domingo, 16 de noviembre de 2014

Una mirada hacia el infinito

Paseo por la Villa Olímpica. Las ráfagas de viento fresco azotan mi rostro. El día es muy claro y el aire que va anunciando la llegada del invierno está calmado. En el horizonte azul el cielo abraza la inmensidad del mar. Surge en mi mente el recuerdo de mis padres; mi pensamiento navega más allá del horizonte. El abismo del mar con el cielo me evoca el abrazo de mi padre a mi madre, ambos fundiéndose en la eternidad.

Cuando se casaron llegaron a ser una sola carne. Ahora serán una sola alma, transparente a los ojos de Dios. Mis recuerdos ensanchan el horizonte, mi mente se abre y me dejo llevar, no solo por el viento que me azota el rostro, sino por un soplo interior que me empuja hacia el infinito. Allí donde ya no puedo verlos, Dios corona sus vidas.

Unas vidas azarosas, intensas, apasionadas. Eran dos esposos que se amaban, se entregaron y quisieron eternizar su aventura. Joaquín se fue antes, en busca de nuevas oportunidades. Y misteriosamente, antes de partir hacia Sevilla, donde trabajaba, quiso prolongar unos días su estancia en el pueblo. Algo lo hizo demorarse, como si quisiera apurar los últimos abrazos con su esposa. Quizás algo en su interior lo advertía de su trágico destino. Unos días más tarde, un infarto le arrancó la vida, desplomándolo al suelo junto al puerto del Guadalquivir. Quedó tendido de espaldas, con la mirada hacia el cielo y la mano en un panecillo que guardaba en el bolsillo de su chaqueta.

Lejos de su esposa Paula, así quedaron truncados dos sueños: el del padre muerto y el de la madre que estaba gestando en su vientre otra vida. Con el corazón roto y sin aliento, la joven esposa afrontó el golpe que marcaría el resto de su vida. El brillo de sus ojos se apagó. Con cuatro hijos pequeños tuvo que sacar fuerzas de flaqueza para luchar contra el desánimo y no rendirse. Él quedó yaciendo en tierra, con la mirada perdida en el cielo; ella tuvo que mirar hacia el frente para no eclipsar su futuro y el de sus hijos. Dos corazones dejaron de vibrar juntos. La soledad de la joven esposa y la ausencia de cariño aumentaron en ella el instinto de supervivencia. Y se abrió camino, pese al vacío vital que le hacía sentir su  enorme fragilidad.

En el cielo, tres hijos, fallecidos apenas recién nacidos, abrazaban a su padre, aquel hombre de tez morena y frente ancha, y de corazón todavía más grande, que pudo reencontrarse con sus bebés. La tristeza en la tierra se mezclaba con la alegría en el cielo; la angustia de la joven madre sola con el sosiego del joven padre que volvía a contemplar la belleza de sus hijos convertidos en ángeles.

Medio siglo más tarde, cuando la vida de ella se iba apagando lentamente, él, desde el cielo, iba preparando el encuentro definitivo. Durante sesenta años Paula vivió sin ver a su esposo amado, intentando olvidar a sus hijos perdidos. El día de su muerte, el fulgor del sol presagiaba algo nuevo: un momento largamente esperado. Por fin los dos esposos volverían a estar juntos. Esta vez, para siempre.

En mi corazón siempre he tenido una certeza: de manera misteriosa, sin saber cómo, mi padre ha ejercido su paternidad sin las limitaciones humanas ni las barreras del tiempo. Y ahora, cuando cierro los ojos para respirar, sé que los dos estarán juntos en el cielo y recogerán mis anhelos. Serán dos buenos intercesores ante Dios. Me ayudarán a colmar mis deseos de plenitud sacerdotal y protegerán a los hijos que quedamos aquí.

