar un solo instante. Con crudo realismo me pregunté: ¿cómo me sentiría yo si fuera esquivado, apartado, alejado de mi núcleo natural? ¿Qué haría si mi círculo se rompiera?

Si todos hiciéramos un esfuerzo mental, imaginativo, de ponernos en la piel del marginado, quizás de tanto dolor y sobrecogimiento saldría algo que tenemos todos los seres humanos, más allá de nuestras convicciones religiosas. Es una tendencia innata: el deseo natural de hacer el bien, de atender, de acoger al desvalido y al que no tiene hogar, que clama por cubrir sus necesidades más perentorias. Por eso se ven obligados a mendigar, no sólo el pan que necesitan, sino una mano cálida que los sostenga y los saque de ese pozo de miseria en la que tan hondo han caído.

Una sociedad opulenta, enganchada a las redes sociales, que ha caído en el delirio de la compra compulsiva y que es incapaz de mirar más allá de sí misma, está tolerando este infierno social que sólo con el diezmo de lo que consume podría paliarse. Con un poco de voluntad se podría ayudar a muchas personas que están en la calle.

Estamos permitiendo que la distancia sea cada vez mayor, no sólo entre ricos y pobres, sino entre nosotros, la clase social media o baja, y entre los que nada tienen. Esa distancia, aunque no lo parezca, es infinita cuando las personas sin techo pierden su instinto vital para seguir luchando y se rinden frente al mar de la indiferencia. Ahogados y olvidados, cuántos de ellos naufragan. Cuántos sobreviven en el oleaje, caídos, derrotados, arrastrándose en la playa de la existencia.

Lo dramático es que no estamos acostumbrados a esta terrible soledad que acecha a quienes lo han perdido todo.

Sólo nos tienen a nosotros, los cristianos. Nos gritan su SOS y nosotros no lo oímos. Esta mañana, la cara de ese hombre lo decía todo, más que sus propios gritos contenidos. Lo más terrible se quedó en su corazón. No soy nadie, no me oyen, no me ven, no existo. Su dignidad quedó algún día congelada, como el frío que penetra el aire de la mañana.

Era tan temprano que no pude invitarlo a un desayuno calentito. Todo estaba cerrado. Lo miré a los ojos, para que sintiera que, al menos, no perdía su dignidad ante mí. Aunque sólo fueran unos instantes, aunque la soledad siguiera acompañándolo el resto del día. No pude calentar su estómago, pero quizás pude calentar un poco su alma, porque se despidió con una suave sonrisa. Se marchó, agradecido porque alguien lo había escuchado.

domingo, 12 de diciembre de 2021

El arte hecho vida

Hoy, día de la Inmaculada, he recibido la noticia de la muerte de un gran pintor y amigo, Francesc Martínez Molina.

Con una impecable trayectoria artística, pintor y acuarelista, formaba parte del grupo de Bellas Artes del Museu de Badalona, entidad con la que colaboraba activamente. De aspecto respetable, con sus cabellos blancos y su barba bien cuidada, Francesc poseía una exquisita sensibilidad para captar la belleza de cada paisaje y cada detalle. Pintaba y dibujaba continuamente, siempre llevaba encima una libretita con un bolígrafo, con el que trazaba esbozos de cuanto le llamaba la atención. Su maestría iba más allá de la técnica: el realismo de sus dibujos revelaba su capacidad de visualizar; pero la armonía de sus composiciones traslucía su sentido estético.

Tengo en casa algunos de sus cuadros, donde refleja su arte pictórico en un alarde de creatividad. Convertía la naturaleza en arte, lo ordinario en belleza. Sabía captar la luz, el color, la textura y los matices. Le fascinaba la naturaleza en todas sus manifestaciones; su tema preferido era el paisaje. Deslizando sus pinceles sobre el lienzo, plasmaba en él todo su arte. Tengo impresa una imagen suya, con su sombrero sobre el cabello blanco, quemado por el sol, de pie o sentado en una pequeña silla, desplegando todo su arte delante del caballete. Él formaba parte de aquella escena que plasmaba en el cuadro.

Lo conocí a una edad ya madura, con su particular vestimenta y sus gestos. Siempre ponderado y reflexivo, su apariencia tranquila ocultaba un torrente de creatividad. Su mente siempre estaba buscando nuevos temas para pintar.

