domingo, 26 de febrero de 2023

La bondad más fuerte que el miedo

Vivimos en una sociedad llena de miedo: el otro, el diferente, el marginado nos asusta. Etiquetamos a las personas que sufren alguna patología psíquica o social, que están por las calles. Incluso nos permitimos hacer juicios sobre ellas: algo habrán hecho para encontrarse en esa situación. Los marginados nos molestan y nos ponemos a la defensiva ante ellos. Desconfiamos de todo el mundo, ¿no creéis que esto es también una patología social?

Un ejército invisible


Lo cierto es que hay un ejército de gente invisible que grita por ser mirado, comprendido, acogido. El dolor los rompe, aún más que su carencia económica o las dificultades para salir de esa situación. Lo peor es sentir que no existen, porque la sociedad no los quiere ver. Podríamos hablar de un dolor emocional y existencial, provocado por el rechazo social. Muchos acaban planteándose la posibilidad del suicidio porque su vida se vuelve insoportable. De la tragedia económica pasan a la angustia y a la depresión y surge la pregunta: ¿Vale la pena vivir así? Sin nada, sin nadie, hundidos en el pozo más profundo donde la vida se oscurece sin remedio.

¡Cuántas de estas personas yacen, inertes, a nuestro lado! ¡Cuántas dejan de vibrar ante la vida, ante un hermoso amanecer o una noche estrellada! ¡Cuántas dejan de oír el susurro de las olas del mar! Ya no se emocionan cuando viene la primavera y llena de luz el cielo, cuando los árboles brotan y se visten de color. Ya no se asombran ante la belleza que crece a su alrededor. No tienen fuerza ni ganas para sonreír, para emocionarse. No son besadas ni abrazadas por nadie.

Y nosotros tenemos miedo de ellos. ¡Qué contradicción! Los hemos relegado a la nada y deambulan sin rumbo. El invierno permanece en ellos y el sol ya no sale en el horizonte de su corazón. Y desviamos la vista para que nuestra conciencia no se vea asaltada por la exigencia ética natural. Se nos hace insoportable su mirada, y bastaría eso para que empezaran a recuperar lo mejor que han perdido: su dignidad.

Nadie en la calle


Esta es la gran asignatura pendiente, no sólo de la administración, sino de los ciudadanos. Cada persona que acaba sola en la calle es un fracaso de la sociedad. Dedicar los recursos suficientes para paliar este mal endémico tendría que ser una prioridad para todos los gobiernos. Ninguna ideología debería instrumentalizar el dolor humano para apoyar sus argumentos políticos y después engañar a la gente, utilizando la pobreza para sensibilizar a los demás y conseguir el mayor número de votos.

Pero también es necesaria la generosidad ciudadana. No podemos mirar al otro lado. La pobreza en el llamado cuarto mundo es una lacra en Occidente. Estamos permitiendo que muchos se rindan y se instalen, cronificando el sentimiento de vacío.

Acoger a estas personas puede ser un riesgo, pero también una oportunidad para sacar lo mejor de nosotros mismos y vencer el miedo que nos paraliza. Desde un punto de vista ético y cristiano, el miedo no puede frenar la bondad y la solidaridad, cualidades innatas del ser humano. Amar con inteligencia debería ser un rasgo de nuestra identidad personal. Hacer el bien, no de manera ingenua, sino aprender a ir más allá de la pura asistencia y buscar el crecimiento mutuo. Ayudar al otro significa abrirle un nuevo horizonte en su vida, no sólo cubrir sus necesidades básicas, sino hacerle recuperar su dignidad, estimulándolo de tal manera que sea capaz de rehacer su vida con un nuevo impulso vital. Sabemos que esto requiere de un tiempo necesario para que la persona se encuentre consigo misma, recobre su fuerza anímica y vuelva a descubrir el valor y el sentido de la vida. Para esto se requiere tiempo, orientación, formación y acogida. Ojalá surjan más vocaciones que se dediquen a levantar a las gentes perdidas en el arcén de la vida. Sé que muchos lo hacen.