De vuelta a casa, dos rayos de sol atraviesan una espesa nube. Dos almas luminosas me saludan. El lenguaje de la belleza es el lenguaje de Dios. Con esa luz me dicen que están con él.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Gotas de plata sobre las acacias

Como cada mañana, el sol bañaba el patio, salpicado de hermosas flores que rompen la dureza del cemento. Entre la higuera, las macetas de margaritas y los helechos, el sol brillaba por encima de las acacias, iluminando el patio con un fulgor especial. Mientras estaba contemplando la maravilla de este jardín urbano recibí una llamada al móvil, comunicándome que mi madre acababa de morir.

En medio de la belleza exultante, la noticia oscureció mi corazón. Miré al cielo, compungido, buscando una respuesta al dolor de la muerte. Después de varios días grises e invernales, hoy lucía un sol matinal que irradiaba su calor con fuerza. Bajo las acacias recordé mi pasado, mi infancia y mi adolescencia, y me di cuenta de que ni todos los años transcurridos, con sus dificultades, ni la misma muerte podían romper los lazos tan profundos que me unen con mi familia, en especial con mi madre.

Con la mirada puesta en el pasado, recordé tantos momentos vividos con ella, algunos duros, exigentes, otros cálidos. Siempre con una lucha constante por reafirmar nuestros vínculos, pues el pasado configura la identidad personal. Ensimismado en el recuerdo, cuando salí de mi ensueño me percaté de que una capa de lluvia muy fina caía, en gotas plateadas, y bañaba mi rostro. Los rayos de sol atravesaban las gotas, resplandecientes como un nuevo rocío, y la frescura del agua empapaba mis manos. Llovía y hacía sol. El cielo me enviaba esa dulce lluvia para refrescar y embalsamar mi corazón dolorido. En el patio, las acacias reverdecían bajo la caricia del agua caída del cielo.

En aquel momento mi alma, mi mente y mi corazón fueron conscientes del regalo de mis padres: la existencia. He recibido este don inmenso por amor, y ni los defectos, ni los límites, ni los problemas son impedimento para que me dé cuenta de que sin los padres no sería, y que todo lo ocurrido, bueno y malo, ha sido causa necesaria para que yo naciera.

Abrazar la vida es abrazar los orígenes, el pasado, la historia y los acontecimientos que han hecho posible que seas lo que eres. Mirar con gratitud hacia atrás es la única manera de vivir el presente con plenitud y el futuro con esperanza. Vivir armonizado y reconciliado ayuda a afrontar todos los desafíos de la vida, por difíciles que sean, creando vínculos muy fuertes. Esta mañana, mirando al cielo entre las acacias me di cuenta de que los lazos son más poderosos de lo que creía. Cuando recibí la noticia empecé a sentir la ausencia de mi madre, como si algo muy arraigado se desprendiera de mí. Sentí el vacío en mi red emocional, el desgarro, la desconexión energética. En ese momento, una parte de mí se moría. Había muerto aquella que me había dado la vida.

Pero su mano protectora no se ha apartado del todo. Es a partir de ahora cuando puedo aprender a iniciar otro tipo de relación, que pese a la ausencia no es menos intensa. Es como si estuviera viva de otra manera.

Después de ese momento tan denso me desplacé en seguida al hospital donde había fallecido. En el trayecto mi imaginación seguía volando, surcando las profundidades del corazón humano y sus misterios, ahondando en sus pequeñeces y grandezas, entre los límites que nos hacen frágiles y el amor generoso que ensancha el corazón. Solo cuando llegas a la meta de la libertad orientada hacia los demás y hacia el amor es cuando reconoces, con humildad, el don maravilloso de la existencia. Aunque diminuto ante la grandiosidad del cosmos, el corazón humano posee más potencia que todo el universo.

Llegué a la habitación donde yacía mi madre. La encontré inmóvil, serena, envuelta en la sábana. Su cuerpo estaba presente pero el vacío me invadió. ¿Está, no está? Recé por su alma y mientras lo hacía sentí una reconexión, un diálogo interior fluyendo en mi mente. Pedí a Dios que abriera sus entrañas y que la acogiera en el banquete celestial. Que le abriera sus moradas para que pudiera reencontrarse con los suyos: su esposo Joaquín, sus hijitos fallecidos a edades muy tempranas, cuando la hambruna y la miseria azotaban los pueblos, durante la posguerra.  La abuela Araceli y la tita Carmen, dos pilares que aguantaron fuerte los reveses de la vida, dando estabilidad a la familia. El nieto, Raúl, que como un destello de luz brilló y se fue apagando en su adolescencia. Sus hermanos Manolo y José, auténticos supervivientes que sortearon toda clase de dificultades para superar la carencia y el sufrimiento y llegar a fundar una familia.

