domingo, 19 de julio de 2015

Cuando a la noche le cuesta amanecer

Cuántas noches nos ha costado conciliar el sueño. La noche se nos hace interminable, los segundos se convierten en minutos y los minutos en horas. Largas noches en las que parece que la oscuridad se ha tragado la luz. Pienso en tantas personas que temen pasar la noche en vela. Dan vueltas y más vueltas, buscando una posición cómoda, pero no acaban de encontrarla y poco a poco el tiempo se les hace insoportable. El motivo puede ser un dolor, una preocupación, una enfermedad o un duelo, un vacío existencial, miedo a la oscuridad, o unos hábitos nocturnos no corregidos. Querríamos que la noche pasara en un abrir y cerrar de ojos, veloz, para volver a ver la luz.

Pero más allá del aspecto patológico del insomnio me refiero a ese agotamiento en la carrera de la vida que sufren muchas personas. Hoy podríamos decir que nuestra sociedad está enferma por la excesiva aceleración que la lleva a vivir a un ritmo estresante y se apodera de su paz y su descanso. Ansiolíticos y tranquilizantes provocan un sueño artificial a miles de personas. Pero esto va debilitando el sistema inmune y el cuerpo enferma por falta de descanso y de reparación. Así se da la contradicción de que muchos toman un medicamento para dormir y luego otro para estar despiertos. Al final, acaban viviendo entre el frenesí y el sonambulismo.

Todo esto me hace reflexionar. Cuando las drogas tóxicas se hacen necesarias para vivir hay algo muy serio que hemos de plantearnos: desde los padres y madres hasta los maestros, psicólogos, médicos, la sanidad pública y las instituciones hemos de responder a los desafíos más acuciantes de la persona. Una sociedad enferma y anestesiada es una sociedad manipulable, y una sociedad manipulada pierde la razón de ser. Estamos ante el imperio de la farmacología y la fragilidad del ser humano, que busca compensar la pérdida de identidad con medios artificiales. Nos encontramos ante un fenómeno alarmante: el de una civilización de zombies teledirigidos que han perdido el norte en sus vidas. Metidos en un laberinto sin salida, la droga, el alcohol, los juegos y las adicciones a cierto tipo de relaciones revelan una huída hacia adelante. Nos encontramos ante un hombre fragmentado, roto, con un corazón vacío y una mirada apagada, con una identidad perdida y una vida que transcurre entre la náusea y la trágica noche que intenta esquivar para no afrontar su miseria. Puede haber una razón última para el insomnio: el miedo a afrontar la propia realidad, cómo pienso, cómo siento, cómo vivo, cómo asumo las contrariedades de la vida, cómo me posiciono ante mí mismo y ante los demás.

¿Acepto con serenidad los problemas y desafíos que se me presentan? No dormir ni descansar desvela que tanto nuestro corazón como nuestro espíritu, nuestra energía y nuestra alma, están rotos. La presión y el dolor son tan hondos y graves que alertan al sistema nervioso y nos impiden el reposo. Cuando nos da vértigo enfrentarnos a los retos de cada día caemos en una crisis más honda que la falta de sueño. La crisis es no reconocer qué es estar sano y qué sentido tiene la vida. La oscuridad es temida por aquellos que no duermen. Las noches se les caen encima como una losa que oprime su corazón.

¿Cuál es el mejor ansiolítico? El antídoto ante una noche interminable es convertirla en un largo e intenso momento, en un viaje hacia el ser más profundo que hay en ti. Pregúntate con serenidad qué sentido tiene tu vida, hacia dónde vas. Mírate al espejo y coge con firmeza las riendas. Sé lúcido y convierte la noche en el preludio de un hermoso día. Así nunca más temerás al silencio y a la oscuridad. El recogimiento te invitará, con paz, a sacarle el jugo a la jornada y a reconciliarte contigo mismo y con los demás, perdonándote por los errores cometidos.

Aprender a gestionar tu propia realidad haciendo una tregua contigo mismo te ayudará a vivir la noche como una experiencia de crecimiento personal. Esta es la mejor medicina para inducir el sueño. Abraza tu realidad, solo así dormirás abandonado y en paz.

domingo, 5 de julio de 2015

Cuando la enfermedad se convierte en tiranía

Somos frágiles


Sabemos que la fragilidad es inherente a la persona. Nuestra naturaleza es limitada y como tal estamos sometidos a una tensión constante entre la salud y la enfermedad. Desde un punto de vista médico la enfermedad revela una situación de desequilibrio de nuestras constantes vitales. Este desajuste puede ser causado por lo que pensamos, sentimos, vivimos, comemos… y sobre todo por cómo nos relacionamos. Aunque no hay que negar la importancia de la genética y el entorno familiar, en la enfermedad es decisiva la capacidad de gestionar los conflictos y digerir nuestras contradicciones internas.