Una sola noche en la calle es un fracaso de todos. Rescatar a alguien que duerme a la intemperie da una profunda paz a la persona y es un triunfo de la sociedad.

Amar es arriesgarse


Este escrito ha sido inspirado por la belleza del alma de dos mujeres, buenas, sencillas y discretas. Con una enorme capacidad de amor, se han atrevido a acoger en su casa a una mujer que estaba a punto de dormir en la calle. Ellas han sido las humildes heroínas que han evitado que el frío de la noche congelara su corazón y la soledad la hundiera más en su pozo interior. Este escrito quiere ser un homenaje a estas dos valientes mujeres que se han atrevido a acoger a una desconocida. La bondad ha sido más fuerte que el miedo. Amar es una aventura y a veces entraña riesgos, pero sólo desde el amor se puede comprender a aquel que sufre y meterse en su piel.

Las instituciones no llegan a resolverlo todo, y a veces se equivocan. Pero allí donde el estado no quiere o no puede actuar, hay una marea de voluntarios dispuestos a paliar el sufrimiento. Mi experiencia en el campo social es que las instituciones, con sus asistentes sociales y sus técnicos, hacen algo, y muchas de estas personas son profesionales con vocación. Los voluntarios quizás carecen de su profesionalidad o sus recursos, pero sí tienen corazón, inteligencia, ternura y bondad. No son armas menores para combatir esta lacra que hunde a tantos en sus arenas movedizas. Sólo falta que esos corazones anónimos se unan y estallará una bomba de amor que puede cambiar el mundo.

domingo, 29 de enero de 2023

Un amor que nunca envejeció


En la madrugada del jueves, 19 de enero, Francisco Amela, cogido de la mano de su dulce esposa, Ana, comenzó su tránsito hacia la eternidad. Su mujer estuvo acompañándole en el lecho hasta el último aliento. Siempre delicada, siempre amable, no se separó de él en los sesenta años que vivieron juntos. Soñaron y construyeron un hermoso proyecto familiar, una fortaleza inquebrantable que nada ni nadie pudo derribar.

Francisco era un joven despierto, un verdadero galán que supo conquistar el corazón de Ana. Cuando la conoció se dio cuenta de que era la mujer de su vida y así iniciaron un apasionante aventura de amor.

Simpático, creativo, irónico y trabajador incansable, Francisco tenía dotes para el teatro, y las ejerció, pero también tenía muy claro lo que quería. Su pasión amorosa era un fuego intenso que nunca se apagó.

Siendo ella tan diferente, su relación era una sólida roca. Si Francisco era el Sol, Ana era la Luna; si él era el mar, ella era la playa; si ella era toda dulzura, él era un terremoto expansivo. Ella era la quietud, él era inquieto. Los dos, a su manera, supieron dar lo mejor a los suyos. Se desvivieron porque su familia fuera un auténtico hogar. Para Víctor, Jorge Javier, Inmaculada, Francisco José y Alejandro, su padre fue un gran referente educativo. Nunca dudaron de que quería lo mejor para sus hijos.

He tenido la oportunidad de presidir el responso por Francisco y allí percibí un enorme cariño y gratitud de los suyos. Con la lectura entrañable de los recuerdos del abuelo, escritos por una de sus nietas, descubrí el derroche de amor que desprendían esas palabras. La emoción invadía la sala, en medio de sonrisas. ¡Qué hermosa vinculación entre el abuelo y sus nietos! ¡Qué importantes son los abuelos! Y qué los padres faciliten esa relación. Fue bonito comprobar la complicidad entre Francisco y sus nietos.

No menos profundo y agradecido fue el testimonio de su hijo Víctor, que supo hilvanar con realismo el vínculo interpersonal con su padre. Lo describió como el hombre más importante en su vida, y explicó cómo, en momentos clave, le ayudó, desde la libertad y el respeto, a abrirse camino. Lo que más me impresionó fue el enorme cariño de toda la familia hacia Francisco. La suya es una historia no exenta de dificultades, como todas, pero ellos superaron las situaciones más complejas para mantener una bella realidad que estaba por encima de los defectos: la fidelidad familiar los cohesionaba.