Volverás a respirar con ellos el aroma seco del trigo y la cebada, el olor rancio de la piel de oveja. Allí estarás, una invitada más, con el traje de fiesta en el ágape donde la alegría es eterna.

No más luchas, no más dolores ni soledad. Ahora solo te queda acurrucarte en los  brazos de un Dios Padre que solo quiere el disfrute y el gozo de sus criaturas. Antes de morir te agarrabas a las manos de José, tu yerno, como sintiendo vértigo de pasar al otro lado. No querías irte, no querías sentirte sola en el viaje hacia la otra orilla. Ese salto abismal te asustaba.

Pero en pocos segundos te fuiste. Tu cuerpo seguía allí, en la cama del hospital, pero tu alma cruzó el abismo para encontrarse con la luz, con el corazón ardiente de Dios.

Cuando te vi, muerta, ya estabas fuera de allí. Seguiste el itinerario que toda criatura ha de seguir, pasando muchas veces por intrincados laberintos hasta llegar al culmen, a la razón de su existencia, que no es la muerte sino el encuentro con Dios. Este es el final de todo hombre: el abrazo eterno con su Creador.

Antes de dormir salgo al patio. Una luna llena resplandece en el firmamento claro, sembrado de estrellas. El sol radiante de esta mañana, las gotas de plata cayendo sobre las acacias, la luna y las estrellas de noche… El cielo está de fiesta. 

sábado, 1 de noviembre de 2014

La muerte, un viaje a la eternidad

Celebramos el día los Fieles Difuntos y es inevitable pensar en aquellas personas que han marcado nuestra vida: abuelos, padres, hijos, amigos, personas que se convirtieron en referencia ética, religiosa y humana. En ellos reconocemos que la vida ha desplegado todas sus potencias. Han sido maestros, modelos, ejemplos que han modelado su alma hasta llegar a vivir de una manera plena y agradecida.

He tenido la suerte de haber encontrado, en mi vida, personas de una talla humana extraordinaria. Se convirtieron en entrenadores espirituales que me ayudaron a sacar lo mejor de mí; personas con enorme sensibilidad que lo dieron todo, un legado de valores más valioso que un cofre lleno de perlas, corazones vibrantes más preciosos que el oro. Una mente, un corazón y un alma armonizados valen más que todos los tesoros. Cuánto bien nos hacen las personas así.

Hoy podemos mirar la vida de frente, podemos soñar, tener experiencias, proyectos, incluso podemos permitirnos volar sin miedo hacia rumbos desconocidos gracias a que ellos se atrevieron a mirar la vida con pasión. La última razón que da sentido a la vida es haber llegado hasta el final amando, dejando que el amor sea el eje y el centro. Lo único que nos hace trascender de nuestras pequeñeces y aprender a amar es el otro, que te ayuda a descubrir que solo dando y viviendo para los demás uno puede crecer como persona.

Hoy es un día muy especial para tener un recuerdo agradecido hacia aquellas personas sin las que tu vida no sería la misma. Abrazar el pasado, los tuyos, con profunda paz, es la mejor manera de agradecer ese legado de humanidad y espiritualidad que has heredado de ellos.

Estoy a punto de irme a descansar, cierro los ojos e intento sentir la complicidad de sus miradas. El corazón late con más intensidad. Quisiera atravesar la oscuridad de mis párpados cerrados, ese muro que separa la barrera del otro lado, tan misterioso e inaccesible, pero tan cercano. Tan solo hay un velo finísimo, casi puedo sentir el aliento de esas personas. Estoy descansando y el sueño va arrastrándome a esa casi muerte. Todo se ralentiza: el corazón, la respiración, la realidad que se aleja… Cada noche es como un entrenamiento para el morir, ese momento que se acerca lentamente. Es un ejercicio para aprender a ir desconectando.