Lo conocí siendo rector de la parroquia de San Pablo, en Badalona. Él formaba parte de la comunidad. Nunca fallaba en las celebraciones y nos fuimos haciendo cada vez más amigos. Fue entonces cuando en la parroquia organizamos durante varios años unas representaciones de teatro sobre el nacimiento de Jesús y el Camino de Alegría, las apariciones de Jesús resucitado. Francesc participó en estas dos obras como artista y como actor. Representó a un rey mago, a un fariseo, al discípulo Mateo y a uno de los discípulos de Emaús. Actuaba con tanto arte como pintaba: moviendo su cuerpo y escenificando los gestos con expresividad y elegancia. Su colaboración como pintor fue esencial, pues realizó los decorados sobre varios enormes lienzos que, a modo de telones, se iban pasando en las diferentes escenas. El lago de Galilea, el camino a Jerusalén, los campos de Tierra Santa y una playa de pescadores quedaron plasmados, con enorme riqueza y colorido, poniendo el marco estético a las escenas teatrales.

La escena de Emaús me conmovía especialmente: dos hombres ya mayores, Francesc y su amigo Martín, representaban a los discípulos perplejos y admirados ante el Jesús resucitado que poco a poco les va abriendo el corazón, hasta llegar a la fracción del pan. Era, sin duda, una de las más hermosas y aplaudidas de la obra. La pasión con que los dos actores se metían en su papel calaba en el público asistente. Yo pensaba que, en aquel momento, ambos se convertían, realmente, en discípulos de Jesús.

Fueron tiempos decisivos en la vida de la comunidad, y Francesc dejó su huella artística en la parroquia. Después del teatro, quiso hacer un gesto precioso. Pintó las diferentes escenas del Camino de Alegría en grandes lienzos, que fueron decorando las paredes desnudas del templo. Lo hizo con tal realismo y viveza que todos quedamos asombrados. Cuando terminó, quiso formalizar su regalo mediante un documento, conforme al cual donaba su obra a la parroquia para que formara parte de su patrimonio artístico. Hoy, en el perímetro del templo, se pueden contemplar estos hermosos cuadros.

Cada vez que vuelvo a Badalona y visito la parroquia me emociona ver su obra en aquellas paredes. Esos cuadros suspendidos reflejan una parte de su vida y de su historia con la comunidad. Me evocan un tiempo de crecimiento, de creatividad, de ímpetu evangelizador; un momento dulce en el que la parroquia pudo llegar a muchas personas. El teatro aglutinó a un grupo de laicos del barrio que, convencidos de su fe, entendieron que esta obra era una herramienta evangelizadora de primer orden: su difusión llegó a toda Badalona.

Recuero los bolos que hicimos por diferentes lugares, cohesionando al grupo y animándolo a crecer en la fe. Fueron momentos entrañables que viví con este pintor que supo, con sencillez y entrega, revelar a través de su obra la belleza de Dios reflejada en su creación.

Ahora, desde el cielo, podrá utilizar el divino don que Dios le regaló, inspirándole tanta creatividad, para convertir en cuadro la belleza inefable del paraíso.

domingo, 7 de noviembre de 2021

La droga de la ilusión


Quien cultiva su tierra se hartará de pan; q
uien persigue quimeras se hartará de miseria.

Proverbios 28, 19.

En el argot popular se utiliza mucho esta frase: «De ilusión también se vive». Querría profundizar sobre el alcance y el significado real de este dicho, que puede revelar algo muy profundo a nivel psicológico. Si se considera que la ilusión es algo que queremos alcanzar, quizás no sea la palabra adecuada. Debemos ser rigurosos en el uso y sentido del vocabulario.

Si una ilusión se queda en eso, vivir pendiente de ella no ayuda a madurar como personas. La palabra ilusión es bonita como expresión, pero nos aleja del mundo real. La ilusión puede ser algo volátil, indefinido, que nos hace vivir flotando en una realidad que nunca llega, pero que nos da correa para ir tirando. Conozco a gente que hace mucho tiempo que espera que suceda algo que desea, pero que dramáticamente nunca llega.

La ilusión es líquida, aún más, es gaseosa. Crea la necesidad de fabular, porque no resiste la evidencia de la realidad. El que vive de ilusiones es incapaz de aceptarla y se aleja cada vez más de su situación real hasta llegar, en ocasiones, a rayar la indigencia, porque después de mucho tiempo, sigue esperando lo que, en el fondo, sabe que es inalcanzable. Es como vivir en uno de esos globos que van empujados por el viento, desplazándose por el cielo a merced de las ráfagas de aire. La persona ilusa se pierde en los vaivenes de las alturas que cada vez más la apartan de sí misma.

