lunes, 28 de abril de 2014

Ana, una brisa en el desierto

Ana era fuerte como una roca y suave como un lirio. Fresca, espontánea, de ojos vivos, alegre y simpática, así la conocí. Entusiasta y entregada, así la tendré siempre presente en mi memoria.

Cuando la conocí, recién nombrado rector de San Pancracio, no me dejó indiferente. Es de aquellas personas que se cruzan en tu camino dejando una huella profunda. Cariñosa y extrovertida, de trato cordial y amable, siempre corría de un sitio a otro, desviviéndose por ayudar. Su capacidad de trabajo, su coraje y su espíritu de servicio eran inagotables. Siempre dispuesta, siempre atenta al dolor de los demás, era responsable de Cáritas parroquial y ejerció su labor con generosidad. Recibía a las personas que venían a pedir alimentos con dulzura y una sonrisa en los labios. Resolutiva y eficaz, siempre buscaba la manera de solucionar cualquier problema y dificultad.

Conoció a seis sacerdotes que llevaron su comunidad. Ella les dio lo mejor de sí misma, apoyándolos y queriéndolos. «Mira qué te digo» era una de sus expresiones más frecuentes. No decía «escucha», sino mira. Para ella, la mirada era tan importante como la escucha. Porque es mirando como se establece una comunicación sincera, más allá de las palabras. Mirar, oír, palpar y sentir, todo es necesario para que se dé una auténtica sintonía. En Ana, la mirada era tan elocuente o más que sus palabras. La ternura que desprendían sus ojos bastaba.

Ana era un rayo de luz que despeja la niebla, una primavera siempre floreciente. Vivió intensamente su vida, exprimiéndole todo el jugo a la existencia. La enfermedad que la fue debilitando hizo que esa vida tan plena pasara a pender de un frágil hilo a punto de romperse.  Poco a poco, esa vida robusta se fue apagando como una vela bajo el soplo del viento.

Pero Ana amaba la vida y se aferraba a ella. Solo tras mucho sufrimiento fue cediendo. La lucha minó sus fuerzas hasta que todo se precipitó y el frágil hilo que aguantaba su vida se rompió. Recibió los últimos sacramentos de manos de Mn. Forcada, un sacerdote amigo que tanto había querido. Yacía apacible en su lecho cuando abrió sus ojos y, viéndolo, salió de ella una energía inusitada y lo abrazó con fuerza. La emoción y la alegría embargaron su corazón en esos últimos momentos, que se convirtieron en un precioso adiós, lleno de gratitud.

Dejó a su familia, comunidad y amigos en la madrugada del Domingo de Ramos. Como si quisiera apresurarse para terminar la pasión de su dolorosa enfermedad y celebrar la Pascua en el cielo. 

Cuando me dieron la noticia me dirigí al Santo Cristo del vestíbulo de mi parroquia. Allí, le pedí al Señor de la Vida que la acogiera en su seno. Ana sirvió a la Iglesia durante más de cincuenta años, en el grupo de fraternidad de su parroquia. Que Jesús resucitado le abra las puertas del cielo. Si esta vida mortal la vivió con intensidad, la nueva vida que estrenará la vivirá en brazos de Dios. Será aún más venturosa, más plena, porque en el centro de su caridad siempre estuvo Dios. Tuvo muy claras las palabras de Jesús: «Todo aquello que hacéis a uno de estos pequeñuelos, me lo hacéis a mí».

Se nos fue una discípula del Señor. En el cielo ya no tendrá que hacer más apostolado. Solo dejarse amar por Dios. Esta será su dicha final.

Gracias, Señor, por el don de su vida.

Joaquín Iglesias
14 abril 2014

domingo, 13 de abril de 2014

Un mendrugo en su bolsillo

Era un día de invierno; el frío azotaba la ciudad de Sevilla. Por la mañana, después de desayunar,  cayó desplomado al suelo.

Permaneció tendido en la calle. Los transeúntes vieron a aquel hombre joven de cabello oscuro y rizado, tez morena y manos ásperas y agrietadas, yaciendo sin vida. Poco después el juez decretó el levantamiento del cadáver. 