Un problema emocional se puede somatizar y convertir en un grave trastorno orgánico, hasta invalidarnos para las tareas cotidianas. Hemos de distinguir una enfermedad sobrevenida, como un accidente, una lesión vascular o una infección, en principio ajenas a uno mismo. Pero una experiencia mal vivida puede afectar al sistema inmunitario, debilitar el cuerpo y producir una enfermedad que afecte al funcionamiento de los órganos.  La neurociencia está revelando la íntima relación entre nuestras emociones y las patologías del cuerpo. El cómo afrontamos dichas enfermedades puede ser decisivo para nuestra mejoría.

La enfermedad puede ser una gran lección para crecer o una oportunidad para sacar partido del sufrimiento.

Oportunidad o victimismo


A lo largo de mis años como sacerdote he tenido la ocasión de conocer a muchas personas y he aprendido a discernir con cuidado. Cuando la enfermedad te paraliza puede convertirse en un revulsivo excelente que sirve para plantearse el sentido de la vida. Pero también puede ocurrir al revés: hay quienes han encontrado en ella la gran excusa para no afrontar la realidad cara a cara.

En estos casos, el enfermo saca rédito de su dolencia, generando simpatía y solidaridad a su alrededor. Su condición se agrava y se complica hasta llegar a situaciones dolorosas y absurdas. Lo peor es cuando estas personas hacen de la enfermedad un espacio de confort. Se vuelven dependientes y utilizan todas sus armas para convertirse en el centro del mundo y reclamar la atención y la compasión de quienes les rodean. Acaban rindiéndose culto a sí mismos y obligan a los demás a estar pendientes de ellos: son diosecitos necesitados ante los que hay que hacer reverencia.

Los enfermos que hacen de su dolencia un modus vivendi atrapan a mucha gente abusando de su bondad. Emplean el chantaje emocional apelando a su soledad, llegando incluso a insinuar el suicidio ante una situación desesperada y precaria. Elaboran un discurso amenazador para que los demás estén por ellos. Cuando la enfermedad adquiere estas dimensiones es un signo de alerta: lo emocional se transforma en patológico, y de lo patológico se pasa a lo psiquiátrico. Cuánta gente vive atrapada en estas situaciones. No viven a gusto, y tampoco dejan vivir a los que están cerca.

A menudo nos encontramos con conocidos enfermos que, cuando les preguntamos cómo están, responden que cada vez peor. ¿Por qué están peor? ¿Qué hacen? ¿Cómo sienten? ¿Qué piensan? ¿Cómo se relacionan con los demás? ¿A quién le echan la culpa de sus males?

Nos cuesta reconocer que solo en nosotros está la decisión de estar bien o mal. Lo que es insensato es hacer culpable al resto del mundo de nuestra situación. ¡Cuánta humildad y gratitud nos falta! Creemos que somos el ombligo del mundo. Cuántos enfermos se han convertido en vampiros agarrados a la yugular de sus familiares.

Miedo a amar, miedo a vivir


¿Y si en el fondo hay en ellos un temor a la aceptación, un miedo a ser humildes y encajar su propia realidad? ¿Y si el problema más profundo es una incapacidad para amar y dejarse amar? Más allá de lo que pensamos y somos hemos de aprender a dar y a darnos. ¿Nos da vértigo tomarnos en serio la aventura del amor? Porque amar nos pide descentrarnos de nosotros mismos, purificar nuestras intenciones, alcanzar madurez y llegar a la entrega total e incondicional al otro, olvidándose de uno mismo. El ser humano está enfermo de amor  y cuando el amor le falta se rompe y se automutila, haciéndose pasto de todo tipo de enfermedades. Solo el amor puede llegar a transformar nuestro propio ADN, modificando nuestras redes neuronales y despertando la capacidad de autoregeneración de nuestro cuerpo.

Cuando la persona se pone a modo de amor y de gozo se desencadena una fiesta para las neuronas y todos los procesos químicos del cuerpo se ponen en marcha para producir bienestar, sosiego y recuperación. El cerebro que ama segrega neurotransmisores que nos hacen sentir alegría y calma, y nuestra salud mejora.