Es verdad que soñar indica que estamos vivos, pero aún y así estamos fuera de nuestro control. Es como si cada día nos fuéramos acostumbrando a ver cara a cara a la muerte, y podemos irla incorporando como algo natural a nuestras vidas. Nunca sabemos si vamos a despertarnos vivos. Solo Dios lo sabe.

Por eso, ¡qué importante es ir a dormir en paz, reconciliado, abandonado! Qué importante dar el último beso a la persona amada. Solo así el sueño será dulce y sereno, hasta mañana… o hasta la eternidad.

Cuánto miedo nos da la muerte. Nos asusta la enfermedad, vivir con incertidumbre el mañana, que el final poco a poco se vaya aproximando. Nos produce inquietud el cómo llegará: un ataque, un accidente, un largo sufrimiento que nos ha mantenido mucho tiempo yaciendo en cama, o quizás será una muerte inesperada y dulce, mientras descansamos en un sofá.

Todos deseamos una muerte plácida. Desearíamos evitar el sufrimiento. Pero podemos ver la muerte como un final del recorrido de la vida, en el cual nos transformamos; un cambio energético donde somos asumidos por una frecuencia amorosa; un salto cuántico a otra dimensión fuera del tiempo y del espacio, pues justamente la eternidad está fuera de estas dimensiones terrenas. Más allá de la física cuántica estamos hablando de entrar en el tiempo de Dios, que es atemporal y solo se puede entrar en el corazón de Dios cuando él, por su inmensa misericordia, nos resucita.

Resucitar es comenzar a vivir en cuerpo y alma en la eterna presencia de Dios. Se podría decir que participamos de la misma cualidad de Dios: nos volvemos atemporales y el espíritu ya regirá para siempre el cuerpo. El cielo es la máxima energía amorosa de Dios. Por eso no debemos sentir miedo: la muerte es un encuentro con la Luz, con la Vida en mayúsculas, la segunda parte de una aventura que culmina en brazos de Dios, donde el miedo, el dolor, la soledad, el sentimiento de fragilidad darán paso a un estado de gozo incesante.

El miedo se convertirá en alegría, el dolor en placer, la soledad en permanente compañía festiva y la fragilidad en plenitud y en bienestar. Del sentimiento de indigencia pasaremos a ser una criatura mimada y acariciada por las cálidas manos divinas. La muerte no es otra cosa que el reencuentro para siempre del hombre con Dios, es decir, el pasaje definitivo hacia la eternidad. No es la angustia de un camino hacia el abismo o la oscuridad, sino hacia la Paz definitiva. Ojalá aprendamos, cada noche, la sabia lección de dejarnos abrazar y mecer por una mano amorosa que entra en nuestro tiempo y espacio para velar nuestro sueño. Abrazar la muerte es abrazar cómo Dios nos ha hecho: hombres mortales. Así es como Dios ha querido crearnos. Pero nos ama tanto que, para seguir amándonos, nos ha dado una vida que es eterna. 

domingo, 19 de octubre de 2014

Nadar en la calma

Después de una jornada de actividad, el día va declinando y el tono vital va bajando. El sol, lentamente, desciende y su luz se apaga. Sigue su ciclo y se va, dejando que la luna vaya ascendiendo con su tenue luz. Del brillo luminoso de la mañana pasamos a la suavidad del atardecer. El azul eléctrico del cielo anticipa la noche; se encienden los focos y las luces de la ciudad, se cierra un ciclo y entramos en otra fase más serena y tranquila, que invita a meditar.

El silencio me va llenando. De la prisa paso a otro ritmo, más despacio. El tiempo es otro. De la vorágine paso a la calma, tan deseada, a la oración, a dejarme mecer en las aguas cristalinas del corazón de Dios, donde puedo nadar hasta deslizarme en sus misteriosas entrañas. Él me invita a parar, a callar y a saborear las delicias de su presencia latente en el envés de la belleza que he podido admirar durante el día.