Alguien envió aviso a sus familiares, que vivían en un pueblo apartado en los montes. El fallecido, con treinta y dos años, dejaba a una viuda y cuatro hijos ante un futuro incierto. Había pasado el fin de semana con ellos y el lunes se desplazó desde el pueblo hasta la capital para incorporarse a su trabajo. Buscaba un futuro mejor para su familia, un conocido le dijo que en Sevilla había empleo y no lo pensó dos veces. Era la única forma de escapar a la hambruna de la postguerra. Fue a Sevilla esperando hacer realidad sus sueños sin imaginar que allí encontraría la muerte.

Aquel día trágico se llevó las esperanzas de la familia. El sueño se desplomó como el cuerpo del padre, herido por un infarto. Él caía hacia el abismo; el futuro de su familia se oscureció. La joven viuda, profundamente afectada, quedó rota por dentro. Acudió a Sevilla en una noche lluviosa, acompañada de su suegro, para dar el último adiós al esposo con el que terminaba una historia apenas acabada de florecer. Sola, desorientada, y esperando otro bebé que nunca conocería a su padre, se enfrentó a un penoso duelo que le costaría muchos años superar. El peso del vacío caló en su corazón. Tenía que empezar de nuevo.

En el pueblo, un niño de dos años y dos niñas, de cuatro y de seis, lloraron la muerte de su padre. Desconsolados, intentaban buscar razones para explicar aquella ausencia. La mayor era más consciente y sentía con dolor la falta del padre. Sin él, perdían un referente, un pilar insustituible para su educación y su vida.

Aquella fría mañana de finales de invierno, cuando la primavera estaba a punto de estallar, los ojos de una madre se apagaron y los de tres niños dejaron de brillar. Perdían el amor de un padre, y este vacío cambiaría radicalmente el futuro de la familia.

El difunto llevaba un mendrugo de pan en el bolsillo de su chaqueta. La joven viuda lo recogió y lo guardó, envuelto en un pañuelo, durante cuarenta años. Aquel panecillo seco, oculto en un cajón, se convirtió en la única herencia de su marido. Encerraba el coraje de un hombre que tuvo que dejar a los suyos para poder alimentarlos. Contenía el sueño de un futuro, una esperanza, un horizonte nuevo, lleno de ilusiones. Aquel pan era el anticipo de una mejor vida, un deseo de crecimiento. La harina triturada era el símbolo de un trabajo convertido en alimento.

El sueño se congeló y se endureció como aquel trocito de pan. ¿Qué pasó por la mente de la mujer? El pan seco deja de ser alimento. También a ella le faltó el aire y el afecto de un marido apasionado. Le faltó el alimento de la ternura, de una mano recia que la acariciara. La falta de calor secó su alma. Huyendo de esta ausencia insoportable, buscó el anonimato de una gran ciudad. Renunció a ver crecer a sus hijos y se volcó en su trabajo, alejándose del pueblo, como si quisiera olvidar la aventura amorosa con su esposo, tan bruscamente truncada.


Qué difícil es acompañar a personas que han vivido estas experiencias. Qué difícil es saber qué decir y aconsejar. Uno se encuentra desarmado ante un alma tan rota. Es duro encontrarse cara a cara con el rostro del dolor en toda su crudeza. A veces, lo único que se puede hacer es callar, llorar, rezar en silencio. Rezar insistentemente para que la tristeza no las siga arrastrando hacia el abismo. Intentar suavizar la herida que ha dejado una terrible cicatriz en el corazón. Echar una gotita de oxígeno en ese corazón falto de esperanza.

Un escalofrío recorre el cuerpo cuando se siente la impotencia ante un dolor tan grande. Con todo, uno se da cuenta de la propia fragilidad y aprende a ser humilde. ¡Somos tan poca cosa! La muerte nos enseña una profunda lección: no somos más que nadie, todos somos imperfectos y limitados. Encontrarnos con esta realidad es algo que nos depura espiritualmente.  Solo podemos acompañar con dulzura a estas familias heridas.