El amor de los esposos, Francisco y Ana, estuvo bañado con el perfume de la alegría. La unión de la intrepidez y la dulzura fue el fundamento de este hogar, ejemplo para muchas familias.

Francisco era un feligrés entrañable. Entre el humor y la ironía, amaba a su parroquia y la apoyaba, participando en las celebraciones litúrgicas como buen lector. Mi vinculación con él fue espontánea y llena de gratitud. Francisco, hoy, forma parte de ese rosario de personas buenas, integradas en la comunidad parroquial, que supieron dar lo mejor desde su fe, su carisma y su espíritu de servicio. Como dije en la homilía del responso, la muerte nunca es el final para los cristianos. Cuando hay una sólida relación de amor, ni la muerte puede vencerlo. La historia de un amor apasionado nunca puede morir. Tras la muerte, habrá una continuación, una segunda parte que durará para siempre, en la eternidad. Es un misterio insondable, que va más allá de nuestra racionalidad. Lo verdadero y lo auténtico siempre permanece.

Gracias, Francisco, por tu entrega, por tu servicio y tu alegría.

Con gratitud,

P. Joaquín.

domingo, 15 de enero de 2023

Doctorado en humildad



Es un error creer que, solo acumulando conocimientos por la vía intelectual, uno puede alcanzar la sabiduría. Nuestra cultura ha fomentado la adquisición de conceptos e ideas como la mejor vía para llegar a ser alguien en la vida. A mi ver, hemos caído en un culto a la «titulitis», es decir: si no tienes una carrera o un título académico, no eres nadie, o no puedes acceder a ciertos cargos o puestos en un mundo terriblemente competitivo. Si no demuestras tu valía con documentos que avalen tus capacidades, estás fuera del campo social, cultural o académico.

Sin dejar de valorar la importancia de la formación en cualquier disciplina, creo que hemos de estar alerta ante la soberbia intelectual. No somos sólo un cerebro, una materia gris que dirige nuestra vida; no podemos entronizar la razón despreciando otras facultades. En el proceso del aprendizaje entran en juego muchos factores: creativos, emocionales, de motivación y de intuición. También cuenta la experiencia adquirida.

Otras formas de inteligencia

El aprendizaje empieza a partir de una profunda admiración por todo lo que te rodea. Los niños son un ejemplo: quieren explorar el mundo, todo los fascina y les atrae. Admirarse trasciende la propia inteligencia. Hay personas que no han tenido la oportunidad de ir a la escuela o a la universidad, por razones económicas, cargas familiares o por trabajo. Algunas incluso han rechazado ir, porque el sistema educativo no les convence. No han adquirido sus conocimientos dentro del marco establecido; se han convertido en autodidactas de la disciplina, arte o ciencia que más les gustaba. Otras personas, sin tener tiempo ni ocasión de formarse, han adquirido, en cambio, una rica experiencia humana, espabilándose en la vida. No sabemos cómo, pero su cerebro funciona.

Los psicólogos hablan de diferentes tipos de inteligencia, además de la racional y abstracta. Así, podríamos decir que muchas personas que no han logrado adquirir un título académico están llenas de sabiduría. Son maestras de la vida, expertas en el arte de comprender el corazón humano. Muchas de ellas son pilares de su familia, pues saben cuidar las relaciones, cuidar la casa, cuidar a los suyos. ¿Existe una ciencia del hogar? Estas personas, muchas veces mujeres, saben armonizar la convivencia, aliviar las tensiones, limar diferencias. Su entrega las hace doctoras en la ciencia de la familia. Nadie les otorga un título, pero sin ellas, el mundo perdería algo importante.

El saber como refugio

Como hemos reducido el saber al conocimiento y al aprendizaje intelectual, muchos tienden a minusvalorar a estas personas que no han tenido la oportunidad de ganar un título. En el fondo, han caído en la trampa de idolatrar el intelecto; construyen una peana con sus conocimientos, para despertar admiración y demostrar lo que saben y lo que valen. Es una forma de autoidolatría. Sin eso, no serían nada. Si no demuestran lo que saben, creen que nadie los valorará o quizás no serán queridos. Por eso necesitan deslumbrar. La raíz de esta actitud es, en el fondo, una profunda necesidad de ser amados.

