domingo, 26 de febrero de 2023
La bondad más fuerte que el miedo
domingo, 29 de enero de 2023
Un amor que nunca envejeció
Francisco era un joven despierto, un verdadero galán que
supo conquistar el corazón de Ana. Cuando la conoció se dio cuenta de que era
la mujer de su vida y así iniciaron un apasionante aventura de amor.
Simpático, creativo, irónico y trabajador incansable,
Francisco tenía dotes para el teatro, y las ejerció, pero también tenía muy
claro lo que quería. Su pasión amorosa era un fuego intenso que nunca se apagó.
Siendo ella tan diferente, su relación era una sólida roca.
Si Francisco era el Sol, Ana era la Luna; si él era el mar, ella era la playa;
si ella era toda dulzura, él era un terremoto expansivo. Ella era la quietud,
él era inquieto. Los dos, a su manera, supieron dar lo mejor a los suyos. Se
desvivieron porque su familia fuera un auténtico hogar. Para Víctor, Jorge
Javier, Inmaculada, Francisco José y Alejandro, su padre fue un gran referente
educativo. Nunca dudaron de que quería lo mejor para sus hijos.
He tenido la oportunidad de presidir el responso por
Francisco y allí percibí un enorme cariño y gratitud de los suyos. Con la
lectura entrañable de los recuerdos del abuelo, escritos por una de sus nietas,
descubrí el derroche de amor que desprendían esas palabras. La emoción invadía
la sala, en medio de sonrisas. ¡Qué hermosa vinculación entre el abuelo y sus
nietos! ¡Qué importantes son los abuelos! Y qué los padres faciliten esa
relación. Fue bonito comprobar la complicidad entre Francisco y sus nietos.
No menos profundo y agradecido fue el testimonio de su hijo
Víctor, que supo hilvanar con realismo el vínculo interpersonal con su padre. Lo
describió como el hombre más importante en su vida, y explicó cómo, en momentos
clave, le ayudó, desde la libertad y el respeto, a abrirse camino. Lo que más
me impresionó fue el enorme cariño de toda la familia hacia Francisco. La suya
es una historia no exenta de dificultades, como todas, pero ellos superaron las
situaciones más complejas para mantener una bella realidad que estaba por
encima de los defectos: la fidelidad familiar los cohesionaba.
El amor de los esposos, Francisco y Ana, estuvo bañado con
el perfume de la alegría. La unión de la intrepidez y la dulzura fue el
fundamento de este hogar, ejemplo para muchas familias.
Francisco era un feligrés entrañable. Entre el humor y la ironía,
amaba a su parroquia y la apoyaba, participando en las celebraciones litúrgicas
como buen lector. Mi vinculación con él fue espontánea y llena de gratitud.
Francisco, hoy, forma parte de ese rosario de personas buenas, integradas en la
comunidad parroquial, que supieron dar lo mejor desde su fe, su carisma y su
espíritu de servicio. Como dije en la homilía del responso, la muerte nunca es
el final para los cristianos. Cuando hay una sólida relación de amor, ni la
muerte puede vencerlo. La historia de un amor apasionado nunca puede morir.
Tras la muerte, habrá una continuación, una segunda parte que durará para
siempre, en la eternidad. Es un misterio insondable, que va más allá de nuestra
racionalidad. Lo verdadero y lo auténtico siempre permanece.
Gracias, Francisco, por tu entrega, por tu servicio y tu
alegría.
Con gratitud,
P. Joaquín.
domingo, 15 de enero de 2023
Doctorado en humildad
Sin dejar de valorar la importancia de la formación en
cualquier disciplina, creo que hemos de estar alerta ante la soberbia
intelectual. No somos sólo un cerebro, una materia gris que dirige nuestra
vida; no podemos entronizar la razón despreciando otras facultades. En el
proceso del aprendizaje entran en juego muchos factores: creativos,
emocionales, de motivación y de intuición. También cuenta la experiencia
adquirida.
Otras formas de inteligencia
El aprendizaje empieza a partir de una profunda admiración
por todo lo que te rodea. Los niños son un ejemplo: quieren explorar el mundo,
todo los fascina y les atrae. Admirarse trasciende la propia inteligencia. Hay
personas que no han tenido la oportunidad de ir a la escuela o a la universidad,
por razones económicas, cargas familiares o por trabajo. Algunas incluso han
rechazado ir, porque el sistema educativo no les convence. No han adquirido sus
conocimientos dentro del marco establecido; se han convertido en autodidactas
de la disciplina, arte o ciencia que más les gustaba. Otras personas, sin tener
tiempo ni ocasión de formarse, han adquirido, en cambio, una rica experiencia
humana, espabilándose en la vida. No sabemos cómo, pero su cerebro funciona.