Uno es responsable y libre para decidir ser dueño de su vida o dejarse arrastrar hasta el precipicio. Jugar con la enfermedad denota, en el fondo, un terrible vacío interior. Negarse a ver ese abismo se convierte en una huida hacia adelante. Estos enfermos no se dan cuenta de que toda enfermedad, psicológica o física, puede llegar a superarse si uno, con valentía, sabe ponerse delante del toro. El gesto de levantarse y encarar la vida ya despierta los recursos suficientes para empezar a resolver el problema. Cuando uno se desinstala y sabe afrontar el miedo está dando el primer paso para cambiar. Si cuenta con amigos y familiares, personas que pueden ayudarle de verdad a salir de su pozo, comenzará a vivir la vida con más serenidad y armonía.

Atrévete a elegir la vida


Eliges sobrevolar sin miedo la tormenta o hundirte en tus propias arenas movedizas. Eliges el desafío de la libertad o el miedo paralizante. Eliges la valentía de lo desconocido o el aburrimiento de la rutina cotidiana. Eliges mirarte al espejo cada mañana y dibujar sobre él la hazaña de tu día o te rindes antes de luchar bajo la sombra de fantasmas virtuales. Eliges aceptar el sufrimiento que conlleva el amor o anestesiarte porque te da pánico respirar y entregarte. Eliges la inseguridad de un futuro mejor o la seguridad de un presente trivial. Finalmente, eliges amar o no amar. Si eliges amar vivirás con plenitud, aunque no te libres de contradicciones ni problemas. Si eliges no amar y encerrarte en tu cómoda celda la sombra irá oscureciendo tu corazón hasta enfermar tu alma y tu cuerpo.

Entre tu consciencia y tu yo completo hay mucha más distancia de lo que crees. Atrévete a surcar ese océano interior que te llevará al gran tesoro de tu corazón. Será entonces cuando la enfermedad no te postrará sino que encontrarás en ella una gran oportunidad para maravillarte de la grandeza de tu ser.

Cuánto oro se puede sacar de nuestras limitaciones. Podemos decir que hay “enfermos sanos”, porque lo físico y lo psicológico no han afectado a su alma ni a su vida espiritual. Es entonces cuando los ciegos verán, los sordos oirán y los cojos caminarán; los esclavos serán libres. Nada nos hará caer si sabemos que hay una fuerza más allá de nosotros mismos, que nos sostiene y nos anima. Atrévete a elegir la vida.

domingo, 21 de junio de 2015

Corazones amurallados


Lo conocí hace doce años. Venía del otro lado del charco, con sueños ya truncados: familia, trabajo, proyección laboral… La crisis en su país lo dejó sin nada, sin ilusión. El vacío comenzó a entrar por las rendijas de su alma.

Vino a Europa solo, enfrentándose al anonimato de una sociedad autosuficiente. Castigado por el duro trabajo en el campo, su salud se fue minando, al paso que sus raíces se debilitaban. Ahora se encuentra con una deficiente salud coronaria. Se enfrenta a la indiferencia de una Europa más preocupada por su moneda que por la acogida del forastero; una Europa que margina a los pobres y a los inmigrantes porque manchan la imagen de los países miembros, incapaces de salir de la crisis económica; una Europa que quiere cabalgar sobre el lomo del capitalismo mientras se empobrece en valores humanos.

Mientras Europa se sume en una crisis de identidad, muchos que han venido buscando oportunidades son arrojados a las aguas del olvido. El enfermo sin recursos es una víctima más de un mundo que prioriza la productividad por encima del valor sagrado de la persona, aunque viva en situación de pobreza. Cuando las instituciones políticas den más valor a la persona que al mercado y al lucro las estructuras comenzarán a humanizarse. Mientras no sea así, muchos se perderán en el mayor naufragio: el de su vida, sacudida por las olas de una sociedad que mira hacia otro lado para evadir su parte de responsabilidad.

Este hombre que conozco es uno de tantos inmigrantes sin futuro. Su sueño europeo se rompió por muchas razones, entre otras la dificultad de adaptación a un medio nuevo, la falta de creatividad y de recursos, la enfermedad, el duelo no resuelto de una separación, pero también por la frialdad de una legislación restrictiva y asfixiante en temas laborales y fiscales. Nuestras políticas económicas cortan las alas de cualquier emprendedor rico en ideas, pero falto de recursos, dificultando su proyecto y su supervivencia. Muchos son los que, para sobrevivir, acaban aceptando cualquier tipo de trabajo esclavizador que les quita tiempo para su familia y sus amigos.