Conozco a personas muy preparadas que no dejan de dar lecciones. En cambio, son incapaces de aprender de alguien, y menos aún de alguien que, según ellas, no tiene su mismo nivel de formación. ¡Nadie tiene que enseñarles nada! Lo saben todo... al menos, de su disciplina.

Hoy se habla mucho de la inteligencia emocional. Personas con una gran formación intelectual a menudo carecen de ella. Han adquirido muchos conocimientos teóricos, pero les cuesta aterrizar en la realidad. Y la realidad les viene tan grande que tienen dificultades para manejar situaciones familiares, emocionales y complejas. Les cuesta tomar decisiones. Su empacho de conocimientos no les ayuda. La única escapatoria que tienen es huir y encerrarse en sí mismas. Son incapaces de conectar con los demás y se meten en su torre de marfil, su propio mundo alejado de la realidad.

En ese refugio, adquirir más conocimientos puede convertirse en una adicción, en vez de ser un puente que las conecte con los demás.

Maestría vital

Cuando uno va más allá de sus capacidades cognitivas y se abre a los demás, empieza a adquirir un conocimiento del corazón, junto con la experiencia humana que transforma el saber en sabiduría. Cuando te abres, incluso a aquel que parecía que no podía enseñarte nada, empiezas una nueva carrera. Doctorarse en sencillez es la gran asignatura pendiente. Cuando aprendes que la gente humilde quizás no pueda enseñarte grandes pensamientos abstractos, pero sí puede compartir contigo el tesoro de su bagaje humano, su trabajo, sus sufrimientos, sus luchas y esperanzas, empiezas a doctorarte en la escuela de la vida.

Este es el gran reto de nuestra cultura: descubrir la dignidad de la persona, más allá de su condición y nivel intelectual. Es el desafío de una sociedad que ha de aprender a valorar cada ser humano por el simple hecho de existir, único y valioso. 

domingo, 1 de enero de 2023

Vivir los días como un don


Han pasado 365 días más que, para muchos, han supuesto cambios profundos en nuestras vidas. Hemos tenido momentos de todo: alegría, emoción, tristeza y esperanza. Hemos saboreado cada día vivido en este año que se va. El mundo está convulsionado, generándonos una profunda incerteza. Los oleajes sacuden a la sociedad: pandemia, guerras, crisis económica y un hondo desasosiego en muchas familias. Las consecuencias del covid han dejado huellas en el corazón de muchos, mientras los mandatarios y las corporaciones han utilizado dicha coyuntura para tomar medidas moralmente cuestionables. La falta de ética política ha causado una fuerte desconfianza en las instituciones. A la enorme inseguridad se han sumado decisiones que han afectado a la libertad personal. Algunos profesionales parecen haber olvidado su código deontológico, vendiéndose a los poderes políticos y económicos. Todo esto ha generado un profundo desconcierto en la sociedad.

A esto se le añaden aspectos personales y familiares: para algunos todo lo ocurrido ha traído un panorama muy sombrío y muchos han caído en una enorme depresión. Pero, así y todo, aunque las tormentas han sacudido con mucha fuerza, el ser humano está creado para sortear todos los oleajes, ya sean provocados por nosotros mismos, o cuando otros son los causantes de situaciones dolorosas en nuestra vida. Es el misterio que envuelve al ser humano: enfermedades inesperadas, accidentes o fallecimientos de personas queridas.

Pero incluso para esto tenemos el potencial espiritual para afrontar cualquier adversidad, asumiendo los procesos personales de cada uno. Estamos preparados para asumir estas contrariedades. Y hoy ha de ser un día en que hemos de mirar hacia atrás dando gracias a Dios porque hemos podido llegar a la meta del último día del año, algunos quizás arrastrándose, o con mucho dolor en el alma. Pero hemos llegado. Todo lo aprendido ha de ser una lección para la carrera que empezamos en el nuevo año que se nos abre, con un enorme potencial de sorpresas.