¿Supervivencia o huida?

Pero muchos necesitan de la ilusión permanente para seguir sobreviviendo, porque son incapaces de aceptar la realidad tal como es, con toda su crudeza. Prefieren vivir narcotizados, alimentándose de la fábula en su burbuja, antes que enfrentarse a los desafíos que hacen más soportable la incapacidad de aterrizar en el suelo de la realidad.

El concepto de ilusión se entiende en los niños y adolescentes. Muchas veces imaginan que están volando y su mente creativa los lleva a vivir fuera de la realidad. De momento, se puede aceptar, siempre que no genere algún tipo de patología psicológica. Imaginar forma parte de su crecimiento mental y emocional. Pero estos mismos sueños, en un adulto, son patológicos, con el riesgo que esto supone para ellos y para quienes les rodean.

Por supuesto, los adultos también tenemos sueños, y muchos de ellos son nobles y positivos. Pero si queremos hablar con propiedad, más que de «sueños» podríamos hablar de metas o desafíos. Estos sueños son alcanzables y requieren de una metodología y un plan de acción. No es este el caso que nos ocupa, porque a veces se confunde ilusión con sueño, y sueño con meta.

Para justificar la situación en que nos encontramos, a veces buscamos subterfugios para tapar el verdadero drama, y así, el volumen de creaciones mentales puede llegar a ser preocupante. Cuando se llega a cierto punto, será necesario el apoyo de un terapeuta.

Yo me pregunto por qué esta situación se da en muchas personas. Quisiera ahondar y preguntarme qué las lleva a pasar tantos años manteniendo una ilusión que el paso del tiempo y los hechos revelan como algo no factible. Aquello que esperan nunca acaba de suceder. ¿Qué esperan con tanto ahínco? Como huyen de su presente, acaban padeciendo carencias materiales, económicas, sociales y afectivas. El momento anhelado no llega y se sienten solas y vacías. Los demás no las entienden. Cuando alguien quiere desengañarlas, insisten en su esperanza. ¿Qué les falta, que no son capaces de mantener la sobriedad y necesitan embriagarse de ilusiones?

Un pasado no resuelto

Estas ilusiones crean adicción y generan enormes secuelas, que afectarán a sus relaciones con los demás. Tanto, que incluso llegarán a presionar a quienes están a su alrededor para forzar, como sea, que su ilusión se haga realidad. Nunca lo consiguen.

Lo que la mente desea y la imaginación crea les impide pasar la frontera entre la realidad y la ficción. Invierten un enorme esfuerzo para volver siempre al mismo sitio. Si en algún momento despiertan o se disipan las ilusiones caen en un vértigo espantoso, un miedo a enfrentarse a la realidad. Para ellas, las ilusiones son como el oxígeno que las mantiene en pie. Su mente sigue volando, pero su psique y su salud se van deteriorando, al igual que su capacidad para relacionarse de manera armoniosa con los demás. Lentamente, el agujero se va haciendo más grande hasta que sucede lo peor: caen en la indigencia no sólo material, sino existencial.

Vagan por estos mundos perdidos en el anonimato. Prefieren seguir enchufados a la droga de las ilusiones, aunque esto suponga una lenta muerte social. Es trágico ver a personas que llegan a este punto. Están faltas de lo esencial en su vida: amor, afecto, un verdadero propósito. Quizás de niños no recibieron todo el cariño y cuidado que necesitaban, de jóvenes no tuvieron referentes ni valores sólidos y de adultos les faltó un propósito vital firme. ¿Qué pasó? Hoy, ya maduros y a veces de edad avanzada, quieren seguir jugando con un cometa lanzado al cielo.

domingo, 24 de octubre de 2021

Conocer los límites


El ser humano, a lo largo de su trayectoria por la vida, va configurando su personalidad. Su forma de ser, sentimientos y emociones, su capacidad y talentos, todo va revelando con el tiempo el yo más profundo de la persona.

Nuestras experiencias cotidianas son decisivas: cómo vivimos, sentimos y asimilamos lo que ocurre en nuestra vida. La gran variedad de situaciones que surgen, y cómo las abordamos, será clave para la definición de nuestro ser y nuestra relación con nosotros mismos y con los demás.