Le pido a Dios que la muerte injusta de Jesús, amor pisoteado por los hombres, me ayude a vivir desde la trascendencia el dolor humano. Porque a él, siendo Dios, también le fue arrebatada la vida.

Cuando nos abrimos, en medio del dolor, y dejamos que la luz de una vida nueva entre en nuestro corazón, la paz y la serenidad nos van sosegando. Aprendemos a abandonarnos. Esa terrible experiencia se convierte en trampolín para dar un salto hacia la madurez espiritual. La tristeza deja de arrastrarnos hacia el abismo. La humildad y la aceptación nos llevan a reconciliarnos con el pasado. Las cicatrices ya no son grietas, sino señales de una lucha y de un triunfo ante el ensimismamiento y el hastío. El dolor nos ayuda a doctorarnos en humanidad y la humildad nos ayuda a doctorarnos en espiritualidad. Entonces ya no solo nos liberamos del pasado, sino que somos lanzados a la plenitud de la libertad humana y espiritual.

Joaquín Iglesias
Viernes de Dolor – 11 abril 2014

viernes, 4 de abril de 2014

Un suspiro suave

De semblante cordial, mirada clara y transparente, cálido en sus palabras y en su gesto, así era José Cerro. Siempre cortés y amable en su trato con los demás, participaba activamente en el grupo de tertulias. En Vida Creixent aportaba penetrantes reflexiones al grupo. Lleno de acierto en sus planteos, y con un hondo sentido espiritual, extraía consecuencias para su propia vida, con el deseo de madurar y abrirse a la palabra de Dios. Sabía captar y expresar con agudeza el núcleo de su mensaje.

Dos años fueron suficientes para darme cuenta de su exquisita sensibilidad religiosa. Luchador incansable, tuvo que reponerse ante los reveses que le dio la vida, con un corazón que siempre sabía perdonar. Se unió a su esposa, Guillermina, hace 40 años. Se conocieron el día de Santiago Apóstol, cuando ambos ya eran maduros. Una broma y una llamada cada día, a las diez de la noche, fueron el inicio de su romance, que culminó al cabo de un año y medio en matrimonio. Él era administrativo de profesión, le gustaban el deporte y la música y siempre fue un hombre sano y fuerte, muy creyente y devoto del Cristo de Medinaceli.

Varias experiencias muy duras lo fueron curtiendo y preparando para el gran reto de su vida. Hace un año, le diagnosticaron una enfermedad que lo llevó a una intervención quirúrgica de alto riesgo. Durante tres meses fue notando una ligera mejoría, pero en otoño, un día de viento y frío, recayó, y las cosas se fueron complicando. Su dolencia fue haciendo estragos. Mientras iniciaba su lento declive, hacía un enorme esfuerzo por estar en función de los demás. Conservaba su delicada cortesía, aunque el brillo de sus ojos se iba apagando. Finalmente, dejó de acudir al grupo de tertulias. Dejó un hueco muy profundo y su ausencia se hizo notar.

Tuvo la suerte de poder pasar las pruebas y el tratamiento en casa, donde contó con la discreta y dulce compañía de su esposa. Subidas y bajadas al hospital, constante seguimiento y control, análisis… Había momentos en que parecía mejorar, luego decaía. Eran las fluctuaciones, normales en este tipo de procesos, hasta que se todo se precipitó.

José, abandonado en manos de Dios, entró en una fase terminal asumiendo con paz esos momentos en los que la puerta del abismo se abría ante él. Sus convicciones religiosas no se tambaleaban, pese a su dolor. Yacía, pero no derrumbado. Permanecía lúcido en su fe; su frágil condición no le quitaba la fortaleza del alma. Desde su debilidad, una energía inusitada le hacía estar atento en medio de su agonía. Siempre preguntaba por los suyos.

José fue un testimonio de hombre fuerte y de fe que no se rindió. Supo ser señor, abrazando su muerte con la certeza de que no era un final, sino una puerta que se abría para el encuentro definitivo con Aquel que había sido la razón de su existencia: Dios.