Entre el peso de la legalidad y la añoranza de sus países, estos hombres y mujeres que iniciaron un éxodo esperanzado han terminado con sus sueños rotos, sin alcanzar sus metas. La tierra prometida se ha convertido en tierra hostil donde deben luchar por sobrevivir. Muchos regresan a su país, frustrados y agotados. Según los medios de comunicación, más de un millón de inmigrantes han vuelto a su lugar de origen. Restaurar sus relaciones e integrarse de nuevo en sus antiguos hogares es otra gran aventura.

Algunos se resisten a marchar, esperando una segunda oportunidad. ¿Cómo se sienten? ¿Cómo viven? Forman parte de una tragedia de grandes dimensiones.

Quizás no supieron ser productivos, o les faltó capacidad intelectual, el caso es que ahora están ahí y queremos hacerlos invisibles porque molestan: son un puñetazo moral a nuestra conciencia y preferimos no tenerlos delante. Pero ahí están, en nuestras calles, muchos haciendo cola ante las puertas de Cáritas o sentados en algún comedor social. Deambulan, llevando a cuestas la dignidad que les queda, esperando un milagro, o que un alma generosa cambie su suerte. Pero a veces el dolor es tan intenso que prefieren anestesiarse emocionalmente para no sentir la angustia de su soledad. Lentamente, su corazón se va hundiendo en arenas movedizas. Ya no les importa vivir. No se cuidan, nada les motiva. Guardan largos silencios, caminan sin rumbo, sobreviven gracias a las pocas personas que se compadecen y les tienden una mano.

Así es este hombre que se cruzó en mi camino. Miradas perdidas, paso inseguro, rostro golpeado por la intemperie. Quieres hablarle y te mira sin mirarte; le sonríes, le diriges la palabra y te oye, pero no te escucha; no te responde. Tiene el corazón amurallado y la comunicación no se produce. Quieres y no puedes entrar, su alma está rodeada de un muro infranqueable. Su mutismo te frena. Son momentos muy duros para él, que no quiere sentir, y para mí, que quisiera entrar por algún resquicio para que sienta afecto. Está blindado y solo le importa que no le hagan daño. Pero el sufrimiento lo lleva dentro.

¿Qué hacer? Rezo por él. Cuánta gente está así, dejándose arrastrar, viviendo sin vivir. Ves su fragilidad, contemplas su piel curtida por el frío o el calor. ¡Cuánta cerrazón! Podemos estar muy cerca y a la vez muy lejos. Está tan metido en su pozo interior que el abismo que nos separa es enorme. Perdido en su mundo, el dolor de la soledad lo ha desconectado de la vida. En su debilidad, se ha protegido, cerrando cualquier posibilidad de sentimiento, de comunicación. Por no sufrir dolor, se niega también el placer y la alegría. El sol se apaga lentamente y la indiferencia nubla su alma. Se ha dejado vencer y ya no tiene fuerza. Solo el hambre le hace ir de un sitio a otro para llenar el vientre. Saciar el apetito lo alivia de la impotencia de no poder saciar el vacío que lleva dentro.

La soledad no querida levanta muros. La acción humanitaria pide acogida, ternura, respeto y no enjuiciar a nadie. Solo así, con paciencia, sin hablar mucho, podremos acercarnos, aunque solo sea un poco, a las personas pertrechadas en su silencio. Sin exigirles ni pedirles nada podemos ejercer la pedagogía de la dulzura, el único bálsamo que puede aliviar las grietas de un corazón endurecido por el dolor.

martes, 16 de junio de 2015

Una oración cuando se apaga el día

La noche cae lentamente. El cielo apaga su color azul y la luz se vuelve tenue. La jornada intensa se acaba, dejando un suave silencio. La brisa corre entre los árboles y murmura entre las hojas de la morera, erguida y majestuosa, que ha alargado sus brazos para acoger a los comensales sentados bajo su sombra. Tras un día de convivencia intensa y fraterna, un estallido multicolor y festivo, con amenas conversaciones y espectáculos, el silencio se vuelve a apoderar del patio. De la risa de los niños ante el ingenio del payaso el patio pasa a envolverse en la calma del anochecer.