Hagamos que no nos pesen los días que se suceden. Hagamos que cada día sea una gran oportunidad para crecer e ir descubriendo hacia dónde tenemos que focalizar nuestra vida para sacar lo mejor de cada cual.

Tenemos un año más para ser mejores y para saborear ese don tan maravilloso que es la vida, los hijos, los amigos, las propias capacidades, descubrir el gran tesoro que hay en cada persona. Sólo amando es como se vive plenamente y los días se convierten en grandes hitos. Hemos de redescubrir el propósito vital, que tiene que ver con salir de nuestra zona de confort y emprender nuestra misión en el mundo, es decir, pasar de la subsistencia a un estallido de vida, saboreando cada minuto y cada segundo que tiene el día. Esto es: vivir con intensidad.

domingo, 11 de diciembre de 2022

Saber acabar

En este mundo tan acelerado y con tantos compromisos y responsabilidades, estamos abocados a hacer y hacer, incluso más de lo que tenemos que hacer, o a veces lo que no debemos hacer. Solemos estirar el tiempo más allá de lo necesario, llegando al límite en cansancio y estrés. Es como si lleváramos un turbo dentro. Nos multiplicamos en tareas, nos cuesta organizarnos y atiborramos nuestra agenda. 
Queremos hacerlo todo a un ritmo acelerado y nunca tenemos tiempo suficiente. Siempre se nos queda corto.

El arte de gestionar el tiempo


Trabajo, fiesta, compromisos con los amigos, con la familia... El deseo de apurar el tiempo es incontrolable: nos invade la sensación de que el tiempo se acaba y queremos exprimirlo.

Pero el día tiene sus horas y sus minutos. Saber gestionar el tiempo ayuda a que el día nos cunda, sin llegar al agotamiento, y sin caer en la frustración porque no lo hemos hecho todo. El control equilibrado y sensato del tiempo es fundamental para una vida ordenada y fecunda.

Se trata de hacer lo que hay que hacer en cada momento: parece sencillo, pero es todo un arte. Cuántas veces perdemos el tiempo en cosas que no son necesarias, y no dedicamos tiempo a aquello que sí lo es.

Escapar hacia ninguna parte


Hemos de saber cómo empezar y acabar una actividad concreta. He podido comprobar que una de las cosas que más nos cuesta terminar son los encuentros y las fiestas. ¡Cuánto nos cuesta dar por finalizada una conversación o un evento festivo! Cuántas personas caen en la verborrea, sin percatarse de que el interlocutor puede cansarse ante su incontinencia verbal. En las fiestas, se pierde de vista el control del tiempo cuando se genera un ambiente de euforia y extroversión, potenciado por la música o la bebida excesiva. No sólo se pierde el control del reloj, sino de uno mismo, y las personas hacen cosas que no harían jamás si estuvieran sobrias. El caos se apodera del grupo y con unas copas de más empieza el delirio. Se pierden los límites, se alarga el tiempo hasta la infinitud y desaparece el sentido de la realidad.

Embriagados, con los ojos turbios y el habla torpe, la incapacidad de ver la situación llega hasta la inconsciencia. Muchos jóvenes, y también adultos, caen en la esclavitud del escapismo. Queriendo liberarse, huyen hacia delante y se lanzan hacia el vacío más oscuro. El fin de semana les brinda la ocasión para emprender un viaje hacia ninguna parte, presos de las sensaciones y las adicciones que van consumiendo su vida. Viven en una bipolaridad constante: de lunes a viernes cumplen con sus exigencias laborales y profesionales; el fin de semana se arrojan a la vorágine. Así se va fragmentando su identidad: de «buenos chicos» a seres enajenados que desconectan de las más mínimas reglas de convivencia.

Es una realidad cada vez más preocupante. Psicólogos y médicos están avisando: si continúan así, los jóvenes estarán diezmando su salud y su futuro. Poco a poco, los excesos irán deteriorando su psique y su organismo, gestando enfermedades degenerativas y otros problemas físicos que afectarán a su vida.