Los psicólogos hablan de diferentes tipos de inteligencia,
además de la racional y abstracta. Así, podríamos decir que muchas personas que
no han logrado adquirir un título académico están llenas de sabiduría. Son
maestras de la vida, expertas en el arte de comprender el corazón humano.
Muchas de ellas son pilares de su familia, pues saben cuidar las relaciones,
cuidar la casa, cuidar a los suyos. ¿Existe una ciencia del hogar? Estas
personas, muchas veces mujeres, saben armonizar la convivencia, aliviar las
tensiones, limar diferencias. Su entrega las hace doctoras en la ciencia de la
familia. Nadie les otorga un título, pero sin ellas, el mundo perdería algo
importante.
El saber como refugio
Como hemos reducido el saber al conocimiento y al
aprendizaje intelectual, muchos tienden a minusvalorar a estas personas que no
han tenido la oportunidad de ganar un título. En el fondo, han caído en la
trampa de idolatrar el intelecto; construyen una peana con sus conocimientos,
para despertar admiración y demostrar lo que saben y lo que valen. Es una forma
de autoidolatría. Sin eso, no serían nada. Si no demuestran lo que saben, creen
que nadie los valorará o quizás no serán queridos. Por eso necesitan
deslumbrar. La raíz de esta actitud es, en el fondo, una profunda necesidad de
ser amados.
Conozco a personas muy preparadas que no dejan de dar
lecciones. En cambio, son incapaces de aprender de alguien, y menos aún de
alguien que, según ellas, no tiene su mismo nivel de formación. ¡Nadie tiene
que enseñarles nada! Lo saben todo... al menos, de su disciplina.
Hoy se habla mucho de la inteligencia emocional. Personas
con una gran formación intelectual a menudo carecen de ella. Han adquirido muchos
conocimientos teóricos, pero les cuesta aterrizar en la realidad. Y la realidad
les viene tan grande que tienen dificultades para manejar situaciones
familiares, emocionales y complejas. Les cuesta tomar decisiones. Su empacho de
conocimientos no les ayuda. La única escapatoria que tienen es huir y
encerrarse en sí mismas. Son incapaces de conectar con los demás y se meten en
su torre de marfil, su propio mundo alejado de la realidad.
En ese refugio, adquirir más conocimientos puede convertirse
en una adicción, en vez de ser un puente que las conecte con los demás.
Maestría vital
Cuando uno va más allá de sus capacidades cognitivas y se
abre a los demás, empieza a adquirir un conocimiento del corazón, junto con la
experiencia humana que transforma el saber en sabiduría. Cuando te abres,
incluso a aquel que parecía que no podía enseñarte nada, empiezas una nueva
carrera. Doctorarse en sencillez es la gran asignatura pendiente. Cuando
aprendes que la gente humilde quizás no pueda enseñarte grandes pensamientos
abstractos, pero sí puede compartir contigo el tesoro de su bagaje humano, su
trabajo, sus sufrimientos, sus luchas y esperanzas, empiezas a doctorarte en la
escuela de la vida.
Este es el gran reto de nuestra cultura: descubrir la dignidad de la persona, más allá de su condición y nivel intelectual. Es el desafío de una sociedad que ha de aprender a valorar cada ser humano por el simple hecho de existir, único y valioso.
domingo, 1 de enero de 2023
Vivir los días como un don
Han pasado 365 días más que, para muchos, han supuesto cambios profundos en nuestras vidas. Hemos tenido momentos de todo: alegría, emoción, tristeza y esperanza. Hemos saboreado cada día vivido en este año que se va. El mundo está convulsionado, generándonos una profunda incerteza. Los oleajes sacuden a la sociedad: pandemia, guerras, crisis económica y un hondo desasosiego en muchas familias. Las consecuencias del covid han dejado huellas en el corazón de muchos, mientras los mandatarios y las corporaciones han utilizado dicha coyuntura para tomar medidas moralmente cuestionables. La falta de ética política ha causado una fuerte desconfianza en las instituciones. A la enorme inseguridad se han sumado decisiones que han afectado a la libertad personal. Algunos profesionales parecen haber olvidado su código deontológico, vendiéndose a los poderes políticos y económicos. Todo esto ha generado un profundo desconcierto en la sociedad.