Veinte mesas, con doscientos comensales, han dejado un profundo sabor comunitario. La jornada ha transcurrido con serenidad, sin excesivo ruido y en medio de una calma gozosa, teñida del color y la belleza de las danzas, bañada en música, sonrisas y ricas experiencias compartidas en los diálogos. La comunidad respiraba al unísono. En estos eventos se fragua el camino que nos lleva a tomar consciencia de la gran riqueza que supone abrir el corazón al otro y experimentar la alegría de estrechar lazos y generar vínculos más intensos. Vivir una experiencia de hermandad nos ayuda a ser conscientes del gran tesoro que compartimos.

Pero de nuevo el silencio llena mi alma, y en la brisa nocturna reflexiono sobre el misterio que hay en el corazón humano. Cuánta hondura y generosidad hay en él. El silencio bajo el manto estrellado del cielo me sumerge en la realidad más profunda que constituye al hombre, ese deseo de crecer amando y dándose. Solo, en medio del patio, sentado sobre la tarima desierta y mirando a lo alto, abro los brazos, extenuado pero contento, y doy gracias.  Gracias por la música, el sol, los colores. Gracias por la generosidad de tantos voluntarios y colaboradores. Gracias por la creatividad, por el canto, el baile, el juego y el disfrute de un gran ágape. Por la belleza de un entorno agradable, por los árboles y la gente, por los niños que juegan e imaginan otro mundo, correteando por el patio. Pero también gracias por la calma, el sosiego y la soledad buscada que abrazo.

Permanezco en pie. A mi derecha crece la morera, a mi izquierda las acacias desprenden sus flores amarillas; en frente la campana María me recuerda el tiempo de Dios y la hora del recogimiento interior. Permanezco allí, sin prisa.

El día ha culminado y la noche me envuelve. Descanso, asimilando las delicias de una jornada llena de color y sabor. Es la hora de callar, de estar quieto, de no hacer nada y abandonarme. Dejo que sea Dios, con la calidez de su aliento, el que vaya entrando en mi interior. La noche transcurre a un ritmo más lento, como si el tiempo se detuviera, desvaneciendo toda inquietud. A solas con Dios decir algo es romper la melodía de su presencia, tan seductora como apacible.

Solo allí, en medio del patio, cierro los ojos y los oídos para poder oírle, verle y sentirle con el corazón. Sin nada que me pueda apartar de él.

Después de un largo rato, con una sensación de plenitud, de haber terminado bien un día en que la comunidad se ha consolidado un poco más, miro hacia el futuro. Y atisbo un renacimiento espiritual, que va a suponer un cambio para la parroquia: la evangelización será la punta de lanza de una nueva etapa. Dejo que mi sueño inicien un viaje imparable con una meta: que la comunidad vibre con un solo corazón. Pongo este sueño en manos de Dios: al caer el día, esta es la mejor plegaria.

Joaquín Iglesias

15 junio 2015 

domingo, 31 de mayo de 2015

Vértigo a crecer

Muchas veces me pregunto ¿por qué hay tanta gente paralizada y sin rumbo? ¿Qué les pasa? ¿Acaso tienen pánico al futuro?

Cuántas gentes sin horizontes deambulan sin meta, sin norte, llenando su tiempo de cosas que las alejan de sí mismas y las distraen de los desafíos propios del mismo hecho de existir.

Nos da vértigo pensar que vamos en dirección contraria porque no queremos enfrentarnos a nosotros mismos. Buscamos, nos llenamos de actividades y de cosas, de trabajos y ocupaciones porque nos aterra mirarnos al espejo y descubrir que nuestros ojos ya no brillan y nuestro rostro revela desconcierto.

¿Qué hay en el fondo? ¿Y si es un temor a crecer, a entregarnos, a madurar y trascender? Quizás lo que vemos no nos gusta, y buscamos mil excusas: patrones de conducta, familiares estrictos, una educación rígida… ¿Y si descubrimos que detrás de tantas quejas lo único que hay es un deseo de buscar culpables de lo que somos y hacemos? Culpamos a los padres, a la sociedad, a la cultura imperante, a la rigidez moral, a la religión o a una experiencia personal traumática. Lo cierto es que vamos echando balones fuera de campo porque no queremos asumir que los dueños de nuestra vida somos nosotros y que nos toca llevar las riendas de nuestra existencia. 