Siempre a su lado, Guillermina, esposa fiel, que lo acompañó hasta el último aliento, hizo más llevadero el doloroso trance. Ella fue bálsamo y dulzura para su corazón. Después de 40 años juntos, soñando, compartiendo, amando, fueron fecundos en sus vidas, tanto en el plano humano como espiritual. Cuando el amor es tan fuerte, ni la muerte puede truncar la historia amorosa.

El 6 de marzo ingresó en el hospital y ya no pudo salir. Entre gemidos, sin fuerzas para abrir los ojos, era muy consciente de que se iba. Se apagaba y palidecía, pero no dejaba de rezar. Se abandonó totalmente en Dios en sus últimas horas de agonía. Dócil y humilde, se preparaba para dar el gran salto de su vida, atravesando el abismo que lo separaba de la eternidad. La luz del cielo ya invadía su corazón. Poco a poco, rezando en compañía de Guillermina, ambos cogidos de la mano, dio un suave suspiro y falleció. Eran las diez y media de la noche en el Hospital de la Esperanza.

Estos días, Guillermina me decía que le costaba mucho asumir su ausencia, pero que de alguna manera lo sentía muy presente y vivo en ella. Como toda historia, tiene una parte aquí, en la tierra, y la otra continuará en el cielo. Porque el amor nunca muere: la aventura sigue en la eternidad, en un nuevo escenario, el paraíso.

Como nos recuerda san Juan, Jesús dice: No os dejaré solos, os llevaré conmigo. Qué paz saber que al final de nuestra vida habrá un encuentro, un abrazo, una mirada de Dios Padre que con antelación nos ha preparado un lugar para gozar siempre del remanso de su corazón.


Diego, Julita, José… empiezan un nuevo camino gozoso. Son esos buenos cristianos que van a proteger, cuidar e interceder por la comunidad que tanto han querido y que ha alimentado su fe. Pidámosles que rueguen por nosotros para que la parroquia de San Félix sea cada vez más un cielo en la tierra, donde la caridad sea nuestra razón de ser. 

domingo, 9 de marzo de 2014

Miedo a la libertad

Miedo a volar


Todos anhelamos con todas nuestras fuerzas la libertad. Sin ella los sueños no se pueden alcanzar. La libertad es una perla preciosa que quisiéramos disfrutar y tener en nuestras manos. Se ha convertido en un talismán. ¿Por qué la deseamos tanto? Hablamos mucho de ella, pero nunca se acaba de disfrutar. Corremos hacia ella pero se nos escapa. ¿Qué frena ese deseo vinculado a lo más íntimo de nuestro ser?

¿Y si, en el fondo, tenemos miedo a volar? Nos da vértigo deslizarnos por las corrientes internas de nuestra existencia. Nos da miedo no solo a caer en el abismo, sino también a alcanzar las alturas.

El ser humano está constituido para ser libre. La experiencia de planear en el cielo de su existencia lo llevará a la plenitud. Solo cuando aprende a hacer piruetas en las alturas, sin miedo a caer, comienza a paladear el sabor de la auténtica libertad. Porque ya se ha liberado del miedo y aprende a reinventarse a cada momento. Para llegar a esta etapa, ¿qué tenemos que hacer?

Desencadenarse del yugo


Primero, reconocer nuestra propia vulnerabilidad, nuestras limitaciones, miedos e inseguridades. Una vez reconozcamos nuestra contingencia, podremos asumirla con paz. Nadie se convierte en un hombre completo hasta que no consigue liberarse de las ataduras que le impiden proyectarse y crear. Necesita vencerlas para lanzarse a la conquista de su propia libertad.

Una vez descubiertos nuestros nudos más íntimos, podemos desplegar las alas. Estamos tan acostumbrados a la inercia paralizante y estéril del miedo que vivimos casi sin darnos cuenta en un mundo interior, cerrado, justificando siempre nuestra situación y cayendo en el victimismo. Esta inercia nos lleva a instalarnos, por un lado, en la fragilidad psicológica. Y, por otro, en el fatalismo. Todo esfuerzo nos parece inútil y preferimos caer en el narcisismo autocomplaciente para evitar retarnos a nosotros mismos.  Decimos: soy así, y las circunstancias no me permiten cambiar. Así es como nos convertimos en esclavos de nuestros miedos.