A esto se le añaden aspectos personales y familiares: para
algunos todo lo ocurrido ha traído un panorama muy sombrío y muchos han caído
en una enorme depresión. Pero, así y todo, aunque las tormentas han sacudido
con mucha fuerza, el ser humano está creado para sortear todos los oleajes, ya
sean provocados por nosotros mismos, o cuando otros son los causantes de situaciones
dolorosas en nuestra vida. Es el misterio que envuelve al ser humano:
enfermedades inesperadas, accidentes o fallecimientos de personas queridas.
Pero incluso para esto tenemos el potencial espiritual para
afrontar cualquier adversidad, asumiendo los procesos personales de cada uno. Estamos
preparados para asumir estas contrariedades. Y hoy ha de ser un día en que
hemos de mirar hacia atrás dando gracias a Dios porque hemos podido llegar a la
meta del último día del año, algunos quizás arrastrándose, o con mucho dolor en
el alma. Pero hemos llegado. Todo lo aprendido ha de ser una lección para la
carrera que empezamos en el nuevo año que se nos abre, con un enorme potencial
de sorpresas.
Hagamos que no nos pesen los días que se suceden. Hagamos
que cada día sea una gran oportunidad para crecer e ir descubriendo hacia dónde
tenemos que focalizar nuestra vida para sacar lo mejor de cada cual.
Tenemos un año más para ser mejores y para saborear ese don
tan maravilloso que es la vida, los hijos, los amigos, las propias capacidades,
descubrir el gran tesoro que hay en cada persona. Sólo amando es como se vive
plenamente y los días se convierten en grandes hitos. Hemos de redescubrir el
propósito vital, que tiene que ver con salir de nuestra zona de confort y emprender
nuestra misión en el mundo, es decir, pasar de la subsistencia a un estallido
de vida, saboreando cada minuto y cada segundo que tiene el día. Esto es: vivir
con intensidad.
domingo, 11 de diciembre de 2022
Saber acabar
El arte de gestionar el tiempo
Escapar hacia ninguna parte
Saber terminar bien
domingo, 13 de noviembre de 2022
Saber perdonarse
Decisiones morales
Ciertas decisiones que se toman pueden tener un impacto
mayor porque tienen que ver con aspectos morales y valores muy arraigados en la
cultura, como el respeto a la vida. Una mala decisión puede afectar a la
economía familiar; un posicionamiento laboral o empresarial equivocado puede
significar la pérdida de un empleo o la disolución de una empresa. Todo esto
afecta a las relaciones humanas, pudiendo provocar, a veces, dolorosas
rupturas.
Otras decisiones tienen un impacto en nuestra salud, por no
haber previsto lo suficiente o no haber tomado las medidas terapéuticas
necesarias. Lo cierto es que estos errores, aunque se hayan cometido sin mala
intención, ocasionan inestabilidad psicológica y social, inseguridad y miedo. Y
estas reacciones se enquistan en la psique, pudiendo generar patologías: desde
una dolencia psíquica hasta enfermedades de origen psicosomático, que causan
dolores a veces insoportables.
Especialmente cuando se trata de decisiones de carácter
moral, el sufrimiento es mayor, porque se puede causar mucho daño a otras
personas. Este tipo de decisiones, de naturaleza ética, son las que más cuestan
de asimilar. Cuando uno es consciente de su error, se pregunta, una y otra vez,
por qué lo hizo. Es entonces cuando surge con fuerza el sentimiento de culpa,
añadiendo sufrimiento al dolor moral que ya se padece. Al rechazar lo que ha
hecho, la persona pone en marcha un mecanismo de culpabilidad con el que se
autodañará. De aquí vienen muchas afecciones de la piel, problemas
respiratorios y dolores musculares. Aunque no sea consciente de ello, esta
persona está castigando su propio cuerpo, que reacciona poniéndose en alerta y
alterando su estado de salud.
No conocemos lo bastante bien nuestro cuerpo para saber cómo
tratarlo. Sobre todo, cuando vivimos una situación de estrés que puede afectar
nuestro crecimiento y salud. Todo esto repercute en la totalidad de nuestro
ser.