Ayer, en una excursión a la montaña, pude contemplar a Dios en los rostros de tantas personas que viajaban conmigo, buenos corazones que avanzan en su crecimiento humano y espiritual; en la majestuosa creación, en los bosques, en los montes y los ríos; en los claros y oscuros de la historia, en las obras humanas y en la sublime inteligencia de esta criatura. La belleza de la creación expresa cuánto nos ha amado Dios, cuánto nos ha dado para que podamos disfrutarlo hasta el éxtasis. El  gozo espiritual hace inenarrable la experiencia de amar. La mística del cristiano pasa por la intimidad con un Dios creador, por una relación interpersonal con Dios hecho hombre en Jesús, que encarna el corazón entrañable del Padre.

Aprender a nadar en la calma interior es hacer una inmersión en Cristo. Él convertirá la calma en algo más que ausencia de ruido o de frenesí: hará de ella un estado que nos llevará al epicentro de nuestra existencia: el misterio de la pequeñez humana ante la grandeza de un Dios que ha cometido la locura de establecer una alianza de amor con su criatura.

Dios ha decidido abrazar al hombre, haciéndose presente en su historia, y ensanchar su horizonte, haciendo crecer sus anhelos de plenitud. El otro día paseaba por la playa. El agua, vestida de un azul intenso, salpicada por los rayos de sol, estaba calmada, parecía un inmenso estanque de cristal bañado de luz resplandeciente. Otros días las olas juegan saltarinas con la arena de la orilla, sacudiéndola con fuerza, pero ese día solo el aire murmuraba a mis oídos. Dios me hablaba en esa calma del mar que parece dormir, pero que está ahí, inmenso, quieto. Mi mirada se perdió en el horizonte. Yo, insignificante ante tanta inmensidad, pensé que solo desde la calma, dejándose mecer por el silencio, se puede escuchar el lenguaje de Dios, tan nítido como esas aguas cristalinas en la hora cenital del día.

Toda criatura amada anhela fundirse con el creador, fuente inagotable de vida y felicidad. Ante el mar me dije que solo cuando paras, te apartas y contemplas, admirando el mundo a tu alrededor, puedes escuchar el susurro melodioso que Dios está interpretando para ti. Nunca deja de seducirte. Nadando en su corazón podrás establecer un diálogo auténtico, una comunicación íntima y sincera. Será entonces cuando el sol de Dios te bañe y acaricie las aguas calmadas de tu alma. La luz sobre ellas es el reflejo amoroso de su presencia. 

domingo, 5 de octubre de 2014

Abrazar los límites

Una de las cuestiones más importantes que se plantea el ser humano es el conocimiento de sí mismo. Aunque nos parezca incómodo, de manera progresiva nos vamos dando cuenta de cómo somos, y a veces nos topamos con cosas que no nos gustan. La tendencia a compararnos con otros hace más difícil aceptar nuestros propios límites.

Hay cosas que nos gustan, y otras que no. El físico: alto, bajo, feo, guapo, gordo, flaco. Nuestras habilidades, emociones y sentimientos. Reconocemos nuestros límites y queremos controlar nuestras reacciones para poder alcanzar nuestras metas. Sobre todo nos preocupa el qué dirán y aquellas limitaciones que afectan nuestra inteligencia, salud y aspecto físico. Muchas veces creernos inadecuados nos genera un sentimiento de autodesprecio. La opinión ajena pesa como una losa terrible sobre la vida de muchas personas, minando su autoestima y provocándoles inseguridad, miedo y desorientación. En realidad, dar demasiada importancia a lo que dice la sociedad puede paralizar y conducir a la frustración y al desespero.

Como siempre, es un problema de percepción de uno mismo y de los demás. Debes asumir que ni tú ni las personas a las que amas son perfectas. Como humanos, todos estamos cargados de historias personales, familiares y emocionales; de defectos, limitaciones y miedos. Todos, por mucho que ofrezcamos una imagen serena, de estabilidad y ecuanimidad, todos, como diría un teólogo, tenemos agujeros y experiencias que nos han marcado. La cuestión de fondo es tener la sabia humildad de saber que somos fruto de otras personas que nos han querido, aunque estuvieran cargadas de imperfecciones y defectos.