Cuando uno es capaz de desencadenarse del yugo del pánico empieza rehacer su vida. El miedo puede ser un concepto psicológico, pero no existencial ni espiritual. El miedo puede estar provocado por etapas emocionales que van cambiando según la situación. Cuando nos situamos en el plano del ser es cuando comenzamos a ser libres. Para esto hemos sido creados, para sobrevolar las alturas, para hacer posibles todos nuestros sueños, todos nuestros deseos.

Volverse hacia la luz


Alcanzada la libertad, el miedo ya no es obstáculo. No quiere decir esto que no se tenga miedo, porque así es la naturaleza del hombre, pero los problemas ya no se convierten en cadenas, sino en grandes oportunidades. Es verdad que en cada uno hay sombras, pero la luz es más fuerte y llega hasta el último rincón de nuestro interior. Podemos tener cataratas en los ojos, pequeñas sombras que nos molestan en la visión, pero no nos impiden ver la luz, ni sentir el calor del sol. Así ocurre también con nuestra alma.

La vida seguirá siendo tal como es. Si nos concentramos en la penumbra, veremos la realidad segmentada y estaremos hipotecando nuestra fuerza interior y nuestra libertad. Los miedos nos hacen ver sombras, a veces ficticias, que empañan nuestra visión de la realidad y nos impiden ver con claridad. El hombre alcanza la libertad cuando sabe aceptar sus límites sin que esto le impida soñar y hacer lo que le dicta su corazón.

El hombre será libre cuando ni las dudas, ni el qué dirán, ni el miedo al fracaso le impidan seguir mirando al cielo sin que nadie le quite el coraje de afrontar sus desafíos.

Genes de libertad


Llevamos en nuestro interior genes de libertad. La libertad, el amor y la felicidad son los anhelos más genuinos de toda persona que quiere convertir su vida en una fascinante aventura interior. Renunciar a ellos significa quedarnos fuera de la vida, al margen, empequeñecidos, convertidos en sombras grises.

Sin libertad uno se muere por dentro. La libertad es el impulso intrépido que nos hace señores de nuestra vida, del tiempo, del presente y del futuro. El que vive libre ya en el presente, aquí y ahora, vive el futuro que está construyendo. Porque la libertad tiende una línea invisible, pero real, que une el pasado con el presente y el futuro. La persona libre vive más allá del tiempo porque aprende a trascender. Su visión del futuro es la meta del presente y el sueño del pasado. Sueños, metas y acción son la columna vertebral de la libertad y la arquitectura de la felicidad.

El sueño de Dios es la libertad de su criatura, llamada a vivir la vocación del amor, del servicio, de la generosidad. La fuerza del amor es tan potente que desintegra los efectos negativos del miedo. Transforma los estados emocionales pesimistas en sentimientos y experiencias de plenitud.

Solo cuando el hombre es capaz de amar es enteramente libre, y esto ocurre cuando sale de sí mismo y se vuelve a mirar al otro. Como para las aves volar, para el pez nadar en el océano y para el caballo trotar en las pampas, la libertad para el hombre es amar. 

domingo, 2 de marzo de 2014

Julita, una vida desbordante

Eran las tres y media de la tarde. Sonó el teléfono y al otro lado de la línea, con voz balbuciente, conteniendo el sollozo y el dolor, Pilar, hija de Julita, me comunicaba el fallecimiento de su madre. Miré al cielo y pensé: ya estás en el cielo, tu nuevo hogar, aquel que tanto deseabas, donde ya no te faltará más el aire, porque Dios es brisa que oxigena no solo tus pulmones, sino toda tu existencia.

Antes de morir, necesitabas oxígeno a borbotones y sufrías. Ahora, ya no sentirás más la angustia en el pecho. Esa tarde, en la hora tercia, cogida de la mano de tu querida hija, te fuiste dulcemente, con el calor de alguien que te cuidaba y te protegía, que siempre estuvo a tu lado. Firme y delicada, Pilar te atendió a tiempo y a destiempo, siempre corriendo y solícita. En los últimos días, hasta caer en la extenuación. Ha sido ejemplar, ¡cuánta entrega y cuánto amor!