Saber terminar bien


Esto me lleva a la importancia de saber organizar bien las fiestas, de principio a fin. Celebrar un encuentro pide una buena organización, con un tiempo previsto para cada cosa y evitando el descontrol por negligencia. Es tan importante saber empezar como acabar bien para saborear mejor la fiesta y el tiempo que pasamos con nuestros amigos. Una fiesta bien organizada se convierte en un encuentro donde se puede disfrutar de verdad, y donde el centro no son la comida ni la bebida, sino las personas. Una auténtica fiesta nos permite apreciar el regalo de la amistad. Las fiestas no pueden convertirse en un torrente de frivolidad ni en una ocasión para evadirse del mundo real. De la misma manera que hay un tiempo de preparación y montaje, debe haber un tiempo para recoger y dejar el lugar donde se ha celebrado el evento tan bien o incluso mejor que estaba antes. Esto debería formar parte de la planificación de la fiesta.

Una fiesta que acaba bien deja buen sabor de boca y el deseo de volverse a encontrar en el futuro. Ojalá todos aprendamos a dar el justo valor a las cosas y descubramos el tesoro de una vida plena y con armonía.

domingo, 13 de noviembre de 2022

Saber perdonarse

A lo largo de la vida, las personas cometemos errores, unas veces más graves que otros, de tal manera que pueden condicionar nuestro futuro y estado emocional. Sobre todo, cuando repercuten en el entorno más próximo: familia, amigos, trabajo. Es verdad que, a la hora de tomar decisiones, no siempre se tiene la total certeza de hacer lo más correcto, pero está claro que lo que hagamos tendrá sus consecuencias.

Decisiones morales

Ciertas decisiones que se toman pueden tener un impacto mayor porque tienen que ver con aspectos morales y valores muy arraigados en la cultura, como el respeto a la vida. Una mala decisión puede afectar a la economía familiar; un posicionamiento laboral o empresarial equivocado puede significar la pérdida de un empleo o la disolución de una empresa. Todo esto afecta a las relaciones humanas, pudiendo provocar, a veces, dolorosas rupturas.

Otras decisiones tienen un impacto en nuestra salud, por no haber previsto lo suficiente o no haber tomado las medidas terapéuticas necesarias. Lo cierto es que estos errores, aunque se hayan cometido sin mala intención, ocasionan inestabilidad psicológica y social, inseguridad y miedo. Y estas reacciones se enquistan en la psique, pudiendo generar patologías: desde una dolencia psíquica hasta enfermedades de origen psicosomático, que causan dolores a veces insoportables.

Especialmente cuando se trata de decisiones de carácter moral, el sufrimiento es mayor, porque se puede causar mucho daño a otras personas. Este tipo de decisiones, de naturaleza ética, son las que más cuestan de asimilar. Cuando uno es consciente de su error, se pregunta, una y otra vez, por qué lo hizo. Es entonces cuando surge con fuerza el sentimiento de culpa, añadiendo sufrimiento al dolor moral que ya se padece. Al rechazar lo que ha hecho, la persona pone en marcha un mecanismo de culpabilidad con el que se autodañará. De aquí vienen muchas afecciones de la piel, problemas respiratorios y dolores musculares. Aunque no sea consciente de ello, esta persona está castigando su propio cuerpo, que reacciona poniéndose en alerta y alterando su estado de salud.

No conocemos lo bastante bien nuestro cuerpo para saber cómo tratarlo. Sobre todo, cuando vivimos una situación de estrés que puede afectar nuestro crecimiento y salud. Todo esto repercute en la totalidad de nuestro ser.

Cómo afrontar el sentimiento de culpa

¿Cómo se podría solucionar este sentimiento de excesiva culpa? Está claro que, como seres humanos, hemos de reconocer que no somos dioses y siempre estamos expuestos a tomar decisiones erróneas. Hemos de reconocer con humildad que, a priori, no tenemos todos los datos para actuar de una manera u otra; el riesgo de equivocarnos siempre está ahí.