Esto es básico para reorientar la vida. Están surgiendo muchas terapias alternativas que prometen ser la gran solución a los problemas vitales de la persona. Halagando la autoestima, algunas de ellas sacan el dinero de los pacientes de manera muy sutil. Así mismo proliferan desde hace  años los libros de autoayuda, brindando tantos métodos y soluciones que uno se pierde en un bosque laberíntico. Una persona insatisfecha y desorientada puede pasarse la vida buscando sin llegar a ningún lugar.

Detrás de esta variada oferta y de la búsqueda de tantas personas inquietas hay un hambre de sentido, por un lado, y un afán de lucro por parte de muchos gurús o líderes ―no todos, pero sí muchos―. De aquí que cada uno presente su terapia o su sistema como la panacea que soluciona todos los problemas, desde la identidad propia, el pasado y los traumas de la infancia hasta las inseguridades presentes y los miedos al futuro. La terapia se convierte en una máquina de hacer dinero y, de manera muy sutil, crea una dependencia con el paciente.

Todo es más sencillo. En el fondo, uno mismo ya sabe cómo es, ¡claro que lo sabemos! La cuestión es tener el coraje de aceptarse con humildad y reconocer que, aún con sus límites y defectos, cada persona vale más que el universo entero. En la vida no se trata de caer bien a todos, ni de ser el primero, ni de convertirse en un superman o una superwoman. Un amigo me decía: imagina una gran estepa poblada por millones de personas. Nadie es más importante que los otros, todos somos iguales. El crecimiento personal no consiste en ser perfecto o en no tener agujeros, sino en saber que los tienes y convivir con ellos sin que sean para ti un problema, aunque los demás sí hagan un problema de ellos. Nadie puede huir de su contingencia: somos vulnerables, enfermamos, padecemos dolores físicos, emocionales y espirituales. Sentimos dolor, rabia, tristeza. Nos equivocamos. ¡Este es nuestro mundo real! Luchas, aciertos, errores, avances y retrocesos. Nos caemos y nos levantamos de nuevo; saltamos de alegría ante una buena noticia, o nos entristecemos con el duelo que nos pesa en el corazón. Es nuestra manera de existir, con un corazón que anhela, que sueña, que avanza intrépido pero que también tiembla ante el futuro incierto. Cabalgamos a lomos de la existencia y ante la meta que nos espera el corazón se nos encoge. Somos capaces de lo mejor, pero también del peor error. Es nuestra naturaleza humana, donde conviven estas realidades tan diversas.

A pesar de su fragilidad, solo el hombre, en todo el universo, posee un corazón, una mente y un alma que, bien armonizados, lo hacen dueño de su existencia. Hay un anhelo de mejora innato que hemos de potenciar, sin obsesiones ni vanidades. Tampoco se trata de resignarnos o de rendirnos: soy así, no puedo hacer nada. Pero el punto de partida es la aceptación. Abrazar el cómo soy será el pilar de equilibrio. La única manera de ser que tenemos es ser lo que somos y quienes somos, con todo lo que esto conlleva. De no ser así, no seríamos. Llegar a entender y aceptar esto es necesario para una vida plena. Por tanto, prefiero ser una persona limitada antes que perderme en las vaguedades de ciertas filosofías.

El ser humano, aunque limitado, es lo mejor de la creación. ¡Cuánto valor tiene! ¿Somos capaces de verlo? De cómo abracemos nuestra realidad dependerá la felicidad que experimentemos.

La grandeza del hombre es que, a pesar de su pequeñez, anhela el infinito: es la búsqueda de la razón última que da sentido a la vida. Ojalá aprendamos a vivir con calma y paz nuestra existencia, limitada pero valiosa, por el hecho de ser polvo en medio del universo, pero criatura soñada y amada por el Creador, un Dios personal que nos ama desde nuestra concepción hasta nuestro reencuentro con la Vida.

Joaquín Iglesias

4 octubre 2014 – San Francisco de Asís 

domingo, 14 de septiembre de 2014

¿Miedo a la soledad?

