domingo, 23 de julio de 2023

Saborear el silencio

Después de un año de intenso trabajo aprovecho el tiempo estival para sumergirme hasta las entrañas del silencio. Durante el curso, hago lo que puedo para buscar momentos de paz en medio del trasiego. La verdad es que sabe a poco, pero ese poco es necesario para mantener el rumbo de la misión. El frenesí nos puede robar esos instantes cruciales, que son verdadero rocío en la lucha y el acelerado trajín cotidiano. Sin este parón diario, aunque corto, perderíamos el eje central de lo que hacemos y somos. El silencio es importante para mantenernos firmes en las convicciones y fieles en nuestra responsabilidad.

Pero constato que para fortalecer mis principios cada año es necesario pasar no unas horas, sino unos días de silencio. Ese espacio me permite ahondar en mi vocación más genuina y en aquello que define mi identidad y misión en el mundo. Por eso hago un esfuerzo en parar. En ese paréntesis, reviso, planeo y organizo todo lo que hago con el fin de mejorarlo, si cabe, ya que buscar la mejora continua forma parte del crecimiento humano y espiritual del hombre.

Sin este oasis interior el hombre se aparta de su propia naturaleza. Sin ese silencio que ayuda a orientar nuestra vida perdemos el norte y hasta nuestra identidad.

Nacidos para la vida interior

El silencio forma parte de nuestra realidad más primigenia. Somos y estamos concebidos para la interioridad: es decir, pasar un tiempo a solas, sin prisas, susurrando al corazón y meditando sobre los aspectos más vitales de nuestra existencia. Necesitamos, aunque no seamos conscientes de ello, estar a solas con Dios, que es principio y fin de nuestra realidad. Él, de manera misteriosa, nos envuelve, dando sentido a lo que somos.

Todos anhelamos pasar momentos de abandono en manos de Dios, y más aún en medio de una lucha sin tregua en el mundo. Respirar al unísono con Dios, de manera sosegada, es la clave para encontrar la paz y la fuerza que nos mantendrá de pie en el combate diario. Ahondar en el misterio del hombre y su creador forma parte de esa búsqueda que, de manera innata, nos empuja a encontrar razones para vivir. Y las encontramos en nuestra misión.

Todos estamos llamados a adentrarnos en nuestro bosque interior y respirar la brisa del silencio antes de emprender el camino hacia la cumbre de la vida, donde nos dejaremos cubrir por el abrazo de un Dios Padre que ha hecho posible nuestra existencia con el fin de que seamos felices. Seremos capaces de alcanzar esta felicidad si nos remitimos a Aquel que es su fuente, cuando se dé una profunda e intensa comunión con él.

El silencio terapéutico

Estos días he tenido la oportunidad de ir a un lugar en plena naturaleza. He vuelto a sentirme en medio del silencio, sin hacer nada, sólo caminar atento a las maravillas del entorno, un derroche constante de belleza. Sólo estar y rezar. Rezar y estar para escuchar el sonido del silencio. Allí, envuelto de tanta belleza, me doy cuenta de que, además de la contaminación ambiental, existe otro tipo de contaminación: la acústica. Desde el silencio y la soledad descubro que el ruido forma parte de uno mismo, e incluso nos acostumbramos. Pero el exceso de ruido no es propio de la naturaleza humana. En una sociedad donde ciertos trabajos o actividades generan ruidos estridentes, soy consciente de que muchas veces no se pueden evitar, pero este machaqueo constante puede generar patologías físicas y neurológicas, pues impide un buen descanso. Descansar forma parte de nuestra salud y el ruido urbano, desde el tránsito hasta ciertas músicas, golpea nuestra psique.  

Pero hay otro tipo de ruidos, los ruidos que yo llamaría emocionales, esos que salen de nuestro interior. Estos ruidos paralizan y nos quitan vitalidad y fuerza. Por eso, más allá del valor espiritual, el silencio es un recurso terapéutico para no perderse en el laberinto de las emociones y paradojas humanas. Adquirir este hábito es prevenir una vida vacía, donde la gente deambula sin metas.