La manera en que gestionamos lo que ocurre a nuestro alrededor, especialmente las adversidades y conflictos, me hace reflexionar sobre nuestra capacidad para digerir y asimilar lo que nos sucede. ¿Digerimos bien, emocionalmente, o nos cuesta y nos genera una fricción interna que afecta a nuestras relaciones? ¿Exponemos nuestras fragilidades ante los otros, creando cierta incomodidad?


La madurez pide autoconocimiento

Nuestro yo se fragua en nuestra relación con los demás. El otro siempre interviene en mi capacidad de abrirme y descubrir quién soy, qué hago y hacia dónde me dirijo. Para llegar a la madurez plena tengo que pasar por un itinerario interior que implica un mayor autoconocimiento de mi persona y de mi realidad. Esto requiere tiempo para conocer y profundizar en el misterio de mi ser.

Hoy el tiempo es muy escaso y nos falta para iniciar este abordaje en el interior del corazón. De aquí que nos cueste descubrir nuestro propósito vital y que muchas veces andemos perdidos, sin una meta definida en la vida. Así vamos dando vueltas y vueltas para acabar siempre en el mismo sitio, es decir, en el punto de partida.

Superar la presión del entorno

Por otra parte, la cultura, la sociedad y la familia, al querer darnos lo mejor y nosotros intentar responder con esfuerzo y agrado, nos están condicionando. Muchas veces, hemos acabado actuando más en función de sus intereses que de lo que realmente queremos. Así, nos han ido marcando y modelando, convirtiéndonos en servidores obedientes que hacen todo cuanto se les pide para que otros estén contentos. La presión del ambiente puede alejarnos de nosotros mismos, de lo que somos y de lo que realmente anhela nuestro corazón.

Esta presión psicológica y moral, ejercida por seres queridos, con quienes tenemos lazos afectivos y cercanos, puede provocar una ruptura en la psique. Sin dudar de sus buenas intenciones, necesitamos la valentía para defender aquello que da sentido a nuestra existencia si queremos alcanzar la plena felicidad. Para esto hay que conocer los propios límites y aceptarlos, sin que nadie haga injerencia en lo que nos es propio. Nadie tiene derecho a interferir en aquello para lo que tú sabes que fuiste llamado: ni la familia, ni la educación ni la sociedad. Sólo realizando tu vocación tu existencia tendrá sentido.

Abrazar las limitaciones

Pero reconocer los propios límites supone, primero, saber quién soy y hasta dónde puedo llegar, abrazando con realismo la limitación e incluso alegrándome de ser quién soy, pues de lo contrario no sería nada. Sé que tengo una cierta estatura y no seré más alto por mucho que me estire: debo reconocer que tengo una talla reducida y, por tanto, es inútil luchar por agrandarla. Esto se puede aplicar a otros aspectos no sólo físicos: la capacidad de asimilar ciertas emociones, asumir con paz las heridas de la infancia, mi tolerancia ante las críticas, admitir que hay personas que saben más y son mejores que yo, mi excesiva sensibilidad, limitaciones psicológicas y familiares… También implica asumir mis aciertos y los errores que he cometido en la vida. En definitiva, todo lo que soy y mi realidad, aunque no me guste.

Todos los seres humanos tenemos límites, aunque no lo parezca. Todos, hasta aquellos que parecen perfectos, están cargados de límites; quizás la diferencia es que lo saben y tratan de lidiar con ellos, incluso aprendiendo de ellos.

Nunca serás tú si no aceptas tus propios límites. Por muchas dificultades que te acontezcan, es necesario dar este salto de madurez psicológica para entender que crecemos en la medida en que hayamos hecho un pacto interior de paz con nosotros mismos.

Descubre tu belleza interior

Sólo así, siendo lo que eres, con tus propias lagunas, irás hacia adelante y lograrás hacerte amigo de ti mismo. Bajo tus grietas y tu aspecto exteriormente herido hay un lago cristalino que embellece tu alma.

No quieras ser lo que no eres. Sé lo que eres, de verdad, aunque esto implique asumir con paz el pasado y toda una historia de dolor familiar y social. Solo así podrás, algún día, transformar los límites y convertir una barrera en un trampolín que te ayude a ser la persona que eres, un alma que ha sabido luchar contra sus propios miedos y ha sido capaz de añadir valor a su vida.