El ser humano no se entiende sin su dimensión relacional. Desde que los dos gametos se unen para generar la nueva vida, el embrión queda conectado a su madre a través del cordón umbilical, durante nueve largos meses, hasta el parto. En el vientre materno se inicia una intensa relación que pasará por diferentes etapas a lo largo de la vida del nuevo nacido. Es una relación que ya nunca morirá.

Cuando nace, el pequeño se relaciona no solo con sus progenitores, sino con todas aquellas personas que tiene a su alrededor. No nace aislado, sino inmerso en una familia, una sociedad y una cultura que lo acoge y le inculca sus valores, su lengua y sus conocimientos.

Nuestro cerebro también es un cúmulo de conexiones. La misión de las neuronas es llevar la información del mundo exterior al cerebro, y de este a los diferentes órganos de nuestro cuerpo. Su buen funcionamiento depende de un equilibrio armónico entre sus conexiones. Todo son auténticas redes de comunicación, dentro y fuera de nosotros. Desde el primer momento estamos generando redes con los demás. Podríamos afirmar que desde que nacemos hasta que morimos estamos vitalmente unidos a los otros.

Estamos programados, por así decir, para conectar con los demás. El aislamiento, por tanto, nos da un vértigo terrible y la tendencia natural es evitarlo.

Tenemos miedo, más que a la soledad en sí, a sentirnos solos. La soledad no tiene por qué ser abandono ni aislamiento. Es más, a veces la soledad es necesaria para reflexionar y darle a las cosas su justa medida. Un tiempo de soledad nos ayuda a tomar distancia entre nosotros y la realidad para contemplar nuestra situación de manera más serena y objetiva. Pasar un tiempo solos incluso nos ayuda a mejorar nuestra relación con los demás.

Por otra parte, cuántas personas viven rodeadas de gente ―familiares, amigos, compañeros― y, sin embargo, se sienten solas. La soledad no es tanto la ausencia de los otros, sino una forma de vivir nuestra relación con los demás. No todas las relaciones son sanas y buenas, ni todas cubren nuestras necesidades de compañía y afecto.

Todos tenemos la necesidad de compartir nuestra vida con alguien. De aquí el miedo a perder a los seres queridos. La viudez, que sufren tantas personas, necesita un tiempo de duelo para asumir el nuevo estado. El cónyuge fallecido, aunque falte, sigue viviendo en el corazón del que continúa. Pese a su ausencia física, el viudo o viuda lo tiene muy presente. La red emocional que se ha creado en la pareja es tan intensa que no se rompe fácilmente, ni siquiera con la muerte.

El miedo que aqueja a muchas personas es la falta de afecto, de ternura, de complicidad. Se añora una mirada, el soñar juntos, el compartir momentos de alegría y de dolor. El vacío emocional al que se enfrentan los viudos necesita de muchos recursos para superarse. En esta etapa de su vida aún pueden iniciar una nueva y maravillosa aventura. Con su valioso bagaje, fruto de su experiencia, pueden reconstruir su vida y sus relaciones con los demás. Trascendiendo de una situación emocional dolorosa pueden iniciar otra época de plenitud vital. Ahora son oro líquido. Conozco a personas mayores que han dado este gran salto en su vida: han abrazado la soledad, aceptándola con paz. Su actitud les ayuda a abrirse a los demás y a profundizar en su vida interior, sumiéndose en la riqueza del silencio hecho oración.

Para estas personas, la soledad ya no es un fantasma temible, sino el regalo de una nueva etapa. Ya no es un lastre sino una llamada al silencio natural, a una vocación más contemplativa, a un viaje al interior del alma. La soledad nunca es ausencia, ni lejanía, ni abandono. Tampoco es aislamiento, ni vacío, ni un laberinto sin salida. Para los místicos es una situación que lleva a vivir un estado de gracia. Todo se convierte en regalo, gratitud y gozo del alma. Las relaciones se dan desde la libertad. El amor ha trascendido. El silencio y la soledad son aliados de la plenitud. Todo tendrá su medida justa. Es la etapa, más que del hacer, del ser, en comunión con el Creador. La suavidad y la belleza guiarán nuestros pasos por la senda de retorno a Dios. Es la etapa de reconectar con la eternidad, donde el soplo divino y la vida humana se unirán para siempre.

domingo, 7 de septiembre de 2014

El aliento de Dios

El Génesis narra que Dios, al atardecer, solía pasear por el paraíso con Adán. Como dos buenos amigos, criatura y creador caminan juntos, compartiendo momentos de sosegado diálogo, silencio, miradas. La amistad se acrecienta entre Dios y el hombre.