En medio de la Creación

Estos días, en un valle bañado por un pequeño río, he disfrutado, no haciendo cosas, sino dejándome llevar por mi viento interior, acariciado por esa misteriosa presencia que me acompaña con los primeros rayos de sol cuando despunta en el horizonte. He disfrutado de sonidos que no molestan: el viento y el cantar del agua; los pájaros al amanecer, que trinan revoloteando entre las copas de los árboles. Esto no es ruido, es música que alegra el oído y el corazón.  

Paseando en silencio me he sentido parte de la Creación y he descubierto una vez más mi indigencia ante Dios. Todo depende de él y veo su mano creadora cada mañana, tiñendo de matices diferentes cada amanecer.

Os invito, aunque sea a sorbitos, a que allí donde estéis, también en la ciudad, sintáis que vuestra persona puede convertirse en un pequeño monasterio, un jardín interior que también forma parte de esta hermosa creación de Dios. Él os ama y sólo desea que tengáis esta certeza. Será entonces cuando se produzca la fusión con su realidad trascendente, que tanto anhelamos y buscamos desde nuestra concepción.

Mañana, tarde, noche. En medio de una catarata de silencios enriquecida por una explosión de colores bellísimos, el hombre se encuentra a sí mismo.

* * *

Si os apetece escucharlo, podéis clicar este enlace de audio.

domingo, 9 de julio de 2023

La alegría de dar

El sol luce en sus ojos: es una mujer menudita y ágil, de sonrisa contagiosa. Tiene noventa años y se llama Rosa. Aunque su aspecto es frágil, la expresión de su cara revela una enorme vitalidad. Su mirada transmite vida y alegría.

Me deja pensativo. Una señora de esa edad, que ha pasado por situaciones complejas y difíciles, que seguramente pueden haber afectado a su salud, podría tener motivos suficientes para quejarse de la vida. Cuando las fuerzas van flaqueando o se sufre alguna enfermedad, casi todo el mundo decae y también se apaga la alegría. Pero ella, en esta mañana luminosa, está ahí, tirando de su carro, tan fresca como una flor con su mirada pilla y su sonrisa amable. Hablando con ella descubro, más allá de un carácter abierto y comunicativo, unos profundos valores humanos.

Le comento que la encuentro muy bien, como preguntándome el secreto de tanta vivacidad, y me contesta que para ella dar es una alegría. Va acompañada de una gran amiga, Ana, con la que suele pasear. Se conocen desde hace 50 años; todo empezó en la habitación de un hospital, donde Ana era enfermera y cuidadora de la madre de Rosa. Su atención y su trato hacia ella eran exquisitos. Desde entonces se fraguó una gran amistad, que ni el tiempo ni las dificultades han podido romper.

Dos ancianas viudas, cuidando una de la otra, acompañándose durante largo tiempo: un bello canto a la amistad. Las dos han sido capaces de luchar contra todo tipo de barreras y son un ejemplo de amor y de solidaridad.

Veo sus rostros arrugados, pero adivino en ellas dos almas jóvenes y tersas. El tiempo ha envejecido su piel, pero la frescura de su corazón pervive. Sonríen como las adolescentes que fueron, sólo que ahora, con la experiencia que tienen, saben mucho más. Han elegido el camino de la generosidad: dar y darse, desafiando el tiempo y manteniendo el vigor de la amistad.

Rosa es delgadita y de aspecto vivaz. Sabe cuidarse, lleva una dieta muy equilibrada, empezando el día con un buen batido de frutas. Prepara comida para sus nietos, regala platos cocinados por ella a familiares y vecinos. Dice que tiene la nevera llena... ¡para alimentar a otros! No le importa: vaciando su nevera llena su corazón.

En ella he encontrado un alma rebosante de belleza y fuerza amorosa. Salir a pasear y hablar con la gente me permite descubrir estas perlas en el corazón de las personas. ¡Cuánta gente buena hay que, desde su anonimato, sabe estar presente en la noche de quienes necesitan ayuda y calor! Ellas, que están en el otoño de la vida, llevan la primavera en su interior. Su presencia se convierte en un regalo, brisa para el alma y bálsamo dulce en el bregar cotidiano. La amistad es un néctar que baña estas historias desconocidas en medio de la gran ciudad. Encontrarme con ellas es beber un sorbo de humanidad y escuchar un canto de esperanza. A veces, en medio de la oscuridad, aparece un destello luminoso. Personas como Rosa y Ana son estrellas que iluminan el gélido firmamento de una sociedad que vive en la penumbra, alejada de la luz. A pesar de tantas tragedias, en el corazón humano hay mucha luz y un enorme caudal de bondad.

domingo, 7 de mayo de 2023

Mutismo, ¿defensa o prisión?