Como me decía Pilar, tú ya presentías que poco a poco tu vida se iba apagando. Todos notaban el contraste entre la Julita activa y dinámica de antes y la que ahora perdía fuerzas, paulatinamente, hasta que varias crisis, cada vez más fuertes, la fueron consumiendo. Todos veíamos que, poco a poco, se acercaba el final.

Hace tres años que conocí a Julita. Cuando llegué a esta parroquia la vi con su cara pilla, un gesto juvenil y dos ojos chispeantes y alegres. Vivaz, menudita, inquieta, simpática y acogedora, la comunicación con ella fue fácil. Pese a su dificultad respiratoria, era una mujer expresiva que vibraba, desbordante de vida. Vi en ella un corazón transparente que vivía con intensidad. La parroquia era su segundo hogar. La sentía muy suya. Devota y profundamente religiosa, la eucaristía era central en su vida, así como el rezo del Rosario. Seguía con respeto las procesiones y la liturgia. Tenía una piedad profunda y auténtica, y a la vez era expansiva. Amaba los encuentros, las comidas de hermandad. Para ella eran ocasiones festivas, espacios donde se encontraba bien y participaba y dialogaba con todos, feliz de vivir la amistad con los demás feligreses.

Además de ser una mujer religiosa y comunicativa, era generosa y hospitalaria. Se ofrecía para todo y se implicaba, abriendo las puertas de su casa a los peregrinos que vienen cada año desde Polonia y Bielorrusia. Sin conocer su idioma, esto no era ninguna barrera para ella. La caridad era suficiente para poder entenderse: ella se comunicaba desde el corazón y todos la adoraban por su simpatía y generosidad. No necesitaba entender ni hablar; el lenguaje del corazón siempre va más allá del intelecto.

Julita siempre se sintió parte intrínseca de la comunidad, y me decía que para ella acoger a los peregrinos era un deber, tanto que se hacía una con ellos, participando de sus actividades. Era la abuela joven del grupo. ¡Cuánto bien hacía, sin entender sus palabras! Con la mirada y la sonrisa hablaba y comprendía lo más importante.

Este verano las fuerzas le empezaron a fallar. En los paseos y reuniones se le notaba el cansancio. Se agotaba fácilmente pero, así y todo, acogía y acompañaba. Julita ha sido la imagen de una Iglesia alegre, acogedora, entregada. Un testimonio vivo y misionero, la Iglesia que siempre camina, que siempre abre sus puertas, solícita.

En septiembre y octubre, cuando el sol declinaba, venía caminando lentamente, buscando el calor para sus pulmones y el aire fresco del patio. Yo la observaba, sentada junto a César, al sol, en largos ratos de silencio. Ambos callados, uno al lado del otro, simplemente respirando la calidez de la mutua presencia. En esos momentos me di cuenta de que el ritmo pausado delataba su progresivo agotamiento. Le fallaban los pulmones. Las crisis asmáticas comenzaron a sucederse con más frecuencia, hasta que dejó de venir al patio. Su ausencia se hizo notar…

―――

Quince días antes de morir hablé con Pilar y vimos que era el momento de prepararte para el final de tu etapa. Recibiste con mucha devoción el óleo santo, el bálsamo amoroso de Dios, la caricia divina de la Santa Unción. Yacías en la cama, plácida y serena, recibiendo el sacramento en la compañía delicada de tu hija. Aquella mañana lucía el sol, con toda su belleza. Los ángeles debían estar preparando sitio para ti en el cielo.

Montse te dijo que por la ventana se veía la montaña de enfrente, y que allí, en la cima, había una hermosa cruz de piedra. Que la mirases. Esa cruz, desde lo alto del monte, velaba por ti.

Dos días antes de morir le dijiste a tu hija que ya estabas preparada. Sí, Julita, te faltaba muy poco para el gran salto hacia los brazos de Dios y de María, a quien tanto rezabas y amabas. El día 19 de febrero, a las tres de la tarde, te fuiste a la casa del Padre.