No somos víctimas


¡Cuántas gentes tetrapléjicas de corazón! Han preferido ir de víctimas por la vida, dando lástima, buscando falsas complicidades. Cuántas gentes rehúyen enfrentarse a su propio abismo porque les da miedo saltar y prefieren la autocomplacencia que les permite sobrevivir. El horizonte que tienen delante se desvanece porque, en el fondo, les cuesta conquistar su libertad.

Errantes, buscan excusas en un pasado oscuro, incluso en los ancestros, cuando todo es mucho más sencillo. No digo que el pasado no haya contribuido a que seamos lo que somos, pero el pasado no nos quita lo esencial, lo genuino del ser: nuestra libertad, nuestra voluntad y nuestra capacidad de reflexionar y tomar decisiones.

Ningún pasado y ninguna circunstancia, por más compleja que sea, nos quitará un ápice de nuestra libertad. No podemos caer en un culto al victimismo. Basta ya de culpar y de dejar que nuestras riendas las lleven otros. No hagamos dejación de nuestra responsabilidad hacia nosotros mismos.

Riadas de personas prefieren meterse en su burbujita porque la vida afuera, en la intemperie, es dura. Duele reconocer que dentro de la cápsula de la autocomplacencia están viviendo una realidad virtual, fruto de la falta de coraje. Así, van creando su mundo paralelo y artificial, encajándolo en sus propios miedos, y prefieren fabular, dando rienda suelta a la imaginación. En los niños esto es normal dentro de su proceso evolutivo psicológico y emocional, pero en un adulto este mundo ficticio puede aislarlo de la realidad. Cuando se tope con ella, el golpe será traumático.

Llamados a ser libres


La vida real nos pide estar despiertos y afrontar el día a día sin aditivos psicológicos ni emocionales. Solo cuando seamos capaces de mirar fuera de nosotros mismos y emprender con valentía un cambio, sin hipotecas ni condiciones, podremos empezar a madurar. Y esto es algo innato en la persona, aunque le cueste asumir riesgos y dificultades. Creo que lo inherente a la naturaleza humana no es la ambivalencia, sino la claridad. Todos anhelamos tener un proyecto, un propósito en la vida. Es entonces cuando el vértigo se convierte en lucha y en pasión, el abismo se transforma en luz, la duda en atrevimiento y coraje, la tiniebla en confianza, fuerza, ilusión.

Cuando salimos de la burbuja nos damos cuenta de que podemos volar. Ascenderemos a la cima de nuestra libertad y recuperaremos la esencia de nuestro ser, que es evolucionar hacia la trascendencia. Nuestros pies correrán más ligeros que nunca, nuestro corazón y nuestra mente irán de la mano.

Crecer es la dinámica del ser humano, llamado a vivir la vocación del amor. La libertad tiene una meta: servir a los demás. Quien encuentra esto no necesitará huir, porque irá descubriendo que el servicio es lo que completa al hombre, lo que le hace ser persona. El precio del crecimiento es la entrega, y esta es el mejor antídoto para conjurar el miedo. Si queremos desplegar todo nuestro potencial humano nos atreveremos a vivir la existencia con gozo, una aventura que nos dará alas para volar alto. 

domingo, 3 de mayo de 2015

Huir hacia ninguna parte

Estirar el tiempo

Cuántas veces corremos porque queremos llegar a todo y hacer de todo. Nos apresuramos porque queremos hacer más y más cosas. Llegamos a creer que, a mayor velocidad, más aprovecharemos el tiempo y más cosas podremos meter en la agenda. Quisiéramos estirar el tiempo hasta hacerlo eterno porque las horas se nos quedan cortas. Queremos más velocidad: en el coche, en Internet, en el avión. Organizamos nuestra vida minuto a minuto y corremos sin parar, pero ¿adónde vamos? En el fondo estamos dando vueltas sobre nosotros mismos.

¿Qué le pasa al ser humano que va tan acelerado? Lo peor es que cuanto más hacemos, más creemos que somos nosotros mismos y que nos realizamos. Una vida serena se considera una frivolidad o carente de metas.

Estirar el tiempo y su capacidad material es una forma de sentirnos semidioses, como si tuviéramos la habilidad natural de acortar o alargar las horas. Así caemos en la terrible espiral de la hiperactividad. Corremos y corremos, pero no avanzamos ni un milímetro en nuestro proceso de crecimiento interior. Podemos dar la impresión de que estamos haciendo muchas cosas, pero en realidad no están añadiendo un valor a nuestra vida. Es un girar incesante sobre el propio ego. ¿Sabemos hacia dónde vamos, qué queremos, cuáles son nuestras metas? Muchas veces lo único que conseguimos es huir de la realidad porque se nos hace demasiado dura. Pero aún podríamos preguntarnos: ¿y si corremos porque en el fondo estamos huyendo de nosotros mismos?