Aunque el ser humano desea tener unas relaciones armoniosas y plenas con los demás, en la realidad vemos que, a pesar de este anhelo, muchas personas quedan atrapadas en lo que se llaman relaciones tóxicas. Sin saber cómo, se encuentran metidas en situaciones complejas y difíciles que no saben manejar. Esto produce tensión, desconcierto e inseguridad.

En la vida humana se dan muchas veces cambios inesperados que hacen virar las relaciones. Se inicia un proceso de distanciamiento que quizás al principio no se percibe, pero poco a poco se va acentuando.

Estos cambios psicológicos se dan por alguna razón, primero en el nivel inconsciente y después en el consciente. Hay algo que no se puede controlar y tampoco se manifiesta. De ahí los periodos intermitentes de mutismo acompañado de una fuerte gestualidad que revela que se está cociendo algo serio.

El silencio se puede mantener durante un tiempo hasta que, de pronto, la persona estalla, ya no puede contener más el nudo emocional y se expresa con violencia.

Esto suele suceder cuando la realidad no encaja con sus ideas y visión del mundo. Se resiste a aceptar lo que ve a su alrededor. Lo que ve, oye y percibe se sale de sus esquemas mentales y no concibe que el otro piense y actúe de forma diferente.

Su discurso se aleja del mundo real y puede apelar a valores religiosos y morales que forman parte de su bagaje: su formación, su visión de las cosas, su perspectiva unilateral. Esto puede llevarle a un bloqueo con los demás y a una actitud pugilista en defensa de lo que sabe o cree, a veces con tal vehemencia que puede limitar o cortar su conexión con los demás.

Desde esta perspectiva, y con la pretensión de poseer la verdad, está levantando un muro que hace inviable una comunicación fluida y provechosa. Es entonces cuando empieza a replegarse sobre sí mismo silenciosa, progresivamente, hasta romper las relaciones humanas y entrar en una fase totalmente estéril.

Esta distancia nos lleva a separarnos, desaprovechando una gran oportunidad para saber crecer en la adversidad.

¿Cómo encontrar una salida?

Para una persona que se encuentra bloqueada, cerrada en sus esquemas y cada vez más aislada de los demás, el primer paso para salir es aceptar la realidad tal como es y las personas como son, no como quisiera que fueran.

El otro es un misterio inagotable: no podemos etiquetarlo ni clasificarlo como un objeto. Aceptar esta dimensión nos enseña a valorar a los demás por lo que son, únicos y valiosos, igual que nosotros.

El siguiente paso es conectar desde la humildad con los demás: nunca imponiendo criterios ni sintiéndose superior, sino escuchando y aprendiendo a dialogar. Se crece en la adversidad y se madura en las diferencias. El diálogo es más que un intercambio de ideas: es acogida, es apertura, recepción y contacto humano. Dos personas pueden llegar a quererse sin necesidad de estar de acuerdo en todo y sin compartir las mismas ideas. Sólo así dejaremos la puerta abierta para iniciar un diálogo más profundo, a un nivel que supera las diferencias y nos lleva a una auténtica comunión.

Realismo y humildad. Como decía el papa Benedicto XVI, la verdad absoluta no la posee nadie; en todo caso, es la verdad quien posee a quien la busca sinceramente.

domingo, 26 de febrero de 2023

La bondad más fuerte que el miedo

Vivimos en una sociedad llena de miedo: el otro, el diferente, el marginado nos asusta. Etiquetamos a las personas que sufren alguna patología psíquica o social, que están por las calles. Incluso nos permitimos hacer juicios sobre ellas: algo habrán hecho para encontrarse en esa situación. Los marginados nos molestan y nos ponemos a la defensiva ante ellos. Desconfiamos de todo el mundo, ¿no creéis que esto es también una patología social?