Un primer consejo es que, antes de tomar una decisión, consultes a alguien que para ti sea un referente moral, para minimizar el fallo y acertar con mayor precisión. Así y todo, la resolución podría errar, pero ya no eres tú solo, cuentas con alguien que te aconseja y te apoya.

Un segundo consejo es asumir con serenidad las consecuencias de la equivocación y evitar «rayarse» con un diálogo interno que no lleva a nada y que es totalmente estéril. Los apoyos de amigos o personas de confianza son muy importantes para no resbalar por este terrible tobogán de la autoflagelación moral y psicológica.

El derecho a equivocarse forma parte de nuestro aprendizaje, aunque a veces sea muy duro. Por más gigantesco que sea el error, uno tiene también el deber de darse otra oportunidad. Hay situaciones límite que no siempre se saben gestionar, sobre todo, si uno se siente solo o está solo. También es verdad que la falta de comprensión que se recibe de los demás no ayuda a afrontar ciertos hechos. Con el tiempo, esto puede minar la salud y la alegría de la persona. La soledad puede agravar el sufrimiento y llevar a la desesperación e incluso al suicidio moral y social: una vida amarga, sin sentido.

Los prejuicios religiosos, tanto del que se equivoca como de los que hacen de jueces, tampoco ayudan en nada a encontrar una salida.

Pero hay un último aspecto que quiero señalar, y que puede sanar estas heridas tan profundas: es la necesidad de perdonarse a uno mismo.

El perdón sanador

A veces somos más duros con nosotros mismos que con los demás. Cuando nos fragmentamos por dentro, nos convertimos en jueces y verdugos de nosotros mismos, infligiéndonos un daño mayor que cuesta más de reparar. Vivimos en una cultura del «superhombre», no podemos equivocarnos, no podemos caer. La educación nos ha llevado a menudo a esta carrera por ser los primeros y los mejores, aunque sea a costa de renunciar a nuestra propia identidad. No podemos fallar, y nos olvidamos de que el ser humano es frágil, duda, se equivoca. La sociedad levanta estatuas a los valores y talentos, ¿a qué precio? Mientras una parte de la sociedad compite y lucha, otros caen y son rechazados porque «no dan la talla». Por otra parte, se fomenta la autoestima, la autorrealización, el autocuidado. Incluso en esto no podemos fallar... La bipolaridad existencial está más arraigada en las personas de lo que creemos.

El corazón del hombre es un profundo misterio. La psicología, la filosofía y la religión abordan el tema en profundidad, sin llegar a abarcarlo todo. Ante las dudas e incertezas, equivocarnos nos aboca a la emergencia emocional. Pero también nos puede llevar a su remedio.

Aprender a reconocer el error y a perdonarse. Es correcto asumir el fallo y el daño cometido, pero no podemos quedarnos ahí. No somos los únicos en equivocarnos, y posiblemente en nosotros no hubo mala intención. Quizás actuamos movidos por el miedo, por la angustia o la presión del entorno. Quizás éramos muy frágiles, inmaduros o estábamos asustados. Un error no sólo tiene motivos, sino causas.

Pedir perdón y recibir el perdón de otros, también de Dios, es sanador y nos libera. Pero si no nos perdonamos a nosotros mismos, ese último nudo seguirá ahí, atándonos e impidiéndonos vivir en plenitud. Hay un último perdón, que es el de uno mismo. Tenemos esta capacidad hermosa de liberar a otros y de liberarnos. Jesús nos la dio. Basta un acto de inmenso amor y misericordia. Sí, también hacia uno mismo. Si Dios te perdona todo, hasta el mayor delito que hayas podido cometer, ¿por qué no te perdonas tú?

domingo, 30 de octubre de 2022

Me siento vacío


«Estoy vacío.» Escucho estas palabras de unos labios balbuceantes, en un rostro de ojos vidriosos. En ellos leo desesperanza. Son palabras que salen de un corazón roto, cargado de tristeza. Más dramático es todavía saber que no son de un adolescente que busca su lugar, sino de un hombre de cincuenta años, que camina por la existencia sin propósito ni estabilidad. Sobrevive esperando algo que nunca llega, y la realidad le da vértigo.