Agarrada a tu hija, ella se acercó para sentir tu último aliento. Así moriste, acompañada. Dios te ha concedido el don de abandonar esta vida de las manos de tu hija, que te estrechaban con amor.  Para ti, que tanto rezabas por los sacerdotes, que abrías las puertas de tu casa y de tu corazón, las puertas del cielo se debieron abrir de par en par.

El día de la Santa Unción te dije que te quería ver en la celebración de mi aniversario sacerdotal, el 9 de marzo. Tenía ganas de volverte a ver aquí, con la comunidad. Pero sé que estarás presente desde un lugar privilegiado: desde el cielo. Ese día, los ángeles te vestirán con el mejor traje, lleno de luz, para poder estar conmigo. Para poder estar con todos.

domingo, 23 de febrero de 2014

Si me alejo de ti

Muchas noches salgo al patio y miro al cielo, buscándote. La luna con su tenue luz es testigo de mi inmensa gratitud por el regalo del día pasado. La noche está salpicada de estrellas y en el centro brilla ese faro, tan cerca y a la vez tan lejos. Ahí está, acompañándome en mi oración de acción de gracias.

Si me alejo de ti, es como si el ser humano se desvaneciera en un absurdo sin sentido. La luna dejaría de brillar y velar el sueño de la noche. Las estrellas se apagarían. El viento no cantaría ni susurraría en mis oídos. El sol no saldría en mi horizonte. Las olas no jugarían bajo mis pies. El azul se volvería gris. Las aves no volarían y los árboles no se mecerían con la brisa. Mis ojos no disfrutarían de los colores, ni de la belleza. Mis oídos no alcanzarían a sentir tu música, mi lengua dejaría de saborear el soplo de tu beso. Mi tacto dejaría de reconocerte en la dulzura de unas caricias y dejaría de oler el perfume de tu cálida presencia. Mi corazón no latiría al ritmo intenso del tuyo. Mi alma se encontraría en la penumbra.  

Si me alejo de ti, es como si los niños dejaran de reír y de jugar, los adultos dejaran de confiar y de cooperar, y los ancianos dejaran de tener esperanza en la última etapa de su vida.

Si me alejo de ti, el universo de mi existencia se precipitaría hacia el abismo. Por eso cada noche me gusta oírte, saborearte, olerte, verte y tocarte. Para saber y sentir que tú estás conmigo y yo contigo, y que tu presencia es tan viva como la mía.

Por eso, cuando te siento me siento más vivo que nunca.

De día agradezco un paseo junto al mar, contemplando las azules y cristalinas aguas besando la arena, el sol que calienta mi rostro, el viento que silba en mis oídos. Cuánta belleza. Contemplando el horizonte me siento bañado por una dulce mirada que inunda todo mi ser de un gozo inexplicable. Camino con paso firme, disfrutando del milagro de sentirme vivo y agradecido por tantas experiencias que me regalas. Cada día está lleno de tu presencia.

El estallido de belleza expresa tu amor infinito hacia tu criatura. Cada noche, bajo la luna, respiro y agradezco tu cercanía. Vivo dejándome mecer por el soplo de tu amor.

No concebiría mi existencia sin tu delicada presencia, tan silenciosa, tan real como la luna que alumbra el patio de noche. Presencia invisible, pero no menos tangible desde la evidencia del corazón. Mi vida no tendría sentido si me alejara de ti.

De pequeño me decían en la escuela que la luna son los ojos de Dios, que siempre te miran con ternura, y que el sol es tu corazón, que siempre arde de amor. Quizás por eso me gusta mirar la luna por las noches, y cada mañana me gusta sentir el calor de tu amor. Al principio lento y gradual, después ardiente sin medida. No dejes que nunca me aleje de ti: que nunca me aparte de la fuente que riega mi vergel y de este sol que me ilumina cada mañana. 

martes, 4 de febrero de 2014

Ansias de vivir


Hace un año que te fuiste. Pasando de puntitas, plácidamente, el día tres de febrero nos dijiste adiós. Dormida, te alejaste de este mundo con ojos serenos. Allí yacías, tras el combate de tu última noche. La hermana muerte vino a buscarte. Días antes luchabas con todas tus fuerzas para aprovechar el poco oxígeno que te quedaba. No te rendiste hasta el final. Tenías poco aire en los pulmones, pero muchas ganas de seguir viviendo y aprovechaste hasta el último suspiro. Ahí te quedaste. La muerte, que te acechaba desde hacía tiempo, venció la batalla.