Al anochecer me quedo solo en el patio parroquial. Silencioso y acogedor, es el lugar donde paseo y miro el cielo, siempre diferente, unos días estrellado, otros nublado, algunas noches de oscuridad intensa, otras iluminadas por la luna. En el patio me siento como Adán ante la presencia sigilosa de Dios, paseando entre las acacias, la morera, la fuente… La brisa sopla entre las ramas de los árboles y las plantas que bordean el jardín me dan las buenas noches. Ese encuentro diario me ayuda a contemplar con calma las muchas experiencias que he vivido durante el día. Desde la gratuidad me doy cuenta de que todo cuanto pasa en mi vida no es indiferente ni en vano, todo tiene un sentido si lo vivo con este gran aliado amigo que me conoce desde que me formé en las entrañas maternas. Ese vínculo misterioso me une de una manera sorprendente con Aquel que exhaló su aliento en el barro y formó al hombre.

Lo moldeó con sus manos, haciendo su cuerpo, y después le dio su hálito, infundiéndole el alma y la vida. Por eso la primera relación del hombre, desde el primer momento de su existencia, es la conexión con aquel que le ha dado vida. Así lo siento en la soledad de la noche. Anhelo encontrarme con él, aunque sé que ya lo tengo dentro de mí. De ahí que quiera dedicar unas horas a dejarme envolver por las manos amorosas de Aquel que además de haberme creado, fruto de su amor, se ha convertido en un padre y en un amigo cercano y cálido. Aunque a veces parezca callar, no dejo de sentir su aliento balsámico en mi corazón. Cuando cierro los ojos lo siento en la oscuridad. Lo veo en la belleza que me rodea y escucho el susurro de su voz en la delicadeza con que me revela su innegable presencia.

Mi corazón late, conmovido, y enmudezco, porque ni las palabras, ni el oído ni la vista son ya necesarios. Cuando la contemplación se convierte en intimidad, todo sobra. Solo basta la certeza de un amor que desde el día que nacimos no ha dejado de seducirnos. Dios nos quiere conquistar para que formemos parte de él.

El tiempo se detiene y los límites del espacio parecen desvanecerse. Ya no son el tiempo ni el espacio el lugar donde me muevo, sino su corazón. Cuántas noches me he dejado llevar por ese soplo, que viene a elevarme, poco a poco, hasta que mi alma llega a fundirse con él en una íntima comunión. Es como si pregustara el cielo. Dios me regala, cada noche, un anticipo del paraíso en su cita diaria.
Lejos del ruido nos encontramos como dos amigos, llenos de complicidad, que quedan a esas horas furtivas para explicarse secretos. Él, lo divino, yo lo humano. Sin prisa, como niños contándonos nuestras aventuras, disfrutamos de estos momentos de íntima amistad. Tanto es el gozo y la alegría que el tiempo se para y comienzo a saborear la eternidad. Son paréntesis de plenitud, oasis en medio de la seca y ruidosa ciudad.

Respiro profundamente y a lo lejos suena una campana, que me recuerda que ese momento tan entrañable toca a su fin, que hay que descansar. Como camarada de una misma historia de amor con Dios, ella también me llamará a la mañana siguiente, anunciando un nuevo día para seguir ahondando en esta experiencia.

Le pido a Dios que no retire su aliento de mí, el oxígeno que me hace vivir la vida como un don, y duermo abandonado, dejándome mecer por las delicadas manos del Creador, que me contempla como una madre a su pequeño. Hasta la próxima cita.