Un ejército invisible


Lo cierto es que hay un ejército de gente invisible que grita por ser mirado, comprendido, acogido. El dolor los rompe, aún más que su carencia económica o las dificultades para salir de esa situación. Lo peor es sentir que no existen, porque la sociedad no los quiere ver. Podríamos hablar de un dolor emocional y existencial, provocado por el rechazo social. Muchos acaban planteándose la posibilidad del suicidio porque su vida se vuelve insoportable. De la tragedia económica pasan a la angustia y a la depresión y surge la pregunta: ¿Vale la pena vivir así? Sin nada, sin nadie, hundidos en el pozo más profundo donde la vida se oscurece sin remedio.

¡Cuántas de estas personas yacen, inertes, a nuestro lado! ¡Cuántas dejan de vibrar ante la vida, ante un hermoso amanecer o una noche estrellada! ¡Cuántas dejan de oír el susurro de las olas del mar! Ya no se emocionan cuando viene la primavera y llena de luz el cielo, cuando los árboles brotan y se visten de color. Ya no se asombran ante la belleza que crece a su alrededor. No tienen fuerza ni ganas para sonreír, para emocionarse. No son besadas ni abrazadas por nadie.

Y nosotros tenemos miedo de ellos. ¡Qué contradicción! Los hemos relegado a la nada y deambulan sin rumbo. El invierno permanece en ellos y el sol ya no sale en el horizonte de su corazón. Y desviamos la vista para que nuestra conciencia no se vea asaltada por la exigencia ética natural. Se nos hace insoportable su mirada, y bastaría eso para que empezaran a recuperar lo mejor que han perdido: su dignidad.

Nadie en la calle


Esta es la gran asignatura pendiente, no sólo de la administración, sino de los ciudadanos. Cada persona que acaba sola en la calle es un fracaso de la sociedad. Dedicar los recursos suficientes para paliar este mal endémico tendría que ser una prioridad para todos los gobiernos. Ninguna ideología debería instrumentalizar el dolor humano para apoyar sus argumentos políticos y después engañar a la gente, utilizando la pobreza para sensibilizar a los demás y conseguir el mayor número de votos.

Pero también es necesaria la generosidad ciudadana. No podemos mirar al otro lado. La pobreza en el llamado cuarto mundo es una lacra en Occidente. Estamos permitiendo que muchos se rindan y se instalen, cronificando el sentimiento de vacío.

Acoger a estas personas puede ser un riesgo, pero también una oportunidad para sacar lo mejor de nosotros mismos y vencer el miedo que nos paraliza. Desde un punto de vista ético y cristiano, el miedo no puede frenar la bondad y la solidaridad, cualidades innatas del ser humano. Amar con inteligencia debería ser un rasgo de nuestra identidad personal. Hacer el bien, no de manera ingenua, sino aprender a ir más allá de la pura asistencia y buscar el crecimiento mutuo. Ayudar al otro significa abrirle un nuevo horizonte en su vida, no sólo cubrir sus necesidades básicas, sino hacerle recuperar su dignidad, estimulándolo de tal manera que sea capaz de rehacer su vida con un nuevo impulso vital. Sabemos que esto requiere de un tiempo necesario para que la persona se encuentre consigo misma, recobre su fuerza anímica y vuelva a descubrir el valor y el sentido de la vida. Para esto se requiere tiempo, orientación, formación y acogida. Ojalá surjan más vocaciones que se dediquen a levantar a las gentes perdidas en el arcén de la vida. Sé que muchos lo hacen.

Una sola noche en la calle es un fracaso de todos. Rescatar a alguien que duerme a la intemperie da una profunda paz a la persona y es un triunfo de la sociedad.

Amar es arriesgarse


Este escrito ha sido inspirado por la belleza del alma de dos mujeres, buenas, sencillas y discretas. Con una enorme capacidad de amor, se han atrevido a acoger en su casa a una mujer que estaba a punto de dormir en la calle. Ellas han sido las humildes heroínas que han evitado que el frío de la noche congelara su corazón y la soledad la hundiera más en su pozo interior. Este escrito quiere ser un homenaje a estas dos valientes mujeres que se han atrevido a acoger a una desconocida. La bondad ha sido más fuerte que el miedo. Amar es una aventura y a veces entraña riesgos, pero sólo desde el amor se puede comprender a aquel que sufre y meterse en su piel.