Aquella noche te dejaste llevar. Soltaste la vida, que agarrabas con todas tus fuerzas pese al problema respiratorio que tenías.  Ansiabas vivir. Cada amanecer, al despertar, te abrazabas a la vida con alegría y a veces con tanto empeño que parecía que no querías que se te escapara. Hasta el ocaso, hacías de tu vida una aventura que saboreabas a grandes sorbos.

Es así como te recuerdo de joven. Tus amigos del colegio eran un tesoro para ti. Salías, ibas de excursión, al cine; compartías comidas y bellas historias de amistad. Lo eran todo para ti. De adolescente, no parabas de ir de un sitio a otro. Tu andar por la vida era como un vuelo. Te gustaba caminar y disfrutar del placer de la libertad.  Tus amigos eran el aire de tus pulmones, ellos te motivaban y tú los necesitabas para seguir amando.

Fue poco a poco que dejaste de respirar hondo. La vida te quitó ese impulso que te hacía volar como una gaviota haciendo piruetas en el azul del cielo. Sufriste momentos duros de desamor, como algún día me comentaste. Te entregabas generosamente a los demás, lo dabas todo, pero no siempre eras correspondida y te quedaba un desasosiego en el alma.

Con la enfermedad, comenzaste a recluirte. Las depresiones, la angustia, la soledad y un sentimiento de abandono te hicieron resbalar poco a poco hacia el abismo.

Lo que antes amabas se te hizo tedioso. La vida comenzó a deslizarse con lentitud, no solo en tu corazón. Tu mente, golpeada por el desespero, lo veía todo absurdo y sin sentido. Tus piernas dejaron de correr. Tu corazón ya no latía con la misma intensidad. Tus ojos se perdían en el infinito. Dejaste de tener esperanza.

¿Qué pasó? Es un misterio que no logro entender. Un día todo comenzó a rodar hacia abajo. Una hermosa vida truncada a golpes de desamor. Te hundiste en el vacío. De joven te recuerdo siempre corriendo, en casa, por la calle, en la playa… ¿Perseguías algo? ¿Qué buscabas? Todo el tiempo te parecía corto, ¿qué se te escapaba? ¿Quizás sentías que tenías que apurar la vida para morir pronto, sin saber por qué?

Te levantabas temprano, mirabas al cielo y te acostabas tarde mirando la luna. ¿Qué buscabas, más allá del cielo y de las estrellas? ¿Tal vez aquello que anhelabas en lo más hondo de tu corazón? ¿Un amor divino, que colmara tus ansias de felicidad? Cuando estabas contenta, saltabas. Nadie podía robarte el gozo. Visto con calma, después de un año de tu muerte, pienso… ¿Y si buscabas, en el fondo, el amor de aquel padre que murió cuando tenías solo seis años? ¿Y si esa ansia por la vida era la semilla que brotó en ti ante el amor generoso de tu padre? ¿Y si lo que buscabas, más allá de las estrellas, era ese amor cálido que experimentaste de pequeña? Tú, que tanto corrías tras la vida, viste cómo aquella noche fría de febrero tus sueños, por fin, se convertían en una pértiga que te impulsaba más allá del firmamento. Tú, que amabas la vida, después de pasar por un terrible abismo, encontraste la Vida con mayúsculas.

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¿Tal vez, en lo más hondo de su corazón, corría tras la vida eterna? Quizás nunca lo supo, pero corría hacia una meta a la que llegó antes, con un impulso tan fuerte que atravesó el muro entre lo material y lo invisible. Tanto amaba Carmen que la gravedad no pudo con ella. En el salto hacia el más allá, encontraría a aquel que nunca falla y que lo da todo: Dios. Y, además, el regalo de un reencuentro con el padre que tanto amó. Le pido a ella que me proteja en mi sacerdocio.