Cómo afrontar el sentimiento de culpa
¿Cómo se podría solucionar este sentimiento de excesiva
culpa? Está claro que, como seres humanos, hemos de reconocer que no somos
dioses y siempre estamos expuestos a tomar decisiones erróneas. Hemos de reconocer
con humildad que, a priori, no tenemos todos los datos para actuar de una
manera u otra; el riesgo de equivocarnos siempre está ahí.
Un primer consejo es que, antes de tomar una decisión,
consultes a alguien que para ti sea un referente moral, para minimizar el fallo
y acertar con mayor precisión. Así y todo, la resolución podría errar, pero ya
no eres tú solo, cuentas con alguien que te aconseja y te apoya.
Un segundo consejo es asumir con serenidad las consecuencias
de la equivocación y evitar «rayarse» con un diálogo interno que no lleva a
nada y que es totalmente estéril. Los apoyos de amigos o personas de confianza
son muy importantes para no resbalar por este terrible tobogán de la
autoflagelación moral y psicológica.
El derecho a equivocarse forma parte de nuestro aprendizaje,
aunque a veces sea muy duro. Por más gigantesco que sea el error, uno tiene
también el deber de darse otra oportunidad. Hay situaciones límite que no
siempre se saben gestionar, sobre todo, si uno se siente solo o está solo.
También es verdad que la falta de comprensión que se recibe de los demás no
ayuda a afrontar ciertos hechos. Con el tiempo, esto puede minar la salud y la
alegría de la persona. La soledad puede agravar el sufrimiento y llevar a la
desesperación e incluso al suicidio moral y social: una vida amarga, sin
sentido.
Los prejuicios religiosos, tanto del que se equivoca como de
los que hacen de jueces, tampoco ayudan en nada a encontrar una salida.
Pero hay un último aspecto que quiero señalar, y que puede
sanar estas heridas tan profundas: es la necesidad de perdonarse a uno mismo.
El perdón sanador
A veces somos más duros con nosotros mismos que con los
demás. Cuando nos fragmentamos por dentro, nos convertimos en jueces y verdugos
de nosotros mismos, infligiéndonos un daño mayor que cuesta más de reparar.
Vivimos en una cultura del «superhombre», no podemos equivocarnos, no podemos
caer. La educación nos ha llevado a menudo a esta carrera por ser los primeros
y los mejores, aunque sea a costa de renunciar a nuestra propia identidad. No
podemos fallar, y nos olvidamos de que el ser humano es frágil, duda, se
equivoca. La sociedad levanta estatuas a los valores y talentos, ¿a qué precio?
Mientras una parte de la sociedad compite y lucha, otros caen y son rechazados
porque «no dan la talla». Por otra parte, se fomenta la autoestima, la
autorrealización, el autocuidado. Incluso en esto no podemos fallar... La
bipolaridad existencial está más arraigada en las personas de lo que creemos.
El corazón del hombre es un profundo misterio. La
psicología, la filosofía y la religión abordan el tema en profundidad, sin
llegar a abarcarlo todo. Ante las dudas e incertezas, equivocarnos nos aboca a
la emergencia emocional. Pero también nos puede llevar a su remedio.
Aprender a reconocer el error y a perdonarse. Es correcto
asumir el fallo y el daño cometido, pero no podemos quedarnos ahí. No somos los
únicos en equivocarnos, y posiblemente en nosotros no hubo mala intención.
Quizás actuamos movidos por el miedo, por la angustia o la presión del entorno.
Quizás éramos muy frágiles, inmaduros o estábamos asustados. Un error no sólo
tiene motivos, sino causas.
Pedir perdón y recibir el perdón de otros, también de Dios, es sanador y nos libera. Pero si no nos perdonamos a nosotros mismos, ese último nudo seguirá ahí, atándonos e impidiéndonos vivir en plenitud. Hay un último perdón, que es el de uno mismo. Tenemos esta capacidad hermosa de liberar a otros y de liberarnos. Jesús nos la dio. Basta un acto de inmenso amor y misericordia. Sí, también hacia uno mismo. Si Dios te perdona todo, hasta el mayor delito que hayas podido cometer, ¿por qué no te perdonas tú?
domingo, 30 de octubre de 2022
Me siento vacío
«Estoy vacío.» Escucho estas palabras de unos labios balbuceantes, en un rostro de ojos vidriosos. En ellos leo desesperanza. Son palabras que salen de un corazón roto, cargado de tristeza. Más dramático es todavía saber que no son de un adolescente que busca su lugar, sino de un hombre de cincuenta años, que camina por la existencia sin propósito ni estabilidad. Sobrevive esperando algo que nunca llega, y la realidad le da vértigo.