Jugar a ser dioses

Nos llenamos de tantas cosas porque así tapamos nuestras lagunas, inseguridades y miedos. ¿Y si en el fondo nos asusta nuestra propia realidad, vacía, temerosa, dubitativa, y necesitamos aparentar que no pasa nada? Preferimos vivir en un sueño irreal porque asumir nuestras carencias y agujeros nos da miedo. Necesitamos vivir con una careta y nos instalamos en la ambivalencia existencial. Huimos de las enfermedades del ser, emocionales y espirituales. Y así se produce un desdoblamiento de la personalidad: la profunda, herida y asustada, y la superficial, que se disfraza aparentando seguridad.
Cuanto más corremos sin rumbo hacia ninguna parte más nos precipitamos hacia el abismo. Vamos perdiendo la esencia de nuestro ser por el camino, hasta llegar al agotamiento y la enfermedad. Y nos deslizamos hacia la nada. ¿Estamos hechos para esto?

¿Es propio de nuestra naturaleza vivir continuamente estresados, angustiados, acelerados y forzando el ritmo vital? Nos cuesta aceptar los límites. La peor idolatría es la de uno mismo. Estamos tan inmersos en la cultura del superhombre que jugamos a ser dioses y no nos damos cuenta de que somos débiles, necesitamos parar y saborear la vida sin prisas.

De la fragilidad a la plenitud

Nuestra naturaleza está hecha de carne y hueso. Hemos de aceptar que somos cuerpo, blando, sensible, que necesitamos respirar, cuidarnos, mimarnos. Somos tan frágiles que necesitamos ternura, delicadeza, descanso. No estamos hechos para correr sino para deslizarnos como bailarines sobre el escenario. La sensibilidad de nuestro tacto y la suavidad de nuestra piel nos hablan de cómo es nuestra naturaleza. No tenemos patas de gacela, ni zarpas de leopardo, ni la musculatura de un tigre. El hombre es un ser frágil, hecho para caminar, para danzar, para saborear, respetando el ritmo natural del universo, con tiempo para jugar y vivir el ocio, para ajardinar la creación con creatividad y con amor. En definitiva, estamos llamados a vivir la vida con plenitud, saboreándola despacio, aunque esto suponga hacer menos.

El silencio, la suavidad, el ir despacio, son los grandes antídotos para la enfermedad de la prisa. Solo cuando nos dejamos llevar por la brisa del silencio es cuando realmente llegamos a donde queremos ir, sin correr, sin angustias, porque descubrimos que la meta no es tanto hacer mucho, sino ser, cada vez más, lo que queremos ser. Y para llegar a esta meta de crecimiento espiritual es necesario estar quieto e iniciar otra andadura, hacia ese castillo interior donde se oculta el gran tesoro de la existencia, el alma. Allí habita lo más sagrado, Dios.

Cuando atravesamos los muros del alma descubrimos una nueva dimensión. Nos hará ver que la realización personal no es tan importante. Descubriremos que la auténtica vocación del ser humano es amar, y entonces ya no necesitaremos demostrar a nadie nuestras habilidades ni aparentar lo que no somos. Habremos descubierto el valor que tiene aspirar el perfume de una flor, recibir con emoción una mirada llena de complicidad, sentir unas manos amorosas o contemplar el nacimiento de un nuevo día. Descubrir nuestra infinita pequeñez no nos impedirá maravillarnos de lo infinitamente grande y hermoso que es el mundo que nos rodea. Nos sentiremos más vivos que nunca. Cerrando los ojos, respirando, oliendo, sintiendo el susurro del viento, nos convertiremos en parte de ese milagro que contemplamos.

Para llegar tan lejos simplemente tienes que llegar a lo que tienes más cerca de ti: tu propio corazón.

domingo, 26 de abril de 2015

Afrontar la fragilidad

Topar con los límites

Topar con la realidad de tus propios límites puede producir desasosiego, cansancio y tristeza. Ante la inmensidad de la existencia sientes el vértigo de tu finitud. Eres consciente de que estás hecho de carne y hueso, y que el vacío, la muerte, la soledad, muchas veces convierten la vida en un camino con un horizonte oscuro.