Será cuando ni la cultura, ni la historia, ni la sociedad, ni la familia, podrán ejercer sobre ti una presión interna que te haga incapaz de abrirte a los demás y dar un salto de madurez. Entonces te reconocerás como tu gran aliado. Conocer tus límites ya no va a autolimitarte más, sino que te ayudará a ensanchar tus capacidades.

Lo más importante es descubrir que un límite no tiene por qué frenar tu capacidad de amar. Tus límites tampoco son un problema para Dios. Sólo desde esta experiencia todo se recolocará en el puzzle de tu corazón.

domingo, 17 de octubre de 2021

La pluma de Dios

He tenido la oportunidad especial, en los últimos años, de conocer en profundidad a Remigio Benito.

Lo he conocido ya anciano. Pese a su fragilidad física, que le afectaba las piernas y los ojos, él tenía que caminar cada día para venir a la parroquia. Sentía la necesidad de alimentarse de la eucaristía y pasar un rato de adoración íntima y cercana con Jesús sacramentado. Siempre me agradecía el poder encontrar la puerta de la parroquia abierta para ese momento de intimidad a solas con él.

Tenía una fe sólida y férrea, a pesar de la penumbra y las dificultades para ver y caminar. Su trayecto a la parroquia lo hacía con dolor y lentitud, pero no por ello dejaba de venir. Anhelaba estar con su Señor, la fuente de su existencia y de su fe. Esta experiencia diaria con el Señor le sostenía y le daba fuerzas, llenándolo de coraje interior. Allí estaba, fiel, acudiendo al encuentro.

En sus últimos meses de vida me abrió el tesoro de su corazón, a través de intensas conversaciones que mantuvimos. Oyendo sus dudas, sufrimientos y esperanzas, establecimos un diálogo sincero y lleno de confianza. Remigio siempre quería agradar a Dios y hacer su voluntad. Poco a poco, me fue llevando de la mano hasta lo más hondo de su alma y descubrí un bello paisaje interior: el de un hombre lleno de Dios.

Pero aquel anciano frágil, además, tenía un largo recorrido a sus espaldas. Vivió su vida intensamente. Científico, escritor, viajero, acumuló vastos conocimientos y experiencias laborales. Se convirtió en persona de referencia para grandes empresas en el campo de la química.

Escritor versátil y prolífico, llegó a publicar más de 64 libros. Viajó por todo el mundo. Le fascinaban los antiguos mitos y culturas, especialmente las americanas. Como viajero, se interesaba por todo. También escribió novelas y relatos, llegando a obtener varios premios literarios y quedar finalista de otros. En sus escritos se refleja el deseo de descubrir las claves del ser humano, el origen de las culturas y las civilizaciones.

Cuando su hija me proporcionó información sobre sus estudios y publicaciones, quedé abrumado ante tantos conocimientos. En aquel hombre tan humilde y sencillo descubrí a un intelectual que amaba las ciencias y buscaba la verdad, explorando los misterios más hondos del ser humano.

En nuestras conversaciones, después de la adoración, encontré en él perlas espirituales que iluminaban su rostro cada vez que hablábamos. Tras su apariencia discreta se escondía una experiencia inagotable y edificante. ¡Cuánto bien me hizo conocerle, escucharle y aprender de él! ¡Cuánta sabiduría había en sus palabras! Llegamos a tejer una gran complicidad; era de esas personas que te hacen sentirte bien. Para mí fue un regalo recibir todo lo que me comentaba.

Por encima de todo, Remigio se sentía profundamente amado por Dios. Él era el centro de su vida. Con los años, esta certeza fue cada vez más fuerte, hasta llevarlo a escribir sus últimos libros, que él firmaba Calamus Dei, la «pluma de Dios». Desde entonces, cada año nos ha ofrecido una lluvia fresca de reflexiones personales, citas de grandes santos, comentarios a lecturas y oraciones espontáneas. Estos libros son reflejo de un salto cuántico en su vida. Más allá de la ciencia, está el conocimiento de Dios. Si antes le inquietaba saber de muchas cosas, ahora, con estas Reflexiones espirituales, sus grandes cuestiones alcanzaron otra dimensión. Como me decía él mismo, «Dios lo sostiene todo, hasta la ciencia, todo el saber y el universo».