Las instituciones no llegan a resolverlo todo, y a veces se equivocan. Pero allí donde el estado no quiere o no puede actuar, hay una marea de voluntarios dispuestos a paliar el sufrimiento. Mi experiencia en el campo social es que las instituciones, con sus asistentes sociales y sus técnicos, hacen algo, y muchas de estas personas son profesionales con vocación. Los voluntarios quizás carecen de su profesionalidad o sus recursos, pero sí tienen corazón, inteligencia, ternura y bondad. No son armas menores para combatir esta lacra que hunde a tantos en sus arenas movedizas. Sólo falta que esos corazones anónimos se unan y estallará una bomba de amor que puede cambiar el mundo.

domingo, 29 de enero de 2023

Un amor que nunca envejeció


En la madrugada del jueves, 19 de enero, Francisco Amela, cogido de la mano de su dulce esposa, Ana, comenzó su tránsito hacia la eternidad. Su mujer estuvo acompañándole en el lecho hasta el último aliento. Siempre delicada, siempre amable, no se separó de él en los sesenta años que vivieron juntos. Soñaron y construyeron un hermoso proyecto familiar, una fortaleza inquebrantable que nada ni nadie pudo derribar.

Francisco era un joven despierto, un verdadero galán que supo conquistar el corazón de Ana. Cuando la conoció se dio cuenta de que era la mujer de su vida y así iniciaron un apasionante aventura de amor.

Simpático, creativo, irónico y trabajador incansable, Francisco tenía dotes para el teatro, y las ejerció, pero también tenía muy claro lo que quería. Su pasión amorosa era un fuego intenso que nunca se apagó.

Siendo ella tan diferente, su relación era una sólida roca. Si Francisco era el Sol, Ana era la Luna; si él era el mar, ella era la playa; si ella era toda dulzura, él era un terremoto expansivo. Ella era la quietud, él era inquieto. Los dos, a su manera, supieron dar lo mejor a los suyos. Se desvivieron porque su familia fuera un auténtico hogar. Para Víctor, Jorge Javier, Inmaculada, Francisco José y Alejandro, su padre fue un gran referente educativo. Nunca dudaron de que quería lo mejor para sus hijos.

He tenido la oportunidad de presidir el responso por Francisco y allí percibí un enorme cariño y gratitud de los suyos. Con la lectura entrañable de los recuerdos del abuelo, escritos por una de sus nietas, descubrí el derroche de amor que desprendían esas palabras. La emoción invadía la sala, en medio de sonrisas. ¡Qué hermosa vinculación entre el abuelo y sus nietos! ¡Qué importantes son los abuelos! Y qué los padres faciliten esa relación. Fue bonito comprobar la complicidad entre Francisco y sus nietos.

No menos profundo y agradecido fue el testimonio de su hijo Víctor, que supo hilvanar con realismo el vínculo interpersonal con su padre. Lo describió como el hombre más importante en su vida, y explicó cómo, en momentos clave, le ayudó, desde la libertad y el respeto, a abrirse camino. Lo que más me impresionó fue el enorme cariño de toda la familia hacia Francisco. La suya es una historia no exenta de dificultades, como todas, pero ellos superaron las situaciones más complejas para mantener una bella realidad que estaba por encima de los defectos: la fidelidad familiar los cohesionaba.

El amor de los esposos, Francisco y Ana, estuvo bañado con el perfume de la alegría. La unión de la intrepidez y la dulzura fue el fundamento de este hogar, ejemplo para muchas familias.