Sentir dentro de ti mismo la fragilidad humana causa inquietud. A veces te pierdes en un laberinto, sin saber cuál es la salida o la solución a un problema sobre el que das vueltas y vueltas. Crees avanzar, pero te das cuenta de que todavía queda mucho por recorrer, descubrir, cambiar. Sumergirte en el misterio de tu propio yo es una aventura que muchas veces te sitúa ante un cruce de caminos y no acabas de saber cuál es la dirección apropiada. Son muchas las posibilidades y todas parecen buenas, pero siempre hay una incertidumbre última. ¿Voy por el camino correcto?

¿Qué hemos de aprender para que se culminen nuestros sueños? ¿Nos conocemos de verdad? ¿Qué parte de nosotros quiere seguir en la penumbra, que nos dificulta dar el paso definitivo? En la búsqueda de nuestra auténtica identidad se nos hace patente nuestro pasado y una actitud hacia el futuro. Pero ¿vivimos el presente real? ¿Qué nos falta por descubrir? Asumir la realidad significa afrontar los miedos y vencer la arrogancia y la inseguridad.

¿Por qué cuando hay dificultades nos detenemos? Nos da miedo descubrir que todavía somos inmaduros, que nos falta una profunda aceptación, ya no solo de nuestras limitaciones físicas y psíquicas, sino de nuestra falta de agallas para ser, de una vez, dueños de nosotros mismos.

El gran desafío

El gran desafío es penetrar en el propio abismo y abrazar nuestra existencia con todas sus luchas, heridas y cicatrices. No somos Superman. Todos estamos llenos de agujeros, por eso necesitamos aparentar que somos perfectos. Nos incomoda aparecer vulnerables ante los demás. Estamos tan acostumbrados a teatralizar nuestra vida que no sabemos ver y aceptar la realidad tal como es y nos fabricamos mundos paralelos porque asomarnos a la realidad nos produce pánico. Por eso nos esforzamos en parecer lo que no somos, porque en el fondo no nos aceptamos y nos afecta terriblemente lo que la gente opina de nosotros. Todavía no hemos puesto los límites entre lo que somos y lo que la gente piensa de nosotros. Este desequilibrio y esta falta de realismo existencial hacen que nos estanquemos y acabemos por caer en una autocomplacencia que nos resta fuerzas y ganas de seguir por los senderos que nos llevarán a la plenitud del ser.

Por eso hay que seguir caminando, a veces en la oscuridad de la noche, por el árido desierto de la vida. Hay que seguir avanzando hacia la orilla, aunque a veces parezca que el faro que nos guía se apague. Hay que seguir, aunque atravesemos tupidos bosques cuyos árboles no nos dejan ver la luz. Al final descubriremos que, cuando nos adentramos más en nosotros mismos, encontraremos la calma después de la tempestad.

Estamos tan ensimismados con nuestras cosas que no vemos el faro que brilla en nuestro interior. Hemos dejado de creer en todas nuestras potencias humanas y nos empequeñecemos, pensando que no seremos capaces de descubrir la grandeza que hay en cada uno de nosotros.

Levantarse, ver la luz

El faro eres tú mismo pero te asusta saber que tienes tanto potencial de luz y piensas que si te pierdes en la noche es porque no hay faro.

Cuando decides, libremente, levantarte después de una caída, misteriosamente ocurre algo: el error se convierte en una experiencia iluminadora. Quizás vuelvas a caer. Pero empezarás a ampliar tu grado de visión interior. Gozarás de una lucidez y una certeza más allá de lo intelectual y lo psicológico. Empezarás a tener una serenidad y una paz que las próximas dificultades y caídas no te podrán quitar. Porque la lucha forma parte de tu crecimiento. Caer ya no es una derrota sino una lección más de la que aprender.

El día, la noche, la calma y la paz están en ti. Solo te falta ser decidido, valiente y no temer a nada ni a nadie. En ti hay toda la fuerza necesaria para encontrar el camino cuando estás perdido. Solo desde la aceptación humilde de tu realidad, abrazándola con todas tus fuerzas,  saldrás del bache. Nada se interpondrá entre ti y tus esperanzas, sueños y objetivos. Ni siquiera tú mismo, porque por fin habrás firmado la tregua más difícil. Tus miedos, tus inseguridades, tus limitaciones, nada podrá detenerte, ni siquiera las caídas, los golpes, las cicatrices, las equivocaciones, porque has llegado a la máxima madurez: reconciliarte contigo mismo. Y esto será el inicio de tu libertad.