Me pregunto de dónde nace ese gemido tan hondo, ese dolor que transforma su cara, ese vacío que le hace lanzar un grito ante una sociedad que no le ofrece respuestas ni motivaciones para vivir. Está en una edad en la que se supone que llega la plenitud de la madurez y, sin embargo, siente que el tiempo va pasando y que lo soñado se le escapa como agua entre los dedos. Con una sensación de impotencia, la soledad lo va engullendo, precipitándolo hacia el vacío. Ya no sólo padece un dolor emocional, sino existencial. ¿Vale la pena vivir así?

Tengo ante mí a un hombre deshecho, que se mueve con torpeza y pronuncia con dificultad esas pocas palabras, parcas pero densas en emoción. Lo veo absolutamente perdido. Afrontando problemas familiares, con enormes dificultades para acceder al mercado laboral, y quizás arrastrando un pasado de rupturas sentimentales, parece incapaz de seguir adelante y huye hacia ninguna parte. En vez de afrontar su compleja situación personal, recurre a la bebida para anestesiar su dolor.

Lo dramático es que la anestesia apenas le hace olvidar y alejarse de la cruda realidad. Al cabo de unas horas, de nuevo volverá a encontrarse ante su propio espejo, avergonzado y culpable. La adicción al alcohol no hace más que complicar su problema, porque le añadirá diversas patologías, algunas tan graves como la cirrosis y la degeneración neurológica. La huida siempre es una carrera en círculo: no va a poder escapar, siempre regresará al mismo lugar. La angustia lo empujará a seguir huyendo, hasta que una sobredosis lo paralice totalmente.

¿Cómo hacerle ver, cuando esté sobrio y tenga momentos de lucidez, que no puede vivir echando las culpas a los demás? Puede achacar su situación al pasado, a su educación, a la familia y a la sociedad, incluso a sus propios límites. No digo que esto no pueda condicionar a una persona, pero no tanto como para hacerla caer en un victimismo que le impida afrontar con valentía su propio destino.

Es verdad que se necesita el apoyo de amigos, y a veces incluso de profesionales, para poder salir de estas situaciones. Pero también es cierto que el éxito para salir depende únicamente de la propia voluntad y libertad. Cada uno es señor y arquitecto de su historia, y no hay limitaciones ni condicionamientos que puedan truncar algo innato que todos tenemos dentro: el deseo inagotable de vivir y anhelar la felicidad. Esto forma parte de nuestra naturaleza. Fuimos concebidos para ejercer una soberanía sobre nuestro yo más profundo, llamados a la vocación de dar y amar.

Quizás esta sea la clave de tantos problemas: descubrir el valor sagrado de la propia vida. Y descubrir que su sentido no es solamente conservarla y defenderla, sino ofrecerla a los demás. Cuantas personas no salen de su hoyo porque viven centradas en sí mismas y en su dolor. Su herida parece más grande que su ser, y esto es un error del que necesitan salir cuanto antes.

Cuando llegas a sintonizar con los valores más profundos que te definen, te das cuenta de que todos los paliativos que utilizas para sobrevivir en el fondo te alejan de tu propia identidad. Un ser amado con una hermosa vocación y reconocer que la trascendencia todo lo envuelve son las claves para no apoyarte en muletas que te hacen vivir cojeando y a cámara lenta. Apóyate en los sólidos pilares que configuran tu existencia. Atrévete a entrar en tu castillo interior y te asombrarás de lo que hay en ti. Te darás cuenta de que no puedes vivir sin los demás: familia, amigos, Dios. Cuando te despliegues hacia el otro es cuando tu alma florecerá y el corazón se te iluminará. Será entonces cuando ya no te sentirás vacío: tu corazón estará repleto de gozo porque habrás descubierto en ti la enorme energía transformadora que te hace ser una persona abierta a Algo más grande que tú mismo.