Francisco era un feligrés entrañable. Entre el humor y la ironía, amaba a su parroquia y la apoyaba, participando en las celebraciones litúrgicas como buen lector. Mi vinculación con él fue espontánea y llena de gratitud. Francisco, hoy, forma parte de ese rosario de personas buenas, integradas en la comunidad parroquial, que supieron dar lo mejor desde su fe, su carisma y su espíritu de servicio. Como dije en la homilía del responso, la muerte nunca es el final para los cristianos. Cuando hay una sólida relación de amor, ni la muerte puede vencerlo. La historia de un amor apasionado nunca puede morir. Tras la muerte, habrá una continuación, una segunda parte que durará para siempre, en la eternidad. Es un misterio insondable, que va más allá de nuestra racionalidad. Lo verdadero y lo auténtico siempre permanece.

Gracias, Francisco, por tu entrega, por tu servicio y tu alegría.

Con gratitud,

P. Joaquín.

domingo, 15 de enero de 2023

Doctorado en humildad



Es un error creer que, solo acumulando conocimientos por la vía intelectual, uno puede alcanzar la sabiduría. Nuestra cultura ha fomentado la adquisición de conceptos e ideas como la mejor vía para llegar a ser alguien en la vida. A mi ver, hemos caído en un culto a la «titulitis», es decir: si no tienes una carrera o un título académico, no eres nadie, o no puedes acceder a ciertos cargos o puestos en un mundo terriblemente competitivo. Si no demuestras tu valía con documentos que avalen tus capacidades, estás fuera del campo social, cultural o académico.

Sin dejar de valorar la importancia de la formación en cualquier disciplina, creo que hemos de estar alerta ante la soberbia intelectual. No somos sólo un cerebro, una materia gris que dirige nuestra vida; no podemos entronizar la razón despreciando otras facultades. En el proceso del aprendizaje entran en juego muchos factores: creativos, emocionales, de motivación y de intuición. También cuenta la experiencia adquirida.

Otras formas de inteligencia

El aprendizaje empieza a partir de una profunda admiración por todo lo que te rodea. Los niños son un ejemplo: quieren explorar el mundo, todo los fascina y les atrae. Admirarse trasciende la propia inteligencia. Hay personas que no han tenido la oportunidad de ir a la escuela o a la universidad, por razones económicas, cargas familiares o por trabajo. Algunas incluso han rechazado ir, porque el sistema educativo no les convence. No han adquirido sus conocimientos dentro del marco establecido; se han convertido en autodidactas de la disciplina, arte o ciencia que más les gustaba. Otras personas, sin tener tiempo ni ocasión de formarse, han adquirido, en cambio, una rica experiencia humana, espabilándose en la vida. No sabemos cómo, pero su cerebro funciona.

Los psicólogos hablan de diferentes tipos de inteligencia, además de la racional y abstracta. Así, podríamos decir que muchas personas que no han logrado adquirir un título académico están llenas de sabiduría. Son maestras de la vida, expertas en el arte de comprender el corazón humano. Muchas de ellas son pilares de su familia, pues saben cuidar las relaciones, cuidar la casa, cuidar a los suyos. ¿Existe una ciencia del hogar? Estas personas, muchas veces mujeres, saben armonizar la convivencia, aliviar las tensiones, limar diferencias. Su entrega las hace doctoras en la ciencia de la familia. Nadie les otorga un título, pero sin ellas, el mundo perdería algo importante.

El saber como refugio

Como hemos reducido el saber al conocimiento y al aprendizaje intelectual, muchos tienden a minusvalorar a estas personas que no han tenido la oportunidad de ganar un título. En el fondo, han caído en la trampa de idolatrar el intelecto; construyen una peana con sus conocimientos, para despertar admiración y demostrar lo que saben y lo que valen. Es una forma de autoidolatría. Sin eso, no serían nada. Si no demuestran lo que saben, creen que nadie los valorará o quizás no serán queridos. Por eso necesitan deslumbrar. La raíz de esta actitud es, en el fondo, una profunda necesidad de ser amados.

Conozco a personas muy preparadas que no dejan de dar lecciones. En cambio, son incapaces de aprender de alguien, y menos aún de alguien que, según ellas, no tiene su mismo nivel de formación. ¡Nadie tiene que enseñarles nada! Lo saben todo... al menos, de su disciplina.