Me pregunto de dónde nace ese gemido tan hondo, ese dolor
que transforma su cara, ese vacío que le hace lanzar un grito ante una sociedad
que no le ofrece respuestas ni motivaciones para vivir. Está en una edad en la
que se supone que llega la plenitud de la madurez y, sin embargo, siente que el
tiempo va pasando y que lo soñado se le escapa como agua entre los dedos. Con
una sensación de impotencia, la soledad lo va engullendo, precipitándolo hacia
el vacío. Ya no sólo padece un dolor emocional, sino existencial. ¿Vale la pena
vivir así?
Tengo ante mí a un hombre deshecho, que se mueve con torpeza
y pronuncia con dificultad esas pocas palabras, parcas pero densas en emoción.
Lo veo absolutamente perdido. Afrontando problemas familiares, con enormes
dificultades para acceder al mercado laboral, y quizás arrastrando un pasado de
rupturas sentimentales, parece incapaz de seguir adelante y huye hacia ninguna
parte. En vez de afrontar su compleja situación personal, recurre a la bebida
para anestesiar su dolor.
Lo dramático es que la anestesia apenas le hace olvidar y
alejarse de la cruda realidad. Al cabo de unas horas, de nuevo volverá a
encontrarse ante su propio espejo, avergonzado y culpable. La adicción al
alcohol no hace más que complicar su problema, porque le añadirá diversas
patologías, algunas tan graves como la cirrosis y la degeneración neurológica.
La huida siempre es una carrera en círculo: no va a poder escapar, siempre
regresará al mismo lugar. La angustia lo empujará a seguir huyendo, hasta que
una sobredosis lo paralice totalmente.
¿Cómo hacerle ver, cuando esté sobrio y tenga momentos de
lucidez, que no puede vivir echando las culpas a los demás? Puede achacar su
situación al pasado, a su educación, a la familia y a la sociedad, incluso a
sus propios límites. No digo que esto no pueda condicionar a una persona, pero
no tanto como para hacerla caer en un victimismo que le impida afrontar con
valentía su propio destino.
Es verdad que se necesita el apoyo de amigos, y a veces
incluso de profesionales, para poder salir de estas situaciones. Pero también
es cierto que el éxito para salir depende únicamente de la propia voluntad y
libertad. Cada uno es señor y arquitecto de su historia, y no hay limitaciones
ni condicionamientos que puedan truncar algo innato que todos tenemos dentro:
el deseo inagotable de vivir y anhelar la felicidad. Esto forma parte de
nuestra naturaleza. Fuimos concebidos para ejercer una soberanía sobre nuestro
yo más profundo, llamados a la vocación de dar y amar.
Quizás esta sea la clave de tantos problemas: descubrir el
valor sagrado de la propia vida. Y descubrir que su sentido no es solamente
conservarla y defenderla, sino ofrecerla a los demás. Cuantas personas no salen
de su hoyo porque viven centradas en sí mismas y en su dolor. Su herida parece
más grande que su ser, y esto es un error del que necesitan salir cuanto antes.
Cuando llegas a sintonizar con los valores más profundos que
te definen, te das cuenta de que todos los paliativos que utilizas para
sobrevivir en el fondo te alejan de tu propia identidad. Un ser amado con una hermosa vocación y reconocer que la
trascendencia todo lo envuelve son las claves para no apoyarte en muletas que
te hacen vivir cojeando y a cámara lenta. Apóyate en los sólidos pilares que
configuran tu existencia. Atrévete a entrar en tu castillo interior y te
asombrarás de lo que hay en ti. Te darás cuenta de que no puedes vivir sin los
demás: familia, amigos, Dios. Cuando te despliegues hacia el otro es cuando tu
alma florecerá y el corazón se te iluminará. Será entonces cuando ya no te
sentirás vacío: tu corazón estará repleto de gozo porque habrás descubierto en
ti la enorme energía transformadora que te hace ser una persona abierta a Algo
más grande que tú mismo.