En su última etapa, fue profundizando en su fe, que daba sentido a toda su vida. También me confesaba su indigencia: él se sentía nada, pero con Dios lo era todo. Este giro hacia la trascendencia le hizo cambiar su visión de la vida. Me recordaba a santo Tomás de Aquino, que después de escribir la Summa Theologica tuvo una experiencia sublime en una eucaristía y dijo que todo lo que había escrito era nada al lado de lo que había experimentado en el sacramento eucarístico. O a san Pablo, cuando decía que «todo lo considero basura, con tal de ganar a Cristo» (Filipenses 3, 8).

La cadena de oración que fue creando, con los lectores de sus reflexiones, se extendió por todo el mundo. Fue su gran aportación a la espiritualidad cristiana: regar las almas con las perlas de rocío de este Calamus Dei.

El gran investigador pasó a ser un místico enamorado de Dios. El legado de tantas reflexiones y lecturas de santos, no cabe duda, supuso un cambio profundo en su vida. Los últimos días me decía que deseaba estar preparado para que Dios le abriera las puertas del cielo. Tengo la honda convicción de que lo estaba.

martes, 12 de octubre de 2021

Brasas que no se apagan


Durante 17 años estuve realizando mi tarea pastoral en Badalona. Fueron años muy intensos. Mi dedicación a la parroquia de San Pablo fue ardua y tenaz. Desde un punto de vista humano y espiritual, esa etapa fue decisiva en mi vida.

Fueron años de trabajo creativo e incesante. Ejercer como rector de una parroquia supuso para mí una entrega plena y una gran experiencia. Adquirí una visión muy amplia de la realidad social y espiritual de aquellos barrios de Badalona, el Raval y Sistrells, demarcación donde estaba situada la parroquia. Allí se fraguaron grandes amistades que, después de tanto tiempo, siguen vivas y cercanas a mi corazón.

El día 7 de octubre tuve la ocasión de desplazarme para oficiar el funeral de una gran persona que formaba parte de la comunidad de San Pablo. Desde que la conocí no me dejó indiferente por su discreción, delicadeza y sabiduría. Falleció con 92 años y un enorme bagaje humano. Sensible y prudente, siempre sabía cuándo tenía que hablar y cuándo no. La fragancia de su humildad penetró en mi alma.

Aprovechando esta celebración de despedida de Juanita, tuve la oportunidad de saludar a algunas feligresas de San Pablo a quienes hacía mucho que no veía. Ahora, después de 20 años, se han convertido en auténticas amigas. Mujeres todas ellas luchadoras, audaces, sacrificadas y trabajadoras, con historias dignas de ser noveladas. Mujeres enteras, maduras y valiosas, cada cual convertida en pilar de su familia, algunas con enormes sufrimientos. Sus vidas son una lección de lucha siempre apuntando hacia la esperanza. Han vivido situaciones límite y han sabido sortear muchos problemas. Son auténticas guerreras que han dejado tras de sí una estela de victoria. Nunca se han rendido.

Siempre me alegra verlas tan firmes, a pesar de la edad avanzada de algunas de ellas. Son un collar de perlas que encontré en mi camino, cada una de ellas un diamante pulido y tallado en el yunque de la vida, extraordinarios libros abiertos rebosando de valores. Cada una de ellas con un corazón lleno de bondad, todas han ido forjando su historia.

Y allí estaban, sonrientes y cercanas. Las brasas de la amistad seguían incandescentes. El paso del tiempo no apagó la historia común que he vivido junto a ellas. Bastó un abrazo para que el fuego volviera a encenderse y brillar con nueva luz. Nuestros corazones ardían en ese encuentro eucarístico. La amistad seguía tan viva como siempre. Recordamos los años atrás y la fuerza de su testimonio, colaborando y participando en eventos, celebraciones, peregrinaciones y fiestas. Estoy seguro de que sus nombres ya están escritos en el cielo.

Cuando un feligrés se convierte en amigo, aparece el gran tesoro del alma humana. Gracias, Ana, Amor, Isabel, Juana, Paquita, Lola, Carmen y Montse. Gracias por haber enriquecido espiritualmente mi vida. En vosotras está representado el rostro femenino de la Iglesia. En vosotras arde el fuego de una experiencia vivida con intensidad. Sois flores de un jardín que embelleció el paisaje de mi vida. Para mí ha sido un regalo conoceros y compartir con vosotras diecisiete años en los que me he curtido pastoralmente.

Supisteis dar vida a la comunidad, reverdeciendo un erial seco y yermo y convirtiéndolo en un vergel. Contribuisteis a convertir la parroquia en un referente moral y espiritual para aquellos barrios y en una comunidad animada por el aliento de Jesús.