Hoy se habla mucho de la inteligencia emocional. Personas con una gran formación intelectual a menudo carecen de ella. Han adquirido muchos conocimientos teóricos, pero les cuesta aterrizar en la realidad. Y la realidad les viene tan grande que tienen dificultades para manejar situaciones familiares, emocionales y complejas. Les cuesta tomar decisiones. Su empacho de conocimientos no les ayuda. La única escapatoria que tienen es huir y encerrarse en sí mismas. Son incapaces de conectar con los demás y se meten en su torre de marfil, su propio mundo alejado de la realidad.

En ese refugio, adquirir más conocimientos puede convertirse en una adicción, en vez de ser un puente que las conecte con los demás.

Maestría vital

Cuando uno va más allá de sus capacidades cognitivas y se abre a los demás, empieza a adquirir un conocimiento del corazón, junto con la experiencia humana que transforma el saber en sabiduría. Cuando te abres, incluso a aquel que parecía que no podía enseñarte nada, empiezas una nueva carrera. Doctorarse en sencillez es la gran asignatura pendiente. Cuando aprendes que la gente humilde quizás no pueda enseñarte grandes pensamientos abstractos, pero sí puede compartir contigo el tesoro de su bagaje humano, su trabajo, sus sufrimientos, sus luchas y esperanzas, empiezas a doctorarte en la escuela de la vida.

Este es el gran reto de nuestra cultura: descubrir la dignidad de la persona, más allá de su condición y nivel intelectual. Es el desafío de una sociedad que ha de aprender a valorar cada ser humano por el simple hecho de existir, único y valioso. 

domingo, 1 de enero de 2023

Vivir los días como un don


Han pasado 365 días más que, para muchos, han supuesto cambios profundos en nuestras vidas. Hemos tenido momentos de todo: alegría, emoción, tristeza y esperanza. Hemos saboreado cada día vivido en este año que se va. El mundo está convulsionado, generándonos una profunda incerteza. Los oleajes sacuden a la sociedad: pandemia, guerras, crisis económica y un hondo desasosiego en muchas familias. Las consecuencias del covid han dejado huellas en el corazón de muchos, mientras los mandatarios y las corporaciones han utilizado dicha coyuntura para tomar medidas moralmente cuestionables. La falta de ética política ha causado una fuerte desconfianza en las instituciones. A la enorme inseguridad se han sumado decisiones que han afectado a la libertad personal. Algunos profesionales parecen haber olvidado su código deontológico, vendiéndose a los poderes políticos y económicos. Todo esto ha generado un profundo desconcierto en la sociedad.

A esto se le añaden aspectos personales y familiares: para algunos todo lo ocurrido ha traído un panorama muy sombrío y muchos han caído en una enorme depresión. Pero, así y todo, aunque las tormentas han sacudido con mucha fuerza, el ser humano está creado para sortear todos los oleajes, ya sean provocados por nosotros mismos, o cuando otros son los causantes de situaciones dolorosas en nuestra vida. Es el misterio que envuelve al ser humano: enfermedades inesperadas, accidentes o fallecimientos de personas queridas.

Pero incluso para esto tenemos el potencial espiritual para afrontar cualquier adversidad, asumiendo los procesos personales de cada uno. Estamos preparados para asumir estas contrariedades. Y hoy ha de ser un día en que hemos de mirar hacia atrás dando gracias a Dios porque hemos podido llegar a la meta del último día del año, algunos quizás arrastrándose, o con mucho dolor en el alma. Pero hemos llegado. Todo lo aprendido ha de ser una lección para la carrera que empezamos en el nuevo año que se nos abre, con un enorme potencial de sorpresas.

Hagamos que no nos pesen los días que se suceden. Hagamos que cada día sea una gran oportunidad para crecer e ir descubriendo hacia dónde tenemos que focalizar nuestra vida para sacar lo mejor de cada cual.

Tenemos un año más para ser mejores y para saborear ese don tan maravilloso que es la vida, los hijos, los amigos, las propias capacidades, descubrir el gran tesoro que hay en cada persona. Sólo amando es como se vive plenamente y los días se convierten en grandes hitos. Hemos de redescubrir el propósito vital, que tiene que ver con salir de nuestra zona de confort y emprender nuestra misión en el mundo, es decir, pasar de la subsistencia a un estallido de vida, saboreando cada minuto y cada segundo que tiene el día. Esto es: vivir con intensidad.